REFUTACIÓN
A LOS FOLLETOS
EL LIBERALISMO ES PECADO
Y
¿QUE HAY SOBRE EL ESPIRITISMO?

DEL
SR. D. FÉLIX SARDÁ Y SALVANY, PBRO.

sssssssvvvsssssss

REVELACIÓN 4ª
EDICIÓN 2ª AUMENTADA POR "LA CABAÑA"

El Liberalismo y Espiritismo pertenecen a Dios y al Cristo.
El Catolicismo es antideísta y anticristiano.

PRECIO: 0,75 CÉNTIMOS
Abaixadors, 10, 3º., 1ª.—BARCELONA.— 1890

Portada: 2ª Edición 1890

Inicio lectura del opúsculo

INTRODUCCIÓN

Cuando el alma separada de las pasiones mundanales se entrega a contemplaciones silenciosas y se extasía en la gran obra de la Naturaleza, ve y comprende según su pureza, las magnificencias de la creación y saborea con placer los aromas del concierto universal, a la par que contempla de frente las glorias creadas; una de estas contemplaciones siquiera sea momentánea, basta para robustecer los espíritus más débiles, con lo que toman nuevo valor para soportar las fatigas que le puedan ocasionar los trabajos que a su cargo tienen, para desempeñar en este mundo de penalidades a donde cada uno trae las suyas; oigo preguntar si todas las almas que aquí habitan, podrán extasiarse en tales contemplaciones, por lo que se deja comprender lo poco acostumbrados que están tales preguntadores a que les hablen de filosofía natural, falta de gravedad suma en las personas que se han titulado y siguen titulándose directores de almas. Mas, mientras ellos se aprestan a contestar, lo haremos por ellos nosotros.
Todo espíritu puede extasiarse en las maravillas celestes siempre que su pureza le permita atravesar la atmósfera que circunda a la tierra, no sin la pureza necesaria puesto que hay una ley justa que se lo impide, y este mismo impedimento es causa también de que algunas nieguen la luz que vieran las que se elevaron con tanta pureza, de lo cual resulta una contradicción tan grande entre unos y otros hombres, como difícil llegar a entenderse en la cuestión moral, y por consiguiente imposible en la material, puesto que ésta es la que arraiga más el orgullo y egoísmo, causa de todos los males en la tierra, sin que se presente efecto alguno desagradable entre los hombres que no tenga intervención la misma mencionada causa; a tal extremo conduce el orgullo de algunos hombres que no permiten que otros puedan ver y comprender lo que por la mencionada ley justa debe estar velado para ellos.
Cuando en nuestros tiempos juveniles buscaba nuestra mente estas causas, creíamos que los hombres de grandes estudios materiales se hallarían exentos de todo error y nos lamentábamos de vivir en la ignorancia por no contar con fuerzas para estudiar como ellos; pero más tarde nos hemos arrepentido de tales lamentaciones y damos gracias al Ser Supremo por no haber podido estudiar y ser sabios al estilo de aquellos que algunas veces envidiábamos; ¿porqué tal arrepentimiento? por haber comprendido que el saber de aquellos es ficticio y artificial y de haberlo empezado nosotros de igual modo nos hubiera servido de gran estorbo para el desarrollo del saber natural. Se nos tachará el dicho de saber ficticio y artificial, y debemos dar una satisfacción.
Llamamos saber ficticio en los estudios morales a todos aquellos conocimientos que el hombre adquiere por medio de libros que otros escribieron, sin que anteriormente los hayan adquirido por si mismos, puesto que no teniendo todas las inteligencias la misma lucidez, tampoco es posible tengan la misma comprensión; por ejemplo, si nuestra alma no ha podido atravesar la atmósfera que circunda la tierra y tomamos un libro de Filosofía o Teología, poco o nada comprenderemos de las cosas naturales y menos de Dios y sus espíritus; solo un acto de orgullo y vanidad, nos obligará a sostener lo que en ellos hallamos escrito sin comprenderlo; pero si nuestra alma se ha remontado a regiones más elevadas que la de quien lo escribió, no solo comprenderemos lo escrito, sino que, podremos aumentar los conocimientos allí hallados, porque el alma ve, oye y comprende mejor cuanto más se aproxima a su Creador, y esta aproximación es imposible sin el cumplimiento de la ley justa arriba mencionada.
Comprendemos también que muchos seres podrán orientarse en algunos principios de libros útiles para empezar su desarrollo, mas también comprendemos que deben tomarlo como base, no como escuela definitivamente. Nosotros tomamos por base el libro universal en el que leemos en los ratos estáticos arriba mencionados, y hemos visto, que en tal libro todas las almas pueden leer pero ninguna puede mancillar, y hemos hallado que cada alma tiene un deber que cumplir hacia sus semejantes y que éstas cumplen mejor o peor según el orgullo y egoísmo que las domina, hemos comprendido el nuestro y juramos cumplirlo a pesar del desprecio que los hombres que por sabios se tienen en la tierra hagan de nosotros, puesto sabemos que tales desprecios nos ayudan a gozar fuera de ella.
Por tanto; si al escribir la primera Revelación los convidamos a discusión, y no han acudido por tener a menos relacionarse con nosotros por creernos ignorantes, satisfacción darán sus almas un día del gran atraso que causaron al progreso intelectual por falta de caridad; ¿Creen acaso que los conocimientos Filosóficos y Teológicos que recibieron son de su propiedad absoluta? No, tales conocimientos se reciben para dar al que quiera por voluntad propia recibirlos, y cuanto más se da más se obtiene, como cuanto más se encierra hay mucho menos; ¿han temido entrar en discusión por objeto lucrativo? peor para ellos, puesto sin discusión no hay luz, y culpables serán de las tinieblas que ofuscan a mucha parte de la humanidad, por cuanto si ellos recibieron como tres, otros pudieran recibir como cuatro, otros como uno y otros como mil, y discutiendo o trabajando tales capitales resultaría gran beneficio para los que nada recibieron sin disminuir los verdaderos; he aquí el proverbio del amo y los tres criados del Evangelio que los hombres que se creen sabios en la tierra lo han echado al olvido, no sabemos con que fin; mas La Cabaña se lo recuerda, porque lo toma por deber cual tiene manifestado cuando dijo: no vengo a decir nada nuevo porque todo se dijo; vengo a aclarar lo que otros enturbiaron, a descubrir lo que otros taparon, y por este mismo deber se ve precisada a dar publicidad en esta segunda edición de hechos escritos que como el proverbio arriba mencionado se han olvidado o se quiere que no se vean a pesar de la gran luz que arrojan para que puedan ver los que ciegos se hallan por subyugaciones fanáticas; vea pues quien tenga ojos y oiga quien oídos tenga para las cosas morales.

AL SR. DON FÉLIX SARDÁ Y SALVANY P. B. R. O.

En 1887 tuvimos el gusto de refutar sus opúsculos El liberalismo es pecado y ¿Qué hay sobre el espiritismo? en cuya refutación le convidábamos a discusión para aclarar el pecado y probarle que el Catolicismo es anti-deísta y anti-cristiano (según nuestro concepto); tuvimos el cuidado de mandar un ejemplar tanto a V. como a los señores que lo habían autorizado (según su libro indicaba) para que nos contestasen y entablar la mencionada discusión como correspondía a toda persona de alguna educación moral y amante de la verdadera luz; mas es la fecha 27 de Abril del 90 y no hemos tenido el gusto de recibir contestación alguna, pero sí hemos leído que algunos otros de su clase y de más alta categoría sostienen el mismo concepto que V.
Entonces prometimos una 2ª edición y hoy la cumplimos con el objeto de que si Vds. gustan discutamos la mencionada cuestión o se den por vencidos en ella, y les hacemos saber que no lo hacemos por el gusto de contradecir a Vds. sino por cumplir el juramento que un día hicimos de descubrir la luz del alma tan pura como nos fuere dada.
Entonces les convidamos a la liz y a probar; hoy les convidamos a discutir o a callar sino quieren que saquemos una tercera aumentada, pues conservamos materiales para ella, razón por lo que nos reservamos el citar libros y lugares donde se encuentran los hechos más esenciales de la cuestión que nos ocupa; por tanto, elijan el camino que más les agrade, pues nosotros nos hallamos dispuestos a adoptar el que encontramos más ventajoso para la humanidad por quien y para quien tanto Vds. como La Cabaña deben existir.

LA CABAÑA.


Decimos en nuestra portada que el Liberalismo y el Espiritismo pertenecen a Dios y al Cristo. El Catolicismo es anti-deísta y anti-cristiano; mas como el dicho es fácil, debemos pasar a lo que algunos creen difícil, y es el probarlo.
Probemos pues.
Según el Diccionario, la palabra liberal significa obrar libremente para ejecutar alguna cosa. Tal vez consista mucho en esta misma libertad que nosotros disfrutamos el comprender con más claridad que el Sr. Sardá y todos cuantos autorizaron su libro, lo que es pecado y lo que no, puesto que ellos, para llegar a la categoría que ocupan, juraron varias veces, inconscientemente algunas, el no descubrir la luz, mientras que nosotros sólo juramos una con pleno conocimiento de lo que debíamos ejecutar, era descubrirla, y como (materialmente hablando) al hombre que falta a los juramentos que hizo se le llama perjuro y ante la humanidad es reprobado, es de suponer que los señores a que aludimos sostengan con tesón que el Liberalismo es pecado, por más que sus conciencias crean lo contrario; pues no los tenemos por tan ignorantes en la actualidad como cuando juraron por vez primera guardar los secretos de la Santa Iglesia Romana, con cuyo juramento quedaron subyugados a la voluntad de aquella, sin poder disponer de la suya propia por más que vean que les conduce a un precipicio al ocultarles la luz; pero tampoco pueden llamarse engañados desde el momento en que (como vulgarmente se dice) metieron la barba en cáliz, puesto que del mismo modo que Roma forma efigies para que adoren sus fieles a aquellas personas que ella canonizó y que las llama Santas, cuyas efigies son representantes personales (según ellos), también formaron la efigie del Creador creando la custodia, que nada representa con más exactitud que al Sol que nos alumbra. Luego podían reconocer y adorar a Dios en espíritu y verdad ¿Qué causas les conducen, llamándose deístas y cristianos, a sostener que el Liberalismo es pecado? La primera ya queda manifestada; la segunda es el egoísmo material, impropio de los que se dicen padres de almas, y a tal extremo llega, que constantemente trabajan para privarnos del libre albedrío que el Creador concede a todos los seres para que cumplan su ley; y el Cristo, ¿fue o no liberal? Veámoslo.

EL CRISTO

Lo que hoy conocemos con el dictado de Masonería Filosófica, existe desde muy larga antigüedad, y en otros tiempos se les conoció con el título de sabios filósofos hasta que algunos se dedicaron a las ciencias materiales. Desde entonces entró cierta modificación en las maneras de trabajar en beneficio de los seres desvalidos, su verdadera misión; sus trabajos, como caritativos, han sido en todos los tiempos perseguidos por los hombres amigos de la opresión y de la ignorancia, razón por la que en todo tiempo les fue preciso hacerlo ocultos.
Jesús, llamado el Cristo, perteneció a la Masonería; al penetrar en ella juró guardar sus secretos como lo hacía todo masón; más tarde, cuando comprendió la luz que en ella se encierra, comprendió también que la Luz Divina no puede ser patrimonio ni privilegio de tal o cual asociación particular y resolvió publicarla a toda la humanidad que la quisiera recibir; sus compañeros Masones le previnieron la falta que iba a cometer al juramento que había hecho, así como de los peligros en que se ponía de perder la vida material al descubrir la luz, puesto que con ello tiraba ocho mandamientos Mosaicos, y que los judíos no le perdonarían, mas él contestó, que mayor falta cometía ante Dios no descubriendo la luz que la que cometía ante los masones; puesto que se proponía descubrir la luz mas no el lugar donde se la habían enseñado, que en cuanto a su cuerpo poco le importaba el uso que de él pudieran hacer los hombres, puesto que sólo lo necesitaba para ser útil a la humanidad; entonces salió de la Logia, y sin faltar a su último juramento se dedicó a formar la Familia Universal por medio de lo que hoy se llama Socialismo o Comuna, unido a cuatro compañeros más de Logia que le siguieron; como tanto sus palabras cuanto sus obras eran todo lo perfectas que puede el espíritu hombre ejecutarlas, pronto hallaron eco entre la muchedumbre que las escuchaba y las seguía; mas los sacerdotes mosaicos no pudieron ver con gusto tal aceptación y para formarle causa tomaron por base el haber revocado los mandatos ya mencionados de la Ley Mosaica, puesto bastaban dos: <<Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como quieras ser amado>>, causa bastante para condenarlo a la última pena; y como el uso y costumbres de aquel tiempo y de aquellos lugares era la cruz, Jesús fue crucificado como otros criminales que faltaban a las leyes judaicas; mas ¿quién recogió el cuerpo después de muerto en la cruz? Los Masones de aquel tiempo unidos a la rama también masónica que él había formado.

