REFUTACIÓN A LOS FOLLETOS
EL LIBERALISMO ES PECADO
Y
¿QUE HAY SOBRE EL ESPIRITISMO?
DEL
SR. D. FÉLIX SARDÁ Y SALVANY, PBRO.
Revelación 4ª
Edición 2ª Aumentada por "LA CABAÑA"
El Liberalismo y Espiritismo pertenecen a Dios y al Cristo.
El Catolicismo es antideísta y anticristiano.
PRECIO: 0,75 CÉNTIMOS
Abaixadors, 10, 3º., 1ª.—BARCELONA.— 1890
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Portada: Edición 2ª Aumentada 1890 |
INTRODUCCIÓN
Cuando el alma separada de las pasiones mundanales se entrega
a contemplaciones silenciosas y se extasía en la gran obra de la Naturaleza, ve
y comprende según su pureza, las magnificencias de la creación y saborea con placer
los aromas del concierto universal, a la par que contempla de frente las glorias
creadas; una de estas contemplaciones siquiera sea momentánea, basta para robustecer
los espíritus más débiles, con lo que toman nuevo valor para soportar las fatigas
que le puedan ocasionar los trabajos que a su cargo tienen, para desempeñar en este
mundo de penalidades a donde cada uno trae las suyas; oigo preguntar si todas las
almas que aquí habitan, podrán extasiarse en tales contemplaciones, por lo que se
deja comprender lo poco acostumbrados que están tales preguntadores a que les hablen
de filosofía natural, falta de gravedad suma en las personas que se han titulado
y siguen titulándose directores de almas. Mas, mientras ellos se aprestan a contestar,
lo haremos por ellos nosotros.
Todo espíritu puede extasiarse en las maravillas celestes siempre que su pureza
le permita atravesar la atmósfera que circunda a la tierra, no sin la pureza necesaria
puesto que hay una ley justa que se lo impide, y este mismo impedimento es causa
también de que algunas nieguen la luz que vieran las que se elevaron con tanta pureza,
de lo cual resulta una contradicción tan grande entre unos y otros hombres, como
difícil llegar a entenderse en la cuestión moral, y por consiguiente imposible en
la material, puesto que ésta es la que arraiga más el orgullo y egoísmo, causa de
todos los males en la tierra, sin que se presente efecto alguno desagradable entre
los hombres que no tenga intervención la misma mencionada causa; a tal extremo conduce
el orgullo de algunos hombres que no permiten que otros puedan ver y comprender
lo que por la mencionada ley justa debe estar velado para ellos.
Cuando en nuestros tiempos juveniles buscaba nuestra mente estas causas, creíamos
que los hombres de grandes estudios materiales se hallarían exentos de todo error
y nos lamentábamos de vivir en la ignorancia por no contar con fuerzas para estudiar
como ellos; pero más tarde nos hemos arrepentido de tales lamentaciones y damos
gracias al Ser Supremo por no haber podido estudiar y ser sabios al estilo de aquellos
que algunas veces envidiábamos; ¿porqué tal arrepentimiento? por haber comprendido
que el saber de aquellos es ficticio y artificial y de haberlo empezado nosotros
de igual modo nos hubiera servido de gran estorbo para el desarrollo del saber natural.
Se nos tachará el dicho de saber ficticio y artificial, y debemos dar una satisfacción.
Llamamos saber ficticio en los estudios morales a todos aquellos conocimientos que
el hombre adquiere por medio de libros que otros escribieron, sin que anteriormente
los hayan adquirido por si mismos, puesto que no teniendo todas las inteligencias
la misma lucidez, tampoco es posible tengan la misma comprensión; por ejemplo, si
nuestra alma no ha podido atravesar la atmósfera que circunda la tierra y tomamos
un libro de Filosofía o Teología, poco o nada comprenderemos de las cosas naturales
y menos de Dios y sus espíritus; solo un acto de orgullo y vanidad, nos obligará
a sostener lo que en ellos hallamos escrito sin comprenderlo; pero si nuestra alma
se ha remontado a regiones más elevadas que la de quien lo escribió, no solo comprenderemos
lo escrito, sino que, podremos aumentar los conocimientos allí hallados, porque
el alma ve, oye y comprende mejor cuanto más se aproxima a su Creador, y esta aproximación
es imposible sin el cumplimiento de la ley justa arriba mencionada.
Comprendemos también que muchos seres podrán orientarse en algunos principios de
libros útiles para empezar su desarrollo, mas también comprendemos que deben tomarlo
como base, no como escuela definitivamente. Nosotros tomamos por base el libro universal
en el que leemos en los ratos estáticos arriba mencionados, y hemos visto, que en
tal libro todas las almas pueden leer pero ninguna puede mancillar, y hemos hallado
que cada alma tiene un deber que cumplir hacia sus semejantes y que éstas cumplen
mejor o peor según el orgullo y egoísmo que las domina, hemos comprendido el nuestro
y juramos cumplirlo a pesar del desprecio que los hombres que por sabios se tienen
en la tierra hagan de nosotros, puesto sabemos que tales desprecios nos ayudan a
gozar fuera de ella.
Por tanto; si al escribir la primera Revelación los convidamos a discusión, y no
han acudido por tener a menos relacionarse con nosotros por creernos ignorantes,
satisfacción darán sus almas un día del gran atraso que causaron al progreso intelectual
por falta de caridad; ¿Creen acaso que los conocimientos Filosóficos y Teológicos
que recibieron son de su propiedad absoluta? No, tales conocimientos se reciben
para dar al que quiera por voluntad propia recibirlos, y cuanto más se da más se
obtiene, como cuanto más se encierra hay mucho menos; ¿han temido entrar en discusión
por objeto lucrativo? peor para ellos, puesto sin discusión no hay luz, y culpables
serán de las tinieblas que ofuscan a mucha parte de la humanidad, por cuanto si
ellos recibieron como tres, otros pudieran recibir como cuatro, otros como uno y
otros como mil, y discutiendo o trabajando tales capitales resultaría gran beneficio
para los que nada recibieron sin disminuir los verdaderos; he aquí el proverbio
del amo y los tres criados del Evangelio que los hombres que se creen sabios en
la tierra lo han echado al olvido, no sabemos con que fin; mas La Cabaña se lo recuerda,
porque lo toma por deber cual tiene manifestado cuando dijo: no vengo a decir nada
nuevo porque todo se dijo; vengo a aclarar lo que otros enturbiaron, a descubrir
lo que otros taparon, y por este mismo deber se ve precisada a dar publicidad en
esta segunda edición de hechos escritos que como el proverbio arriba mencionado
se han olvidado o se quiere que no se vean a pesar de la gran luz que arrojan para
que puedan ver los que ciegos se hallan por subyugaciones fanáticas; vea pues quien
tenga ojos y oiga quien oídos tenga para las cosas morales.
AL SR. DON FÉLIX SARDÁ Y SALVANY P. B. R. O.
En 1887 tuvimos el gusto de refutar sus opúsculos El liberalismo
es pecado y ¿Qué hay sobre el espiritismo? en cuya refutación le convidábamos a
discusión para aclarar el pecado y probarle que el Catolicismo es anti-deísta y
anti-cristiano (según nuestro concepto); tuvimos el cuidado de mandar un ejemplar
tanto a V. como a los señores que lo habían autorizado (según su libro indicaba)
para que nos contestasen y entablar la mencionada discusión como correspondía a
toda persona de alguna educación moral y amante de la verdadera luz; mas es la fecha
27 de Abril del 90 y no hemos tenido el gusto de recibir contestación alguna, pero
sí hemos leído que algunos otros de su clase y de más alta categoría sostienen el
mismo concepto que V.
Entonces prometimos una 2ª edición y hoy la cumplimos con el objeto de que si Vds.
gustan discutamos la mencionada cuestión o se den por vencidos en ella, y les hacemos
saber que no lo hacemos por el gusto de contradecir a Vds. sino por cumplir el juramento
que un día hicimos de descubrir la luz del alma tan pura como nos fuere dada.
Entonces les convidamos a la liz y a probar; hoy les convidamos a discutir o a callar
sino quieren que saquemos una tercera aumentada, pues conservamos materiales para
ella, razón por lo que nos reservamos el citar libros y lugares donde se encuentran
los hechos más esenciales de la cuestión que nos ocupa; por tanto, elijan el camino
que más les agrade, pues nosotros nos hallamos dispuestos a adoptar el que encontramos
más ventajoso para la humanidad por quien y para quien tanto Vds. como La Cabaña
deben existir.
LA CABAÑA.
Decimos en nuestra portada que el Liberalismo y el Espiritismo
pertenecen a Dios y al Cristo. El Catolicismo es anti-deísta y anti-cristiano; mas
como el dicho es fácil, debemos pasar a lo que algunos creen difícil, y es el probarlo.
Probemos pues.
Según el Diccionario, la palabra liberal significa obrar libremente para ejecutar
alguna cosa. Tal vez consista mucho en esta misma libertad que nosotros disfrutamos
el comprender con más claridad que el Sr. Sardá y todos cuantos autorizaron su libro,
lo que es pecado y lo que no, puesto que ellos, para llegar a la categoría que ocupan,
juraron varias veces, inconscientemente algunas, el no descubrir la luz, mientras
que nosotros sólo juramos una con pleno conocimiento de lo que debíamos ejecutar,
era descubrirla, y como (materialmente hablando) al hombre que falta a los juramentos
que hizo se le llama perjuro y ante la humanidad es reprobado, es de suponer que
los señores a que aludimos sostengan con tesón que el Liberalismo es pecado, por
más que sus conciencias crean lo contrario; pues no los tenemos por tan ignorantes
en la actualidad como cuando juraron por vez primera guardar los secretos de la
Santa Iglesia Romana, con cuyo juramento quedaron subyugados a la voluntad de aquella,
sin poder disponer de la suya propia por más que vean que les conduce a un precipicio
al ocultarles la luz; pero tampoco pueden llamarse engañados desde el momento en
que (como vulgarmente se dice) metieron la barba en cáliz, puesto que del mismo
modo que Roma forma efigies para que adoren sus fieles a aquellas personas que ella
canonizó y que las llama Santas, cuyas efigies son representantes personales (según
ellos), también formaron la efigie del Creador creando la custodia, que nada representa
con más exactitud que al Sol que nos alumbra. Luego podían reconocer y adorar a
Dios en espíritu y verdad ¿Qué causas les conducen, llamándose deístas y cristianos,
a sostener que el Liberalismo es pecado? La primera ya queda manifestada; la segunda
es el egoísmo material, impropio de los que se dicen padres de almas, y a tal extremo
llega, que constantemente trabajan para privarnos del libre albedrío que el Creador
concede a todos los seres para que cumplan su ley; y el Cristo, ¿fue o no liberal?
Veámoslo.
EL CRISTO
Lo que hoy conocemos con el dictado de Masonería Filosófica,
existe desde muy larga antigüedad, y en otros tiempos se les conoció con el título
de sabios filósofos hasta que algunos se dedicaron a las ciencias materiales. Desde
entonces entró cierta modificación en las maneras de trabajar en beneficio de los
seres desvalidos, su verdadera misión; sus trabajos, como caritativos, han sido
en todos los tiempos perseguidos por los hombres amigos de la opresión y de la ignorancia,
razón por la que en todo tiempo les fue preciso hacerlo ocultos.
Jesús, llamado el Cristo, perteneció a la Masonería; al penetrar en ella juró guardar
sus secretos como lo hacía todo masón; más tarde, cuando comprendió la luz que en
ella se encierra, comprendió también que la Luz Divina no puede ser patrimonio ni
privilegio de tal o cual asociación particular y resolvió publicarla a toda la humanidad
que la quisiera recibir; sus compañeros Masones le previnieron la falta que iba
a cometer al juramento que había hecho, así como de los peligros en que se ponía
de perder la vida material al descubrir la luz, puesto que con ello tiraba ocho
mandamientos Mosaicos, y que los judíos no le perdonarían, mas él contestó, que
mayor falta cometía ante Dios no descubriendo la luz que la que cometía ante los
masones; puesto que se proponía descubrir la luz mas no el lugar donde se la habían
enseñado, que en cuanto a su cuerpo poco le importaba el uso que de él pudieran
hacer los hombres, puesto que sólo lo necesitaba para ser útil a la humanidad; entonces
salió de la Logia, y sin faltar a su último juramento se dedicó a formar la Familia
Universal por medio de lo que hoy se llama Socialismo o Comuna, unido a cuatro compañeros
más de Logia que le siguieron; como tanto sus palabras cuanto sus obras eran todo
lo perfectas que puede el espíritu hombre ejecutarlas, pronto hallaron eco entre
la muchedumbre que las escuchaba y las seguía; mas los sacerdotes mosaicos no pudieron
ver con gusto tal aceptación y para formarle causa tomaron por base el haber revocado
los mandatos ya mencionados de la Ley Mosaica, puesto bastaban dos: <<Ama a Dios
sobre todas las cosas y a tu prójimo como quieras ser amado>>, causa bastante para
condenarlo a la última pena; y como el uso y costumbres de aquel tiempo y de aquellos
lugares era la cruz, Jesús fue crucificado como otros criminales que faltaban a
las leyes judaicas; mas ¿quién recogió el cuerpo después de muerto en la cruz? Los
Masones de aquel tiempo unidos a la rama también masónica que él había formado.
LA RAMA MASÓNICA
Ya hemos dicho que con Jesús, llamado el Cristo, salieron de
la Logia cuatro masones más. Cuando aquel dejó la materia fueron llamados nuevamente
a logia todos los que con firmeza y buena fe seguían las enseñanzas de aquél, mas
como los principales, o sea, los llamados Apóstoles, habían ya visto, oído y comprendido
el lenguaje espiritual, prefirieron enseñar la luz y esperar una muerte horrible
a encerrarla de nuevo en las Logias; pero otros muchos más temerosos o más egoístas,
no tuvieron valor bastante para seguirlos y se retiraron; sin embargo, la rama continuó
hasta que los primeros fundadores de ella dejaron las materias, a pesar de las grandes
persecuciones de que eran objeto constantemente; los que quedaron, no pudiéndolas
soportar, se unieron a los idólatras
(=1=) porque aquellos no eran perseguidos por las leyes humanas, mas pronto
vieron el engaño los que marchaban de buena fe y se separaron, pretextando que en
sus templos no cabían imágenes ni pinturas de ninguna clase, puesto que todo pensamiento
que se fija en ellas allí se queda y por nadie es oída su oración, mas elevándolo
al Padre es oído por Él con todo el rigor de la justicia, cual el Cristo enseñó
cuando dijo la oración del Padre nuestro, puesto que dijo: <<Cuando queráis orar,
entrad en vuestro aposento y allí, con la puerta cerrada, sin que ninguno os vea,
orareis de esta manera: Padre nuestro, etc., etc., que el Padre que está en los
cielos oirá vuestros ruegos, porque ve y oye lo más oculto y os premiará; no hagáis
vuestras oraciones donde las gentes os vean, porque os digo en verdad que ya habéis
recibido el galardón>>; sin embargo, como muchos habían ya comprendido el fruto
que podrían sacar de las imágenes, pocos fueron los que las dejaron y muchos los
que se encargaron de la persecución de los que las habían dejado. ¡Persecución implacable!
Hasta que concluyeron con ellos, sin reparar en los medios y recogiendo los conocimientos
y escritos auténticos que aquellos conservaban.
De aquellos mismos perseguidores y nuevos adoradores de imágenes, se forma lo que
luego se llamó Catolicismo Romano, formando un credo tomado de Moisés, de los idólatras
y lo que les convino de los Apóstoles, pero nada, en verdad, del Crucificado.
Grandes guerras ha costado a la humanidad y mucha sangre se ha vertido para sostener
las imágenes, y de poco sirvió a Carlomagno deponerlas, así como algunos concilios,
puesto que en la actualidad siguen todavía sus sostenedores incitando a nueva guerra.
¿Será para que se depongan por completo? nos lo dirá el tiempo, pero si así sucede
Dios les bendiga, por más que sea contra su voluntad el beneficio que presten.
Cuando los nuevos idólatras tomaron fuerza, grande ha sido la ostentación que han
hecho de ella y torrentes de sangre humana han corrido por doquier que ellos posaron
su planta
(=2=) y todo con el fin de que la luz no fuera vista; mas cuando se creyeron
tenerla toda encerrada debajo del celemín aparecieron las ciencias exactas, cuya
aparición les dio a comprender, que si habían acabado con la rama masónica no lo
habían hecho con el tronco, y formaron la Inquisición creídos de encontrarlo y poderlo
concluir; mas ¿lo consiguieron? no, al parecer, puesto que a nuestras manos ha llegado
el reglamento siguiente salido del Gran Oriente de España, que es como sigue:
CÓDIGO MASÓNICO
Adora al gran Arquitecto del Universo.
Ama a tu prójimo como a ti mismo.
No hagas mal aunque esperes bien.
Deja hablar a los hombres.
Haz bien por amor al bien mismo.
Ten siempre tu alma en un estado de pureza para comparecer dignamente delante del
gran Arquitecto del Universo.
No seas ligero en airarte; la ira reposa en el seno de los necios.
Detesta la avaricia; por que quien ama las riquezas, ningún fruto sacará de ellas;
y esto también es vanidad.
En la senda del honor y de la justicia está la vida; mas el camino extraviado conduce
a la muerte.
Estima a los buenos, compadece las flaquezas del prójimo, huye de los malos, pero
no desprecies a nadie.
Habla discretamente con los constituidos en dignidad por sus talentos y virtudes,
sinceramente con tus amigos y cariñosamente con los pobres.
No lisonjees a tu hermano porque le haces traición, y teme a su vez el ser corrompido
por la lisonja.
Escucha siempre la voz de tu conciencia.
Sé el padre de los pobres; cada suspiro que tu dureza les arranque será una maldición
que caerá sobre tu cabeza.
Respeta al viajero nacional o extranjero; ayúdale; su persona es sagrada para ti.
Evita las querellas, precave los insultos y procura que la razón siempre te acompañe.
No abrigues el orgullo; y recuerda que no hay deshonra o desgracia en ningún oficio
o profesión, sino en el modo de ejercerlo.
Lee y aprovecha; ve e imita, reflexiona y trabaja; ocúpate siempre en el bien de
tus hermanos y trabajarás para ti mismo.
Sé entre los profanos libre si licencia, grande sin orgullo, humilde sin bajeza;
y entre los hermanos firme sin ser tenaz, severo sin ser inflexible y sumiso sin
ser servil.
Justo y valeroso defenderás al oprimido; protegerás a la inocencia, sin reparar
para nada en los servicios que prestares.
Exacto apreciador de los hombres y de las cosas, no atenderás más que al merito
personal, sean cuales fueren el rango, el estado y la fortuna.
Si el gran Arquitecto del Universo te diere un hijo, tribútale los beneficios de
la Instrucción, la práctica de todas las virtudes, y muéstrate siempre con él tierno
y bondadoso.
Haz que te tema hasta los diez años, que te ame hasta los veinte, y que te respete
hasta la muerte.
Procura inspirarle buenos principios con preferencia a bellos modales, a fin de
que te deba una probidad ilustrada, y no una frívola elegancia.
Hazle hombre honrado aunque no sea muy científico.
Parte con el hambriento tu pan; y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa.
Cuando veas el desnudo cúbrelo, y no desprecies tu carne en la suya.
No abuses de la debilidad de las mujeres y muere antes que deshonrarlas.
El corazón de los sabios está donde se practica la virtud, y el corazón de los necios
donde se festeja la vanidad.
Muestra siempre constancia en tus propósitos por el bien.