LA RAMA MASÓNICA

Ya hemos dicho que con Jesús, llamado el Cristo, salieron de la Logia cuatro masones más. Cuando aquel dejó la materia fueron llamados nuevamente a logia todos los que con firmeza y buena fe seguían las enseñanzas de aquél, mas como los principales, o sea, los llamados Apóstoles, habían ya visto, oído y comprendido el lenguaje espiritual, prefirieron enseñar la luz y esperar una muerte horrible a encerrarla de nuevo en las Logias; pero otros muchos más temerosos o más egoístas, no tuvieron valor bastante para seguirlos y se retiraron; sin embargo, la rama continuó hasta que los primeros fundadores de ella dejaron las materias, a pesar de las grandes persecuciones de que eran objeto constantemente; los que quedaron, no pudiéndolas soportar, se unieron a los idólatras (=1=) porque aquellos no eran perseguidos por las leyes humanas, mas pronto vieron el engaño los que marchaban de buena fe y se separaron, pretextando que en sus templos no cabían imágenes ni pinturas de ninguna clase, puesto que todo pensamiento que se fija en ellas allí se queda y por nadie es oída su oración, mas elevándolo al Padre es oído por Él con todo el rigor de la justicia, cual el Cristo enseñó cuando dijo la oración del Padre nuestro, puesto que dijo: <<Cuando queráis orar, entrad en vuestro aposento y allí, con la puerta cerrada, sin que ninguno os vea, orareis de esta manera: Padre nuestro, etc., etc., que el Padre que está en los cielos oirá vuestros ruegos, porque ve y oye lo más oculto y os premiará; no hagáis vuestras oraciones donde las gentes os vean, porque os digo en verdad que ya habéis recibido el galardón>>; sin embargo, como muchos habían ya comprendido el fruto que podrían sacar de las imágenes, pocos fueron los que las dejaron y muchos los que se encargaron de la persecución de los que las habían dejado. ¡Persecución implacable! Hasta que concluyeron con ellos, sin reparar en los medios y recogiendo los conocimientos y escritos auténticos que aquellos conservaban.
De aquellos mismos perseguidores y nuevos adoradores de imágenes, se forma lo que luego se llamó Catolicismo Romano, formando un credo tomado de Moisés, de los idólatras y lo que les convino de los Apóstoles, pero nada, en verdad, del Crucificado.
Grandes guerras ha costado a la humanidad y mucha sangre se ha vertido para sostener las imágenes, y de poco sirvió a Carlomagno deponerlas, así como algunos concilios, puesto que en la actualidad siguen todavía sus sostenedores incitando a nueva guerra. ¿Será para que se depongan por completo? nos lo dirá el tiempo, pero si así sucede Dios les bendiga, por más que sea contra su voluntad el beneficio que presten.
Cuando los nuevos idólatras tomaron fuerza, grande ha sido la ostentación que han hecho de ella y torrentes de sangre humana han corrido por doquier que ellos posaron su planta (=2=) y todo con el fin de que la luz no fuera vista; mas cuando se creyeron tenerla toda encerrada debajo del celemín aparecieron las ciencias exactas, cuya aparición les dio a comprender, que si habían acabado con la rama masónica no lo habían hecho con el tronco, y formaron la Inquisición creídos de encontrarlo y poderlo concluir; mas ¿lo consiguieron? no, al parecer, puesto que a nuestras manos ha llegado el reglamento siguiente salido del Gran Oriente de España, que es como sigue:

CÓDIGO MASÓNICO

Adora al gran Arquitecto del Universo.
Ama a tu prójimo como a ti mismo.
No hagas mal aunque esperes bien.
Deja hablar a los hombres.
Haz bien por amor al bien mismo.
Ten siempre tu alma en un estado de pureza para comparecer dignamente delante del gran Arquitecto del Universo.
No seas ligero en airarte; la ira reposa en el seno de los necios.
Detesta la avaricia; por que quien ama las riquezas, ningún fruto sacará de ellas; y esto también es vanidad.
En la senda del honor y de la justicia está la vida; mas el camino extraviado conduce a la muerte.
Estima a los buenos, compadece las flaquezas del prójimo, huye de los malos, pero no desprecies a nadie.
Habla discretamente con los constituidos en dignidad por sus talentos y virtudes, sinceramente con tus amigos y cariñosamente con los pobres.
No lisonjees a tu hermano porque le haces traición, y teme a su vez el ser corrompido por la lisonja.
Escucha siempre la voz de tu conciencia.
Sé el padre de los pobres; cada suspiro que tu dureza les arranque será una maldición que caerá sobre tu cabeza.
Respeta al viajero nacional o extranjero; ayúdale; su persona es sagrada para ti.
Evita las querellas, precave los insultos y procura que la razón siempre te acompañe.
No abrigues el orgullo; y recuerda que no hay deshonra o desgracia en ningún oficio o profesión, sino en el modo de ejercerlo.
Lee y aprovecha; ve e imita, reflexiona y trabaja; ocúpate siempre en el bien de tus hermanos y trabajarás para ti mismo.
Sé entre los profanos libre si licencia, grande sin orgullo, humilde sin bajeza; y entre los hermanos firme sin ser tenaz, severo sin ser inflexible y sumiso sin ser servil.
Justo y valeroso defenderás al oprimido; protegerás a la inocencia, sin reparar para nada en los servicios que prestares.
Exacto apreciador de los hombres y de las cosas, no atenderás más que al merito personal, sean cuales fueren el rango, el estado y la fortuna.
Si el gran Arquitecto del Universo te diere un hijo, tribútale los beneficios de la Instrucción, la práctica de todas las virtudes, y muéstrate siempre con él tierno y bondadoso.
Haz que te tema hasta los diez años, que te ame hasta los veinte, y que te respete hasta la muerte.
Procura inspirarle buenos principios con preferencia a bellos modales, a fin de que te deba una probidad ilustrada, y no una frívola elegancia.
Hazle hombre honrado aunque no sea muy científico.
Parte con el hambriento tu pan; y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa.
Cuando veas el desnudo cúbrelo, y no desprecies tu carne en la suya.
No abuses de la debilidad de las mujeres y muere antes que deshonrarlas.
El corazón de los sabios está donde se practica la virtud, y el corazón de los necios donde se festeja la vanidad.
Muestra siempre constancia en tus propósitos por el bien.
Ama a la justicia, desprecia la iniquidad y no juzgues para no ser juzgado.
No olvides que la Masonería tiene su origen desde el primer día en que hubo desgraciados; es decir, desde el principio del mundo.
Su culto es Dios, la Ciencia y la Virtud.
Sus dogmas, la prudencia y el valor.
Sus misterios, la luz y la razón.
Sus preceptos, la caridad por la humanidad y para la humanidad.
Sus ministros, los hombres virtuosos.
Y sus recompensas la propia estimación y el aprecio de todos los hermanos.
Como se ve por lo que acabamos de copiar la Masonería profesa y enseña a profesar secretamente la ley de Dios y del Cristo después de tantos siglos que el último dejó la materia sin que las libertades humanas hayan bastado para que deje a descubierto lo que las mismas leyes la obligaron a encerrar; pero también ha llegado otro reglamento secreto a nuestro poder de otra sociedad que públicamente se titula cristiana, y también lo copiamos para que la humanidad juzgue uno y otro, y después de juzgados  pueda elegir cada ser con toda claridad y seguir  el que más sea de su agrado con arreglo al libre albedrío que todos reciben del Creador Universal; pero no te asustes, querido lector, pues existe una historia secreta del Gobierno de Austria que hace erizar los cabellos.

MONITA SECRETA O INSTRUCCIONES RESERVADAS DE LA SOCIEDAD DE JESÚS
PRÓLOGO

Que los superiores guarden y retengan en sus manos, con cuidado, estas instrucciones particulares y que únicamente las comuniquen a algunos profesos; que instruyan en alguna de ellas a los no profesos, cuando redunde en beneficio de la Sociedad, y esto con el sello del silencio y no como si estuviesen escritos por otro, sino como si fueran resultado de la experiencia del que las comunica.
Como mucho de los profesos están instruidos de estos secretos, la Sociedad tiene mandado que los que estén en posesión de ellos no puedan formar parte de otras órdenes, exceptuando la de los cartujos, en razón al aislamiento en que viven y al silencio inviolable que guardan, lo cual está confirmado por la Santa Sede.
Es necesario que tengan mucho cuidado que estas advertencias no caigan en manos extrañas porque les darían un sentido siniestro por envidia a nuestra orden. Si esto sucede (lo que Dios no quiera) debe negarse que tales sean los sentimientos de la Sociedad.
Que los superiores investiguen siempre con cuidado y con prudencia si alguno de los nuestros ha descubierto estas instrucciones a algún extraño; porque nadie las copiará ni para sí ni para otro, no se permitirá que se copien, sino por el consentimiento del general o provincial; y si se duda de la capacidad de guardar tan grandes secretos, que se le diga lo contrario y que se le despida.

CAPITULO PRIMERO
Del modo con que debe conducirse la Sociedad cuando se trata de comenzar alguna fundación

1º. Para captarse la voluntad de los habitantes del país importará mucho manifestar el intento de la Sociedad de la manera prescrita en las reglas, donde se dice que la Compañía debe trabajar con tanto ardor y esfuerzo por la salvación del prójimo como por la suya. Para inducir mejor a esta idea será muy oportuno que los nuestros practiquen los oficios mas humildes, visitando a los pobres, los afligidos y los encarcelados. Es muy conveniente confesar con mucha intención y oír las confesiones mostrando indiferencia, sin apurar a los penitentes para que los habitantes mas notables admiren a nuestros padres y los estimen por la tan gran caridad que se tendrá para con todos y por la novedad del asunto.
2º. Téngase presente que es necesario pedir con religiosa modestia los medios para ejercer los cargos de la Sociedad, y que es preciso procurar adquirir la benevolencia, principalmente en los eclesiásticos seculares y de las personas de la autoridad que se conceptúen necesarias.
3º. Convendrá ir a los lugares mas lejanos donde haya que recibir limosnas, que se aceptarán, por pequeñas que sean, después de haber pintado las necesidades de los nuestros. Sin embargo, será muy conveniente dar al momento estas limosnas a los pobres para edificación de los que no tienen exacto conocimiento de la Compañía, y para que en adelante se muestren mas liberales con nosotros.
4º. Todos debemos obrar como inspirados por un mismo espíritu, y cada uno debe estudiar para adquirir los mismos modales, con el objeto de que la uniformidad en tan gran número de personas edifique a todos; los que hicieren lo contrario, deberán ser expulsados como perjudiciales.
5º. En un principio no conviene que los nuestros compren fincas; pero en el caso de que hubiesen comprado algunas bien situadas dígase que pertenecen a otras personas, usando de los nombres de algunos amigos fieles que guarden el secreto; para mejor aparentar nuestra pobreza, las fincas inmediatas a nuestros colegios aplíquense a colegios muy distantes, lo que impedirá que puedan los príncipes y magistrados saber jamás las rentas que tiene la Sociedad a punto fijo.
6º. No irán a residir los nuestros para formar colegios sino a las ciudades ricas, porque debemos imitar en esto a Jesucristo que se detuvo en Jerusalén y solo iba como de paso en las poblaciones menos considerables.
7º. Se debe procurar adquirir de las viudas todo el dinero que se pueda, presentando repetidas veces a su vista nuestra extrema necesidad.
8º. El superior de cada provincia es el único a quien deben constar con certeza las rentas de las mismas; pero en cuanto al tesoro de Roma, es y será siempre un misterio impenetrable.
9º. Los nuestros han de predicar y decir en todas partes y en todas las conversaciones que han venido para enseñar a los niños y socorrer al pueblo, y esto sin interés de ninguna especie y sin excepción de personas, y que ellos no son gravosos a los pueblos como las otras órdenes religiosas.

CAPITULO II

Del modo con que deben conducirse los padres de la Sociedad para adquirir y conservar la familiaridad de los príncipes, magnates y personas poderosas y ricas.