Ama a la justicia, desprecia la iniquidad y no juzgues para no ser juzgado.
No olvides que la Masonería tiene su origen desde el primer día en que hubo desgraciados;
es decir, desde el principio del mundo.
Su culto es Dios, la Ciencia y la Virtud.
Sus dogmas, la prudencia y el valor.
Sus misterios, la luz y la razón.
Sus preceptos, la caridad por la humanidad y para la humanidad.
Sus ministros, los hombres virtuosos.
Y sus recompensas la propia estimación y el aprecio de todos los hermanos.
Como se ve por lo que acabamos de copiar la Masonería profesa y enseña a profesar
secretamente la ley de Dios y del Cristo después de tantos siglos que el último
dejó la materia sin que las libertades humanas hayan bastado para que deje a descubierto
lo que las mismas leyes la obligaron a encerrar; pero también ha llegado otro reglamento
secreto a nuestro poder de otra sociedad que públicamente se titula cristiana, y
también lo copiamos para que la humanidad juzgue uno y otro, y después de juzgados
pueda elegir cada ser con toda claridad y seguir; el que más sea de su agrado con
arreglo al libre albedrío que todos reciben del Creador Universal; pero no te asustes,
querido lector, pues existe una historia secreta del Gobierno de Austria que hace
erizar los cabellos.
MONITA SECRETA O INSTRUCCIONES RESERVADAS DE LA SOCIEDAD DE JESÚS
PRÓLOGO
Que los superiores guarden y retengan en sus manos, con cuidado,
estas instrucciones particulares y que únicamente las comuniquen a algunos profesos;
que instruyan en alguna de ellas a los no profesos, cuando redunde en beneficio
de la Sociedad, y esto con el sello del silencio y no como si estuviesen escritos
por otro, sino como si fueran resultado de la experiencia del que las comunica.
Como mucho de los profesos están instruidos de estos secretos, la Sociedad tiene
mandado que los que estén en posesión de ellos no puedan formar parte de otras órdenes,
exceptuando la de los cartujos, en razón al aislamiento en que viven y al silencio
inviolable que guardan, lo cual está confirmado por la Santa Sede.
Es necesario que tengan mucho cuidado que estas advertencias no caigan en manos
extrañas porque les darían un sentido siniestro por envidia a nuestra orden. Si
esto sucede (lo que Dios no quiera) debe negarse que tales sean los sentimientos
de la Sociedad.
Que los superiores investiguen siempre con cuidado y con prudencia si alguno de
los nuestros ha descubierto estas instrucciones a algún extraño; porque nadie las
copiará ni para sí ni para otro, no se permitirá que se copien, sino por el consentimiento
del general o provincial; y si se duda de la capacidad de guardar tan grandes secretos,
que se le diga lo contrario y que se le despida.
CAPITULO PRIMERO
Del modo con que debe conducirse la Sociedad cuando se trata de comenzar alguna
fundación
1º. Para captarse la voluntad
de los habitantes del país importará mucho manifestar el intento de la Sociedad
de la manera prescrita en las reglas, donde se dice que la Compañía debe trabajar
con tanto ardor y esfuerzo por la salvación del prójimo como por la suya. Para inducir
mejor a esta idea será muy oportuno que los nuestros practiquen los oficios mas
humildes, visitando a los pobres, los afligidos y los encarcelados. Es muy conveniente
confesar con mucha intención y oír las confesiones mostrando indiferencia, sin apurar
a los penitentes para que los habitantes mas notables admiren a nuestros padres
y los estimen por la tan gran caridad que se tendrá para con todos y por la novedad
del asunto.
2º. Téngase presente que es necesario pedir con religiosa modestia los medios para
ejercer los cargos de la Sociedad, y que es preciso procurar adquirir la benevolencia,
principalmente en los eclesiásticos seculares y de las personas de la autoridad
que se conceptúen necesarias.
3º. Convendrá ir a los lugares mas lejanos donde haya que recibir limosnas, que
se aceptarán, por pequeñas que sean, después de haber pintado las necesidades de
los nuestros. Sin embargo, será muy conveniente dar al momento estas limosnas a
los pobres para edificación de los que no tienen exacto conocimiento de la Compañía,
y para que en adelante se muestren mas liberales con nosotros.
4º. Todos debemos obrar como inspirados por un mismo espíritu, y cada uno debe estudiar
para adquirir los mismos modales, con el objeto de que la uniformidad en tan gran
número de personas edifique a todos; los que hicieren lo contrario, deberán ser
expulsados como perjudiciales.
5º. En un principio no conviene que los nuestros compren fincas; pero en el caso
de que hubiesen comprado algunas bien situadas dígase que pertenecen a otras personas,
usando de los nombres de algunos amigos fieles que guarden el secreto; para mejor
aparentar nuestra pobreza, las fincas inmediatas a nuestros colegios aplíquense
a colegios muy distantes, lo que impedirá que puedan los príncipes y magistrados
saber jamás las rentas que tiene la Sociedad a punto fijo.
6º. No irán a residir los nuestros para formar colegios sino a las ciudades ricas,
porque debemos imitar en esto a Jesucristo que se detuvo en Jerusalén y solo iba
como de paso en las poblaciones menos considerables.
7º. Se debe procurar adquirir de las viudas todo el dinero que se pueda, presentando
repetidas veces a su vista nuestra extrema necesidad.
8º. El superior de cada provincia es el único a quien deben constar con certeza
las rentas de las mismas; pero en cuanto al tesoro de Roma, es y será siempre un
misterio impenetrable.
9º. Los nuestros han de predicar y decir en todas partes y en todas las conversaciones
que han venido para enseñar a los niños y socorrer al pueblo, y esto sin interés
de ninguna especie y sin excepción de personas, y que ellos no son gravosos a los
pueblos como las otras órdenes religiosas.
CAPITULO II
Del modo con que deben conducirse los padres de la Sociedad para adquirir y conservar
la familiaridad de los príncipes, magnates y personas poderosas y ricas
1º. Es necesario que hagamos
todo lo posible para ganar completamente las atenciones y el afecto de los príncipes
y personas de más consideración, para que, sean quienes fueren, no se atrevan a
levantarse en contra nuestra, sino antes bien, todos se constituyan dependientes
de nosotros.
2º. Como la experiencia nos enseña que los príncipes y potentados están generalmente
más inclinados a favor de los eclesiásticos cuando estos les disimulan sus acciones
odiosas, y cuando les dan una interpretación que les favorece, como se nota en los
matrimonios que contraen con sus parientas o aliadas, o en cosas semejantes; conviene
mucho animar a los que se hallen en este caso, diciéndoles que confíen en la asecución
de las dispensas que por intervención de nuestros padres concederá el Papa si se
le hacen ver las causas y se presentan otros ejemplos de casos semejantes, manifestando
al mismo tiempo los sentimientos que le favorecen, bajo pretexto del bien común
y la mayor gloria de Dios que es el objeto de la Sociedad.
3º. Esto mismo conviene si el príncipe tratare de hacer algo que no fuese del agrado
de todos los grandes señores, para lo cual se le animará y aún instigará, mientras
se aconseja a los otros que se conformen con el príncipe sin descender a tratar
jamás de particularidades por temor de que ni no tuviese buen éxito el asunto, se
impute a la Compañía, y para que si esta acción se desaprueba, se presenten advertencias
en contrario que la prohíban absolutamente, y se ponga en juego la autoridad de
algunos padres de quienes conste con certeza que no tienen noticia de las instrucciones
secretas, para que afirmen con juramento que se calumnia a la Sociedad con respecto
a lo que se le imputa.
4º. Para ganar el ánimo de los príncipes será muy conveniente insinuar con maña,
y por terceras personas, que nuestros padres son muy a propósito para desempeñar
encargos honoríficos y favorables en las cortes de otros reyes y príncipes; y más
que ninguna, en la del Papa. Por este medio pueden recomendarse los nuestros y la
Sociedad; por lo mismo no se deberá encargar de esta comisión sino a personas muy
celosas y muy versadas en nuestro instituto.
5º. Conviene especialmente atraerse la voluntad de los favoritos de los príncipes
y de sus criados, por medio de regalos y oficios piadosos, para que den noticia
fiel a nuestros padres del carácter e inclinaciones de los príncipes y grandes;
de este modo la Sociedad podrá ganar con facilidad, tanto a unos como a otros.
6º. La experiencia no has hecho conocer cuantas ventajas ha sacado la Sociedad de
su intervención en los matrimonios de la casa de Austria, y de los que se han efectuado
en los otros reinos como el de Francia, Polonia etc., y en varios ducados. Por tanto,
conviene proponer con prudencia enlaces de personas escogidas que sean amigos y
familiares de los parientes y de los amigos de la Sociedad.
7º. Será fácil ganar a las princesas valiéndose de sus camareras; para lo que conviene
entablar y alimentar con ellas relaciones de amistad; porque así se logrará la entrada
en todas partes y aún se tendrá en conocimiento de los más íntimos secretos de las
familias.
8º. En cuanto a la dirección de conciencia de los grandes señores, nuestros confesores
deberán seguir las opiniones de los escritores que conceden mayor libertad a la
conciencia; contrariando así el parecer de los demás religiosos para que se decidan
a dejar a estos y se sometan enteramente a nuestra dirección y consejos.
9º. Es preciso hacer que consten todos los medios de la Sociedad, a los príncipes
y prelados y a cuantos puedan prestar mucho auxilio a la Sociedad, después de haberles
manifestado la trascendencia de sus grandes privilegios.
10º. También será útil demostrar con prudencia y destreza el poder tan amplio que
tienen la Sociedad, para absolver aún en los casos reservados, comparándole con
el de los demás pastores y religiosos, y también el de dispensar del ayuno y los
derechos que se deben pedir y pagar en los impedimentos del matrimonio; por cuyo
medio recurrirán a nosotros muchas personas que nos deberán quedar agradecidas.
11º. Es no menos útil convidarlos a los sermones, cofradías, arengas, declaraciones,
etc., componer odas en honor suyo, dedicarles actos literarios o conclusiones, y
si puede ser provechoso, darles comidas y agasajarles de diversos modos.
12º. Será muy conveniente tomar a nuestro cuidado la reconciliación de los grandes
en las riñas y enemistades que los dividan; pues de este modo entraremos poco a
poco en conocimiento de sus más íntimos amigos y secretos, y serviremos a aquel
de los partidos que más en favor nuestro se presente.
13º. Si estuviere alguno al servicio de un monarca o príncipe y fuere enemigo de
nuestra Sociedad, es preciso procurar bien por nosotros mismos, o mejor aún por
otros, hacerle amigo de ella empleando promesas, favores y adelantos que se le proporcionarán
por el mismo monarca o príncipe.
14º. Ninguno recomiende al príncipe a nadie, ni proporcione adelantos a cualquiera
de los que hayan salido, sean como fuere, de nuestra Compañía, y en particular a
los que lo han verificado voluntariamente; porque aún cuando lo disimulen siempre
conservan un odio inextinguible hacia la Sociedad.
En fin, procure cada uno buscar medios para granjearse el cariño y favor de los
príncipes, de los poderosos y de los magistrados de cada población, para que cuando
se ofrezca una ocasión a propósito hagan cuanto puedan con eficacia y buena fe en
beneficio nuestro, aún contra sus parientes, aliados y amigos.
CAPITULO III
Como deberá conducirse la Sociedad con los de grande autoridad en el estado y que
en caso de no ser ricos podrán prestarnos otros servicios
1º. Queda consignado que se
debe hacer todo lo posible para conquistar a los grandes; pero es preciso también
ganar su favor para combatir a nuestros enemigos.
2º. Es muy conducente valerse de su autoridad, prudencia y consejos, e inducirles
al desprecio de los bienes, al mismo tiempo que procuramos ganar empleos que pueda
desempeñar la Sociedad, valiéndose tácitamente de sus nombres para la adquisición
de bienes temporales si inspiran bastante confianza.
3º. Es preciso también emplear el ascendiente de los poderosos para templar el encono
de las personas de baja esfera y del populacho contrario a nuestra Sociedad.
4º. Es necesario utilizar cuanto se pueda a los obispos, prelados y demás superiores
eclesiásticos, según la diversidad de razones y la inclinación que nos manifiesten.
5º. En algunos puntos será suficiente conseguir de los prelados y curas que hagan
lo posible para que sus súbditos respeten a la Sociedad, y que no estorben el ejercicio
de nuestras funciones, en aquellos en que tengan mayor poder, como en Alemania,
Polonia, etc.. Será preciso manifestarles las más distinguidas atenciones para que
mediante su autoridad y la de los príncipes, los monasterios, las parroquias, los
prioratos, los patronatos, las fundaciones de misas y los lugares piadosos, puedan
venir a poder nuestro; porque podremos conseguirlo con más facilidad donde
los católicos se hallen mezclados con los cismáticos y herejes. Es necesario hacer
ver a tales prelados la utilidad y mérito que hay en todo esto y que nunca se saca
tanto de los clérigos ni frailes para provecho de los fieles. Si hacen estos cambios,
es preciso alabar públicamente su celo, aún por escrito, y perpetuar la memoria
de sus acciones.
6º. Para esto es necesario trabajar a fin de que los prelados echen mano de nuestros
padres ya como confesores, ya como consejeros; y si aspirasen a más elevados puestos
en la corte de Roma, convendrá favorecerlos y apoyar sus pretensiones con todas
nuestras fuerzas y por medio de nuestro influjo.
7º. Los nuestros cuidarán de que cuando instituyan los obispos y los príncipes,
colegios e iglesias parroquiales, saque la Sociedad facultades para poner en ambos
establecimientos vicarios con el cargo de curas, y que el superior de la Sociedad
lo sea, para que todo el gobierno de estas iglesias nos pertenezca, y los feligreses
sean nuestros súbditos, de modo que todo se puede lograr con ellos.
8º. Donde los de las academias nos fueren contrarios, donde los católicos o los
herejes estorben nuestra instalación, conviene valerse de los prelados y hacernos
dueños de las primeras cátedras, porque así hará conocer sus necesidades la Sociedad.
9º. Sobre todo será muy acertado procurarse la protección y afecto de los prelados
de la iglesia, para los casos de beatificación o canonización de los nuestros; en
cuyos asuntos convendrá además alcanzar cartas de los poderosos y de los príncipes
para que se abrevie su decisión en la corte católica.
10º. Si aconteciere que los prelados o magnates tuvieren que enviar representantes
comisionados, se debe poner todo ahínco en que no se valgan de otros religiosos
que estén indispuestos con nosotros, para que no les comuniquen su animadversión,
desacreditándonos en las ciudades y provincias que habitamos; y si pasasen por provincias
o ciudades donde haya colegios, se les recibirá con afecto y agasajo, y serán tan
espléndidamente tratados como lo permita la modestia religiosa.
CAPITULO IV
De lo que se debe encargar a los confesores y predicadores de los grandes de la
tierra
1º. Los nuestros dirigirán
a los príncipes y hombres ilustres de modo que aparenten propender únicamente a
la mayor gloria de Dios, y procurando con su austeridad de conciencia que los mismos
príncipes se persuadan de ello; porque esta dirección no debe encaminarse en un
principio al gobierno exterior o político, sino gradual e imperceptiblemente.
2º. Por lo tanto seria oportuno y conducente advertirles repetidas veces que el
repartimiento de honores y dignidades en la república es un acto de justicia y que
ofenden en gran manera a Dios los príncipes, cuando no lo verifican y se dejan llevar
de las pasiones; protestarán asimismo con frecuencia y severidad, no querer mezclarse
en la administración del estado, pero que se ven precisados a expresarse así a pesar
suyo por llevar la misión que les está encomendada. Luego que estén bien convencidos
los soberanos de todo esto, será muy conveniente darles una idea de las virtudes
de que deben hallarse adornados los escogidos para las dignidades y principales
cargos públicos, procurando entonces recomendar a los amigos verdaderos de la Compañía;
sin embargo, esto no debe hacerse abiertamente por nosotros mismos, sino por medio
de los amigos que tengan intimidad con el príncipe, a no ser que nos coloque en
disposición de hacerlo.
3º. Para esto cuidarán nuestros amigos de instruir a los confesores y predicadores
de la Sociedad acerca de las personas hábiles para el desempeño de cualquier cargo
y que sobre todo, sean generosas para con la compañía; también les deberán constar
sus nombres para poderlos insinuar con maña y en ocasión oportuna a los príncipes,
bien por si mismos o por medio de otros.
4º. Los predicadores y confesores tendrán siempre presente que se deben comportar
con los príncipes amables y cariñosamente, sin chocar jamás con ellos ni en sermones
ni en conversaciones particulares, procurando que desechen todo temor y exhortándoles
en particular a la fe, la esperanza y la justicia.
5º. Nunca admitirán regalos hechos a cada uno en particular, sino que por el contrario,
pintarán la estrechez en que se halla la Sociedad o el colegio, como a todos consta,
teniendo que satisfacerse con disponer cada uno de un cuarto en la casa, modestamente
amueblada, y advirtiendo que su traje no consiente demasiado esmero, y acudirán
con prontitud al auxilio y consuelo de las personas más miserables del palacio,
para que no se diga de ellos que solo les agrada servir a los poderosos.
6º. Cuando ocurra la muerte de algún empleado en palacio, se debe tener cuidado
de hablar con anticipación para que recaiga el nombramiento de sucesor en un afecto
a la Sociedad, pero procurando evitar toda sospecha de que se intenta usurpar el
gobierno al príncipe, por lo cual, no deberán los nuestros, como se ha dicho, tomar
una parte directa, sino que convendrá valerse de amigos fieles o influyentes que
se hallen en posición de atizar el odio de unos y otros, si llegare a encenderse.
CAPITULO V
Del modo de conducirse con respecto a los otros religiosos que tienen los mismos
cargos que nosotros en la iglesia
1º. Es preciso conllevar con
valor a estas personas y manifestar en su debido tiempo a los príncipes y señores
que siempre son nuestros, y se hallan constituidos en poder, que nuestra Sociedad
contiene esencialmente la perfección de todas las otras órdenes, a excepción del
canto y la manifestación exterior de austeridad en el método de vida y en el traje,
y que si en algunos puntos exceden las comunidades a la Sociedad, ésta brilla con
más esplendor en la iglesia de Dios.
2º. Inquiéranse y anótense los defectos de todos los otros religiosos, y cuando
los hayamos divulgado entre nuestros amigos fieles, como condolidos de ellos, debe
manifestárseles que tales religiosos no desempeñan con el acierto que nosotros,
las funciones que a unos y a otros están encomendadas.
3º. Es preciso que los padres se opongan con todo su poder a los religiosos que
intenten fundar casas de educación para instruir a los jóvenes en las poblaciones
donde se hallan los nuestros enseñando con aceptación y aprovechamiento; y será
muy conveniente a nuestros proyectos indicar a los príncipes y magistrados que tales
gentes van a excitar disturbios y conmociones si no se les prohíbe la enseñanza
de la juventud. En caso de que los religiosos tuvieran letras del Pontífice o recomendaciones
de cardenales, obrarán los nuestros en contra de ellos haciendo que los príncipes
y grandes pinten al Papa los méritos de la Sociedad y su inteligencia para la pacifica
instrucción de los jóvenes, a cuyo fin deberán tener y tendrán certificaciones de
las autoridades sobre su buena conducta y suficiencia.
4º. Habrán, no obstante, de formar empeño nuestros padres en disponer pruebas singulares
de su virtud y erudición, haciendo que ejerciten sus alumnos sus estudios en medio
de funciones escolares de diversión, capaces de atraer aplausos, haciendo por supuesto
estas representaciones en presencia de los grandes, magistrados y concurrencia de
otras clases.