1º. Es necesario que hagamos todo lo posible para ganar completamente las atenciones y el afecto de los príncipes y personas de más consideración, para que, sean quienes fueren, no se atrevan a levantarse en contra nuestra, sino antes bien, todos se constituyan dependientes de nosotros.
2º. Como la experiencia nos enseña que los príncipes y potentados están generalmente más inclinados a favor de los eclesiásticos cuando estos les disimulan sus acciones odiosas, y cuando les dan una interpretación que les favorece, como se nota en los matrimonios que contraen con sus parientas o aliadas, o en cosas semejantes; conviene mucho animar a los que se hallen en este caso, diciéndoles que confíen en la asecución de las dispensas que por intervención de nuestros padres concederá el Papa si se le hacen ver las causas y se presentan otros ejemplos de casos semejantes, manifestando al mismo tiempo los sentimientos que le favorecen, bajo pretexto del bien común y la mayor gloria de Dios que es el objeto de la Sociedad.
3º. Esto mismo conviene si el príncipe tratare de hacer algo que no fuese del agrado de todos los grandes señores, para lo cual se le animará y aún instigará, mientras se aconseja a los otros que se conformen con el príncipe sin descender a tratar jamás de particularidades por temor de que ni no tuviese buen éxito el asunto, se impute a la Compañía, y para que si esta acción se desaprueba, se presenten advertencias en contrario que la prohíban absolutamente, y se ponga en juego la autoridad de algunos padres de quienes conste con certeza que no tienen noticia de las instrucciones secretas, para que afirmen con juramento que se calumnia a la Sociedad con respecto a lo que se le imputa.
4º. Para ganar el ánimo de los príncipes será muy conveniente insinuar con maña, y por terceras personas, que nuestros padres son muy a propósito para desempeñar encargos honoríficos y favorables en las cortes de otros reyes y príncipes; y más que ninguna, en la del Papa. Por este medio pueden recomendarse los nuestros y la Sociedad; por lo mismo no se deberá encargar de esta comisión sino a personas muy celosas y muy versadas en nuestro instituto.
5º. Conviene especialmente atraerse la voluntad de los favoritos de los príncipes y de sus criados, por medio de regalos y oficios piadosos, para que den noticia fiel a nuestros padres del carácter e inclinaciones de los príncipes y grandes; de este modo la Sociedad podrá ganar con facilidad, tanto a unos como a otros.
6º. La experiencia no has hecho conocer cuantas ventajas ha sacado la Sociedad de su intervención en los matrimonios de la casa de Austria, y de los que se han efectuado en los otros reinos como el de Francia, Polonia etc., y en varios ducados. Por tanto, conviene proponer con prudencia enlaces de personas escogidas que sean amigos y familiares de los parientes y de los amigos de la Sociedad.
7º. Será fácil ganar a las princesas valiéndose de sus camareras; para lo que conviene entablar y alimentar con ellas relaciones de amistad; porque así se logrará la entrada en todas partes y aún se tendrá en conocimiento de los más íntimos secretos de las familias.
8º. En cuanto a la dirección de conciencia de los grandes señores, nuestros confesores deberán seguir las opiniones de los escritores que conceden mayor libertad a la conciencia; contrariando así el parecer de los demás religiosos para que se decidan a dejar a estos y se sometan enteramente a nuestra dirección y consejos.
9º. Es preciso hacer que consten todos los medios de la Sociedad, a los príncipes y prelados y a cuantos puedan prestar mucho auxilio a la Sociedad, después de haberles manifestado la trascendencia de sus grandes privilegios.
10º. También será útil demostrar con prudencia y destreza el poder tan amplio que tienen la Sociedad, para absolver aún en los casos reservados, comparándole con el de los demás pastores y religiosos, y también el de dispensar del ayuno y los derechos que se deben pedir y pagar en los impedimentos del matrimonio; por cuyo medio recurrirán a nosotros muchas personas que nos deberán quedar agradecidas.
11º. Es no menos útil convidarlos a los sermones, cofradías, arengas, declaraciones, etc., componer odas en honor suyo, dedicarles actos literarios o conclusiones, y si puede ser provechoso, darles comidas y agasajarles de diversos modos.
12º. Será muy conveniente tomar a nuestro cuidado la reconciliación de los grandes en las riñas y enemistades que los dividan; pues de este modo entraremos poco a poco en conocimiento de sus más íntimos amigos y secretos, y serviremos a aquel de los partidos que más en favor nuestro se presente.
13º. Si estuviere alguno al servicio de un monarca o príncipe y fuere enemigo de nuestra Sociedad, es preciso procurar bien por nosotros mismos, o mejor aún por otros, hacerle amigo de ella empleando promesas, favores y adelantos que se le proporcionarán por el mismo monarca o príncipe.
14º. Ninguno recomiende al príncipe a nadie, ni proporcione adelantos a cualquiera de los que hayan salido, sean como fuere, de nuestra Compañía, y en particular a los que lo han verificado voluntariamente; porque aún cuando lo disimulen siempre conservan un odio inextinguible hacia la Sociedad.
En fin, procure cada uno buscar medios para granjearse el cariño y favor de los príncipes, de los poderosos y de los magistrados de cada población, para que cuando se ofrezca una ocasión a propósito hagan cuanto puedan con eficacia y buena fe en beneficio nuestro, aún contra sus parientes, aliados y amigos.

CAPITULO III

Como deberá conducirse la Sociedad con los de grande autoridad en el estado y que en caso de no ser ricos podrán prestarnos otros servicios.

1º. Queda consignado que se debe hacer todo lo posible para conquistar a los grandes; pero es preciso también ganar su favor para combatir a nuestros enemigos.
2º. Es muy conducente valerse de su autoridad, prudencia y consejos, e inducirles al desprecio de los bienes, al mismo tiempo que procuramos ganar empleos que pueda desempeñar la Sociedad, valiéndose tácitamente de sus nombres para la adquisición de bienes temporales si inspiran bastante confianza.
3º. Es preciso también emplear el ascendiente de los poderosos para templar el encono de las personas de baja esfera y del populacho contrario a nuestra Sociedad.
4º. Es necesario utilizar cuanto se pueda a los obispos, prelados y demás superiores eclesiásticos, según la diversidad de razones y la inclinación que nos manifiesten.
5º. En algunos puntos será suficiente conseguir de los prelados y curas que hagan lo posible para que sus súbditos respeten a la Sociedad, y que no estorben el ejercicio de nuestras funciones, en aquellos en que tengan mayor poder, como en Alemania, Polonia, etc.. Será preciso manifestarles las más distinguidas atenciones para que mediante su autoridad y la de los príncipes, los monasterios, las parroquias, los prioratos, los patronatos, las fundaciones de misas y los lugares piadosos, puedan venir a poder nuestro; porque podremos conseguirlo con más facilidad donde  los católicos se hallen mezclados con los cismáticos y herejes. Es necesario hacer ver a tales prelados la utilidad y mérito que hay en todo esto y que nunca se saca tanto de los clérigos ni frailes para provecho de los fieles. Si hacen estos cambios, es preciso alabar públicamente su celo, aún por escrito,  y perpetuar la memoria de sus acciones.
6º. Para esto es necesario trabajar a fin de que los prelados echen mano de nuestros padres ya como confesores, ya como consejeros; y si aspirasen a más elevados puestos en la corte de Roma, convendrá favorecerlos y apoyar sus pretensiones con todas nuestras fuerzas y por medio de nuestro influjo.
7º. Los nuestros cuidarán de que cuando instituyan los obispos y los príncipes, colegios e iglesias parroquiales, saque la Sociedad facultades para poner en ambos establecimientos vicarios con el cargo de curas, y que el superior de la Sociedad lo sea, para que todo el gobierno de estas iglesias nos pertenezca, y los feligreses sean nuestros súbditos, de modo que todo se puede lograr con ellos.
8º. Donde los de las academias nos fueren contrarios, donde los católicos o los herejes estorben nuestra instalación, conviene valerse de los prelados y hacernos dueños de las primeras cátedras, porque así hará conocer sus necesidades la Sociedad.
9º. Sobre todo será muy acertado procurarse la protección y afecto de los prelados de la iglesia, para los casos de beatificación o canonización de los nuestros; en cuyos asuntos convendrá además alcanzar cartas de los poderosos y de los príncipes para que se abrevie su decisión en la corte católica.
10º. Si aconteciere que los prelados o magnates tuvieren que enviar representantes comisionados, se debe poner todo ahínco en que no se valgan de otros religiosos que estén indispuestos con nosotros, para que no les comuniquen su animadversión, desacreditándonos en las ciudades y provincias que habitamos; y si pasasen por provincias o ciudades donde haya colegios, se les recibirá con afecto y agasajo, y serán tan espléndidamente tratados como lo permita la modestia religiosa.

CAPITULO IV
De lo que se debe encargar a los confesores y predicadores de los grandes de la tierra

1º. Los nuestros dirigirán a los príncipes y hombres ilustres de modo que aparenten propender únicamente a la mayor gloria de Dios, y procurando con su austeridad de conciencia que los mismos príncipes se persuadan de ello; porque esta dirección no debe encaminarse en un principio al gobierno exterior o político, sino gradual e imperceptiblemente.
2º. Por lo tanto seria oportuno y conducente advertirles repetidas veces que el repartimiento de honores y dignidades en la república es un acto de justicia y que ofenden en gran manera a Dios los príncipes, cuando no lo verifican y se dejan llevar de las pasiones; protestarán asimismo con frecuencia y severidad, no querer mezclarse en la administración del estado, pero que se ven precisados a expresarse así a pesar suyo por llevar la misión que les está encomendada. Luego que estén bien convencidos los soberanos de todo esto, será muy conveniente darles una idea de las virtudes de que deben hallarse adornados los escogidos para las dignidades y principales cargos públicos, procurando entonces recomendar a los amigos verdaderos de la Compañía; sin embargo, esto no debe hacerse abiertamente por nosotros mismos, sino por medio de los amigos que tengan intimidad con el príncipe, a no ser que nos coloque en disposición de hacerlo.
3º. Para esto cuidarán nuestros amigos de instruir a los confesores y predicadores de la Sociedad acerca de las personas hábiles para el desempeño de cualquier cargo y que sobre todo, sean generosas para con la compañía; también les deberán constar sus nombres para poderlos insinuar con maña y en ocasión oportuna a los príncipes, bien por si mismos o por medio de otros.
4º. Los predicadores y confesores tendrán siempre presente que se deben comportar con los príncipes amables y cariñosamente, sin chocar jamás con ellos ni en sermones ni en conversaciones particulares, procurando que desechen todo temor y exhortándoles en particular a la fe, la esperanza y la justicia.
5º. Nunca admitirán regalos hechos a cada uno en particular, sino que por el contrario, pintarán la estrechez en que se halla la Sociedad o el colegio, como a todos consta, teniendo que satisfacerse con disponer cada uno de un cuarto en la casa, modestamente amueblada, y advirtiendo que su traje no consiente demasiado esmero, y acudirán con prontitud al auxilio y consuelo de las personas más miserables del palacio, para que no se diga de ellos que solo les agrada servir a los poderosos.
6º. Cuando ocurra la muerte de algún empleado en palacio, se debe tener cuidado  de hablar con anticipación para que recaiga el nombramiento de sucesor en un afecto a la Sociedad, pero procurando evitar toda sospecha de que se intenta usurpar el gobierno al príncipe, por lo cual, no deberán los nuestros, como se ha dicho, tomar una parte directa, sino que convendrá valerse de amigos fieles o influyentes que se hallen en posición de atizar el odio de unos y otros, si llegare a encenderse.

CAPITULO V
Del modo de conducirse con respecto a los otros religiosos que tienen los mismos cargos que nosotros en la iglesia

1º. Es preciso conllevar con valor a estas personas y manifestar en su debido tiempo a los príncipes y señores que siempre son nuestros, y se hallan constituidos en poder, que nuestra Sociedad contiene esencialmente la perfección de todas las otras órdenes, a excepción del canto y la manifestación exterior de austeridad en el método de vida y en el traje, y que si en algunos puntos exceden las comunidades a la Sociedad, ésta brilla con más esplendor en la iglesia de Dios.
2º. Inquiéranse y anótense los defectos de todos los otros religiosos, y cuando los hayamos divulgado entre nuestros amigos fieles, como condolidos de ellos, debe manifestárseles que tales religiosos no desempeñan con el acierto que nosotros, las funciones que a unos y a otros están encomendadas.
3º. Es preciso que los padres se opongan con todo su poder a los religiosos que intenten fundar casas de educación para instruir a los jóvenes en las poblaciones donde se hallan los nuestros enseñando con aceptación y aprovechamiento; y será muy conveniente a nuestros proyectos indicar a los príncipes y magistrados que tales gentes van a excitar disturbios y conmociones si no se les prohíbe la enseñanza de la juventud. En caso de que los religiosos tuvieran letras del Pontífice o recomendaciones de cardenales, obrarán los nuestros en contra de ellos haciendo que los príncipes y grandes pinten al Papa los méritos de la Sociedad y su inteligencia para la pacifica instrucción de los jóvenes, a cuyo fin deberán tener y tendrán certificaciones de las autoridades sobre su buena conducta y suficiencia.
4º. Habrán, no obstante, de formar empeño nuestros padres en disponer pruebas singulares de su virtud y erudición, haciendo que ejerciten sus alumnos sus estudios en medio de funciones escolares de diversión, capaces de atraer aplausos, haciendo por supuesto estas representaciones en presencia de los grandes, magistrados y concurrencia de otras clases.

CAPITULO VI
Del modo de atraer á las viudas ricas

1º. Deberán elegirse al efecto padres ya entrados en años de viva penetración y conversación agradable, para visitar a esas señoras, y si desde luego notaren en ellas aprecio o afición a la Sociedad, les harán ofrecimientos de las buenas obras y merecimientos de la misma; lo que si ellas aceptaren y se lograre que frecuenten nuestros templos, deberá proporcionárseles un confesor que sea capaz de guiarlas en términos de que se mantengan en el estado de viudez, haciéndoles la enumeración y encomios de las satisfacciones que a tal estado acompañan, haciéndoles confiar, y aún prometiéndoles como cierto, que les servirá esto de un mérito para la vida eterna, siendo eficacísimo para sustraerlas a las penas del purgatorio.
2º. Les propondrá este mismo confesor hacer y adornar en su propia casa una capilla u oratorio para verificar sus ejercicios religiosos; porque por este medio se cortará más fácilmente la comunicación, estorbándose el que las visiten otros; y aunque ellas tuvieren capellán particular, se deberá turnar por ir a celebrar allí la misa, haciendo a la confesada advertencias oportunas al efecto y tratando de dejar supeditado a dicho capellán.
3º. Se hará por mudar con tino y paulatinamente lo respectivo al orden y método de la casa, conforme lo permitan las circunstancias de la persona a quien se dirige, sus propensiones, su piedad y aun el lugar y situación del edificio.
4º. No debe omitirse el ir alejando poco a poco a los criados de la casa que no estén en inteligencia con nosotros, proponiendo para su reemplazo a personas de aquellas que estén dependientes o quieran estarlo de la Compañía, porque por su medio podremos hallarnos al corriente de cuanto pasa en la familia.
5º. La mira constante del confesor habrá de ser, disponer que la viuda dependa de él totalmente, representándole sus adelantos en la gracia, como necesariamente ligados a esta sumisión.
6º. La inducirá a la frecuencia de los sacramentos, en especial el de la penitencia, haciéndole dar cuenta en él de sus más recónditos pensamientos e intenciones; la invitará a ir a escuchar a su confesor cuando éste predicare, prometiéndole oraciones particulares, recomendándole igualmente la recitación cotidiana de las letanías y el examen de la conciencia.
7º. Será muy del caso una confesión general para enterarse por extenso de todas sus inclinaciones, por lo que se hará que se determine a ella, aunque ya la hubiese hecho en manos de otro.
8º. Insístase sobre las ventajas de la viudez y los inconvenientes del matrimonio en particular del repetido, y de los peligrosos a que pudiera exponerse relativamente a sus negocios particulares en que se procurará penetrar.
9º. Se le deberá hablar también de hombres que le disgusten, y si se tiene noticia de alguno que le agrade se le representará como hombre de mala vida, procurando por estos medios que se disguste de unos y otros, repugnándole el enlazarse a ninguno.
10º. Cuando el confesor estuviere ya convencido de que ha decidido seguir en la viudez, convendrá que le aconseje dedicarse a la vida espiritual, pero no a la monástica, cuyas incomodidades se le deberán mostrar al vivo; en una palabra, si conviene hablarle de la vida espiritual de Paula y Eustaquio, etc. Se conducirá el confesor en términos de que después de un voto de castidad de la viuda, a lo menos por dos o tres años, la haga renunciar para siempre a segundas nupcias. En este caso ya se le habrán de impedir toda clase de relaciones con los hombres, y aun las diversiones entre sus parientes y conocidos, protestando que debe unirse más estrechamente con Dios. Respecto a los eclesiásticos que la visitaren o a quienes ella fuere a visitar, cuando no sea asequible apartarlos a todos, se trabajará para que los que trate sean recomendados por los nuestros o por los que están a nuestra devoción.

CAPITULO VII
Sistema que debe emplearse con las viudas y medios para disponer de sus bienes.

1º. Se las deberá excitar de continuo a perseverar en su devoción y ejercicio de las buenas obras; en disposición de no transcurrir una semana sin que ellas se desprendan de alguna parte de su sobrante en honor de Jesucristo, de la Virgen Santísima y del Santo que hayan elegido su patrono, dando esto a los pobres de la Compañía o para ornamento de sus iglesias, hasta que se las despoje absolutamente de las primicias de sus bienes, como en otro tiempo a los egipcios.
2º. Cuando las viudas, a más de la práctica en general de la limosna, dieren a conocer con perseverancia su liberalidad a favor de la Compañía, se les asegurará que son participantes de todos los méritos de la misma, y de las del general de la Orden.
3º. Las viudas que hubieren hecho voto de castidad, serán precisadas a renovarle dos veces al año, conforme a la costumbre que tenemos establecida, <<pero permitiéndoles no obstante alguna honesta distracción con nuestros padres>>.
4º. Deberán ser visitadas frecuentemente entreteniéndolas con agrado, refiriéndoles historias espirituales y divertidas, conforme al carácter e inclinación de cada una.
5º. Para que no se abatan, no deberá usarse con ellas de demasiado rigor en el confesionario como no sea que, por haberse apoderado otros de su benevolencia, se desconfíe de recuperar su adhesión, habiéndose de proceder en todos casos con gran maña y cautela, atendiendo a la inconstancia natural de la mujer.
6º. Es menester evitar hábilmente que frecuenten otras iglesias, en particular las de conventos; para lo cual se les recordará a menudo que en nuestra Orden están reunidas cuantas indulgencias han conseguido parcialmente todas las demás corporaciones religiosas.
7º. A las que se hallen en el caso de vestir luto, se les aconsejarán trajes de corte agraciado que reúnan a la vez el aspecto de la mortificación y el del adorno, para distraerlas de la idea de hallarse dirigidas por un hombre extraño al mundo. También, con tal que no sea muy peligroso o expuesto y particularmente a volubilidad, podrá concedérseles, como se mantengan consecuentes y liberales para con la Sociedad, lo que exija en ellas la sensualidad, siendo con moderación y sin escándalo.
8º. Deberá procurarse que en casa de las viudas haya doncellas honradas, de familias ricas y nobles que poco a poco se acostumbren a nuestra dirección y método de vida, y se les dará una directora, elegida y establecida por el confesor de la familia, para que permanezcan sumidas siempre a todas las reprensiones y hábitos de la Compañía; y si alguna no quisiere avenirse a todo, deberá enviarse a casa de sus padres o de los que las trajeron, acusándolas luego de extravagancia y del carácter díscolo y chocante.
9º. El cuidar de la salud de las viudas y de proporcionarles algún recreo no es de menor importancia que el cuidar de su salvación; y así si se quejaren de alguna indisposición, se les prohibirá el ayuno, los cilicios y la disciplina, sin permitir que vayan a la iglesia; mas continuará la dirección cauta y secretamente en sus casas; se les dará entrada en el huerto y edificio del colegio, con tal que se verifique con sigilo, y se les consentirá conversar y entretenerse secretamente con los que ellas prefieran.
10º. A fin de conseguir que las viudas empleen sus posibles en obsequio de la Sociedad, se les debe representar la perfección de vida de los santos, que renunciando al mundo, extrañándose de sus parientes, y desprendiéndose de sus fortunas, se consagraron al servicio del Ser Supremo, con entera resignación y contento. Se les hará saber al mismo efecto lo que arrojan las constituciones de la Sociedad y su examen relativamente al abandono de todas las cosas. Se les citarán ejemplos de viudas que han alcanzado la santidad en poco tiempo; dándoles esperanzas de ser canonizadas si su perseverancia no decae, y prometiéndoles para dicho caso nuestro influjo con el santo padre.
11º. Se deberá imprimir en sus ánimos la persuasión de que si desean gozar de completa tranquilidad de conciencia, necesitan seguir sin repugnancia, sin murmurar ni casarse, la dirección del confesor, así en lo espiritual como en lo temporal, como que se halla destinado por el mismo Dios para guiarlas.
12º. También se les dirá con oportunidad, que el Señor no quiere que hagan limosnas, ni aún a religiosos de una vida reconocidamente ejemplar y aprobada, sino consultándolo antes con el confesor, y arreglándose al dictamen de éste.
13º. Pondrán los confesores el mayor cuidado en que las viudas y sus hijas de confesión no vayan a ver a otros religiosos, bajo pretexto alguno, ni tengan trato con ellos. Para esto celebrarán a nuestra Sociedad como la orden mas esclarecida entre todas; la de mayor utilidad en la Iglesia, y la de mayor autoridad para con el pontífice y los príncipes; perfectísima en sí, pues despide de su seno a los que pueden amenguarla y no son correspondientes a ella; pudiendo decirse que no consiente espuma ni heces como entre los otros monjes, que cuentan en sus conventos muchos ignorantes, estúpidos, holgazanes, indolentes respecto a la otra vida y entregados en ésta al desorden, etc.
14º. Propondrán y persuadirán los confesores a las viudas a asignar pensiones ordinarias y otras cuotas anuales a los colegios y casas profesas para su sostenimiento, con especialidad a la casa profesa de Roma, y no olvidarán recordarles la restauración de los ornamentos de los templos y reposición de la cera, el vino y demás necesario a la celebración.
15º. A la que no hiciere dejación de sus bienes a la Compañía, se le manifestará en ocasión aparente en particular cuando se halle enferma o en peligro de muerte, los muchos colegios que hay que fundar; y se le excitará con dulzura y entereza a hacer algunos desembolsos como mérito para con Dios en que pueda ella fundar su gloria eterna.
16º. Del mismo modo se procederá con respecto a los príncipes y otros bienhechores, haciéndoles ver que tales fundaciones han de perpetuar su memoria en este mundo y granjearles la bienaventuranza eterna; y si algunos malévolos adujesen el ejemplo de Jesucristo, diciendo que pues no tenia en que reclinar la cabeza, la Compañía de su nombre debía ser pobre a imitación suya, se hará conocer y se imprimirá en la imaginación de estos y de todo el mundo, que la Iglesia ha variado y que en el día ha venido a ser un estado que debe ostentar autoridad y grandes medios contra sus enemigos, que son muy poderosos; o como aquella piedrecilla pronosticada por el profeta, que, dividida, vino a ser una gran montaña. Incúlquese constantemente a las viudas que se dedican a la limosna y ornamento de templos, que la mayor perfección está en despojarse de la afición a las cosas terrenales, cediendo su posesión a Jesucristo y sus compañeros.
17º. Siendo muy poco lo que debe prometerse de las viudas que dedican y educan a sus hijos para el mundo, debe buscarse algún remedio a esto.

CAPITULO VIII
Medios para que los hijos de viudas ricas abracen el estado religioso ó el de la devoción.

1º. Para conseguir nuestro propósito, debemos hacer de modo que las madres lo traten con rigor, y manifestarnos nosotros amorosos con ellos. Convendrá inducir a las madres a que les quiten sus gustos desde la más tierna edad y les regañen, coarten, etc., etc., a las niñas en especial, prohibiéndoles las galas y adornos cuando van entrando en edad competente; que les inspiren vocación por el claustro prometiéndoles un dote de consideración si abrazan semejante estado; representándoles los desazones que trae consigo el matrimonio y los disgustos que ellas mismas han experimentado en el suyo, significándoles el pesar que sienten por no haberse mantenido en el celibato. Últimamente conviene manejarse en términos que produzcan en las hijas de las viudas tal fastidio de vivir con sus madres, que piensen entrar en un convento.
2º. Tratarán los nuestros con intimidad a los hijos de las viudas, y si parecen a propósito para la Compañía, se les hará penetrar de intento en nuestros colegios, haciéndoles ver cosas que puedan llamar la atención por cualquier medio; tal como jardines, viñas, casas de campo y las alquerías a donde los nuestros van de recreo; se les hablará de los viajes que los jesuitas hacen a diferentes países, de su trato con los príncipes, y de cuanto puede cautivar a los jóvenes; se les hará notar el aseo del refectorio, la comodidad de los aposentos, la agradable conversación que tienen los nuestros entre sí; la suavidad de nuestra regla y el tener todo por objeto la mayor gloria de Dios; se les mostrará la preeminencia de nuestra orden sobre todas las demás, cuidando de que las conversaciones que se les tengan sean divertidas al paso que de piedad.
3º. Al proponerles el estado religioso, cuídese de hacerlo como por revelación y en general insinuándoles luego con sagacidad la bienaventuranza y dulzura de nuestro instituto sobre todo otro; y entre la conversación se les hará entender el gran pecado que se comete contrariándose a la vocación del Altísimo; por fin, se les inducirá a hacer unos ejercicios espirituales que los iluminen acerca de la elección de estado.
4º. Se hará lo posible para que los maestros y profesores de los indicados jóvenes sean de la Compañía a fin de vigilar siempre sobre esto y aconsejarlos; mas si no se  les puede reducir, se les procurará privar de algunas cosas, haciendo que sus madres les manifiesten los apuros y estrechez de la casa, para que se cansen de tal género de vida, y si, finalmente, no se pudiere conseguir de su voluntad entren en la Sociedad, deberá trabajarse porque se les mande a otros colegios de los nuestros que estén lejos, como para estudiar, procurando impedir que sus madres les den muestras de cariño, y continuando al mismo tiempo por nuestra parte en atraerlos por medios suaves.