CAPITULO VI
Del modo de atraer a las viudas ricas
1º. Deberán elegirse al efecto
padres ya entrados en años de viva penetración y conversación agradable, para visitar
a esas señoras, y si desde luego notaren en ellas aprecio o afición a la Sociedad,
les harán ofrecimientos de las buenas obras y merecimientos de la misma; lo que
si ellas aceptaren y se lograre que frecuenten nuestros templos, deberá proporcionárseles
un confesor que sea capaz de guiarlas en términos de que se mantengan en el estado
de viudez, haciéndoles la enumeración y encomios de las satisfacciones que a tal
estado acompañan, haciéndoles confiar, y aún prometiéndoles como cierto, que les
servirá esto de un mérito para la vida eterna, siendo eficacísimo para sustraerlas
a las penas del purgatorio.
2º. Les propondrá este mismo confesor hacer y adornar en su propia casa una capilla
u oratorio para verificar sus ejercicios religiosos; porque por este medio se cortará
más fácilmente la comunicación, estorbándose el que las visiten otros; y aunque
ellas tuvieren capellán particular, se deberá turnar por ir a celebrar allí la misa,
haciendo a la confesada advertencias oportunas al efecto y tratando de dejar supeditado
a dicho capellán.
3º. Se hará por mudar con tino y paulatinamente lo respectivo al orden y método
de la casa, conforme lo permitan las circunstancias de la persona a quien se dirige,
sus propensiones, su piedad y aun el lugar y situación del edificio.
4º. No debe omitirse el ir alejando poco a poco a los criados de la casa que no
estén en inteligencia con nosotros, proponiendo para su reemplazo a personas de
aquellas que estén dependientes o quieran estarlo de la Compañía, porque por su
medio podremos hallarnos al corriente de cuanto pasa en la familia.
5º. La mira constante del confesor habrá de ser, disponer que la viuda dependa de
él totalmente, representándole sus adelantos en la gracia, como necesariamente ligados
a esta sumisión.
6º. La inducirá a la frecuencia de los sacramentos, en especial el de la penitencia,
haciéndole dar cuenta en él de sus más recónditos pensamientos e intenciones; la
invitará a ir a escuchar a su confesor cuando éste predicare, prometiéndole oraciones
particulares, recomendándole igualmente la recitación cotidiana de las letanías
y el examen de la conciencia.
7º. Será muy del caso una confesión general para enterarse por extenso de todas
sus inclinaciones, por lo que se hará que se determine a ella, aunque ya la hubiese
hecho en manos de otro.
8º. Insístase sobre las ventajas de la viudez y los inconvenientes del matrimonio
en particular del repetido, y de los peligrosos a que pudiera exponerse relativamente
a sus negocios particulares en que se procurará penetrar.
9º. Se le deberá hablar también de hombres que le disgusten, y si se tiene noticia
de alguno que le agrade se le representará como hombre de mala vida, procurando
por estos medios que se disguste de unos y otros, repugnándole el enlazarse a ninguno.
10º. Cuando el confesor estuviere ya convencido de que ha decidido seguir en la
viudez, convendrá que le aconseje dedicarse a la vida espiritual, pero no a la monástica,
cuyas incomodidades se le deberán mostrar al vivo; en una palabra, si conviene hablarle
de la vida espiritual de Paula y Eustaquio, etc. Se conducirá el confesor en términos
de que después de un voto de castidad de la viuda, a lo menos por dos o tres años,
la haga renunciar para siempre a segundas nupcias. En este caso ya se le habrán
de impedir toda clase de relaciones con los hombres, y aun las diversiones entre
sus parientes y conocidos, protestando que debe unirse más estrechamente con Dios.
Respecto a los eclesiásticos que la visitaren o a quienes ella fuere a visitar,
cuando no sea asequible apartarlos a todos, se trabajará para que los que trate
sean recomendados por los nuestros o por los que están a nuestra devoción.
CAPITULO VII
Sistema que debe emplearse con las viudas y medios para disponer de sus bienes
1º. Se las deberá excitar
de continuo a perseverar en su devoción y ejercicio de las buenas obras; en disposición
de no transcurrir una semana sin que ellas se desprendan de alguna parte de su sobrante
en honor de Jesucristo, de la Virgen Santísima y del Santo que hayan elegido su
patrono, dando esto a los pobres de la Compañía o para ornamento de sus iglesias,
hasta que se las despoje absolutamente de las primicias de sus bienes, como en otro
tiempo a los egipcios.
2º. Cuando las viudas, a más de la práctica en general de la limosna, dieren a conocer
con perseverancia su liberalidad a favor de la Compañía, se les asegurará que son
participantes de todos los méritos de la misma, y de las del general de la Orden.
3º. Las viudas que hubieren hecho voto de castidad, serán precisadas a renovarle
dos veces al año, conforme a la costumbre que tenemos establecida, <<pero permitiéndoles
no obstante alguna honesta distracción con nuestros padres>>.
4º. Deberán ser visitadas frecuentemente entreteniéndolas con agrado, refiriéndoles
historias espirituales y divertidas, conforme al carácter e inclinación de cada
una.
5º. Para que no se abatan, no deberá usarse con ellas de demasiado rigor en el confesionario
como no sea que, por haberse apoderado otros de su benevolencia, se desconfíe de
recuperar su adhesión, habiéndose de proceder en todos casos con gran maña y cautela,
atendiendo a la inconstancia natural de la mujer.
6º. Es menester evitar hábilmente que frecuenten otras iglesias, en particular las
de conventos; para lo cual se les recordará a menudo que en nuestra Orden están
reunidas cuantas indulgencias han conseguido parcialmente todas las demás corporaciones
religiosas.
7º. A las que se hallen en el caso de vestir luto, se les aconsejarán trajes de
corte agraciado que reúnan a la vez el aspecto de la mortificación y el del adorno,
para distraerlas de la idea de hallarse dirigidas por un hombre extraño al mundo.
También, con tal que no sea muy peligroso o expuesto y particularmente a volubilidad,
podrá concedérseles, como se mantengan consecuentes y liberales para con la Sociedad,
lo que exija en ellas la sensualidad, siendo con moderación y sin escándalo.
8º. Deberá procurarse que en casa de las viudas haya doncellas honradas, de familias
ricas y nobles que poco a poco se acostumbren a nuestra dirección y método de vida,
y se les dará una directora, elegida y establecida por el confesor de la familia,
para que permanezcan sumidas siempre a todas las reprensiones y hábitos de la Compañía;
y si alguna no quisiere avenirse a todo, deberá enviarse a casa de sus padres o
de los que las trajeron, acusándolas luego de extravagancia y del carácter díscolo
y chocante.
9º. El cuidar de la salud de las viudas y de proporcionarles algún recreo no es
de menor importancia que el cuidar de su salvación; y así si se quejaren de alguna
indisposición, se les prohibirá el ayuno, los cilicios y la disciplina, sin permitir
que vayan a la iglesia; mas continuará la dirección cauta y secretamente en sus
casas; se les dará entrada en el huerto y edificio del colegio, con tal que se verifique
con sigilo, y se les consentirá conversar y entretenerse secretamente con los que
ellas prefieran.
10º. A fin de conseguir que las viudas empleen sus posibles en obsequio de la Sociedad,
se les debe representar la perfección de vida de los santos, que renunciando al
mundo, extrañándose de sus parientes, y desprendiéndose de sus fortunas, se consagraron
al servicio del Ser Supremo, con entera resignación y contento. Se les hará saber
al mismo efecto lo que arrojan las constituciones de la Sociedad y su examen relativamente
al abandono de todas las cosas. Se les citarán ejemplos de viudas que han alcanzado
la santidad en poco tiempo; dándoles esperanzas de ser canonizadas si su perseverancia
no decae, y prometiéndoles para dicho caso nuestro influjo con el santo padre.
11º. Se deberá imprimir en sus ánimos la persuasión de que si desean gozar de completa
tranquilidad de conciencia, necesitan seguir sin repugnancia, sin murmurar ni casarse,
la dirección del confesor, así en lo espiritual como en lo temporal, como que se
halla destinado por el mismo Dios para guiarlas.
12º. También se les dirá con oportunidad, que el Señor no quiere que hagan limosnas,
ni aún a religiosos de una vida reconocidamente ejemplar y aprobada, sino consultándolo
antes con el confesor, y arreglándose al dictamen de éste.
13º. Pondrán los confesores el mayor cuidado en que las viudas y sus hijas de confesión
no vayan a ver a otros religiosos, bajo pretexto alguno, ni tengan trato con ellos.
Para esto celebrarán a nuestra Sociedad como la orden mas esclarecida entre todas;
la de mayor utilidad en la Iglesia, y la de mayor autoridad para con el pontífice
y los príncipes; perfectísima en sí, pues despide de su seno a los que pueden amenguarla
y no son correspondientes a ella; pudiendo decirse que no consiente espuma ni heces
como entre los otros monjes, que cuentan en sus conventos muchos ignorantes, estúpidos,
holgazanes, indolentes respecto a la otra vida y entregados en ésta al desorden,
etc.
14º. Propondrán y persuadirán los confesores a las viudas a asignar pensiones ordinarias
y otras cuotas anuales a los colegios y casas profesas para su sostenimiento, con
especialidad a la casa profesa de Roma, y no olvidarán recordarles la restauración
de los ornamentos de los templos y reposición de la cera, el vino y demás necesario
a la celebración.
15º. A la que no hiciere dejación de sus bienes a la Compañía, se le manifestará
en ocasión aparente en particular cuando se halle enferma o en peligro de muerte,
los muchos colegios que hay que fundar; y se le excitará con dulzura y entereza
a hacer algunos desembolsos como mérito para con Dios en que pueda ella fundar su
gloria eterna.
16º. Del mismo modo se procederá con respecto a los príncipes y otros bienhechores,
haciéndoles ver que tales fundaciones han de perpetuar su memoria en este mundo
y granjearles la bienaventuranza eterna; y si algunos malévolos adujesen el ejemplo
de Jesucristo, diciendo que pues no tenia en que reclinar la cabeza, la Compañía
de su nombre debía ser pobre a imitación suya, se hará conocer y se imprimirá en
la imaginación de estos y de todo el mundo, que la Iglesia ha variado y que en el
día ha venido a ser un estado que debe ostentar autoridad y grandes medios contra
sus enemigos, que son muy poderosos; o como aquella piedrecilla pronosticada por
el profeta, que, dividida, vino a ser una gran montaña. Incúlquese constantemente
a las viudas que se dedican a la limosna y ornamento de templos, que la mayor perfección
está en despojarse de la afición a las cosas terrenales, cediendo su posesión a
Jesucristo y sus compañeros.
17º. Siendo muy poco lo que debe prometerse de las viudas que dedican y educan a
sus hijos para el mundo, debe buscarse algún remedio a esto.
CAPITULO VIII
Medios para que los hijos de viudas ricas abracen el estado religioso o el de la
devoción
1º. Para conseguir nuestro
propósito, debemos hacer de modo que las madres lo traten con rigor, y manifestarnos
nosotros amorosos con ellos. Convendrá inducir a las madres a que les quiten sus
gustos desde la más tierna edad y les regañen, coarten, etc., etc., a las niñas
en especial, prohibiéndoles las galas y adornos cuando van entrando en edad competente;
que les inspiren vocación por el claustro prometiéndoles un dote de consideración
si abrazan semejante estado; representándoles los desazones que trae consigo el
matrimonio y los disgustos que ellas mismas han experimentado en el suyo, significándoles
el pesar que sienten por no haberse mantenido en el celibato. Últimamente conviene
manejarse en términos que produzcan en las hijas de las viudas tal fastidio de vivir
con sus madres, que piensen entrar en un convento.
2º. Tratarán los nuestros con intimidad a los hijos de las viudas, y si parecen
a propósito para la Compañía, se les hará penetrar de intento en nuestros colegios,
haciéndoles ver cosas que puedan llamar la atención por cualquier medio; tal como
jardines, viñas, casas de campo y las alquerías a donde los nuestros van de recreo;
se les hablará de los viajes que los jesuitas hacen a diferentes países, de su trato
con los príncipes, y de cuanto puede cautivar a los jóvenes; se les hará notar el
aseo del refectorio, la comodidad de los aposentos, la agradable conversación que
tienen los nuestros entre sí; la suavidad de nuestra regla y el tener todo por objeto
la mayor gloria de Dios; se les mostrará la preeminencia de nuestra orden sobre
todas las demás, cuidando de que las conversaciones que se les tengan sean divertidas
al paso que de piedad.
3º. Al proponerles el estado religioso, cuídese de hacerlo como por revelación y
en general insinuándoles luego con sagacidad la bienaventuranza y dulzura de nuestro
instituto sobre todo otro; y entre la conversación se les hará entender el gran
pecado que se comete contrariándose a la vocación del Altísimo; por fin, se les
inducirá a hacer unos ejercicios espirituales que los iluminen acerca de la elección
de estado.
4º. Se hará lo posible para que los maestros y profesores de los indicados jóvenes
sean de la Compañía a fin de vigilar siempre sobre esto y aconsejarlos; mas si no
se les puede reducir, se les procurará privar de algunas cosas, haciendo que
sus madres les manifiesten los apuros y estrechez de la casa, para que se cansen
de tal género de vida, y si, finalmente, no se pudiere conseguir de su voluntad
entren en la Sociedad, deberá trabajarse porque se les mande a otros colegios de
los nuestros que estén lejos, como para estudiar, procurando impedir que sus madres
les den muestras de cariño, y continuando al mismo tiempo por nuestra parte en atraerlos
por medios suaves.
CAPITULO IX
Sobre el aumento de rentas de los colegios
1º. Se hará todo lo posible
porque no se ligue con el último voto el que esté avocado a una herencia, mientras
no se verifique, a no ser que tenga en la Compañía un hermano más joven, o por alguna
otra razón de mucha entidad. Ante todo lo que debe procurarse son los aumentos de
la Sociedad, con arreglo a los fines en que convienen sus superiores, que deben
estar acordes, para que la Iglesia vuelva a su primitivo esplendor para la mayor
gloria de Dios; de suerte que el clero todo se halle animado de un espíritu único.
A este fin deberá publicarse por todos los medios, que se compone en parte la Sociedad
de profesos tan pobres, que carecerían de lo más indispensable a no ser por la beneficencia
de los fieles, y que otra parte es de padres también pobres, aunque viven del producto
de algunas fincas, por no ser gravosos al público en medio de sus estudios y de
las funciones de su ministerio, como lo son las otras órdenes mendicantes. Los directores
espirituales de príncipes, grandes, viudas acomodadas y demás de quienes podamos
esperar bastante, los dispondrán en términos de que den a la Compañía en cambio
de las cosas espirituales y eternas las temporales que ellas poseen; por lo mismo
llevarán siempre la idea de no desperdiciar ocasión de recibir siempre, cuando y
lo que se les ofrezca. Si prometiéndoles, se retardare el cumplimiento de la promesa,
la recordarán con precaución, disimulando cuanto se pueda la codicia de riquezas.
Cuando algún confesor de personajes u otras gentes, no fuese apto, o careciese de
la sutileza que en estos asuntos es indispensable, se le retirará con oportunidad,
aunque les pondrán atinadamente otros; y si para precisar enteramente a los penitentes,
se hiciere necesario, se sacará a los destituidos a colegios distantes, figurando
que la Sociedad los necesita allí; porque hemos sabido que habiendo fallecido de
improviso unas viudas jóvenes, no ha tenido la Compañía el legado de muebles muy
preciosos, por haber habido descuido en aceptarlos a su debido tiempo. Para recibir
de estas cosas, no ha de atenderse al tiempo, sino a la buena voluntad del penitente.
2º. Para atraerse los prelados, canónigos, deanes y demás eclesiásticos nos es preciso
emplear ciertas artes; y se logrará procurando que practiquen en nuestras casas
ejercicios espirituales, y valiéndose gradualmente del afecto que profesen a tales
cosas divinas se les irá aficionando a la Sociedad, que pronto tendrá prendas de
su adhesión.
3º. No olvidarán los confesores el preguntar con la debida cautela y en ocasiones
adaptadas, a sus confesados de ambos sexos, sus nombres, familias, parientes, amigos
y bienes; informándose en delante de sus sucesores, estado, intención en que se
hallan y resolución que hubieren tomado; la que si aún no estuviera determinada,
procurarán hacerla formar de un modo provechoso a la Compañía. Cuando se funde desde
luego esperanza de utilidad por no ser conveniente preguntarlo todo a la vez, se
les aconsejará que hagan confesión general, que así se desembarazará cuanto antes
la conciencia y podrá adoptarse un género de vida que los reformará. Se hará informar
el confesor con repetición de lo que una vez no le diere suficientes luces; y si
las consiguiese por este medio, convendrá, siendo una mujer, hacerla confesar con
frecuencia y visitar nuestra iglesia; y siendo hombre, invitarle a que venga a nuestras
casas y hacerle familiarizarse con los nuestros.
4º. Lo que se dijo respecto a las viudas debe tener igualmente aplicación a los
comerciantes y vecinos de todas partes, como sean ricos y casados sin hijos, de
modo que la Sociedad pueda llegar a heredarlos si se ponen en juego los medios que
llevamos indicados; pero, sobretodo, será bien tener presente lo dicho acerca de
las devotas ricas, que traten con los nuestros y de quienes puede el vulgo murmurar
cuando más, si ya no es que son de clase muy elevada.
5º. Procurarán los rectores de los colegios enterarse por todos los medios de las
casas, parques, sotos, montes, prados, tierras de labrantío, viñas, olivares, caseríos
y cualquier especie de heredades que se encuentren en el término de su rectoría;
si sus dueños pertenecen a la nobleza o al clero o son negociantes, particulares
o comunidades religiosas; inquirirán las rentas de cada una, sus cargas y lo que
por ellas se paga. Todos estos datos o noticias se han de buscar con gran maña y
a punto fijo, valiéndose ya del confesionario, ya de relaciones de amistad, o de
las conversaciones accidentales; y el confesor que se encuentre con un penitente
de posibles lo pondrá en conocimiento del rector procurando por todos modos el conservarlo.
6º. El punto esencial en que estriba es el siguiente: que se manejen los nuestros
en términos de ganarse la voluntad y afición de sus penitentes, y demás personas
que traten acomodándose a sus inclinaciones si fuera conducente. Los provinciales
cuidarán de mandar algunos de los nuestros a puntos en que residan nobles y pudientes;
y para que los provinciales lo hagan con oportunidad, los rectores deberán noticiarles
con anticipación las cosechas que allí van a verificarse.
7º. Cuando reciben a hijos de casas fuertes en la Compañía. Deberán manifestar si
le será fácil adquirirse los contratos y títulos de posesión y si así fuere se enterarán
de si han de ceder algunos de sus bienes al colegio o por usufructo o por alquiler
o en otra forma, o si podrán venir a parar en el tiempo en la Sociedad; al logro
de lo cual, será muy apropósito dar a entender especialmente a los grandes y pudientes,
la estrechez en que vivimos y las deudas que nos apremian.
8º. Cuando las viudas o casadas nuestras devotas, no tuviesen más que hijas, las
persuadirán los nuestros a la misma vida de devoción o la del claustro, para que
excepto el dote que haya de darles puedan entrar sus bienes en la Sociedad paulatinamente,
mas cuando tengan varones, a los que ellos fuesen a propósito para la compañía,
se les catequizará y a los demás se les hará entrar religiosos en otras órdenes,
con la promesa de alguna suma reducida. Cuando sea un hijo único, a toda costa se
le atraerá, inculcándole la vocación como hecha por Jesucristo, haciéndole desembarazarse
enteramente del temor de sus padres y persuadiéndole de que hará un sacrificio muy
acepto al Todo-Poderoso, si se atrae a su autoridad, abandona la casa paterna y
entra en la Compañía, lo que si así sucediere después de dar parte al general, se
le enviará para su noviciado a una casa distante.