CAPITULO IX
Sobre el aumento de rentas de los colegios

1º. Se hará todo lo posible porque no se ligue con el último voto el que esté avocado a una herencia, mientras no se verifique, a no ser que tenga en la Compañía un hermano más joven, o por alguna otra razón de mucha entidad. Ante todo lo que debe procurarse son los aumentos de la Sociedad, con arreglo a los fines en que convienen sus superiores, que deben estar acordes, para que la Iglesia vuelva a su primitivo esplendor para la mayor gloria de Dios; de suerte que el clero todo se halle animado de un espíritu único. A este fin deberá publicarse por todos los medios, que se compone en parte la Sociedad de profesos tan pobres, que carecerían de lo más indispensable a no ser por la beneficencia de los fieles, y que otra parte es de padres también pobres, aunque viven del producto de algunas fincas, por no ser gravosos al público en medio de sus estudios y de las funciones de su ministerio, como lo son las otras órdenes mendicantes. Los directores espirituales de príncipes, grandes, viudas acomodadas y demás de quienes podamos esperar bastante, los dispondrán en términos de que den a la Compañía en cambio de las cosas espirituales y eternas las temporales que ellas poseen; por lo mismo llevarán siempre la idea de no desperdiciar ocasión de recibir siempre, cuando y lo que se les ofrezca. Si prometiéndoles, se retardare el cumplimiento de la promesa, la recordarán con precaución, disimulando cuanto se pueda la codicia de riquezas. Cuando algún confesor de personajes u otras gentes, no fuese apto, o careciese de la sutileza que en estos asuntos es indispensable, se le retirará con oportunidad, aunque les pondrán atinadamente otros; y si para precisar enteramente a los penitentes, se hiciere necesario, se sacará a los destituidos a colegios distantes, figurando que la Sociedad los necesita allí; porque hemos sabido que habiendo fallecido de improviso unas viudas jóvenes, no ha tenido la Compañía el legado de muebles muy preciosos, por haber habido descuido en aceptarlos a su debido tiempo. Para recibir de estas cosas, no ha de atenderse al tiempo, sino a la buena voluntad del penitente.
2º. Para atraerse los prelados, canónigos, deanes y demás eclesiásticos nos es preciso emplear ciertas artes; y se logrará procurando que practiquen en nuestras casas ejercicios espirituales, y valiéndose gradualmente del afecto que profesen a tales cosas divinas se les irá aficionando a la Sociedad, que pronto tendrá prendas de su adhesión.
3º. No olvidarán los confesores el preguntar con la debida cautela y en ocasiones adaptadas, a sus confesados de ambos sexos, sus nombres, familias, parientes, amigos y bienes; informándose en delante de sus sucesores, estado, intención en que se hallan y resolución que hubieren tomado; la que si aún no estuviera determinada, procurarán hacerla formar de un modo provechoso a la Compañía. Cuando se funde desde luego esperanza de utilidad por no ser conveniente preguntarlo todo a la vez, se les aconsejará que hagan confesión general, que así se desembarazará cuanto antes la conciencia y podrá adoptarse un género de vida que los reformará. Se hará informar el confesor con repetición de lo que una vez no le diere suficientes luces; y si las consiguiese por este medio, convendrá, siendo una mujer, hacerla confesar con frecuencia y visitar nuestra iglesia; y siendo hombre, invitarle a que venga a nuestras casas y hacerle familiarizarse con los nuestros.
4º. Lo que se dijo respecto a las viudas debe tener igualmente aplicación a los comerciantes y vecinos de todas partes, como sean ricos y casados sin hijos, de modo que la Sociedad pueda llegar a heredarlos si se ponen en juego los medios que llevamos indicados; pero, sobretodo, será bien tener presente lo dicho acerca de las devotas ricas, que traten con los nuestros y de quienes puede el vulgo murmurar cuando más, si ya no es que son de clase muy elevada.
5º. Procurarán los rectores de los colegios enterarse por todos los medios de las casas, parques, sotos, montes, prados, tierras de labrantío, viñas, olivares, caseríos y cualquier especie de heredades que se encuentren en el término de su rectoría; si sus dueños pertenecen a la nobleza o al clero o son negociantes, particulares o comunidades religiosas; inquirirán las rentas de cada una, sus cargas y lo que por ellas se paga. Todos estos datos o noticias se han de buscar con gran maña y a punto fijo, valiéndose ya del confesionario, ya de relaciones de amistad, o de las conversaciones accidentales; y el confesor que se encuentre con un penitente de posibles lo pondrá en conocimiento del rector procurando por todos modos el conservarlo.
6º. El punto esencial en que estriba es el siguiente: que se manejen los nuestros en términos de ganarse la voluntad y afición de sus penitentes, y demás personas que traten acomodándose a sus inclinaciones si fuera conducente. Los provinciales cuidarán de mandar algunos de los nuestros a puntos en que residan nobles y pudientes; y para que los provinciales lo hagan con oportunidad, los rectores deberán noticiarles con anticipación las cosechas que allí van a verificarse.
7º. Cuando reciben a hijos de casas fuertes en la Compañía. Deberán manifestar si le será fácil adquirirse los contratos y títulos de posesión y si así fuere se enterarán de si han de ceder algunos de sus bienes al colegio o por usufructo o por alquiler o en otra forma, o si podrán venir a parar en el tiempo en la Sociedad; al logro de lo cual, será muy apropósito dar a entender especialmente a los grandes y pudientes, la estrechez en que vivimos y las deudas que nos apremian.
8º. Cuando las viudas o casadas nuestras devotas, no tuviesen más que hijas, las persuadirán los nuestros a la misma vida de devoción o la del claustro, para que excepto el dote que haya de darles puedan entrar sus bienes en la Sociedad paulatinamente, mas cuando tengan varones, a los que ellos fuesen a propósito para la compañía, se les catequizará y a los demás se les hará entrar religiosos en otras órdenes, con la promesa de alguna suma reducida. Cuando sea un hijo único, a toda costa se le atraerá, inculcándole la vocación como hecha por Jesucristo, haciéndole desembarazarse enteramente del temor de sus padres y persuadiéndole de que hará un sacrificio muy acepto al Todo-Poderoso, si se atrae a su autoridad, abandona la casa paterna y entra en la Compañía, lo que si así sucediere después de dar parte al general, se le enviará para su noviciado a una casa distante.
9º. Los superiores pondrán al corriente a los confesores, de las circunstancias de estas viudas y casadas, para que ellos las aprovechen en todas ocasiones en beneficio de la Sociedad; y cuando por medio de uno no se sacare partido, se le remplazará con otro, si se hiciese necesario, se le mandará a mucha distancia, de modo que no puedan seguir entendiéndose con estas familias.
10º. Se procurará convencer a las viudas y personas devotas que aspiren con fervor una vida perfecta, de que el mejor medio para conseguirla es ceder todos sus medios a la Sociedad, alimentándose de sus réditos, que le serán religiosamente entregados hasta su muerte, conforme el grado de necesidad en que se hallen; y la justa razón que se empleará para su persuasión es que de este modo podrán dedicarse exclusivamente a Dios sin atenciones y molestias que les distraigan de este que es el único camino para alcanzar el más alto grado de perfección.
11º. Los superiores pedirán al fiado a los ricos y adictos a la Compañía, entregando recibos de su propia letra, con el fin de hacer creer al mundo por todos estilos que la Sociedad está pobre, no olvidándose de visitar a menudo a los que prestaron, para exhortarles sobre todo en sus enfermedades de consideración, a que devuelvan los documentos de la deuda diciendo que así no necesitarán hacer mención de la Compañía en su testamento; y por esta conducta adquirimos bienes sin dar motivo a que nos censuren los herederos.
12º. También convendrá en gran manera pedir a préstamo, con pago de intereses anuales y emplear el mismo capital en otra especulación que produzca mayores réditos a la Sociedad; porque tal vez sucederá por motivos a compasión los que nos prestaron, nos perdonen el interés en testamento o donación, cuando vean que fundamos colegios e iglesias.
13º. La Compañía podrá reportar utilidades del comercio, valiéndose del nombre de comerciantes de crédito cuya amistad posea; y a de procurarse una utilidad cierta y considerable aún en las Indias, que gracias a Dios, no solo han dado hasta hoy almas a la Sociedad, sino grandes riquezas además.
14º. En los pueblos donde residan nuestros padres se valdrán de médicos fieles a la Sociedad, para que la recomienden especialmente a los enfermos, y la pinten bajo un aspecto muy superior del de las otras órdenes religiosas, y logren que seamos llamados para asistir a los poderosos, en particular a la hora de la muerte.
15º. Los confesores deberán visitar con frecuencia a los enfermos; en especial si se hallan de peligro, y los superiores cuidarán muy exactamente de enviar un padre de la Compañía que mantenga al enfermo en sus buenos propósitos, cuando el confesor tenga que separarse de su lado, por cuyo medio lograremos deshacernos de otros religiosos y eclesiásticos que acudan a rodear al enfermo. Sin embargo, nunca estará demás atemorizar a los enfermos con el infierno y cuando no, con el purgatorio, diciéndoles que el pecado se apaga con la limosna como el fuego con el agua, y que nunca estarán mejor empleadas las limosnas que cuando se destinen al socorro de los religiosos que por vocación están dedicados a la salvación del prójimo, que también les tocará parte de sus méritos y redimirán sus pecados, cuya multitud se borra por medio de la caridad. Esta virtud, que puede pintarse también como el vestido nupcial, sin el que nadie puede tomar asiento en el sagrado banquete, y por fin, se citaran los pasajes de la Sagrada Escritura más apropósito y conformes a la capacidad del enfermo,  para moverle a que sea generoso con la Compañía.
16º. Los nuestros persuadirán a las casadas mal avenidas con los extravíos y deslices de sus maridos, y temerosas por la suerte de ellos, de que pueden quitarles alguna cantidad para expiación de sus pecados y alcanzarles el perdón.

CAPITULO X
Del especial rigor en la disciplina de la sociedad

1º. Debe ser despedido de la Sociedad, como su enemigo, cualquiera, sea del grado y edad que fuere, cuando constare que ha desviado de nuestras iglesias a los devotos o devotas, o bien haya dado motivos a que no las frecuente o disuadido a cualquier persona rica y bien dispuesta a favor de la Sociedad, de hacer algún beneficio a ésta o disponer en pro de ella, estando en ánimo de verificarlo, induciéndola a que dispusiera a favor de los parientes del disuadido; porque esto revela un espíritu poco mortificado y es indispensable que los profesos lo estén absolutamente. Del mismo modo serán despedidos los que hayan aconsejado a los penitentes que den limosnas a los parientes pobres de estos; mas para evitar que los expulsos se resientan si conocen la causa, no serán despedidos desde luego, sino que por de pronto se les prohibirá recibir la confesión, se les incomodará y mortificará encargándoles los ministerios más viles, precisándoles diariamente a ejecutar lo que más les repugne, se les separará de las cátedras principales, de los cargos honoríficos, se les reprenderá en los capítulos y públicamente, se les impedirá todo recreo y trato con los extraños, se les privará, tanto en el vestido como en los muebles, de lo no indispensable, hasta que lleguen a incomodarse y murmurar, en cuyo caso serán expulsados como religiosos poco mortificados y capaces de causar graves daños a los demás con su mal ejemplo. Si hubiese que dar satisfacción a los extraños, basta con decir que no tenían el carácter que exige la Sociedad.
2º. Deberán también ser expulsados los que rehusasen adquirir para la Compañía, diciéndoles que están demasiado pagados de su propia opinión; y en caso de haber de responder ante los provinciales, se les manifestará esto mismo; no es conveniente escucharlos, sino obligarles a observar la regla que previene una obediencia ciega.
3º. Desde un principio o al menos desde la juventud se observará indispensablemente cuales son los más afectos a la Sociedad, y cuando se averigüe que algunos tengan cariño a sus parientes, a los pobres o a las otras órdenes y sus religiosos, se practicará con ello lo dispuesto en el artículo primero y serán despedidos.

CAPITULO XI
De la conducta uniforme que observarán los nuestros con los que hayan pertenecido a la Sociedad

1º. Los que han sido expelidos de la Sociedad suelen por lo común ser perjudiciales por los secretos que saben de ella, por lo cual se contrarrestará sus esfuerzos de la manera siguiente. Antes de proceder a su completa expulsión, se les debe obligar a prometer por escrito y bajo juramento, que nada dirán o escribirán en contra de la Compañía. Si faltaren a sus promesas y juramentos, los superiores que, según la costumbre admitida en la Sociedad, deberán tener por escrito una detallada noticia de los vicios, defectos y malas inclinaciones de los expulsos, adquirida por la confesión general que estos hicieron en descargo de su conciencia, se valdrán de dicha manifestación, informando a los grandes y prelados para destruir sus pretensiones y hacer que pierdan cuanto hubiesen adelantado.
2º. A todos los colegios se escribirá en el acto, dándoles noticia de los que hayan sido expulsados, abultando las razones generales que han determinado a desecharlos, cuales son la falta de obediencia, la tibieza y poca mortificación de su espíritu, el ningún apego a los ejercicios devotos, la terquedad de amor propio, etc. Luego, se advertirá a todos los nuestros que se abstengan de sostener con ellos correspondencia, y que cuando se hable de su extrañamiento con gentes de fuera, sea uno mismo el lenguaje de todos, expresando en toda ocasión y lugar que la Compañía no se deshace de nadie sino por causas muy poderosas, siendo un símil de la mar, que arroja fuera de si los cuerpos corrompidos, etc. Podrán aducirse de paso algunos motivos, que con sutileza se procurará sean de aquellos que se nos atribuyen y se aborrecen en nosotros.
3º. Se debe tratar de persuadir a todos en las pláticas interiores de que los expulsos eran personas inquietas y de que andan instando para volver a la Compañía, ponderándoles la desgracia de aquellos que ella ha rechazado de su seno, y diciendo que han tenido un fin muy desastroso.
4º. Se deberán precaver las acusaciones que puedan hacer los desechados, para lo que deberá ponerse en juego la autoridad de personas caracterizadas a quienes se hará afirmar que entre nosotros no se expele a nadie sin causas muy poderosas, y que la Sociedad nunca corta los miembros sanos; de lo que es prueba evidente su notorio celo y sus afanes por la salvación de las almas.
5º. Luego se prevendrá y precisará por cuantos medios sean dados, a los prelados y personajes con quienes tengan algún prestigio y valimiento los expulsos, a fin de hacérselo perder, manifestándoles que el decoro y buen nombre de la Sociedad, de tanta importancia y útil a la Iglesia, debe prevalecer en consideración sobre cualquier particular, sea quien fuere; y si se echare de ver que dichos sujetos se conservan afectos a los expulsos, se les declararán los motivos que dieron lugar a despedirlos, desnaturalizando si es menester los hechos, para sacar el partido que convenga.
6º. Se impedirá por todos los medios, que obtengan los expulsos cargo o dignidad de cualquier clase en la Iglesia, en especial los que por su voluntad hubiesen salido; a no ser que ellos se sometan a la Compañía, con cuanto adquieran, y hagan constar los nuestros que aquellos quieren depender de ella.
7º. Promuévase oportunamente la separación de los expulsos del ejercicio de las fundaciones sacerdotales, como el púlpito, el confesionario, la publicación de libros de religión etc., porque debemos temer que ganen aprecio y celebridad del pueblo. A este fin, será muy conducente averiguar cuanto sea dable respecto a su vida, costumbres, personas con quienes trate, ocupaciones etc.; lo que podrá proporcionarse trabando las nuestras relaciones con algunas de las personas de la casa en que habiten.
Ensorprendiendo alguna cosa reprensible en ellos o que les pueda atraer desconcepto, se tratará de divulgarla por medio de gentes de mediana calidad, dando en seguida los pasos conducentes para que llegue a oídos de los grandes y prelados que los favorezcan, para que se retraigan a vista de la mancha que puede caer sobre ellos. Si nada malo se les descubriese, y tuvieren una conducta arreglada, no dejarán los nuestros de rebajar su buena opinión con proposiciones sutiles y frases capciosas, para privarles en lo posible del lauro de sus virtudes y acciones meritorias, haciendo en el concepto que de ellos se tiene, vaya desvaneciéndose por grados; pues es de gran interés para la Sociedad que aquellos a quienes rechaza, y aún más principalmente aquellos que de motu propio la abandonan, se hundan en la oscuridad y el olvido.
8º. Se invertirán sin cesar accidentes siniestros y deplorables, sobrevenidos a los que en cualquier sentido salieron de la Compañía; recomendando de paso a los fieles que imploren para ellos en sus invocaciones y rezos la misericordia del Ser Supremo; y así no se pensará que hablamos con pasión. En nuestras casas se exagerarán estos  contratiempos para que sirvan de rémora a los otros.