9º. Los superiores pondrán al corriente a los confesores, de las circunstancias
de estas viudas y casadas, para que ellos las aprovechen en todas ocasiones en beneficio
de la Sociedad; y cuando por medio de uno no se sacare partido, se le remplazará
con otro, si se hiciese necesario, se le mandará a mucha distancia, de modo que
no puedan seguir entendiéndose con estas familias.
10º. Se procurará convencer a las viudas y personas devotas que aspiren con fervor
una vida perfecta, de que el mejor medio para conseguirla es ceder todos sus medios
a la Sociedad, alimentándose de sus réditos, que le serán religiosamente entregados
hasta su muerte, conforme el grado de necesidad en que se hallen; y la justa razón
que se empleará para su persuasión es que de este modo podrán dedicarse exclusivamente
a Dios sin atenciones y molestias que les distraigan de este que es el único camino
para alcanzar el más alto grado de perfección.
11º. Los superiores pedirán al fiado a los ricos y adictos a la Compañía, entregando
recibos de su propia letra, con el fin de hacer creer al mundo por todos estilos
que la Sociedad está pobre, no olvidándose de visitar a menudo a los que prestaron,
para exhortarles sobre todo en sus enfermedades de consideración, a que devuelvan
los documentos de la deuda diciendo que así no necesitarán hacer mención de la Compañía
en su testamento; y por esta conducta adquirimos bienes sin dar motivo a que nos
censuren los herederos.
12º. También convendrá en gran manera pedir a préstamo, con pago de intereses anuales
y emplear el mismo capital en otra especulación que produzca mayores réditos a la
Sociedad; porque tal vez sucederá por motivos a compasión los que nos prestaron,
nos perdonen el interés en testamento o donación, cuando vean que fundamos colegios
e iglesias.
13º. La Compañía podrá reportar utilidades del comercio, valiéndose del nombre de
comerciantes de crédito cuya amistad posea; y a de procurarse una utilidad cierta
y considerable aún en las Indias, que gracias a Dios, no solo han dado hasta hoy
almas a la Sociedad, sino grandes riquezas además.
14º. En los pueblos donde residan nuestros padres se valdrán de médicos fieles a
la Sociedad, para que la recomienden especialmente a los enfermos, y la pinten bajo
un aspecto muy superior del de las otras órdenes religiosas, y logren que seamos
llamados para asistir a los poderosos, en particular a la hora de la muerte.
15º. Los confesores deberán visitar con frecuencia a los enfermos; en especial si
se hallan de peligro, y los superiores cuidarán muy exactamente de enviar un padre
de la Compañía que mantenga al enfermo en sus buenos propósitos, cuando el confesor
tenga que separarse de su lado, por cuyo medio lograremos deshacernos de otros religiosos
y eclesiásticos que acudan a rodear al enfermo. Sin embargo, nunca estará demás
atemorizar a los enfermos con el infierno y cuando no, con el purgatorio, diciéndoles
que el pecado se apaga con la limosna como el fuego con el agua, y que nunca estarán
mejor empleadas las limosnas que cuando se destinen al socorro de los religiosos
que por vocación están dedicados a la salvación del prójimo, que también les tocará
parte de sus méritos y redimirán sus pecados, cuya multitud se borra por medio de
la caridad. Esta virtud, que puede pintarse también como el vestido nupcial, sin
el que nadie puede tomar asiento en el sagrado banquete, y por fin, se citaran los
pasajes de la Sagrada Escritura más apropósito y conformes a la capacidad del enfermo,
para moverle a que sea generoso con la Compañía.
16º. Los nuestros persuadirán a las casadas mal avenidas con los extravíos y deslices
de sus maridos, y temerosas por la suerte de ellos, de que pueden quitarles alguna
cantidad para expiación de sus pecados y alcanzarles el perdón.
CAPITULO X
Del especial rigor en la disciplina de la sociedad
1º. Debe ser despedido de
la Sociedad, como su enemigo, cualquiera, sea del grado y edad que fuere, cuando
constare que ha desviado de nuestras iglesias a los devotos o devotas, o bien haya
dado motivos a que no las frecuente o disuadido a cualquier persona rica y bien
dispuesta a favor de la Sociedad, de hacer algún beneficio a ésta o disponer en
pro de ella, estando en ánimo de verificarlo, induciéndola a que dispusiera a favor
de los parientes del disuadido; porque esto revela un espíritu poco mortificado
y es indispensable que los profesos lo estén absolutamente. Del mismo modo serán
despedidos los que hayan aconsejado a los penitentes que den limosnas a los parientes
pobres de estos; mas para evitar que los expulsos se resientan si conocen la causa,
no serán despedidos desde luego, sino que por de pronto se les prohibirá recibir
la confesión, se les incomodará y mortificará encargándoles los ministerios más
viles, precisándoles diariamente a ejecutar lo que más les repugne, se les separará
de las cátedras principales, de los cargos honoríficos, se les reprenderá en los
capítulos y públicamente, se les impedirá todo recreo y trato con los extraños,
se les privará, tanto en el vestido como en los muebles, de lo no indispensable,
hasta que lleguen a incomodarse y murmurar, en cuyo caso serán expulsados como religiosos
poco mortificados y capaces de causar graves daños a los demás con su mal ejemplo.
Si hubiese que dar satisfacción a los extraños, basta con decir que no tenían el
carácter que exige la Sociedad.
2º. Deberán también ser expulsados los que rehusasen adquirir para la Compañía,
diciéndoles que están demasiado pagados de su propia opinión; y en caso de haber
de responder ante los provinciales, se les manifestará esto mismo; no es conveniente
escucharlos, sino obligarles a observar la regla que previene una obediencia ciega.
3º. Desde un principio o al menos desde la juventud se observará indispensablemente
cuales son los más afectos a la Sociedad, y cuando se averigüe que algunos tengan
cariño a sus parientes, a los pobres o a las otras órdenes y sus religiosos, se
practicará con ello lo dispuesto en el artículo primero y serán despedidos.
CAPITULO XI
De la conducta uniforme que observarán los nuestros con los que hayan pertenecido
a la Sociedad
1º. Los que han sido expelidos
de la Sociedad suelen por lo común ser perjudiciales por los secretos que saben
de ella, por lo cual se contrarrestará sus esfuerzos de la manera siguiente. Antes
de proceder a su completa expulsión, se les debe obligar a prometer por escrito
y bajo juramento, que nada dirán o escribirán en contra de la Compañía. Si faltaren
a sus promesas y juramentos, los superiores que, según la costumbre admitida en
la Sociedad, deberán tener por escrito una detallada noticia de los vicios, defectos
y malas inclinaciones de los expulsos, adquirida por la confesión general que estos
hicieron en descargo de su conciencia, se valdrán de dicha manifestación, informando
a los grandes y prelados para destruir sus pretensiones y hacer que pierdan cuanto
hubiesen adelantado.
2º. A todos los colegios se escribirá en el acto, dándoles noticia de los que hayan
sido expulsados, abultando las razones generales que han determinado a desecharlos,
cuales son la falta de obediencia, la tibieza y poca mortificación de su espíritu,
el ningún apego a los ejercicios devotos, la terquedad de amor propio, etc. Luego,
se advertirá a todos los nuestros que se abstengan de sostener con ellos correspondencia,
y que cuando se hable de su extrañamiento con gentes de fuera, sea uno mismo el
lenguaje de todos, expresando en toda ocasión y lugar que la Compañía no se deshace
de nadie sino por causas muy poderosas, siendo un símil de la mar, que arroja fuera
de si los cuerpos corrompidos, etc. Podrán aducirse de paso algunos motivos, que
con sutileza se procurará sean de aquellos que se nos atribuyen y se aborrecen en
nosotros.
3º. Se debe tratar de persuadir a todos en las pláticas interiores de que los expulsos
eran personas inquietas y de que andan instando para volver a la Compañía, ponderándoles
la desgracia de aquellos que ella ha rechazado de su seno, y diciendo que han tenido
un fin muy desastroso.
4º. Se deberán precaver las acusaciones que puedan hacer los desechados, para lo
que deberá ponerse en juego la autoridad de personas caracterizadas a quienes se
hará afirmar que entre nosotros no se expele a nadie sin causas muy poderosas, y
que la Sociedad nunca corta los miembros sanos; de lo que es prueba evidente su
notorio celo y sus afanes por la salvación de las almas.
5º. Luego se prevendrá y precisará por cuantos medios sean dados, a los prelados
y personajes con quienes tengan algún prestigio y valimiento los expulsos, a fin
de hacérselo perder, manifestándoles que el decoro y buen nombre de la Sociedad,
de tanta importancia y útil a la Iglesia, debe prevalecer en consideración sobre
cualquier particular, sea quien fuere; y si se echare de ver que dichos sujetos
se conservan afectos a los expulsos, se les declararán los motivos que dieron lugar
a despedirlos, desnaturalizando si es menester los hechos, para sacar el partido
que convenga.
6º. Se impedirá por todos los medios, que obtengan los expulsos cargo o dignidad
de cualquier clase en la Iglesia, en especial los que por su voluntad hubiesen salido;
a no ser que ellos se sometan a la Compañía, con cuanto adquieran, y hagan constar
los nuestros que aquellos quieren depender de ella.
7º. Promuévase oportunamente la separación de los expulsos del ejercicio de las
fundaciones sacerdotales, como el púlpito, el confesionario, la publicación de libros
de religión etc., porque debemos temer que ganen aprecio y celebridad del pueblo.
A este fin, será muy conducente averiguar cuanto sea dable respecto a su vida, costumbres,
personas con quienes trate, ocupaciones etc.; lo que podrá proporcionarse trabando
las nuestras relaciones con algunas de las personas de la casa en que habiten.
Ensorprendiendo alguna cosa reprensible en ellos o que les pueda atraer desconcepto,
se tratará de divulgarla por medio de gentes de mediana calidad, dando en seguida
los pasos conducentes para que llegue a oídos de los grandes y prelados que los
favorezcan, para que se retraigan a vista de la mancha que puede caer sobre ellos.
Si nada malo se les descubriese, y tuvieren una conducta arreglada, no dejarán los
nuestros de rebajar su buena opinión con proposiciones sutiles y frases capciosas,
para privarles en lo posible del lauro de sus virtudes y acciones meritorias, haciendo
en el concepto que de ellos se tiene, vaya desvaneciéndose por grados; pues es de
gran interés para la Sociedad que aquellos a quienes rechaza, y aún más principalmente
aquellos que de motu propio la abandonan, se hundan en la oscuridad y el olvido.
8º. Se invertirán sin cesar accidentes siniestros y deplorables, sobrevenidos a
los que en cualquier sentido salieron de la Compañía; recomendando de paso a los
fieles que imploren para ellos en sus invocaciones y rezos la misericordia del Ser
Supremo; y así no se pensará que hablamos con pasión. En nuestras casas se exagerarán
estos contratiempos para que sirvan de rémora a los otros.
CAPITULO XII
Quienes conviene que sean sostenidos y conservados en la Sociedad
1º. El primer puesto en la
compañía pertenece a los buenos operarios que son los que les procuran tantos bienes
espirituales como temporales; tales son los confesores de los príncipes, de los
poderosos, de las viudas y beatas ricas, los predicadores, los profesores y los
que tienen conocimientos de estas constituciones secretas.
2º. Los faltos ya de fuerzas o agobiados por la vejez, deberán ser considerados
respectivamente conforme al uso que hayan hecho de sus talentos en pro del bien
temporal de la sociedad, de modo que se atiendan los méritos anteriores contraídos;
a más de que su permanencia continua en la casa les hace muy apropósito para dar
parte a los superiores de cuanto noten en los inferiores.
3º. No debe expulsarse a estos si no en caso de extrema necesidad para no sufrir
la mancha que recaería sobre la Sociedad.
4º. También se debe favorecer a los que sobresalgan por su talento, nobleza o bienes,
en especial cuando cuenten con amigos y parientes poderosos, adictos a la Sociedad;
y si ellos mismos la aprecian sinceramente, deben ser enviados a Roma o a las principales
universidades para que reciban su instrucción, o en caso de haber estudiado en alguna
provincia, será muy conveniente inducirlos por medio de atenciones y cuidados especiales,
a que cedan sus bienes a la Sociedad; mientras esto se verifica, no rehusárseles
cosa alguna, pero cuando la cesión de bienes esté verificada, serán tratados como
todos los otros, aunque guardando siempre alguna consideración por lo pasado.
5º. Habrá también consideración por parte de los superiores hacia los que hayan
traído a la Sociedad algún joven notable, porque así han dado a conocer suficientemente
su afecto a ella; mas si no hubieren profesado todavía, debe tenerse mucha precaución
y no dejarse llevar de la indulgencia; no fuere que si ellos se marchasen lleven
también a los jóvenes que trajeron.
CAPITULO XIII
De los jóvenes que han de ser elegidos por la Sociedad
1º. Debe tenerse mucho atino
en cuanto a la elección de los jóvenes, que habrán de ser despejados, nobles y de
buenas dotes físicas, o cuando menos sobresalientes en algunas de estas cualidades.
2º. Los superiores de los colegios que cuidan de su enseñanza, han de prepararlos
durante sus estudios para que puedan ser atraídos con mayor facilidad; y en sus
conversaciones fuera de la cátedra, deben pintarles cuan grato es a Dios el que
se dedica a servirle con todos sus bienes, y sobretodo si es en la Sociedad de su
Hijo.
3º. Conviene que algunas veces los introduzcan en el colegio y en el jardín o los
lleven a las casas de campo teniéndolos en compañía de nuestros padres en tiempos
de asueto, para que adquieran con ellos cierta especie de familiaridad, que sin
embargo no ha de ser tanta que les inspire menosprecio.
4º. No se consentirá que los nuestros les castiguen ni les obliguen a colocarse
en sus tareas entre los demás educandos.
Deberán emplearse dádivas y privilegios conformes a su edad, y alentarlos al mismo
tiempo con pláticas morales, para ir atrayéndolos poco a poco.
6º. Se les hará creer que por alguna predestinación de la Providencia Divina han
sido ellos los predilectos entre tantos como acuden al colegio.
7º. También habrá ocasiones en que convenga atemorizarlos, especialmente en las
exhortaciones, repitiéndoles que solo una condenación eterna está reservada para
los que se niegan a escuchar la voz de Dios que les está llamando.
8º. Cuando continuamente expresen su anhelo por entrar a formar parte en la Compañía
debe suspenderse la admisión, si permanecen constantes; mas cuando permanezcan indecisos,
se les guardarán todas las consideraciones posibles.
9º. Se les amonestará con repetición que a ninguno de sus amigos, ni aún a sus padres
deberán descubrir su intención antes de haber sido admitidos; y cuando tuviesen
algún mal pensamiento de variar de voluntad, tanto ellos como la Sociedad quedarán
en plena libertad para obrar del modo que les pareciere más conveniente. En el caso
de que logren vencer la tentación, nunca faltarán ocasiones para hacerles cobrar
ánimo, recordándoles lo que ya se ha dicho, siempre que esto sucediere durante el
noviciado o hechos ya los votos simples.
10º. Con respecto a los hijos de los grandes, poderosos y nobles, como es sumamente
difícil conquistarlos si viven con sus padres, por que le dan educación más adecuada
para sus deseos de que les sucedan en sus destinos deberá procurarse persuadir a
los padres valiéndonos del influjo de nuestros amigos, más que del nuestro, de que
convendría enviarlos a otras provincias o universidades distantes que estén a cargo
de nuestros padres, cuidando antes de remitir a los profesores respectivos las instrucciones
necesarias acerca de la calidad y circunstancia de los nuevos discípulos, para que
de este modo puedan hacerles concebir más fácilmente cariño hacia nuestra Sociedad.
11º. Cuando hayan avanzado en edad, se les inducirá a practicar unos ejercicios
espirituales que en Alemania y en Polonia han dado los mejores frutos.
12º. En sus pesares e incomodidades se les consolará conforme a las inclinaciones
y carácter de cada uno, y en las conversaciones privadas se reprochará el mal empleo
de las riquezas haciéndoles patente al mismo tiempo que despreciar el don inestimable
de una vocación verdadera es condenarse a las eternas penas del infierno.
13º. La excelencia de la Compañía en comparación de las otras órdenes, la santidad
y ciencia de sus miembros, la fama que en todo el mundo se han granjeado estos,
las distinciones y honores que han obtenido de todos serán otros tantos medios para
lograr que los padres de los jóvenes se determinen a consentir que sus hijos entren
en la Sociedad; después conviene hacerles una relación de los príncipes y magnates
que han vivido y aún viven dichosos y satisfechos en su seno, también se ponderará
lo agradable que sin duda será para Dios ver a los jóvenes consagrarse a su santo
servicio, especialmente siendo en la Compañía de su divino hijo, y qué cosa tan
sublime es un hombre que lleva en medio de su juventud, el yugo del señor. Cuando
parezca difícil por su extremada juventud, debe hacerse presente la suavidad del
instituto que no contiene en sí otras reglas que puedan llamarse austeras si no
la observancia de los tres votos, y sobretodo que ninguna es obligatoria ni aún
bajo pena de pecado venial.
CAPITULO XIV
Sobre casos reservados y motivos que exigen expulsión de la Compañía
1º. Lo que expresan los números
1, 2, 3 y 4 se guardará ignorado de todos los extraños; porque indudablemente parecería
injurioso al Santo Sacramento de la penitencia; sería capaz de hacerlo odioso, e
incitaría a la práctica de doctrinas que la iglesia tiene condenadas.
5º. Siendo la nuestra una corporación noble y preeminente de la Iglesia, puede deshacerse
de los que no parezcan propios para la práctica de su instituto. Aun cuando en un
principio nos hayamos manifestado satisfechos de ellos, luego que no queramos conservarlos
será fácil motivar su despedida, si se procura impacientarlos de continuo obligándolos
a ejecutar lo que menos les agrade, colocándolos bajo las órdenes de superiores
duros, separándolos de los estudios y funciones honoríficas etc., hasta hacerlos
quejarse y murmurar.
6º. Conviene no dejar en la Compañía a los que se rebelan abiertamente contra sus
superiores, y se quejan pública o reservadamente de sus compañeros; en especial,
si es con gentes de fuera; ni a los que con los nuestros o los extraños censuren
el comportamiento de la Sociedad respecto a procurarse bienes temporales, o administración,
o cualquiera otros actos de la misma; por ejemplo, que trata de confundir y abrumar
a los que no quieren su bien; que obró de tal modo en estas o las otras expulsiones,
etc. También nos desharemos de los que en conversaciones sobre venecianos, franceses
o otros que arrojaron de su territorio a la Compañía o le han ocasionado trastornos,
callen o los defiendan.
7º. Antes de expulsar a cualquiera debe hostigársele en un todo, sacándole de las
funciones que desempeña de ordinario y dedicándole a otras; en ellas se le debe
reprender aunque las lleve perfectamente, aplicándole como por insuficiencia a otras
cosas e imponiéndole grandes penas por las faltas más leves; se le abochornará en
presencia de los demás hasta sacarla de sí; y últimamente, será expulsado como pernicioso
a todos; para lo cual, se aprovechará el momento en que menos pueda presumirlo.