CAPITULO XII
Quienes conviene que sean sostenidos y conservados en la Sociedad

1º. El primer puesto en la compañía pertenece a los buenos operarios que son los que les procuran tantos bienes espirituales como temporales; tales son los confesores de los príncipes, de los poderosos, de las viudas y beatas ricas, los predicadores, los profesores y los que tienen conocimientos de estas constituciones secretas.
2º. Los faltos ya de fuerzas o agobiados por la vejez, deberán ser considerados respectivamente conforme al uso que hayan hecho de sus talentos en pro del bien temporal de la sociedad, de modo que se atiendan los méritos anteriores contraídos; a más de que su permanencia continua en la casa les hace muy apropósito para dar parte a los superiores de cuanto noten en los inferiores.
3º. No debe expulsarse a estos si no en caso de extrema necesidad para no sufrir la mancha que recaería sobre la Sociedad.
4º. También se debe favorecer a los que sobresalgan por su talento, nobleza o bienes, en especial cuando cuenten con amigos y parientes poderosos, adictos a la Sociedad; y si ellos mismos la aprecian sinceramente, deben ser enviados a Roma o a las principales universidades para que reciban su instrucción, o en caso de haber estudiado en alguna provincia, será muy conveniente inducirlos por medio de atenciones y cuidados especiales, a que cedan sus bienes a la Sociedad; mientras esto se verifica, no rehusárseles cosa alguna, pero cuando la cesión de bienes esté verificada, serán tratados como todos los otros, aunque guardando siempre alguna consideración por lo pasado.
5º. Habrá también consideración por parte de los superiores hacia los que hayan traído a la Sociedad algún joven notable, porque así han dado a conocer suficientemente su afecto a ella; mas si no hubieren profesado todavía, debe tenerse mucha precaución y no dejarse llevar de la indulgencia; no fuere que si ellos se marchasen lleven también a los jóvenes que trajeron.

CAPITULO XIII
De los jóvenes que han de ser elegidos por la Sociedad

1º. Debe tenerse mucho atino en cuanto a la elección de los jóvenes, que habrán de ser despejados, nobles y de buenas dotes físicas, o cuando menos sobresalientes en algunas de estas cualidades.
2º. Los superiores de los colegios que cuidan de su enseñanza, han de prepararlos durante sus estudios para que puedan ser atraídos con mayor facilidad; y en sus conversaciones fuera de la cátedra, deben pintarles cuan grato es a Dios el que se dedica a servirle con todos sus bienes, y sobretodo si es en la Sociedad de su Hijo.
3º. Conviene que algunas veces los introduzcan en el colegio y en el jardín o los lleven a las casas de campo teniéndolos en compañía de nuestros padres en tiempos de asueto, para que adquieran con ellos cierta especie de familiaridad, que sin embargo no ha de ser tanta que les inspire menosprecio.
4º. No se consentirá que los nuestros les castiguen ni les obliguen a colocarse en sus tareas entre los demás educandos.
Deberán emplearse dádivas y privilegios conformes a su edad, y alentarlos al mismo tiempo con pláticas morales, para ir atrayéndolos poco a poco.
6º. Se les hará creer que por alguna predestinación de la Providencia Divina han sido ellos los predilectos entre tantos como acuden al colegio.
7º. También habrá ocasiones en que convenga atemorizarlos, especialmente en las exhortaciones, repitiéndoles que solo una condenación eterna está reservada para los que se niegan a escuchar la voz de Dios que les está llamando.
8º. Cuando continuamente expresen su anhelo por entrar a formar parte en la Compañía debe suspenderse la admisión, si permanecen constantes; mas cuando permanezcan indecisos, se les guardarán todas las consideraciones posibles.
9º. Se les amonestará con repetición que a ninguno de sus amigos, ni aún a sus padres deberán descubrir su intención antes de haber sido admitidos; y cuando tuviesen algún mal pensamiento de variar de voluntad, tanto ellos como la Sociedad quedarán en plena libertad para obrar del modo que les pareciere más conveniente. En el caso de que logren vencer la tentación, nunca faltarán ocasiones para hacerles cobrar ánimo, recordándoles lo que ya se ha dicho, siempre que esto sucediere durante el noviciado o hechos ya los votos simples.
10º. Con respecto a los hijos de los grandes, poderosos y nobles, como es sumamente difícil conquistarlos si viven con sus padres, por que le dan educación más adecuada para sus deseos de que les sucedan en sus destinos deberá procurarse persuadir a los padres valiéndonos del influjo de nuestros amigos, más que del nuestro, de que convendría enviarlos a otras provincias o universidades distantes que estén a cargo de nuestros padres, cuidando antes de remitir a los profesores respectivos las instrucciones necesarias acerca de la calidad y circunstancia de los nuevos discípulos, para que de este modo puedan hacerles concebir más fácilmente cariño hacia nuestra Sociedad.
11º. Cuando hayan avanzado en edad, se les inducirá a practicar unos ejercicios espirituales que en Alemania y en Polonia han dado los mejores frutos.
12º. En sus pesares e incomodidades se les consolará conforme a las inclinaciones y carácter de cada uno, y en las conversaciones privadas se reprochará el mal empleo de las riquezas haciéndoles patente al mismo tiempo que despreciar el don inestimable de una vocación verdadera es condenarse a las eternas penas del infierno.
13º. La excelencia de la Compañía en comparación de las otras órdenes, la santidad y ciencia de sus miembros, la fama que en todo el mundo se han granjeado estos, las distinciones y honores que han obtenido de todos serán otros tantos medios para lograr que los padres de los jóvenes se determinen a consentir que sus hijos entren en la Sociedad; después conviene hacerles una relación de los príncipes y magnates que han vivido y aún viven dichosos y satisfechos en su seno, también se ponderará lo agradable que sin duda será para Dios ver a los jóvenes consagrarse a su santo servicio, especialmente siendo en la Compañía de su divino hijo, y qué cosa tan sublime es un hombre que lleva en medio de su juventud, el yugo del señor. Cuando parezca difícil por su extremada juventud, debe hacerse presente la suavidad del instituto que no contiene en sí otras reglas que puedan llamarse austeras si no la observancia de los tres votos, y sobretodo que ninguna es obligatoria ni aún bajo pena de pecado venial.

CAPITULO XIV
Sobre casos reservados y motivos que exigen expulsión de la Compañía

1º. Lo que expresan los números 1, 2, 3 y 4 se guardará ignorado de todos los extraños; porque indudablemente parecería injurioso al Santo Sacramento de la penitencia; sería capaz de hacerlo odioso, e incitaría a la práctica de doctrinas que la iglesia tiene condenadas.
5º. Siendo la nuestra una corporación noble y preeminente de la Iglesia, puede deshacerse de los que no parezcan propios para la práctica de su instituto. Aun cuando en un principio nos hayamos manifestado satisfechos de ellos, luego que no queramos conservarlos será fácil motivar su despedida, si se procura impacientarlos de continuo obligándolos a ejecutar lo que menos les agrade, colocándolos bajo las órdenes de superiores duros, separándolos de los estudios y funciones honoríficas etc., hasta hacerlos quejarse y murmurar.
6º. Conviene no dejar en la Compañía a los que se rebelan abiertamente contra sus superiores, y se quejan pública o reservadamente de sus compañeros; en especial, si es con gentes de fuera; ni a los que con los nuestros o los extraños censuren el comportamiento de la Sociedad respecto a procurarse bienes temporales, o administración, o cualquiera otros actos de la misma; por ejemplo, que trata de confundir y abrumar a los que no quieren su bien; que obró de tal modo en estas o las otras expulsiones, etc. También nos desharemos de los que en conversaciones sobre venecianos, franceses o otros que arrojaron de su territorio a la Compañía o le han ocasionado trastornos, callen o los defiendan.
7º. Antes de expulsar a cualquiera debe hostigársele en un todo, sacándole de las funciones que desempeña de ordinario y dedicándole a otras; en ellas se le debe reprender aunque las lleve perfectamente, aplicándole como por insuficiencia a otras cosas e imponiéndole grandes penas por las faltas más leves; se le abochornará en presencia de los demás hasta sacarla de sí; y últimamente, será expulsado como pernicioso a todos; para lo cual, se aprovechará el momento en que menos pueda presumirlo.
8º. Cuando tuviera alguno de la compañía esperanzas fundadas de conseguir un obispado u otra dignidad, deberá precisársele a prestar otro voto sobre los ordinarios que la sociedad exige, el cual será conservar perpetuamente buenos sentimientos hacia la Sociedad, hablar bien de ella, no tener confesor que no sea de su seno, y no proceder a cosa alguna de entidad sin el beneplácito de la misma. Por que a consecuencia de no haber observado esto el cardenal Tolet, obtuvo la Compañía una declaración de la Santa Sede para que ninguno de raza no limpia, descendiente de judíos o mahometanos, fuese admitido a dignidad de la Iglesia sin prestar igual voto, pudiendo expelérsele como enemigo declarado, por celebérrimo que fuese.

CAPITULO XV
Términos en que debe conducirse la Compañía para con las monjas y beatas

1º. Guárdense los confesores y predicadores de ofender a las religiosas y de manifestarles alguna tentación opuesta a la vida que han abrazado; por el contrario, procuren captarse la benevolencia de las superioras, y podrán llegar, cuando menos, a ser confesores extraordinarios de la comunidad, que si esperan ha de demostrarse agradecida, deberán tratar de conservarla, porque las abadesas, especialmente las que proceden de casas nobles y ricas, pueden ser de mucha utilidad a la Compañía, así con los medios de su posición, como por sus parientes, allegados y amigos; de modo, que con el trato e influencia en los principales monasterios podremos lograr relacionarnos e intimar con casi toda una población.
2º. Se precaverá, no obstante, que nuestras beatas frecuenten los conventos de monjas, no sea que cobren afición al método de vida de las religiosas y la prefieran, frustrando los proyectos que abrigamos de poseer el todo o parte de sus bienes. Pero cuando se noten en ellas deseos de entrar en el claustro, las disuadirá el confesor, diciéndoles que el voto de castidad y obediencia lo pueden prestar en sus manos, asegurándoles que tal sistema de vida está conforme con los usos de la iglesia primitiva, y que así podrán ser luces descubiertas que alumbran la casa en vez de las que arden tapadas en términos de no poder iluminar a las almas; aconsejándoles sobretodo que a imitación de las viudas del Evangelio, hagan algo en honor de Jesucristo obrando el bien que puedan a favor de su Compañía. Se les hablará, por último, cuanto sea posible contra la vida monástica, tratando con el mayor sigilo estas instrucciones, y haciéndoles prometer el secreto para que no lleguen a noticia de otros eclesiásticos.

CAPITULO XVI
Modo de hacer profesión de despreciar las riquezas

1º. Con el fin de estorbar que los de fuera echen de ver nuestro prurito por riquezas, convendrá no admitir las ofrendas de mediano valor con que se nos brinde por los buenos oficios de la Compañía, aunque deberán aceptarse las pequeñas de gentes adictas; y de este modo no se nos tachará de avarientos por admitir las cuantiosas.
2º. Será bien que no consintamos se entierren en nuestras iglesias personas de poca clase, aunque nos hayan sido adictas; por que con los multiplicados entierros se pararía la atención en lo que ganamos.
3º. Respecto a las viudas y las demás personas que hubiesen hecho dejación de sus bienes a la Sociedad, se deberá proceder con entereza y despejo, tratándolas sin distinción como a cualquiera otras; por que no se diga que en consideración a los bienes terrenos concedemos los grados de favor; e igual plan deberá observarse con aquellos de la Compañía que le donaren sus bienes, luego que lo hayan verificado; y si necesario fuese, se les expulsará; mas que sea con la mayor sagacidad, a fin de que dejen a lo menos una parte de lo que habían cedido o la leguen para después de su muerte.