8º. Cuando tuviera alguno de la compañía esperanzas fundadas de conseguir un obispado
u otra dignidad, deberá precisársele a prestar otro voto sobre los ordinarios que
la sociedad exige, el cual será conservar perpetuamente buenos sentimientos hacia
la Sociedad, hablar bien de ella, no tener confesor que no sea de su seno, y no
proceder a cosa alguna de entidad sin el beneplácito de la misma. Por que a consecuencia
de no haber observado esto el cardenal Tolet, obtuvo la Compañía una declaración
de la Santa Sede para que ninguno de raza no limpia, descendiente de judíos o mahometanos,
fuese admitido a dignidad de la Iglesia sin prestar igual voto, pudiendo expelérsele
como enemigo declarado, por celebérrimo que fuese.
CAPITULO XV
Términos en que debe conducirse la Compañía para con las monjas y beatas
1º. Guárdense los confesores
y predicadores de ofender a las religiosas y de manifestarles alguna tentación opuesta
a la vida que han abrazado; por el contrario, procuren captarse la benevolencia
de las superioras, y podrán llegar, cuando menos, a ser confesores extraordinarios
de la comunidad, que si esperan ha de demostrarse agradecida, deberán tratar de
conservarla, porque las abadesas, especialmente las que proceden de casas nobles
y ricas, pueden ser de mucha utilidad a la Compañía, así con los medios de su posición,
como por sus parientes, allegados y amigos; de modo, que con el trato e influencia
en los principales monasterios podremos lograr relacionarnos e intimar con casi
toda una población.
2º. Se precaverá, no obstante, que nuestras beatas frecuenten los conventos de monjas,
no sea que cobren afición al método de vida de las religiosas y la prefieran, frustrando
los proyectos que abrigamos de poseer el todo o parte de sus bienes. Pero cuando
se noten en ellas deseos de entrar en el claustro, las disuadirá el confesor, diciéndoles
que el voto de castidad y obediencia lo pueden prestar en sus manos, asegurándoles
que tal sistema de vida está conforme con los usos de la iglesia primitiva, y que
así podrán ser luces descubiertas que alumbran la casa en vez de las que arden tapadas
en términos de no poder iluminar a las almas; aconsejándoles sobretodo que a imitación
de las viudas del Evangelio, hagan algo en honor de Jesucristo obrando el bien que
puedan a favor de su Compañía. Se les hablará, por último, cuanto sea posible contra
la vida monástica, tratando con el mayor sigilo estas instrucciones, y haciéndoles
prometer el secreto para que no lleguen a noticia de otros eclesiásticos.
CAPITULO XVI
Modo de hacer profesión de despreciar las riquezas
1º. Con el fin de estorbar
que los de fuera echen de ver nuestro prurito por riquezas, convendrá no admitir
las ofrendas de mediano valor con que se nos brinde por los buenos oficios de la
Compañía, aunque deberán aceptarse las pequeñas de gentes adictas; y de este modo
no se nos tachará de avarientos por admitir las cuantiosas.
2º. Será bien que no consintamos se entierren en nuestras iglesias personas de poca
clase, aunque nos hayan sido adictas; por que con los multiplicados entierros se
pararía la atención en lo que ganamos.
3º. Respecto a las viudas y las demás personas que hubiesen hecho dejación de sus
bienes a la Sociedad, se deberá proceder con entereza y despejo, tratándolas sin
distinción como a cualquiera otras; por que no se diga que en consideración a los
bienes terrenos concedemos los grados de favor; e igual plan deberá observarse con
aquellos de la Compañía que le donaren sus bienes, luego que lo hayan verificado;
y si necesario fuese, se les expulsará; mas que sea con la mayor sagacidad, a fin
de que dejen a lo menos una parte de lo que habían cedido o la leguen para después
de su muerte.
CAPITULO XVII
Medios para ensalzar la Compañía
1º. Cada uno debe procurar
tener la misma opinión que los otros, aún en los asuntos más frívolos, o ya que
esto no sea, asegurar que es; por que así se aumentará y fortalecerá más y más la
Sociedad, sin que le hagan mella los trastornos que sobrevengan en los negocios
del mundo.
2º. Es una obligación para todos nuestros padres, hacer los mayores esfuerzos para
brillar por su ciencia y sus buenos ejemplos, con el fin de oscurecer a todos los
religiosos, en especial a los obispos, curas etc., hasta que el mismo pueblo apetezca
vernos ocupando todos los cargos a la vez. Se debe divulgar públicamente la idea
de que los obispos y curas no necesitan hallarse dotados de gran instrucción, sino
únicamente de la indispensable para desempeñar su ministerio; por que la Sociedad
que siempre se ha dedicado a toda clase de estudios, puede suministrarles consejos
cuando los necesiten.
3º. A los príncipes se les repetirá la idea de que la fe católica necesita de la
política para sostenerse en la actualidad, para lo cual es preciso mucho acierto;
y de este modo alcanzará a los nuestros el afecto y consideración de los grandes
y tal vez vendrán a ser sus íntimos consejeros.
4º. Para alimentar su precio se les comunicarán a tiempo noticias interesantes y
ciertas, recibidas de todas partes por medio de los nuestros.
5º. Casi siempre nos reportarán muchos beneficios las desavenencias entre los grandes;
por lo cual conviene fomentarlas con prudencia y secreto, aunque sea preciso destruir
mutuamente su poder, pero en el caso de que se adviertan señales de una próxima
reconciliación debe interceder la Sociedad para que ésta se realice; no sea que
haya otros que se anticipen a verificarlo.
6º. Tanto los magnates como el pueblo se deben persuadir de que nuestra Sociedad
ha sido establecida por disposición divina, según profetizó el eclesiástico Joaquín,
para que por este medio se reponga la Iglesia de los daños que los herejes le causaron.
7º. Una vez adquirido el favor de los obispos y magnates, necesitamos apropiarnos
los curatos y canonjías, para que pueda verificarse la reforma del clero en los
términos debidos, haciendo que como en tiempos mejores viva sujeto a una misma regla
con los obispos respectivos y avanzando a la perfección. Debemos también aspirar
a la obtención de las abadías y prelaturas que vaquen, considerándolas de no difícil
asecución, si se tiene en cuenta la ignorancia y desidia de los frailes; porque
nada más útil para la Iglesia que poner en manos de la Sociedad los obispados, y
aún encomendar a uno de nuestros padres la silla pontificia, particularmente si
el papa fuera señor temporal del mundo. Esta es la causa porque se debe procurar
con mucho acierto y sigilo extender la Compañía en cuanto lo temporal, y entonces
descenderá sobre la Iglesia la paz universal y perpetua, y la bendición del cielo.
8º. Siendo de temer que se promuevan disturbios si todo esto llegase a suceder,
deberá variar nuestra política conforme a las circunstancias, y excitar guerras
contra los soberanos adictos a nosotros, para que en todas partes se haga necesaria
la intervención de la Sociedad y vengamos a ser ayuda indispensable a la pública
tranquilidad; por lo cual tendrá la Compañía en beneficios y dignidades eclesiásticas
la recompensa a que se habrá hecho acreedora de parte de los príncipes.
9º. Finalmente, cuando ya cuente la Sociedad con el favor y efecto de los soberanos
debe procurar cuanto pueda mostrarse temible respecto a sus adversarios.
Si en realidad tratáramos con personas verdaderamente cristianas y deístas nos bastará todo lo expuesto para que vieran el error en que incurrieron al escribir y aprobar el libro que nos ocupa, pero como no lo son más que en el dicho forzoso nos es probarles una vez más su negación a Dios y al Cristo en los hechos para que por más tiempo la hipocresía con su manto vil no pueda tapar la luz al que por voluntad propia la quiera ver, pues juramos descubrirla tan pura como nos fuera dada, y estamos en el deber de no pasar por perjuro ante Dios del mismo modo que ellos no quieren pasar ante los hombres. Probado como queda que el liberalismo es deísta y cristiano pasemos a examinar lo que hay sobre el espiritismo, puesto que como espiritistas y no masones por no pertenecer a logia alguna, es lo que en justicia nos pertenece defender, sin perjuicio de que digamos que hacemos nuestro el código masónico y estamos con todos aquellos que lo cumplan en práctica, sea de la secta o religión que fuere, ya sea blanco o de color, ya de uno u otro estado, pues en el hecho hallamos el objeto que buscamos haciendo caso omiso del dicho que nada significa para el cumplimiento de la ley divina.
¿Qué hay sobre el espiritismo?
Sin duda fue nuestra ignorancia la que nos hizo creer que para
refutar una obra y con el rigor de la justicia dar fallo sobre ella era preciso
leerla toda, ser perito en el asunto de que se trata y después de gran meditación
aprobar o desaprobarla; y más convencidos quedamos de ello al llegar a nuestras
manos el opúsculo que nos ocupa y ver la imparcialidad que suplica su autor a todo
el que lo leyere; pero debemos confesar que nos llevamos un gran chasco, puesto
que el señor Sardá juzga todo el Espiritismo por solo una parte de la introducción
del libro de los espíritus por Allan Kardec. ¡Dios se lo pague!
El señor Sardá principia por decir que el espiritismo carece de bases, que quién
le responde de que los espíritus hayan revelado algo; que la Iglesia la tiene en
la divinidad de Jesucristo y la autoridad de un Magisterio como representante. Dice
en su página 20 que una porción de Ángeles se rebelaron contra Dios y fueron castigados
con tormentos eternos y que nosotros no lo creemos así; y nosotros decimos, que
las bases del Espiritismo son los atributos que Roma le concede al Ser Creador universal
en la doctrina establecida para los párvulos por el padre Astete
(=3=) que a su pregunta ¿Quién es Dios? contesta, es un ser purísimo, infinitamente
poderoso, bueno, sabio, misericordioso, caritativo y justo; así explica la mencionada
doctrina, los atributos divinos y nosotros tomándolos por base y examinándolos por
medio de la oración mental que la misma enseña cuando dice: ¿Quién enseñó el Padre
nuestro? Jesucristo; ¿Para qué? para enseñarnos a orar; ¿Qué es orar? es elevar
el corazón a Dios y pedirle mercedes; ¿Cuántas maneras hay de orar? dos, una mental,
otra vocal; ¿Cuál de las dos oraciones es la mejor? la mental; ¿Por qué? porque
con ella se habla con Dios como con la vocal con los hombres, y hemos encontrado
que son justos. ¿Puede el señor Sardá revocar esta doctrina? no, puesto que fue
aprobada por un Sumo Pontífice. ¿Cómo pues, se atreve a negar que los hombres puedan
hablar con los espíritus si Roma declara que podemos hablar con Dios mismo? ¿Cómo
se atreve a revocar lo declarado por Roma? ¿Cómo se atreve a rebajar a Dios más
que al más ínfimo de los hombres después de haberle concedido los atributos mencionados?
¿Acaso encontró muchos padres hombres que teniendo amor a sus hijos les hayan negado
su propio lenguaje desde el momento que han nacido? No es posible, y si en la tierra
hallo alguna excepción registren su conciencia los que tanto se oponen a las leyes
de la naturaleza y no les será difícil reconocer que ellos son la causa primera
de que haya seres abandonados; ¿no ha comprendido usted el amor de padre por ser
célibe? pues debía haber estudiado en los que cumplen aquel precepto de <<creced
y multiplicaos>> ¿ha encontrado usted padre que teniendo amor a todos sus hijos
prohíba a los buenos de que se relacionen con alguno que se hubiere extraviado de
su autoridad? Por mi parte no lo he podido hallar, pero encontré algunos que suplicaron
a los primeros trabajaran por conseguir traer al extraviado al buen camino, y cuando
lo consiguieron y juntos volvieron a la casa paterna tampoco se escondió el padre
para que el extraviado no lo viera, por el contrario recibió a los dos con igual
contento; pues si esto sucede entre los hombres padres ¿por qué negar que también
sucede con los espiritistas? ¿Cuál es la misión de los ángeles guardianes, Sr. Sardá?
¿no la conoce? Pues es su primer deber como padre de almas que se titula, así como
comprender el lenguaje espiritual para enseñar a los hombres que se comprendan con
ellos. ¿No es Dios el padre de todos? Pues usted no puede ser otra cosa que un intérprete
entre los espíritus y los hombres, y mal podrá cumplir si no comprende y practica
los dos idiomas. ¿O es que por ocupar un rango que le eleva ante los hombres, pretende
que su alma haya venido de distinto sitio y más predilecto que las de los mendigos
y por ello pretende negarnos el parentesco de hermanos y desheredarnos de la casa
paterna? En tal caso, peor para usted y mejor para nosotros, puesto que el Padre
por su atributo de amor y justicia nos dará nuestro merecido.
Pero hay más; usando ese mismo lenguaje se nos han facilitado medios para reconocer
los errores que se nos han venido enseñando con los cuales se niegan los atributos
antes mencionados y se hace del Cristo un hombre de los más ignorantes.
Como quiera que nuestro mayor interés desde el momento en que empezamos a comprender
el lenguaje mental mencionado, fue el de averiguar la verdad de la doctrina que
el Cristo había enseñado, nos encontramos con que la única que debíamos recoger
es la de Amor, Paz, Caridad, que es la ley divina recomendada por él, pues las demás
están adulteradas; registrando el Evangelio nos hallamos con el Padre nuestro y
las ocho Bienaventuranzas; al examinarlas encontramos la más infinita de las adulteraciones,
puesto que se niegan en absoluto los atributos a Dios y la filosofía al Cristo,
¿y por qué se le atribuyen al último las palabras <<venga a nos tu reino, el pan
de cada día, dánosle hoy, no nos dejes caer en tentación y líbranos de mal>>?. Supongámosle
ignorante por un momento; Roma dice en la Salve que somos desterrados, luego ésta
debe conocer mejor que el Cristo la Filosofía y Teología y siendo así ¿cómo pretende
sostener que el reino de Dios venga a ser destierro?
<<El pan de cada día, dánosle hoy>> ¿No le habéis concedido los atributos de sabio,
misericordioso y justo; pues si debiera darnos ese pan que le pedís y os falta por
no habérselo pedido, no es sabio ni justo, y si no lo dio antes de pedirlo y lo
da por solo vuestro pedido, tampoco lo es. ¿Comprendió esto el Cristo mejor que
Roma, y todos los que han colaborado tal Evangelio? sí, por eso se guardó muy bien
de pronunciar tales palabras; sabía además que cuando los primeros espíritus vinieron
a poblar la tierra ya el Padre había puesto en ella cuanto pudieran necesitar, pero
todo para todos, como lo demostró al formar la comunidad que Roma ha sabido continuar
a su modo y manera egoísta.
<<No nos dejes caer en tentación, mas líbranos de mal>>; ¿habló o no del libre albedrío?
¿dijo o no a los fariseos que no entrarían en el Reino de los Cielos sin volver
a nacer de nuevo? Así consta en los mencionados Evangelios y con ello se niega lo
demás exactamente, porque siendo Dios misericordioso infaliblemente nos ha de dar
tiempo apropiado a nuestra voluntad para cumplir la suya sin que para nada se meta
con nosotros que no sea por su justicia infinita pues de meterse no podemos ser
responsables de nuestros actos y por lo tanto no tendríamos derecho al premio ni
al castigo. ¿Quien pues ha faltado aquí, el Cristo o los colaboradores y continuadores
del Evangelio? los últimos, puesto el Padre nuestro que el Cristo enseña escrito
se halla de esta manera:
<<Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, llévanos a tu
reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo y perdona nuestras deudas
como perdonamos a nuestros deudores>>, ¿puede haber manera de orar más respetuosa
hacia un Ser que Roma le concede los atributos arriba mencionados? ¿en donde se
halla la ignorancia que demuestra la que hemos copiado del Evangelio?
<<Perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores>> ¡Oh! qué palabra
tan sabia para seres que la puedan comprender puesto en ella va encerrada la pena
del talión y la justicia más exacta, en ella está clara la luz que al Cristo iluminaba;
su saber teológico para darnos a comprender, que tanto como hagamos padecer a nuestros
semejantes, habremos de padecer de un modo u otro, más tarde o más temprano, puesto
el Padre no puede perdonarnos las ofensas que hagamos a nuestros hermanos, como
tampoco le ofendemos sin ofender a uno de estos porque es bondad infinita; mas ¿porqué
no se da a conocer a la humanidad tal doctrina con esta misma pureza? porque en
tal caso no podría haber personas que vivieran en la opulencia de los goces materiales
sin cumplir el precepto de <<con el sudor de tu frente comerás el pan>>; por eso
los idólatras cristianos hicieron la separación de los libros que no les convenía
se leyeran so pretexto de ser apócrifos, del mismo modo que encerraron la filosofía
natural por incomprensible para los hombres. ¿Cuándo piensan descubrirla?
1ª Bienaventuranza
Se atribuye al Cristo el dicho de Bienaventurados los pobres
de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; no dijo tal, sus palabras
textuales fueron: Bienaventurados vosotros los pobres porque vuestro es el reino
de los cielos si limpios estáis de corazón; más también dijo, que había dos clases
de pobres como había otras dos de ricos, dando a cada cual su significado; a los
ricos materiales les aconsejó que dejaran sus riquezas en toda aquella parte que
no les fueran necesarias, puesto el Padre las había colocado en la tierra para todos
y así al dejar las materias no se hallarían sus almas preocupadas con ellas que
tanto las entretienen; ¿no dijo también que es más difícil entrar un rico en el
reino de los cielos, que pasar un camello por el ojo de una aguja? pues con solo
esta palabra que como la otra se halla en los Evangelios, queda confirmado el error
de los colaboradores; el mismo Cristo ¿fue pobre o rico? Roma dice que fue pobre
y así lo enseña a sus adeptos, más yo le digo, que fue y es muy rico de espíritu,
que Roma no me lo podrá negar puesto lo ha hecho Dios y sentado a la diestra del
Padre. ¿Luego cómo los pobres de espíritu podrán llegar a su elevación sin hacerse
ricos como él siendo Dios justo? ¿O quieren ustedes decir que fue tan pobre de espíritu
como de riquezas materiales? en tal caso no pudo subir al reino de los cielos ni
menos llegar al Padre, por cuanto los espíritus pobres no pueden atravesar la atmósfera
que circunda la tierra. ¿Saben en que consiste la pobreza o riqueza de espíritu?
pues nosotros se lo diremos.
Creado el espíritu de materia
(=4=) y dotado con una chispa de luz divina es pobre, por cuanto la materia
domina a la esencia
(=5=) para hacerse rico es menester que suceda al contrario, por el dominio
de la primera parte viene a la tierra, por el dominio de la segunda sale de ella,
por el dominio de la primera se aleja de Dios y de su luz, por el dominio de la
segunda se va aproximando, más y más hasta llegar al lado del Padre y recibe de
él su luz; luego en qué quedamos ¿dijo Cristo bienaventurados los pobres de espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos o dirá como nosotros decimos arriba? ¿Es
ignorancia o malicia Romana presentar a la humanidad madejas tan enredadas como
la que nos ocupa Sr. Sardá? Por nuestra parte no podemos creer que sea lo primero
por cuanto hemos hallado copiado algunos párrafos de la Filosofía escolástica que
nos demuestra haber penetrado todo lo que nos ha venido llamando misterios, de los
cuales vamos a copiar uno que dice así:
<<Este es un concepto erróneo lucubrado por la pseudo-filosofía y sostenido por
una locución viciosa, que el escolantismo cuida muy bien de desvanecer; el hombre
hablando en rigor y con toda propiedad, no es un compuesto de alma por un lado y
de cuerpo ya organizado por otro, sino que es un compuesto de alma y materia sin
organizar, a la que el alma informa y organiza para transformarla en cuerpo. Si
me fuera lícito materializar los dos conceptos, diría que así como el bómbix morí
(=6=) labra el capullo donde tiene que encerrarse, así el alma organiza la materia
e informa el cuerpo donde tiene que infundirse. No ingresa el alma en un cuerpo
ya formado o previamente organizado por otro principio; es la materia que ingresa
en la esfera de acción del alma; rellenando de solidez plástica el etéreo molde
de esa esfera mediante el influjo organizador de aquella potencia>>.
Con lo expuesto creemos bastará para quedar probado nuestro concepto de que Roma
no sostiene errores por ignorancia en cuestiones filosóficas, más debemos preguntar
aquí ¿por qué enseña y obliga a hablar con Dios todos los días a los que han entrado
en el estado religioso y jurado conservar los secretos romanos, y lo oculta para
los que no se dicen religiosos? Pues si tales ocultaciones no existieran, el cristianismo
verdad sería universal y el hombre todo lo más feliz a que puede llegar en la tierra.
Dicen que somos hermanos y dicen la verdad; quieren desheredarnos de la casa paterna,
trabajo inútil como ya están viendo el desengaño, puesto que les estamos descubriendo
lo que creían más tapado. Conservando sin embargo una de las partes más principales
para cuando venga el caso, que no se hará esperar si ellos por caridad no lo descubren.
De la misma manera que hemos descubierto lo que antecede y valiéndonos del lenguaje
mental Romano hemos sabido también que así como Dios crea seres humanos, también
crea vegetales y animales, los cuales pone a disposición del primero, y de ellos
debe usar mas no abusar, habiendo traído el primero la obligación de usar amor y
caridad con todos sus semejantes cual el Cristo aconsejó cuando dijo: No hagas a
otro lo que no quieras que te hagan a ti, haz con todos como quieras que hagan contigo
en igualdad de circunstancias que en ello amas al Padre que está en los cielos;
pero que todos están sujetos a una ley de progreso en sus propias especies; razón
por la que también los animales que están en la tierra son unos más adelantados
que otros; luego no debe extrañarse el S. Sardá, de que haya hombres que por su
orgullo manifiesten ser muy aproximados a los animales, y sin necesidad de arengarlos
como lo hace en su libro saben hacer cosas peores que las fieras carnívoras, porque
sus miembros se lo permiten y son máquinas para llevar el fusil; ¿porqué no aconsejarles
que en vez de apuntar al fusilero lo llamen hacia si y se den el abrazo fraternal
como hermanos que son? pues éste y no aquél es el deber de todo hombre que por su
orgullo y egoísmo no se aproxima a los animales ¿no ha leído V. en el libro de espíritus
que dice: Dios crea espíritus ignorantes pero no malos? pues allí está escrito.
Roma dice que es obra de caridad enseñar al que no sabe, V. se titula Padre de almas,
lo que nos indica que está para enseñar al que no sabe respecto de su alma ¿es que
con sus consejos y escribiendo libros como los que nos ocupan como piensa encaminarlas
al reino de los cielos? adelante pues, mas no olviden que hay una pena del talión.
¿Tiene bases sólidas el espiritismo Sr. Sardá? pues le rogamos que las tire con
su moral, mientras nosotros le decimos ¿quien le responde que los espíritus hayan
dicho algo? y examinamos las de la Iglesia Romana.
En el año 157 de nuestra era, mandó Pío que la Pascua se celebre en domingo conforme
se lo había revelado un Ángel que se presento en traje de Pastor a su hermano Hermes.
Los Evangelios dicen que Maria tuvo revelaciones varias veces, que las tuvieron
José, Jesús, los Apóstoles, las dos Marías, que Jesús se transformó a presencia
de Pedro, Juan y Jacobo, que el espíritu habló luego en los Apóstoles, y que Pablo
se convirtió por haber visto al espíritu de Jesús en figura del Padre. Todo esto
y mucho más les cuenta a Vds. la Iglesia Romana ¿cómo nos pide otros responsables?
Con tal petición demuestran que no tienen confianza en ella ¡y son dignidades de
la iglesia! pues bien, le responden a V., los atributos divinos que reconoce y la
Cabaña es responsable de V. y de todos aquellos que reciban retraso espiritual cumpliendo
la ley divina y creyendo en la revelación de Dios y de sus espíritus porque está
autorizada para ello ¿Quiere V. más garantías?
Nos dice el Sr. Sardá que la Iglesia tiene sus bases en la divinidad de Jesucristo
y la autoridad de un Magisterio como representante ¡otro desbarajuste! primero nos
dice la Iglesia que Dios es espíritu purísimo y de mucho saber, nos presenta las
doctrinas que el Cristo enseñó con las cuales deshace todo el saber y los demás
atributos y el señor Sardá nos dice que el Cristo es divino ¿cómo salir de este
atolladero? ¿nos sacarán las dignidades de la Iglesia que aprobaron los opúsculos
que nos ocupan? No lo creemos, pero tal vez sí la historia y la filosofía natural.
Los Apóstoles Pedro y Pablo se disputaron sobre quien tenía más derecho para hablar
y contar a las gentes la sana moral que el Cristo había enseñado. Pedro acusaba
a Pablo de haber sido uno de los grandes perseguidores y no podía creer en su conversión
tan pronta puesto lo hacía divino; cesaron tales disputas, cuando Pablo dijo, que
el Espíritu del Cristo se le había presentado en forma humana resplandeciente como
el Sol que nos alumbra; como Pedro había visto ya la transformación del monte no
pudo dudar de la aparición a Pablo, la humanidad filosófica halló a Dios en ese
mismo Sol hace muchos siglos y Pablo no tuvo reparo en creer, que el Cristo procedía
del Sol mismo; mas Pedro y los demás masones que lo habían conocido y tratado materialmente
solo creyeron en Jesús un espíritu más purificado que ellos; pero como ciertas inteligencias
son más aptas que otras por su pureza para los trabajos filosóficos y teológicos,
también hay otras que por su materialización son más aptas para el fanatismo, las
cuales no dudaron en creer que el Cristo era hijo único del Sol y que de allí no
podía venir otro. Estas dos clases de inteligencias han marchado siempre en pugna
unas con otras dominando siempre las ignorantes por la fuerza bruta como en la actualidad
tratan de hacer a pesar del progreso intelectual; por esta razón las verdaderas
lumbreras de la Iglesia Romana han sido muy pocas. Magisterio, y algunas que quisieron
descubrir la luz con todo su esplendor las apagaron antes que las viera la humanidad;
otras como S. Jerónimo y doce doctores más
(=7=) dijeron alguna cosa, pero no pasaron sus dichos de la subyugación a que
se habían sometido bajo juramento antes de tomar sus hábitos. ¡Ah! si la primera
autoridad de la Iglesia Romana en la actualidad
(=8=) fuera tan libre como nosotros ya nos hubiera evitado estos descubrimientos
haciéndolos ella misma, mas a nosotros nos toca decirla aquí para que su materia
obedezca al espíritu. Que recuerde al Cristo en la Cruz y tenga valor como él si
como él desea que su alma pase al reino de los Cielos, que si juramentos hizo como
hombre ante los hombres, antes los hizo su espíritu ante Dios; ¡ojalá nos comprenda
siendo hombre como nos comprende el espíritu cuando es libre!
Lo expuesto ha sido la causa de que la Iglesia Romana haya pasado y pase por tantos
cismas de lo cuales podía haberse evitado no dando poderes a inteligencias incapaces
de cumplirlos y es su misión la espiritual, pues (a nuestro entender) deben darse
dichos poderes a personas aptas para comprender la filosofía y la teología con la
mayor pureza posible sin que se tomen trabajos que con tales estudios no tengan
relación para evitarlos de toda turbación, pues sabido es que no puede servirse
a dos señores a un mismo tiempo y de este modo nos evitaríamos muchos males, incluso
el de tener que mencionar aquí a seres que debían olvidarse después del mucho tiempo
que pasaron a la Historia, y ella misma gozaría de la paz necesaria para poder regir
a la humanidad con acierto; ¿acaso no contó con datos suficientes para saber marchar
por buen camino, o es que nosotros nos equivocamos? pues debemos decir que tal vez
no lo quiso saber, puesto tenemos datos a la vista que lo justifican.
En el año 252 de anatematizó a Novaciano por haber dicho que los pecados no son
perdonados con sólo confesarlos; y en efecto, Dios, siendo justo, no puede perdonar
los agravios que hagamos a nuestros semejantes, como no puede ofenderse por cuanto
hagamos y digamos si no ofendemos a uno de ellos, por su atributo de Bondad infinita;
además, en su mandato al espíritu le dice que ame a todos sus semejantes, no que
le amen a él. Luego ¿quiénes son los hombres para perdonar los agravios espirituales?
Quien tal pretenda no puede menos de estar cargado de la materia etérea primitiva
y por tanto dominado por la más crasa ignorancia en la filosofía y teología naturales.
En el año 260 se anatematizó a Pablo Samaritano, porque enseñaba que el Cristo no
había bajado del cielo en cuerpo y alma, sino que había nacido de Maria; y nosotros
preguntamos a la humanidad, ¿quién sería más digno de recibir el anatema (caso de
haber alguno digno de anatematizar)? ¿Cómo pretender que Cristo hubiera venido a
la tierra de distinto modo que los demás hombres? Si así fuere, Dios no es justo
ni bueno ni los demás tenemos obligación de responder de nuestros actos y por lo
tanto no hay necesidad de que nos perdonen los pecados, luego los Padres de almas
están de más; pero hay más. Cuando al Cristo lo clavaron en la cruz, ¿vertió sangre
o no? No hay duda de que sí, puesto que Roma así nos representa su imagen, luego
su cuerpo era de la tierra, porque lo fluídico no la posee, luego el cuerpo de la
tierra salió y en la tierra tuvo que quedar, lo que vino y lo que se fue es la forma,
como nos explica el párrafo que hemos trascrito de la filosofía escolástica; ¿dónde
está pues ese cuerpo? ¿no lo saben los romanos?... además, el mismo nos dijo: Padre
nuestro que estas en los cielos..., y Juan en sus Evangelios ¿no atestigua que dijo:
Voy a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios? ¿qué mejor declaración
se quiere? pues señores que tales cosas hacéis ¿podéis decir en verdad que sois
deístas ni cristianos?.
Veamos si el magisterio de que nos habla el Sr. Sardá tiene bases más sólidas que
la divinidad de Jesucristo.
Por de pronto, al mirar la historia de los Papas nos encontramos con que Eugenio
IV, en el Concilio de Basilea, es tratado de simoníaco, perjuro, hereje incorregible,
etc. etc.; él excomulga al Concilio y los condena a que la tierra se los trague
en cuerpo y alma. Esteban IV forma proceso contra los ratones. Silvestre II fue
nigromante; Benedicto VIII dispone que no puede haber reyes sin ser nombrados por
el Papado; Inocencio III establece la inquisición, e Inocencio VIII la impulsa con
todo rigor; Sergio III fue papa puesto por Teodora, ésta fue querida de Juan XI;
Juan X, hijo de Sergio o sea Gregorio V, fue Papa a los veinticuatro años, y Juan
XII, a los dieciocho años; éste se fugó con Adalberto y el tesoro. Esteban VI desentierra
el cuerpo de su antecesor (Formoso), le formó causa, le separó la cabeza del cuerpo,
le corta tres dedos y lo arroja al río Tíber; el Concilio Parisiense desenterró
a Almarico y lo arrojó a un lugar inmundo; Benedicto IX fue Papa a la edad de doce
años, fue echado del papado dos veces por sus instintos depravados, lo recuperó
la tercera y lo vendió por dinero; León X, Cardenal a los trece años; Julio II,
ciñendo espada y coraza, animaba a los soldados en el Circo de Mirándola; Benedicto
VI fue mandado estrangular por su sucesor Bonifacio VII; el mismo Bonifacio robó
todo lo más sagrado de la Iglesia y escapó a Constantinopla, volvió a Roma con fuerzas
y mandó matar a Juan XIV; Juan XXIII fue corsario, luego Papa y por un concilio
en 2 de Marzo de 1415, fue preso por haber vendido beneficios y reliquias, haber
hecho asesinar a otras personas y envenenado a su antecesor Urbano VI; Clemente
VII y Juan XXIII fueron Papas a un mismo tiempo, y no queremos proseguir la Historia
por que nos causa horror solo el pensar que estos y muchos más se han titulado representantes
de Jesucristo, Padres de almas y por fin infalibles; mas si al Sr. Sardá no le bastan
estas muchas por ser nuestras para convencerse de que las bases sobre las que está
fundada la Iglesia son de fango, lea lo que sigue y niéguelo si le es posible.
DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER
VENERABLES PADRES Y HERMANOS:
No sin temor, pero con una conciencia
libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros
en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos
que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz,
descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar
los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.
Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta,
me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo
Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que
me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el
sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.
Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual
de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las
manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y
en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S.
Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda
lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de
Trento proclamó la regla de fe y de moral.
He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he
encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún
es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya
sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco
de Mahoma que no existía aún.
Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente.
¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo
Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún
vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos
e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio
no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese
el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están
dirigidas, caería en el más grande descrédito.
Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.
Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con
la cabeza. Esto me alienta y prosigo.
Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho
capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San
Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad
Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: --"Cuando haya ascendido a mi Padre,
debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco
por mi Vicario en la tierra".
No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar
una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar
las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para
cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería
a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos
de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no
quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.
Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio
el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme
repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el
mando supremo sobre su ejército espiritual.
Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar
o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los
Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no
diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas,
símbolos del poder espiritual y temporal.
Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho
a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle
con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).
¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar
a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla
para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?
Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en
Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar
ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién
debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los
cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al
Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago;
y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos
y hermanos. (Hech. cap. 15).
¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?
Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en
las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras
nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya
autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20),
que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal
piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.
Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa
a los que dicen "somos de Pablo, somos de Apolo" (1ª. Corintios, 1 y 12), así como
culparía a los que dijesen, "somos de Pedro". Si este último Apóstol hubiese sido
el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta
violencia a los que pertenecen a su propio colega.
El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles,
Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.
¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo, el gran Apóstol de los Gentiles,
olvidase el primero de estos oficios, --el Papado-- si el Papado fuera de divina
Institución? Ese olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este
Concilio que no hiciese mención de Su Santidad Pío IX (Varias voces: ¡Silencio,
hereje, silencio!).
Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga
os demostraríais al mundo prontos a hacer injusticia, cerrando la boca del último
miembro de esta Asamblea. (Continuaré)
El Apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas a las diferentes Iglesias,
de la primacía de Pedro. ¿Si esta Primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia
hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanza, podría el
gran Apóstol de los Gentiles olvidarse de mencionarla? ¡Qué digo! Más probable es
que hubiere escrito una larga Epístola sobre esta importante materia. Entonces,
cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace,
olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien; (si no opináis que
la Iglesia de los Apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía ni
osaría decir) estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue más bella, más
pura ni más santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (No es verdad, no es verdad).
No diga Monseñor de Laval "no". Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos,
se atreve a pensar que la Iglesia que tiene hoy un Papa por cabeza, es más firme
en la fe, más pura en la moralidad, que la Iglesia Apostólica, dígalo abiertamente
ante el Universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras
vuelan de polo a polo. Prosigo.
Ni en los escritos de S. Pablo, S. Juan o Santiago descubro traza alguna o germen
del poder Papal; S. Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los Apóstoles,
guarda silencio sobre este importantísimo asunto. El silencio de estos hombres santos,
cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras,
no parece tan penoso o imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si
Thiers, escribiendo la historia de Bonaparte, omitiese el título de Emperador.
Veo delante de mí un miembro de la Asamblea, que dice, señalándome con el dedo:
"¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera!".
No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un
ladrón, por la ventana, sino por la puerta como vosotros; mi título de obispo me
dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga hablar y decir lo
que creo ser la verdad.
Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar, es el silencio del
mismo San Pedro. Si el Apóstol fuese lo que le proclamáis que fue --es decir, Vicario
de Jesucristo en la tierra--, él al menos debería saberlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede
que ni una vez sola obró como Papa? Podría haberlo dicho el día de Pentecostés,
cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no
lo hizo, en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos Epístolas que
dirige a la Iglesia.
¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si Pedro era Papa?
Resulta, pues, que si queréis mantener que fue Papa, la consecuencia natural es,
que él no lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza conque pensar y mente
conque reflexionar: ¿Son posibles estas dos suposiciones?
Pero escucho decir por todos lados: Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No
fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los
altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la
tradición; mas aún, si hubiese sido obispo de Roma, ¿cómo podéis probar de su episcopado
su supremacía? Scaligero, uno de los hombre eruditos, no vacila en decir, que el
episcopado de San Pedro y su residencia en Roma deben clasificarse con las leyendas
más ridículas. (Repetidas voces: "¡tapadle la boca, tapadle la boca; hacedle descender
de esa cátedra!")
Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una Asamblea como
la nuestra, probar todas las cosas como manda el Apóstol, y creer solo lo que es
bueno? Pero mis venerables amigos, tenemos un dictador, ante el cual todos debemos
postrarnos y callar, aún su Santidad Pío Nono, e inclinar la cabeza. Este dictador
es la Historia.
Esto no es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero hace
su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta
ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los
tiempos Apostólicos; la falta es suya no mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición
de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia." (Mateo, 16 y 18).
Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas, antes de hacerlo,
deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.
No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos Apostólicos, me dije a mí
mismo: quizás hallaré lo que ando buscando en los anales de la Iglesia.
Pues bien, lo digo francamente, busqué el Papa en los cuatro primeros siglos, y
no he podido dar con él.
Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del Santo Obispo de Hipona,
el gran y bendito San Agustín.
Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Católica, fue secretario en el
Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable asamblea se hallan estas palabras
significativas: "Todo el que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido
a la comunión por ninguno en el África."
Los obispos de África reconocían tan poco al obispo de Roma, que castigan con excomunión
a los que recurriesen a su arbitrio.
Estos mismos obispos, en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio, obispo
de dicha ciudad, escribiendo a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese
apelaciones de los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más
legados y comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.
Que el Patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a
sí mismo toda la autoridad, es un hecho evidente; y lo es un hecho igualmente evidente
que no poseía la supremacía que los ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese,
¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a
los decretos de su supremo tribunal?
Lo confieso, sin embargo, que el Patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una
de las leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la definición de los cuatro
Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos y
que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo."
Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.
No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la
ley de Justiniano lleva escrito al frente: "del orden de Sedes Patriarcales." Procedencia
es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra.
Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos
del reino, la procedencia se daría, naturalmente, al Primado de Florencia, así como
entre los orientales se concedería al Patriarca de Constantinopla, y en Inglaterra
al arzobispo de Cantorbery. Pero ni el primero, segundo, ni tercero, podrían aducir
de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.
La importancia de los obispos de Roma, procede, no de un poder divino, sino de la
importancia de la ciudad donde está su Sede.
Monseñor Darboy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas no obstante,
París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en orillas
del Sena, se hallase sobre el Ródano. Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa,
lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Florencia no es más
que un prefecto, como el de Pisa, pero civil y políticamente es de mayor importancia.
He dicho ya que desde los primeros siglos el Patriarca de Roma aspiraba al gobierno
universal de la Iglesia. Desgraciadamente casi lo alcanzó, pero no consiguió ciertamente
sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una ley, por la cual estableció
que el Patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. (Lec.
cod. de sac. etc.).
Los padres del Concilio de Calcedonio, colocan a los obispos de la antigua y nueva
Roma en la misma categoría en todas las cosas, aún en las eclesiásticas. (Can. 28).