CAPITULO XVII
Medios para ensalzar la Compañía

1º. Cada uno debe procurar tener la misma opinión que los otros, aún en los asuntos más frívolos, o ya que esto no sea, asegurar que es; por que así se aumentará y fortalecerá más y más la Sociedad, sin que le hagan mella los trastornos que sobrevengan en los negocios del mundo.
2º. Es una obligación para todos nuestros padres, hacer los mayores esfuerzos para brillar por su ciencia y sus buenos ejemplos, con el fin de oscurecer a todos los religiosos, en especial a los obispos, curas etc., hasta que el mismo pueblo apetezca vernos ocupando todos los cargos a la vez. Se debe divulgar públicamente la idea de que los obispos y curas no necesitan hallarse dotados de gran instrucción, sino únicamente de la indispensable para desempeñar su ministerio; por que la Sociedad que siempre se ha dedicado a toda clase de estudios, puede suministrarles consejos cuando los necesiten.
3º. A los príncipes se les repetirá la idea de que la fe católica necesita de la política para sostenerse en la actualidad, para lo cual es preciso mucho acierto; y de este modo alcanzará a los nuestros el afecto y consideración de los grandes y tal vez vendrán a ser sus íntimos consejeros.
4º. Para alimentar su precio se les comunicarán a tiempo noticias interesantes y ciertas, recibidas de todas partes por medio de los nuestros.
5º. Casi siempre nos reportarán muchos beneficios las desavenencias entre los grandes; por lo cual conviene fomentarlas con prudencia y secreto, aunque sea preciso destruir mutuamente su poder, pero en el caso de que se adviertan señales de una próxima reconciliación debe interceder la Sociedad para que ésta se realice; no sea que haya otros que se anticipen a verificarlo.
6º. Tanto los magnates como el pueblo se deben persuadir de que nuestra Sociedad ha sido establecida por disposición divina, según profetizó el eclesiástico Joaquín, para que por este medio se reponga la Iglesia de los daños que los herejes le causaron.
7º. Una vez adquirido el favor de los obispos y magnates, necesitamos apropiarnos  los curatos y canonjías, para que pueda verificarse la reforma del clero en los términos debidos, haciendo que como en tiempos mejores viva sujeto a una misma regla con los obispos respectivos y avanzando a la perfección. Debemos también aspirar a la obtención de las abadías y prelaturas que vaquen, considerándolas de no difícil asecución, si se tiene en cuenta la ignorancia y desidia de los frailes; porque nada más útil para la Iglesia que poner en manos de la Sociedad los obispados, y aún encomendar a uno de nuestros padres la silla pontificia, particularmente si el papa fuera señor temporal del mundo. Esta es la causa porque se debe procurar con mucho acierto y sigilo extender la Compañía en cuanto lo temporal, y entonces descenderá sobre la Iglesia la paz universal y perpetua, y la bendición del cielo.
8º. Siendo de temer que se promuevan disturbios si todo esto llegase a suceder, deberá variar nuestra política conforme a las circunstancias, y excitar guerras contra los soberanos adictos a nosotros, para que en todas partes se haga necesaria la intervención de la Sociedad y vengamos a ser ayuda indispensable a la pública tranquilidad; por lo cual tendrá la Compañía en beneficios y dignidades eclesiásticas la recompensa a que se habrá hecho acreedora de parte de los príncipes.
9º. Finalmente, cuando ya cuente la Sociedad con el favor y efecto de los soberanos debe procurar cuanto pueda mostrarse temible respecto a sus adversarios.

ssssssssssssssssssssssssssssss

Si en realidad tratáramos con personas verdaderamente cristianas y deístas nos bastará todo lo expuesto para que vieran el error en que incurrieron al escribir y aprobar el libro que nos ocupa, pero como no lo son más que en el dicho forzoso nos es probarles  una vez más su negación a Dios y al Cristo en los hechos para que por más tiempo la hipocresía con su manto vil no pueda tapar la luz al que por voluntad propia la quiera ver, pues juramos descubrirla tan pura como nos fuera dada, y estamos en el deber de no pasar por perjuro ante Dios del mismo modo que ellos no quieren pasar ante los hombres. Probado como queda que el liberalismo es deísta y cristiano pasemos a examinar lo que hay sobre el espiritismo, puesto que como espiritistas y no masones por no pertenecer a logia alguna, es lo que en justicia nos pertenece defender, sin perjuicio de que digamos que hacemos nuestro el código masónico y estamos con todos aquellos que lo cumplan en práctica, sea de la secta o religión que fuere, ya sea blanco o de color, ya de uno u otro estado, pues en el hecho hallamos el objeto que buscamos haciendo caso omiso del dicho que nada significa para el cumplimiento de la ley divina.

¿Qué hay sobre el espiritismo?

Sin duda fue nuestra ignorancia la que nos hizo creer que para refutar una obra y con el rigor de la justicia dar fallo sobre ella era preciso leerla toda, ser perito en el asunto de que se trata y después de gran meditación aprobar o desaprobarla; y más convencidos quedamos de ello al llegar a nuestras manos el opúsculo que nos ocupa y ver la imparcialidad que suplica su autor a todo el que lo leyere; pero debemos confesar que nos llevamos un gran chasco, puesto que el señor Sardá juzga todo el Espiritismo por solo una parte de la introducción del libro de los espíritus por Allan Kardec. ¡Dios se lo pague!
El señor Sardá principia por decir que el espiritismo carece de bases, que quién le responde de que los espíritus hayan revelado algo; que la Iglesia la tiene en la divinidad de Jesucristo y la autoridad de un Magisterio como representante. Dice en su página 20 que una porción de Ángeles se rebelaron contra Dios y fueron castigados con tormentos eternos y que nosotros no lo creemos así; y nosotros decimos, que las bases del Espiritismo son los atributos que Roma le concede al Ser Creador universal en la doctrina establecida para los párvulos por el padre Astete (=3=) que a su pregunta ¿Quién es Dios? contesta, es un ser purísimo, infinitamente poderoso, bueno, sabio, misericordioso, caritativo y justo; así explica la mencionada doctrina, los atributos divinos y nosotros tomándolos por base y examinándolos por medio de la oración mental que la misma enseña cuando dice: ¿Quién enseñó el Padre nuestro? Jesucristo; ¿Para qué? para enseñarnos a orar; ¿Qué es orar? es elevar el corazón a Dios y pedirle mercedes; ¿Cuántas maneras hay de orar? dos, una mental, otra vocal; ¿Cuál de las dos oraciones es la mejor? la mental; ¿Por qué? porque con ella se habla con Dios como con la vocal con los hombres, y hemos encontrado que son justos. ¿Puede el señor Sardá revocar esta doctrina? no, puesto que fue aprobada por un Sumo Pontífice. ¿Cómo pues, se atreve a negar que los hombres puedan hablar con los espíritus si Roma declara que podemos hablar con Dios mismo? ¿Cómo se atreve a revocar lo declarado por Roma? ¿Cómo se atreve a rebajar a Dios más que al más ínfimo de los hombres después de haberle concedido los atributos mencionados? ¿Acaso encontró muchos padres hombres que teniendo amor a sus hijos les hayan negado su propio lenguaje desde el momento que han nacido? No es posible, y si en la tierra hallo alguna excepción registren su conciencia los que tanto se oponen a las leyes de la naturaleza y no les será difícil reconocer que ellos son la causa primera de que haya seres abandonados; ¿no ha comprendido usted el amor de padre por ser célibe? pues debía haber estudiado en los que cumplen aquel precepto de <<creced y multiplicaros>> ¿ha encontrado usted padre que teniendo amor a todos sus hijos prohíba a los buenos de que se relacionen con alguno que se hubiere extraviado de su autoridad? Por mi parte no lo he podido hallar, pero encontré algunos que suplicaron a los primeros trabajaran por conseguir traer al extraviado al buen camino, y cuando lo consiguieron y juntos volvieron a la casa paterna tampoco se escondió el padre para que el extraviado no lo viera, por el contrario recibió a los dos con igual contento; pues si esto sucede entre los hombres padres ¿por qué negar que también sucede con los espiritistas? ¿Cuál es la misión de los ángeles guardianes, Sr. Sardá? ¿no la conoce? Pues es su primer deber como padre de almas que se titula, así como comprender el lenguaje espiritual para enseñar a los hombres que se comprendan con ellos. ¿No es Dios el padre de todos? Pues usted no puede ser otra cosa que un intérprete entre los espíritus y los hombres, y mal podrá cumplir si no comprende y practica los dos idiomas. ¿O es que por ocupar un rango que le eleva ante los hombres, pretende que su alma haya venido de distinto sitio y más predilecto que las de los mendigos y por ello pretende negarnos el parentesco de hermanos y desheredarnos de la casa paterna? En tal caso, peor para usted y mejor para nosotros, puesto que el Padre por su atributo de amor y justicia nos dará nuestro merecido.
Pero hay más; usando ese mismo lenguaje se nos han facilitado medios para reconocer los errores que se nos han venido enseñando con los cuales se niegan los atributos antes mencionados y se hace del Cristo un hombre de los más ignorantes.
Como quiera que nuestro mayor interés desde el momento en que empezamos a comprender el lenguaje mental mencionado, fue el de averiguar la verdad de la doctrina que el Cristo había enseñado, nos encontramos con que la única que debíamos recoger es la de Amor, Paz, Caridad, que es la ley divina recomendada por él, pues las demás están adulteradas; registrando el Evangelio nos hallamos con el Padre nuestro y las ocho Bienaventuranzas; al examinarlas encontramos la más infinita de las adulteraciones, puesto que se niegan en absoluto los atributos a Dios y la filosofía al Cristo, ¿y por qué se le atribuyen al último las palabras <<venga a nos tu reino, el pan de cada día, dánosle hoy, no nos dejes caer en tentación y líbranos de mal>>?. Supongámosle ignorante por un momento; Roma dice en la Salve que somos desterrados, luego ésta debe conocer mejor que el Cristo la Filosofía y Teología y siendo así ¿cómo pretende sostener que el reino de Dios venga a ser destierro?
<<El pan de cada día, dánosle hoy>> ¿No le habéis concedido los atributos de sabio, misericordioso y justo; pues si debiera darnos ese pan que le pedís y os falta por no habérselo pedido, no es sabio ni justo, y si no lo dio antes de pedirlo y lo da por solo vuestro pedido, tampoco lo es. ¿Comprendió esto el Cristo mejor que Roma, y todos los que han colaborado tal Evangelio? sí, por eso se guardó muy bien de pronunciar tales palabras; sabía además que cuando los primeros espíritus vinieron a poblar la tierra ya el Padre había puesto en ella cuanto pudieran necesitar, pero todo para todos, como lo demostró al formar la comunidad que Roma ha sabido continuar a su modo y manera egoísta.
<<No nos dejes caer en tentación, mas líbranos de mal>>; ¿habló o no del libre albedrío? ¿dijo o no a los fariseos que no entrarían en el Reino de los Cielos sin volver a nacer de nuevo? Así consta en los mencionados Evangelios y con ello se niega lo demás exactamente, porque siendo Dios misericordioso infaliblemente nos ha de dar tiempo apropiado a nuestra voluntad para cumplir la suya sin que para nada se meta con nosotros que no sea por su justicia infinita pues de meterse no podemos ser responsables de nuestros actos y por lo tanto no tendríamos derecho al premio ni al castigo. ¿Quien pues ha faltado aquí, el Cristo o los colaboradores y continuadores del Evangelio? los últimos, puesto el Padre nuestro que el Cristo enseña escrito se halla de esta manera:
<<Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, llévanos a tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo y perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores>>, ¿puede haber manera de orar más respetuosa hacia un Ser que Roma le concede los atributos arriba mencionados? ¿en donde se halla la ignorancia que demuestra la que hemos copiado del Evangelio?
<<Perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores>> ¡Oh! qué palabra tan sabia para seres que la puedan comprender puesto en ella va encerrada la pena del talión y la justicia más exacta, en ella está clara la luz que al Cristo iluminaba; su saber teológico para darnos a comprender, que tanto como hagamos padecer a nuestros semejantes, habremos de padecer de un modo u otro, más tarde o más temprano, puesto el Padre no puede perdonarnos las ofensas que hagamos a nuestros hermanos, como tampoco le ofendemos sin ofender a uno de estos porque es bondad infinita; mas ¿porqué no se da a conocer a la humanidad tal doctrina con esta misma pureza? porque en tal caso no podría haber personas que vivieran en la opulencia de los goces materiales sin cumplir el precepto de <<con el sudor de tu frente comerás el pan>>; por eso los idólatras cristianos hicieron la separación de los libros que no les convenía se leyeran so pretexto de ser apócrifos, del mismo modo que encerraron la filosofía natural por incomprensible para los hombres. ¿Cuándo piensan descubrirla?