El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título
de príncipe, de obispo de los obispos, u obispos soberanos.
En cuanto al título de Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde, San
Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían adornarse con él, escribió
estas palabras:
"Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar ese título profano, porque cuando
un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre Universal, el título de Patriarca sufre
descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que
cause descrédito a sus hermanos."
San Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía
hacerse Primado de la Iglesia. El Papa Pelagio II llama a Juan, obispo de Constantinopla,
que aspiraba al Sumo Pontificado, impío y profano.
"No se le importe, decía, el título de Universal que Juan ha usurpado ilegalmente,
--que ninguno de los Patriarcas se abrogue este nombre profano-- porque ¿cuántas
desgracias no debemos esperar, si entre los sacerdotes se suscitasen tales ambiciones?
Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es rey de los hijos del orgullo".
(Pelagio II, Cett. 13).
Estas autoridades, y podía citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad
igual al resplandor del Sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no
fueron reconocidos como obispos universales y cabezas de la Iglesia, sino hasta
tiempos muy posteriores?
Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el
primer Concilio Ecuménico de Constantinopla, entre más de 1.100 obispos que asistieron
a los primeros Concilios generales, no se hallaron presentes mas que diecinueve
obispos de Occidente?
¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por emperadores, sin siquiera
informarles de ello, y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de
Roma? ¿O que Osio, obispo de Córdoba, presidió en el primer Concilio de Nicea, y
redactó sus cánones? El mismo Osio presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó
al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y pasaré
a hablar del gran argumento a que se refirió anteriormente, para establecer el Primado
del obispo de Roma.
Por la roca (piedra) sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es
Pedro; si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada, mas nuestros antepasados,
y ciertamente debieron saber algo, no opinan sobre esto como nosotros.
San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo que por la roca debéis
entender la fe inmovible de los Apóstoles." San Olegario, obispo de Poitiers, en
su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (piedra) es la bendita y sola
roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en el sexto libro de la Trinidad,
dice: "Es sobre esta roca, de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada".
"Dios, dijo San Gerónimo en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia
sobre esta roca, y es de esta roca que el Apóstol Pedro fue apellidado". De conformidad
con él, San Crisóstomo dice en su homilía 55 sobre San Mateo: "Sobre esta roca edificaré
mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión". Ahora bien, ¿cuál fue la confesión
del Apóstol? Hela aquí:
"Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente".
Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, (sobre el segundo capítulo de la epístola
a los Efesios). San Basilio de Salencia y los padres del Concilio de Calcedonia,
enseñan precisamente la misma cosa.
Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los
primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre
la primera epístola de San Juan: "¿Qué significan las palabras edificaré mi Iglesia
sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre esto que dices, tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente."
En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: "Sobre
esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo era
la roca."
El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que
dijo a su grey, en su sermón 13: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca (piedra) que
tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: Tú eres el Cristo,
el hijo del Dios viviente, edificaré mi Iglesia sobre mi mismo, que soy el hijo
de Dios viviente, la edificaré sobre mi mismo y no sobre ti."
Lo que San Agustín enseñaba sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el
mundo cristiano en sus días. Por consiguiente, reasumo y establezco:
1º. Que Jesús dio a sus Apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2º. Que los Apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al vicario de Jesucristo y
al infalible doctor de la Iglesia.
3º. Que el mismo Pedro nunca pensó ser Papa, y nunca obró como si fuese Papa.
4º. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta
posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo
le otorgaron una preeminencia honorífica, nunca el poder y jurisdicción.
5º. Que los santos padres, en el famoso pasaje: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre Pedro
(super Petrum), sino sobre la roca (super petram), es decir, sobre confesión de
la fe del Apóstol.
Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido
y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro,
y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan
sólo confiscando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: silencio,
insolente protestante, silencio).
¡No soy un protestante insolente! ¡No, mil veces no!
La historia no es católica, ni anglicana, ni calvinista, ni interna, ni arminiana,
ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es decir, algo más poderosa
que todas las confesiones de fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.
¡Escribid contra ella,
si osáis hacerlo!. Mas no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del
Coliseo podríais hacerle derribar.
Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia;
y, sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia,
y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre
me aguardase en la plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a
proseguir.
Monseñor Dupanloup, en sus célebres observaciones sobre este Concilio del Vaticano,
ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío Nono infalible, deberemos necesariamente,
y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran
también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con
autoridad asegurándonos que algunos Papas erraron. Podéis protestar contra esto,
o negarlo, si así os place; mas yo lo probaré.
El Papa Víctor (192), primero aprobó el Montanismo, y después lo condenó.
Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso
a la diosa. Diréis, quizá, que fue un acto de debilidad; pero contesto: un Vicario
de Jesucristo, muere, mas no se hace apóstata.
Liborio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de
Arrianismo, para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su Sede.
Honorio (625) se adhirió al Monoteísmo; el padre Gratri lo ha probado hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Antecristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo
Universal; y, al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida
Phocas, a conferírsele dicho título.
Pascual II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos; mientras
que Julio II (1509) y Pío IV (1560) los prohibieron.
Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz
a la Iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión; Adriano II (867 a
872) declaró el matrimonio civil válido; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.
Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó
su lectura, mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la
compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo III, y Pío VII la restableció.
Mas ¿A qué buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro Santo Padre,
que está presente aquí, en su bula dando reglas para este mismo Concilio, en el
caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando todo cuanto en tiempos
pasados fuese contrario a ello, aún cuando procediese de las decisiones de sus predecesores?
Y ciertamente; si Pío Nono ha hablado excathedra, no es cuando desde lo profundo
de su sepulcro impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.
Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista
las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas. Por lo tanto, si proclamáis
la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar, o bien que los Papas nunca
se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu
Santo os ha revelado que la infalibilidad del Papado tan sólo fecha de 1870. ¿Sois
bastante atrevidos para hacer esto?
Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no
entienden, y cuya importancia no ven; pero aún cuando sean indiferentes a los principios,
no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad
Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán a la brecha, con tanta más
bravura, puesto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos
nuestra negación que oponerles.
¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de
Lucas hasta Su Santidad Pío IX? ¡Ay! si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos
en toda la línea; mas, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de ¡silencio, silencio,
basta, basta!) ¡No gritéis, Monseñores! Temer a la historia es confesaros derrotados;
y, además, aún si pudiéramos hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella no podríais
borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible
en este importantísimo asunto.
El Papa Virgilio (538) compró el Papado de Belisario, teniente del emperador Justiniano.
Es verdad que rompió su promesa, y nunca pagó por ello.
¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia,
lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El obispo que obtenga su
episcopado por dinero lo perderá, y será degradado."
El Papa Eugenio III (1148) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante
de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole: "¿podréis enseñarme en esta gran ciudad
de Roma alguno que os hubiera recibido por Papa, sin haber primero recibido oro
o plata por ello?"
Mis venerables hermanos ¿será el Papa que establezca un banco en las puertas del
Templo inspirado del Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la Iglesia
la infalibilidad?
Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban
VI hizo exhumar su cuerpo, vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los dedos
con que acostumbraba dar la bendición; y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando
que era un perjuro e ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó
y le agarrotaron. Romano, sucesor de Esteban y tras él Juan X, rehabilitaron la
memoria de Formoso.
Quizás me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, Monseñores, a la
librería del Vaticano, y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales
de Baronio. (A. D. 897.)
Estos son hechos que, por honor a la Santa Sede, desearíamos ignorar; cuando se
trata de definir un dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros,
el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica
y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?, prosigo.
El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice --(haced atención,
mis venerables hermanos, a estas palabras)-- ¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquellos
tiempos? ¡Qué infamia! Solo los poderosísimos cortesanos gobernaban en Roma! Eran
ellos los que daban, cambiaban y se tomaban obispados; y, ¡horrible es relatarlo!
hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al Trono de San Pedro." (Baronio,
A. D. 912.)
Me contestaréis, esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, mas en este
caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo
podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?
¡Pues qué! ¿ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y
medio, sin cabeza hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de los anti-Papas
se ven en el árbol genealógico del Papado; y seguramente deben ser éstos los que
describe Baronio; porque aún Genebrado, el gran adulador de los Papas, se atrevió
a decir en sus crónicas (A. D. 901.) "Este centenario ha sido desgraciado, pues,
que por cerca de 150 años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores,
y se han hecho Apóstatas más bien que Apóstoles".
Bien comprendo como el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de esos
obispos romanos. Hablando de Juan XI (931) hijo natural del Papa Sergio y de Marozia,
escribió estas palabras en sus anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha
sido vilmente atropellada por un monstruo.
Juan XII (956) elegido Papa a la edad de diez y ocho años, mediante las influencias
de cortesanos, no fue en nada mejor que su predecesor."
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo
tocante a Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1316)
que negó la inmortalidad del alma, y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico
de Constanza.
Algunos mantendrán que este Concilio fue solo privado. Séalo así; pero si le negáis
toda clase de autoridad, deberéis mantener, como consecuencia lógica, que el nombramiento
de Martín V, (1417) era ilegal. Entonces ¿en dónde va a parar la sucesión Papal?
¿Podréis hallar su hilo?
No hablo de los cismas que han deshonrado la Iglesia. En esos desgraciados tiempos
la Sede de Roma se hallaba ocupada por dos, y a veces tres competidores. ¿Quién
de éstos era el verdadero Papa?
Resumiendo una vez más, vuelvo a decir, que si decretáis la infalibilidad del actual
obispo de Roma, deberéis establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin
excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando,
con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas?
¿podéis hacerlo y mantener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoníacos,
han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ah! ¡venerables hermanos! mantener tal enormidad
sería hacer traición a Cristo peor que Judas, sería echarle suciedad a la cara.
(Gritos: ¡abajo de la Cátedra! ¡pronto! ¡cerrad la boca del hereje!)
Mis venerables hermanos, estáis gritando; ¿pero no sería más digno pesar mis razones
y mis palabras en la balanza del Santuario? Creedme: la historia no puede hacerse
de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente
contra el dogma de la infalibilidad Papal. Podréis declararla unánime, ¡pero faltará
un voto, y ese será el mío!.
Los verdaderos fieles, Monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de
nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran a la Iglesia. ¿Desmentiréis
sus esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar
esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?
Abracémosla, mis hermanos; armémonos con un ánimo Santo; hagamos un supremo y generoso
esfuerzo; y volvamos a la doctrina de los Apóstoles, puesto que, fuera de ella,
no hay más que errores, tinieblas y tradiciones falsas.
Aprovechémonos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los Apóstoles y Profetas
por nuestros únicos maestros en cuanto a la cuestión de las cuestiones. "¿Qué debo
hacer para ser salvo?" Cuando hayamos decidido esto, habremos puesto el fundamento
de nuestro sistema dogmático.
Firmes e inmóviles como la roca, constantes e incorruptibles en las divinamente
inspiradas escrituras, llenos de confianza, diremos ante el mundo, y, como el Apóstol
San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos "a nadie más que
a Jesu-Cristo y el Crucificado." Conquistaremos, mediante la predicación del "martirio
de la cruz," así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia
Romana, tendrá su glorioso 98. (Gritos clamorosos: ¡bájate! ¡fuera con el protestante,
el calvinista, el traidor de la Iglesia!)
Vuestros gritos, Monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi
cabeza está serena. Yo no soy de Lutero ni de Calvino, ni de Pablo ni de los Apóstoles,
pero sí de Cristo. (Renovados gritos: ¡anatema! ¡apóstata!)
¡Anatema, Monseñores, anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí,
sino contra los Santos Apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio
colocase a la Iglesia. ¡Ah! si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas
¿hablarían de una manera diferente a la mía?
¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado
del Evangelio del Hijo de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente
con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: Preferimos la doctrina de nuestros Papas,
nuestros Bellarminos, nuestros Ignacios de Loyola a la vuestra? ¡No, mil veces no!
a no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para
no ver, y embotado vuestra mente para no comprender.
¡Ah! si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano
sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi
que nos arrojen de la ciudad Eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío Nono un
Dios, así como se ha hecho una diosa de la Bienaventurada Virgen.
Deteneos, deteneos, venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que
os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en
las Sagradas Escrituras solamente la regla de fe que debemos creer y profesar. He
dicho. Dígnese Dios asistirme.
(Estas últimas palabras fueron recibidas con signos de desaprobación semejantes a los de un teatro.)
Todos los padres se levantaron; muchos se fueron de la sala. Bastantes italianos, americanos y alemanes y algunos cuantos franceses e ingleses, rodearon al valiente orador, y con un apretón de manos fraternal, demostraron estar conformes con su manera de pensar.
Qué le parece al Sr. Sardá y todos cuanto aprobaron los opúsculos que nos ocupa ¿estamos equivocados? pues les decimos que si así lo creen tienen un deber sagrado que cumplir hacia nosotros sacándonos de tal equivocación por medio de argumentos más certeros en los cuales se justifique.
PROSIGAMOS
En la pagina 20 del opúsculo que nos ocupa dice el Sr. Sardá
que una porción de Ángeles se rebelaron contra Dios y fueron castigados con tormentos
eternos y que los espiritistas no lo creemos así.
Cierto que no lo creemos aunque nos lo jure, después de habernos dicho Roma que
Dios es tan poderoso y tan sabio y que por su poder y sabiduría es creador del Universo,
y nosotros añadimos, que no cabe modificación alguna en toda la obra por Él creada;
pero lo que sí creemos es que uno de esos espíritus rebeldes es el mismo y todos
cuantos se empeñan en hacernos lo blanco negro para lograr sus fines egoístas y
orgullosos; y si errados estamos que nos contesten a las siguientes preguntas ¿Donde
está el poder de Dios sino puede dominar a sus propios hijos? ¿donde está su amor,
bondad y misericordia si los castiga con tormentos eternos? ¿donde y para qué concede
el libre albedrío? ¿qué delitos cometieron para tal castigo? ¿no lo sabe? pues nosotros
se lo diremos para que no alegue ignorancia.
Dios por su atributo de amor y poder infinito crea a los espíritus humanos, los
crea ignorantes pero no malos cual explica el libro del Kardec que ya ha leído;
si cumplen el mandato ya mencionado se aproximan a Él y ven, oyen y comprenden de
lo espiritual mejor que el hijo del hombre de los negocios del padre hombre ¿no
hay en la tierra hijos que por su docilidad participan de los mayores secretos de
sus padres? pues otro tanto sucede a los espíritus con el espiritual ¿no hay también
en la tierra hijos que por no ser obedientes a las órdenes de sus padres, éste no
les fía los negocios de la casa, y por lo tanto, si otros les preguntan por ellos
no saben dar contestación afirmativa? Pues lo propio sucede a los espíritus que
como V. no cumplen el mandato divino; tampoco está enterado de las cosas de la naturaleza
ni de Dios y sus espíritus; los hijos del hombre indignos de la confianza de su
padre huyen de su lado (en mayoría); los espíritus todos se alejan huyendo de la
luz del Creador hasta llegar a los mundos menos luminosos o se enmiendan, y solo
pretenden poder elevarse cuando en el libro universal ven que su deuda está pronta
a cancelarse; mas no porque Dios se meta en cosa alguna con ellos, y si alguno se
pone ante su paso en toda la pluralidad son los Ángeles guardianes encargados de
dirigirlos. ¿Cuál es la falta que cometieron que tanto horror les causa? Que les
dominó en demasía el orgullo y el egoísmo ¿a dónde pueden ir que satisfagan su ambición?
a la superficie de la tierra puesto es el único mundo donde existe lo tuyo y lo
mío; mas cuando dejan la materia varias veces y no han vencido a sus enemigos pasan
a otro más inferior, o sea, al profundo infierno señalado por Roma hasta purgar
las faltas que cometieron con sus semejantes sin tiempo limitado, puesto solo la
ley de justicia es la que los detiene allí y aquí.
Así comprendemos los Espiritistas filosóficos naturales la rebeldía de los Ángeles
a que el Sr. Sardá se refiere ¿luego por qué habrá V. venido a la tierra? por no
haber cumplido la ley divina ¿piensa V. salir de ella publicando libros como el
que nos ocupa? pues piensa torcidamente, por que la muralla atmosférica es más poderosa
para el espíritu que las de los presidios para los hombres por tanto, debe recoger
el dicho de Jesús a Nicodemus.
(=9=)
Le asusta mucho al Sr. Sardá el que su regalado cuerpo haya de servir para otro
espíritu y dice, que la Iglesia cree que cada espíritu es creado para su cuerpo;
pero esto último le vende a él mismo como ya hemos probado en el párrafo que arriba
copiamos de la filosofía escolástica, venta en la cual se manifiesta, que o no la
ha leído o la oculta por engañar a incautos; pero de todos modos no debe asustarse,
porque su cuerpo sirva no para otro espíritu sino para muchos, ¿no lo crió y lo
sustenta regaladamente con vegetales y animales? justo es pues que pague tributo
a la naturaleza, que cuando haya de volver a reencarnar no le faltaran materiales
para formar otro nuevo.
Dice también que somos anti-sociales; no señor, los liberales de todos los matices
trabajamos todos porque la humanidad llegue a ser toda una familia cuyo autor fue
Jesús, los apóstoles siguieron su camino y los masones lo conservaron reservadamente
a pesar de haber perdido muchas vidas y haciendas, y en la actualidad deber tenemos
los espiritistas de dar publicidad para que lo acepte quien bueno lo encuentre y
lo deje el que no, pero por su propia voluntad según corresponde al libre albedrío
que cada cual percibió del Creador; con la única sociedad que somos y debemos ser
anti-sociales es con la monástica, porque queremos ser cristianos y no oponernos
por egoísmo ante la naturaleza cual lo hacen los célibes, oposición que les rebaja
a los que tal faltan cometen por debajo de todo animal; nosotros hemos observado
que toda especie es obediente a la ley natural de multiplicación cuando la naturaleza
los llama, tanto el macho como la hembra; por distantes que se hallen el uno del
otro acuden presurosos a su cumplimiento sin mirar al resultado; solo hemos hallado
la desobediencia en los humanos, y registrada la causa de tal desobediencia la hemos
hallado en el egoísmo de los hombres y mujeres célibes por voluntad; estos ponen
por pantalla el celibato del Cristo, mas ¿tienen ellos el don de la impotencia como
él le tuvo? la historia nos prueba que no, así como nos prueba que hubo un tiempo
en que los que hoy conocemos con el nombre de Sacerdotes tuvieron más de una mujer,
puesto el año 383 se prohibió a los bígamos ordenasen de sacerdotes, y la Historia
de España nos cuenta el abandono en que vivían los hijos de los Canónigos y Canonisas
cuando juntos vivían y maritaban, así como la guerra que costó su separación por
el establecimiento del celibato; pero más tarde en cierto concilio se permitió a
los varones tener una concubina sin determinar la clase de parentesco consanguíneo
entre uno y otro, pero sí, prohíbe el que ellos puedan reconocer hijos; tampoco
nos dice si a las Canonisas se les permitió o no igual acomodo, lo que sin duda
obligó a la humanidad a establecer los hospicios y casas de maternidad; hé aquí
como los que se titulaban cristianos, recogieron la comunidad fundada por el Cristo
al gusto y placer material, abandonando la Santidad que aquella encerraba razón
por la que, los espiritistas, habiendo comprendido cuan torcidamente marchan tales
sociedades para obrar la caridad en todas sus partes no pueden asociarse con ellas
y prefieren soportar las molestias que da el criar hijos (cuanto más mejor); y en
vez de formar conventos recreativos para gente holgazana y llevarlos allí, los educamos
para que trabajen hasta que unos con otros podamos conseguir un día que desaparezcan
las casas de maternidad, hospicios, hospitales y ejércitos con armas homicidas,
por que nada hará falta. ¿Es esto anti-social e inmundo, Sr. Sardá?
Por fin el Sr. Sardá nos declara que también la Iglesia reconoce o cree en los espíritus,
que podemos comunicarnos con Dios que es espíritu purísimo por medio de la oración
y los Santos Sacramentos, y él a su vez con nosotros por medio de la Iglesia representante
suya por la eficacia que le ha dado a los Sacramentos instituidos por él.
Hé aquí otro nudo tan enredado que sin duda su autor se creyó que solo él podría
desenredarlo, pero nosotros vamos a probar un desenredo, aunque no sabemos si será
a gusto del anudador, mas para ello debemos preguntarle ¿con qué clase de oración
nos podemos comunicar con Dios: con la vocal o con la mental? Con la primera imposible,
porque solo alcanza a ser oída de los hombres, como ha dicho Roma en su doctrina
a los párvulos por el padre Astete, y si es con la segunda no tenemos necesidad
de intermediarios, nos basta cumplir su mandato, y mucho menos de la Iglesia que
nos señala, por cuanto es anti-deísta según sus obras y anti-cristiana como llevamos
ya probado en sus representantes. En cuanto a los Sacramentos creemos que el Sr.
Sardá se referirá a los siete que la doctrina nos señala, puesto que tanto Dios
como el Cristo no nos enseñaron otros que los de Amor, Paz, y Caridad, y son los
que menos él cumple según sus escritos; mas si son los que creemos son de la Iglesia
y nada hacen al caso con el Cristo ni con Dios; pero dirá que no basta decir; vamos
a probar.
La Iglesia Romana señala la muerte de Cristo en el año 33 de nuestra era. El 39
pasó Pedro a Jerusalén, donde se reunieron los que seguían las doctrinas del Cristo,
y determinaron que ya no era obligatoria la circuncisión,
(=10=) pero no se trató del agua bautismal, y si el Cristo la hubiese establecido
seguramente se hubiera tratado de ella, puesto que dejaban el bautismo judaico.
Higinio el año 156 es el que mandó bendecir el agua y que en el bautismo hubiese
padrinos como responsables de que el bautizo siguiera lo que llamaron cristiandad,
así como en la Confirmación.
La penitencia no la práctico Jesús ni la aconsejó como dogma, solo aconsejó paciencia
y conformidad a los sucesos de la vida corporal, sí, Juan y los suyos la usaban;
y el año 140 impuso el ayuno de la Cuaresma Telesforo, pero como higiénica, no como
religión.
Comunión, el Cristo la hizo con cordero y otros manjares; pero la Iglesia, o sea,
en su nombre, Celestino I añadió las antífonas a los oficios y el Introito gradual,
tracto, ofertorio (todo de la Ley de los judíos), la comunión y oraciones a la misa
el año 403; y Urbano IV estableció el Corpus Christi, o sea la fiesta de Dios el
1241.
El año 236 ordenó Fabiano que se consagrara el Óleo.
Las Órdenes también son instituidas por los iconólatras,
(=11=) puesto que los iconoclastas
(=12=) no las usaron y mal pudieron hacerlo, puesto que no fue establecido el
Óleo hasta 236 años después del Cristo.
Matrimonio, existía antes y después del Cristo; ¿quiere usted más aclaraciones?
¿Por qué pretende usted quitar a la Iglesia lo que la pertenece por creación?.
HABLEMOS DEL DEMONIO, SATANÁS Y EL DIABLO
No sabemos con que intención los confunde en uno solo el señor
Sardá.
En la doctrina mencionada hallamos una pregunta que dice: ¿Quién es el demonio?
es nuestro mismo cuerpo con sus pasiones y malas inclinaciones.
En el libro de los espíritus por Kardec, hallamos otra que dice: ¿Existen demonios
en el sentido que se da a esta palabra? ¿Si hubiese demonios serían obra de Dios?
¿y hubiera procedido éste con justicia y bondad creando seres consagrados eternamente
al mal y a la infidelidad? Si existen demonios, en tu mundo inferior y en otro semejante
es donde residen y son esos hombres hipócritas que hacen de un Dios Justo un Dios
perverso y vengativo, esos hombres que creen complacerlo con las abominaciones que
en su nombre cometen.
Roma además nos enseña que Cristo le dijo a Pedro <<Apártate de mi, Satanás>>, en
ocasión de que Pedro, temeroso de la persecución que el pueblo les hacía aconsejó
a Jesús que dejara su predicación y no serian perseguidos, ¿sabe V. ya quien es
el demonio y Satanás Sr. Sardá?.
En cuanto al diablo, sin duda debe ser otro, puesto que los secuaces de la Santa
Inquisición le vieron que llevaba una gran luz, amén de otras ridiculeces inventadas
por ellos (según consta en la Historia) luego si vieron la luz en el Espíritu ¿por
qué le dieron el nombre despreciativo de diablo? para matar el Espiritismo de aquel
tiempo, y así lo hubieran hecho si los masones no lo hubieran reservado; procure
V., pues, dejar de ser Demonio y Satanás para poder ser Diablo si desea ganar el
reino que perdió por lo primero, como queda demostrado; pero hay más.
¿Por qué el Sr. Sardá y cuantos apoyan sus libros en cuestión se empeñan en matar
el Espiritismo después de reconocer ellos las bondades que reúnen los espíritus?
pues en la mencionada doctrina manifiestan que tienen 7 dones, y los clasifican
de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de ciencia, de fortaleza, de piedad
y de temor de Dios; y dicen además que nos dan los frutos siguientes: caridad, paz,
longanimidad, benignidad, fe, continencia, gozo, paciencia, bondad, mansedumbre,
modestia y castidad, y preguntamos: ¿que peligro puede haber al tratar con seres
que poseen tales virtudes? nosotros solo lo hemos hallado tratando con hombres como
V., recibiendo los consejos que dan a las gentes para matar la paz, ¿pero como se
atreven Vdes. a negar lo que su Santa Madre la Iglesia enseña a sus fieles? Sin
duda la religión de Vdes. no es más que dicho, pues sus hechos, seguros estamos
de que solo son aceptados por personas que en su corazón no hay el menor amor al
prójimo, y lo extraño es que los que en algo de religiosos o deístas se tienen,
los apoyen, pues tenemos la seguridad de que no son apoyados por los hombres que
se dicen materialistas por conocimientos propios ¿han observado Vdes. que ninguna
especie de animales obre de tal manera? no, señores; en los animales existe el orgullo
natural del vencedor y el vencido con armas naturales, el vencido huye pero no forma
emboscadas al vencedor, el fuerte come pero cuando satisfizo sus necesidades deja
el resto a los débiles o vencidos; Vdes., no satisfechos con sus propias fuerzas
para la venganza, las buscan en infelices ignorantes sin reparar en los medios ni
perjuicios que les puedan ocasionar. Cuando han satisfecho sus gollerías esconden
el sobrante para que los demás queden subyugados a su ambición por necesidad. ¿Son
tales maneras las que el Cristo enseñó? no, luego quien así procede no es digno
de pronunciar su nombre; y sin querer penetrar en las profundidades inquisitoriales,
exponemos aquí las maldiciones que fulmina la Iglesia como testimonio de nuestro
dicho, no es digno.
EXCOMUNIÓN O MALDICIONES
ANATEMA POR EL PAPA
Copiado de Carlos Jamark
El Excmo. Sr. Cardenal Belarmino nos prueba en sus ejemplos los
efectos formidables que tiene una excomunión mayor ipso facto incurrenda; es en
efecto, horrible, causa horror y basta su simple lectura y consideración para erizar
los cabellos.
En el salmo 108 que suele decirse en voz funesta en el día del Anatema, hay una
copilación y agregado de fatales desventuras, que cargan sobre los infelices excomulgados
y entre otras cosas dice el Profeta que a la mano derecha tenga el excomulgado el
demonio. Cuando sea juzgado, salga condenado y su oración como hecha en pecado mortal;
sus días sean pocos y sus conveniencias queden para otros más dignos; sus hijos,
si los tiene, queden huérfanos y mujer viuda y desamparada; sus hijos sean trasferidos,
llevados de una tierra a otra y anden mendigando, y sean echados de sus propias
habitaciones; sus acreedores se lleven toda su hacienda y los ajenos destruyan y
devoren el trabajo de sus manos; no tenga quien le ayude ni le ampare al infeliz
excomulgado, ni halle quien tenga misericordia de sus hijos pupilos; sus hijos infelices
vivan solo para caer y acabarse con brevedad, y en una generación se borre el nombre
del maldito excomulgado; la maldad de su padre se vuelva a poner en la presencia
de Dios, y el pecado de su madre no se ponga en olvido; el horroroso excomulgado
amó la maldad, y ésta vendrá sobre él, y pues no quiso la bendición, ésta se pondrá
lejos de su presencia; va vestido el excomulgado de la maldición de Dios, y así,
nada se ve en él que no sea maldito; y la maldición entra como el agua a su interior,
y como el aceite penetrante se le pone dentro de los huesos; se hace aprobio de
todos los buenos cristianos, los cuales le miran compasivos, pero huyen de su conversación
para no mancharse con ella.
En el edicto público del Santo Tribunal de fe se dice a los inobedientes excomulgados
sean malditos en poblado y en el campo y en cualquier parte donde estuvieren, y
las casas donde morasen; sean malditos los frutos de sus tierras, y los animales
y ganados que poseen se les mueran. Envíeles Dios hambre, pestilencia y mortandad,
sean perseguidos de aire corrupto y de sus enemigos y sean aborrecidos de todos,
y reprendidos en sus malas obras; sobre los campos de sus vecinos envíe Dios lluvia
y fertilidad y los suyos queden secos y sin fruto; pierdan el seso y el juicio y
cieguen sus ojos de tal manera que la luz se les haga tinieblas, y estén siempre
en ellas; sus mujeres sean viudas y sus hijos huérfanos, y anden de puerta en puerta
pidiendo limosna y no se la dé nadie; quieran comer y no tengan, que sus días sean
pocos y malos, y sus bienes y haciendas, dignidades, beneficios y oficios pasen
a los extraños; maldita sea la tierra que pisan, la cama en que durmieren, las vestiduras
que vistiesen y las bestias en que anduvieren; el pan, carne y pescado que comieren
y el agua o vino que bebieren, malditos sean con Lucifer y Judas y con todos los
diablos del infierno, los cuales sean sus señores y estén en su compañía; y cuando
fueren a juicio, salgan condenados, vengan sobre ellos todas las plagas de Egipto
y la maldición de Sodoma y Gomorra, y ardan en el infierno como ellos ardieron;
trágueselos la tierra y desciendan al infierno como Satán y Aviron donde permanezcan
en compañía del perverso Judas y de los otros condenados para siempre jamás, si
no reconocen su pecado y enmendaran su vida.
(5º. Diccionario del Abate Berger).
Hé aquí ahora la fórmula precisa de una excomunión cual se ha
sabido fulminar desde el Vaticano:
<<Por autoridad de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo y de los santos
cánones y de la santa e inmaculada Virgen María, madre de Dios y de todas las virtudes
celestes, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, querubines, serafines y de
todos los santos Patriarcas, Profetas y Evangelistas, y de los Santos inocentes
que en presencia del Cordero Divino, son los únicos dignos de cantar un himno nuevo,
y asimístico; por autoridad de los santos mártires y de los santos confesores y
de las santas y de todos los santos juntos con los demás elegidos del Señor.
Excomulgamos y anatematizamos a ese malhechor que se hace llamar (aquí el nombre
de la persona excomulgada) y le arrojamos del seno de la santa Iglesia de Dios>>.
¡Que Dios Padre que ha criado al hombre lo maldiga!
¡Que el hijo de Dios que ha sufrido por el hombre le maldiga!
¡Que el Espíritu Santo que nos regenera por el bautismo le maldiga!
¡Que la Santa Cruz, a la cual envió Cristo para nuestra salvación y triunfo de sus
enemigos le maldigan!
¡Que la santa Virgen María madre de Dios le maldiga!
¡Que San Miguel el abogado de los santos le maldiga!
¡Que todos los Ángeles y Arcángeles, principados y dominaciones, y todas las milicias
celestiales le maldigan!
¡Que la gloriosa falange de los Patriarcas y Profetas le maldigan!
¡Que San Juan precursor, que ha bautizado a Cristo, que San Pedro, San Pablo y San
Andrés, que todos los Apóstoles juntos así como los demás discípulos de Cristo y
los cuatro Evangelistas, cuyas predicaciones han convertido en universo, le maldigan!
¡Que la Santa y maravillosa corte de mártires y confesores que por sus buenas obras
han encontrado gracia ante Dios, le maldigan!
¡Que los coros sagrados de las vírgenes, que por gloria de Jesucristo han despreciado
las vanidades de este mundo, le maldigan!
¡Que todos los Santos desde el principio del mundo hasta el fin de los siglos serán
amados por Dios le maldigan!
¡Que el cielo y la tierra y todas las cosas Santas que hicieren le maldigan!
¡Que sea maldito donde quiera que vaya, en su casa, en el campo, en la carretera,
en los pequeños senderos, en el bosque, en el agua, y hasta en la Iglesia si en
ella entrare!
¡Que sea maldito durante su vida y en la hora de la muerte!
¡Que sea maldito en cada una de sus acciones, cuando comiese o bebiese, cuando tendrá
hambre o sed, cuando ayunará, cuando durmiera, cuando andara o estuviera parado,
cuando se sentara o se acostara, cuando trabajara o descansara, cuando satisfaga
sus necesidades naturales, cuando se abandonara a la voluptuosidad y cuando perdiera
su sangre a consecuencia de alguna herida!
¡Que sea maldito en sus cabellos y en su cerebro!
¡Que sea maldito en su cráneo, en sus mejillas, en su frente, en sus orejas, en
sus ojos, en sus mandíbulas, en su nariz, en sus dientes y muelas, en sus labios,
en su cuello, en sus espaldas, en su carne, en sus brazos, en sus manos, en sus
dedos, en su pecho, en su corazón, en su estómago, en sus entrañas, en sus riñones,
en sus ingles, en sus muslos, en sus partes genitales, en sus rodillas, en sus pies,
en sus pulgares y en sus uñas!
¡Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de sus miembros!
¡Que de lo alto de su cabeza a las plantas de los pies se consuma todo su cuerpo!
¡Que Cristo Hijo de Dios vivo, le maldiga con todo su poder y toda su Magnitud!......
Basta, basta ya de sapos y culebras por esa boca, fanático maldiciente; supersticioso
católico.
¿Quedáis satisfechos, hombres que al Cristo queréis imitar? ¿fueron tales sus dichos
ni hechos? No; el Evangelio enseña que dijo: <<Amad a vuestros enemigos, pues si
sólo amáis a vuestros amigos ya quedáis pagados con su amistad>>.
Veamos qué hay sobre los profundos infiernos que tanto asustan al Sr. Sardá y los
suyos, o quieren que se asusten los demás; pero sea por uno u otro caso debemos
renunciar a ello, porque en cuanto al último (y es el más probable) son pocos los
que ya no conocen al bú clerical y obran con él como los chicos con el bú de la
mamás, y si es el primero también, como lo vamos a probar.
LOS PROFUNDOS INFIERNOS
Para poderse decir Cristiano Romano debe creerse en sus artículos
de fe. En el que se señala 4º, dice que se debe creer que el Cristo descendió a
los infiernos y sacó de allí las almas de los Santos Padres; más adelante en el
mismo libro dice que Dios es bondad y justicia infinita, y más adelante dice que
todos los hombres serán juzgados al fin de su vida, que los buenos pasarán a gozar
de Dios en cielo y los malos pasarán a padecer eternamente en el infierno; ¿cómo
se desenreda este lío, señor Sardá? Durillo es para personas que filosofan y no
han llegado al desarrollo como a la nuestra le sucedía cuando como mendigos nos
obligaban a meter tal doctrina en el cerebro al pie de la letra sin la menor ayuda
para descifrar lo que ya entonces creíamos absurdo.
En una ocasión en la que tres reunidos nos hallábamos estudiando tal materia empezamos
a preguntarnos uno a otro el parecer sobre las maneras de comprenderlo sin que el
desarrollo intelectual de los tres fuera bastante para ilustrarnos uno a los dos,
y acudimos a uno de los frailes que por su gran bondad merecían nuestra confianza.
Grande fue su admiración al dirigirle nuestra pregunta sobre el particular, y nos
contestó: ¿No sabéis que los artículos de fe mandan creer lo que no vimos? ¿a dónde
vais a parar con vuestro querer penetrar? Mas viendo que nosotros no nos conformábamos,
nos abrazó a los tres juntos y regando nuestras mejillas con el raudal de lágrimas
que salía de sus ojos, nos habló de esta manera: ¡Hijos míos! cuan grato me es abrazaros
por esta causa, mas cuánto amarga mi corazón el no poder iluminar vuestras almas;
y extendiendo su vista y brazos a lo alto, dijo: ¡Padre! permite que no falte al
juramento que un día hice, aunque sé que falto a la caridad más grande; mas te ruego
ilumines las inteligencias de estos mis hermanos, para que en igual caso ellos no
cometan esta falta. Luego, repuesto de la sorpresa que nuestra pregunta le había
causado, nos despidió de la mejor manera, pues también nosotros nos hallábamos afectados,
pero sin hacer la aclaración que le habíamos pedido; sin embargo, nosotros nos convencimos
de que había un gran misterio, y por su parte La Cabaña se propuso descubrirlo.
Lo relatado ocurrió el año 1850 y La Cabaña lo encontró en 1880 ¿de qué modo? relacionándose
con esos espíritus que V. llama Ángeles cuando le conviene y cuando no Diablos,
por medio del lenguaje espiritual como V. con el vocal se relaciona con otros hombres.
Por medio de tal lenguaje supimos que Dios nada crea de nada, y que para cada creación
hay un germen adecuado a la propia especie, así para crear nuestro mundo Tierra
sirvió de germen un desprendimiento
(=13=) de otro que hoy son la imagen aquél de éste y éste de aquél.
Cuando el desprendimiento llegó a su punto dado se detuvo. Con la velocidad de su
propio desprendimiento se había incendiado; con el humo que de él salía se creó
una atmósfera tan cerrada que por mucho tiempo no penetraron los rayos solares en
él, hasta que los vapores salidos del mismo germen se convirtieron en fuertes lluvias,
fueron apagando el fuego y creando la costra terráquea; entonces empezó la vegetación
y luego tomaron encarnación los animales y más tarde los seres humanos, que vivieron
en el paraíso terrenal porque no se conocía el sexo, y para la creación humana sirvió
de madre la tierra.
Cuando se crió la costra terráquea se encerraron los fuegos quedando encerrados
pero insistentes por medio de volcanes como en la actualidad sucede y creciendo
la tierra en volumen, mas no en peso. Mientras el germen se convertía en lava y
ceniza y los volcanes las fueron arrojando a la superficie se fueron creando venas
en la tierra de tantas clases de minerales como se conocen y algunas más que no
son conocidas, pero habiendo llegado el germen a su minimum con lo cual había dejado
un gran vacío interior terráqueo, las aguas de los mares hallaron entrada en él
formando tal conmoción en la tierra que todo lo vital pereció, puesto ardió de nuevo,
y las aguas se calentaron en demasía para que los seres vivientes pudieran resistir,
mas una vez pasado tal accidente la vitalidad volvió por el mismo orden que había
venido por vez primera, con la diferencia de que, el ser humano trajo sexo conocido;
pues