1ª Bienaventuranza

Se atribuye al Cristo el dicho de Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; no dijo tal, sus palabras textuales fueron: Bienaventurados vosotros los pobres porque vuestro es el reino de los cielos si limpios estáis de corazón; más también dijo, que había dos clases de pobres como había otras dos de ricos, dando a cada cual su significado; a los ricos materiales les aconsejó que dejaran sus riquezas en toda aquella parte que no les fueran necesarias, puesto el Padre las había colocado en la tierra para todos y así al dejar las materias no se hallarían sus almas preocupadas con ellas que tanto las entretienen; ¿no dijo también que es más difícil entrar un rico en el reino de los cielos, que pasar un camello por el ojo de una aguja? pues con solo esta palabra que como la otra se halla en los Evangelios, queda confirmado el error de los colaboradores; el mismo Cristo ¿fue pobre o rico? Roma dice que fue pobre y así lo enseña a sus adeptos, más yo le digo, que fue y es muy rico de espíritu, que Roma no me lo podrá negar puesto lo ha hecho Dios y sentado a la diestra del Padre. ¿Luego cómo los pobres de espíritu podrán llegar a su elevación sin hacerse ricos como él siendo Dios justo? ¿O quieren ustedes decir que fue tan pobre de espíritu como de riquezas materiales? en tal caso no pudo subir al reino de los cielos ni menos llegar al Padre, por cuanto los espíritus pobres no pueden atravesar la atmósfera que circunda la tierra. ¿Saben en que consiste la pobreza o riqueza de espíritu? pues nosotros se lo diremos.
Creado el espíritu de materia (=4=) y dotado con una chispa de luz divina es pobre, por cuanto la materia domina a la esencia (=5=) para hacerse rico es menester que suceda al contrario, por el dominio de la primera parte viene a la tierra, por el dominio de la segunda sale de ella, por el dominio de la primera se aleja de Dios y de su luz, por el dominio de la segunda se va aproximando, más y más hasta llegar al lado del Padre y recibe de él su luz; luego en qué quedamos ¿dijo Cristo bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos o dirá como nosotros decimos arriba? ¿Es ignorancia o malicia Romana presentar a la humanidad madejas tan enredadas como la que nos ocupa Sr. Sardá? Por nuestra parte no podemos creer que sea lo primero por cuanto hemos hallado copiado algunos párrafos de la Filosofía escolástica que nos demuestra haber penetrado todo lo que nos ha venido llamando misterios, de los cuales vamos a copiar uno que dice así:
<<Este es un concepto erróneo lucubrado por la pseudo-filosofía y sostenido por una locución viciosa, que el escolantismo cuida muy bien de desvanecer; el hombre hablando en rigor y con toda propiedad, no es un compuesto de alma por un lado y de cuerpo ya organizado por otro, sino que es un compuesto de alma y materia sin organizar, a la que el alma informa y organiza para transformarla en cuerpo. Si me fuera lícito materializar los dos conceptos, diría que así como el bómbix morí (=6=) labra el capullo donde tiene que encerrarse, así el alma organiza la materia e informa el cuerpo donde tiene que infundirse. No ingresa el alma en un cuerpo ya formado o previamente organizado por otro principio; es la materia que ingresa en la esfera de acción del alma; rellenando de solidez plástica el etéreo molde de esa esfera mediante el influjo organizador de aquella potencia>>.
Con lo expuesto creemos bastará para quedar probado nuestro concepto de que Roma no sostiene errores por ignorancia en cuestiones filosóficas, más debemos preguntar aquí ¿por qué enseña y obliga a hablar con Dios todos los días a los que han entrado en el estado religioso y jurado conservar los secretos romanos, y lo oculta para los que no se dicen religiosos? Pues si tales ocultaciones no existieran, el cristianismo verdad sería universal y el hombre todo lo más feliz a que puede llegar en la tierra.
Dicen que somos hermanos y dicen la verdad; quieren desheredarnos de la casa paterna, trabajo inútil como ya están viendo el desengaño, puesto que les estamos descubriendo lo que creían más tapado. Conservando sin embargo una de las partes más principales para cuando venga el caso, que no se hará esperar si ellos por caridad no lo descubren.
De la misma manera que hemos descubierto lo que antecede y valiéndonos del lenguaje mental Romano hemos sabido también que así como Dios crea seres humanos, también crea vegetales y animales, los cuales pone a disposición del primero, y de ellos debe usar mas no abusar, habiendo traído el primero la obligación de usar amor y caridad con todos sus semejantes cual el Cristo aconsejó cuando dijo: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, haz con todos como quieras que hagan contigo en igualdad de circunstancias que en ello amas al Padre que está en los cielos; pero que todos están sujetos a una ley de progreso en sus propias especies; razón por la que también los animales que están en la tierra son unos más adelantados que otros; luego no debe extrañarse el S. Sardá, de que haya hombres que por su orgullo manifiesten ser muy aproximados a los animales, y sin necesidad de arengarlos como lo hace en su libro saben hacer cosas peores que las fieras carnívoras, porque sus miembros se lo permiten y son máquinas para llevar el fusil; ¿porqué no aconsejarles que en vez de apuntar al fusilero lo llamen hacia si y se den el abrazo fraternal como hermanos que son? pues éste y no aquél es el deber de todo hombre que por su orgullo y egoísmo no se aproxima a los animales ¿no ha leído V. en el libro de espíritus que dice: Dios crea espíritus ignorantes pero no malos? pues allí está escrito. Roma dice que es obra de caridad enseñar al que no sabe, V. se titula Padre de almas, lo que nos indica que está para enseñar al que no sabe respecto de su alma ¿es que con sus consejos y escribiendo libros como los que nos ocupan como piensa encaminarlas al reino de los cielos? adelante pues, mas no olviden que hay una pena del talión.
¿Tiene bases sólidas el espiritismo Sr. Sardá? pues le rogamos que las tire con su moral, mientras nosotros le decimos ¿quien le responde que los espíritus hayan dicho algo? y examinamos las de la Iglesia Romana.
En el año 157 de nuestra era, mandó Pío que la Pascua se celebre en domingo conforme se lo había revelado un Ángel que se presento en traje de Pastor a su hermano Hermes. Los Evangelios dicen que Maria tuvo revelaciones varias veces, que las tuvieron José, Jesús, los Apóstoles, las dos Marías, que Jesús se transformó a presencia de Pedro, Juan y Jacobo, que el espíritu habló luego en los Apóstoles, y que Pablo se convirtió por haber visto al espíritu de Jesús en figura del Padre. Todo esto y mucho más les cuenta a Vds. la Iglesia Romana ¿cómo nos pide otros responsables? Con tal petición demuestran que no tienen confianza en ella ¡y son dignidades de la iglesia! pues bien, le responden a V., los atributos divinos que reconoce y la Cabaña es responsable de V. y de todos aquellos que reciban retraso espiritual cumpliendo la ley divina y creyendo en la revelación de Dios y de sus espíritus porque está autorizada para ello ¿Quiere V. más garantías?
Nos dice el Sr. Sardá que la Iglesia tiene sus bases en la divinidad de Jesucristo y la autoridad de un Magisterio como representante ¡otro desbarajuste! primero nos dice la Iglesia que Dios es espíritu purísimo y de mucho saber, nos presenta las doctrinas que el Cristo enseñó con las cuales deshace todo el saber y los demás atributos y el señor Sardá nos dice que el Cristo es divino ¿cómo salir de este atolladero? ¿nos sacarán las dignidades de la Iglesia que aprobaron los opúsculos que nos ocupan? No lo creemos, pero tal vez sí la historia y la filosofía natural.
Los Apóstoles Pedro y Pablo se disputaron sobre quien tenía más derecho para hablar y contar a las gentes la sana moral que el Cristo había enseñado. Pedro acusaba a Pablo de haber sido uno de los grandes perseguidores y no podía creer en su conversión tan pronta puesto lo hacía divino; cesaron tales disputas, cuando Pablo dijo, que el Espíritu del Cristo se le había presentado en forma humana resplandeciente como el Sol que nos alumbra; como Pedro había visto ya la transformación del monte no pudo dudar de la aparición a Pablo, la humanidad filosófica halló a Dios en ese mismo Sol hace muchos siglos y Pablo no tuvo reparo en creer, que el Cristo procedía del Sol mismo; mas Pedro y los demás masones que lo habían conocido y tratado materialmente solo creyeron en Jesús un espíritu más purificado que ellos; pero como ciertas inteligencias son más aptas que otras por su pureza para los trabajos filosóficos y teológicos, también hay otras que por su materialización son más aptas para el fanatismo, las cuales no dudaron en creer que el Cristo era hijo único del Sol y que de allí no podía venir otro. Estas dos clases de inteligencias han marchado siempre en pugna unas con otras dominando siempre las ignorantes por la fuerza bruta como en la actualidad tratan de hacer a pesar del progreso intelectual; por esta razón las verdaderas lumbreras de la Iglesia Romana han sido muy pocas. Magisterio, y algunas que quisieron descubrir la luz con todo su esplendor las apagaron antes que las viera la humanidad; otras como S. Jerónimo y doce doctores más (=7=) dijeron alguna cosa, pero no pasaron sus dichos de la subyugación a que se habían sometido bajo juramento antes de tomar sus hábitos. ¡Ah! si la primera autoridad de la Iglesia Romana en la actualidad (=8=) fuera tan libre como nosotros ya nos hubiera evitado estos descubrimientos haciéndolos ella misma, mas a nosotros nos toca decirla aquí para que su materia obedezca al espíritu. Que recuerde al Cristo en la Cruz y tenga valor como él si como él desea que su alma pase al reino de los Cielos, que si juramentos hizo como hombre ante los hombres, antes los hizo su espíritu ante Dios; ¡ojalá nos comprenda siendo hombre como nos comprende el espíritu cuando es libre!
Lo expuesto ha sido la causa de que la Iglesia Romana haya pasado y pase por tantos cismas de lo cuales podía haberse evitado no dando poderes a inteligencias incapaces de cumplirlos y es su misión la espiritual, pues (a nuestro entender) deben darse dichos poderes a personas aptas para comprender la filosofía y la teología con la mayor pureza posible sin que se tomen trabajos que con tales estudios no tengan relación para evitarlos de toda turbación, pues sabido es que no puede servirse a dos señores a un mismo tiempo y de este modo nos evitaríamos muchos males, incluso el de tener que mencionar aquí a seres que debían olvidarse después del mucho tiempo que pasaron a la Historia, y ella misma gozaría de la paz necesaria para poder regir a la humanidad con acierto; ¿acaso no contó con datos suficientes para saber marchar por buen camino, o es que nosotros nos equivocamos? pues debemos decir que tal vez no lo quiso saber, puesto tenemos datos a la vista que lo justifican.
En el año 252 de anatematizó a Novaciano por haber dicho que los pecados no son perdonados con sólo confesarlos; y en efecto, Dios, siendo justo, no puede perdonar los agravios que hagamos a nuestros semejantes, como no puede ofenderse por cuanto hagamos y digamos si no ofendemos a uno de ellos, por su atributo de Bondad infinita; además, en su mandato al espíritu le dice que ame a todos sus semejantes, no que le amen a él. Luego ¿quiénes son los hombres para perdonar los agravios espirituales? Quien tal pretenda no puede menos de estar cargado de la materia etérea primitiva y por tanto dominado por la más crasa ignorancia en la filosofía y teología naturales.
En el año 260 se anatematizó a Pablo Samaritano, porque enseñaba que el Cristo no había bajado del cielo en cuerpo y alma, sino que había nacido de Maria; y nosotros preguntamos a la humanidad, ¿quién sería más digno de recibir el anatema (caso de haber alguno digno de anatematizar)? ¿Cómo pretender que Cristo hubiera venido a la tierra de distinto modo que los demás hombres? Si así fuere, Dios no es justo ni bueno ni los demás tenemos obligación de responder de nuestros actos y por lo tanto no hay necesidad de que nos perdonen los pecados, luego los Padres de almas están de más; pero hay más. Cuando al Cristo lo clavaron en la cruz, ¿vertió sangre o no? No hay duda de que sí, puesto que Roma así nos representa su imagen, luego su cuerpo era de la tierra, porque lo fluídico no la posee, luego el cuerpo de la tierra salió y en la tierra tuvo que quedar, lo que vino y lo que se fue es la forma, como nos explica el párrafo que hemos trascrito de la filosofía escolástica; ¿dónde está pues ese cuerpo? ¿no lo saben los romanos?... además, el mismo nos dijo: Padre nuestro que estas en los cielos..., y Juan en sus Evangelios ¿no atestigua que dijo: Voy a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios? ¿qué mejor declaración se quiere? pues señores que tales cosas hacéis ¿podéis decir en verdad que sois deístas ni cristianos?.
Veamos si el magisterio de que nos habla el Sr. Sardá tiene bases más sólidas que la divinidad de Jesucristo.
Por de pronto, al mirar la historia de los Papas nos encontramos con que Eugenio IV en el concilio de Basilea es tratado de simoníaco, perjuro, hereje, incorregible etc., etc. el excomulga al Concilio y los condena a que la tierra se los trague en cuerpo y alma. Esteban IV forma proceso contra los ratones. Silvestre II fue nigromante; Benedicto VIII dispone que no puede haber reyes sin ser nombrados por el Papado; Inocencio III establece la inquisición, e Inocencio VIII la impulsa con todo rigor; Sergio III fue papa puesto por su querida Marozia, de quien tuvo luego un hijo, y por Teodora, madre de su querida. Teodora, la joven, hizo que se eligiera a su amante Juan X, Papa.; Juan XI, hijo de Sergio, fue Papa a los veinticuatro años, y Juan XII, a los dieciocho años; éste se fugó con Adalberto y el tesoro;. Esteban VI desenterró el cuerpo de su antecesor (Formoso), le formó causa, le separó la cabeza del cuerpo, le corta tres dedos y lo arroja al río Tíber; el concilio Parisiense desenterró a Almarico y lo arrojó a un lugar inmundo; Benedicto IX fue Papa a la edad de doce años; fue echado del Papado dos veces por sus instintos depravados; lo recupera la tercera y lo vendió por dinero; León X, cardenal a los trece años; Julio II tiñendo espada y coraza amenaza a los soldados en el Circo de Mirándola; Benedicto IV fue mandado estrangular por su sucesor Bonifacio VII, el mismo Bonifacio robó todo lo más sagrado de la Iglesia y escapó a Constantinopla, volvió a Roma con fuerzas y mandó matar a Juan XIV; Juan XXIII fue corsario, luego Papa y por un concilio en 2 de marzo en 1415 fue preso por haber vendido beneficios y reliquias, haber hecho asesinar a otras personas y envenenado a su antecesor urbano VI; Clemente VII y Juan XXIII fueron Papas a un mismo tiempo; y no queremos proseguir la Historia por que nos causa horror solo el pensar que estos y muchos más se han titulado representantes de Jesucristo, Padres de almas y por fin infalibles; mas si al Sr. Sardá no le bastan estas muchas por ser nuestras para convencerse de que las bases sobre que está fundada la Iglesia son de fango, lea lo que sigue y niéguelo si le es posible.

DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER
VENERABLES PADRES Y HERMANOS:

No sin temor, pero con una conciencia libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.
Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.
Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S. Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de Trento proclamó la regla de fe y de moral.
He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco de Mahoma que no existía aún.
Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.
Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.
Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.
Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: --"Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra".
No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.
Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.
Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.
Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).
¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?
Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago; y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos y hermanos. (Hech. cap. 15).
¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?
Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20), que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.
Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen "somos de Pablo, somos de Apolo" (1ª. Corintios, 1 y 12), así como culparía a los que dijesen, "somos de Pedro". Si este último Apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecen a su propio colega.
El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.
¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo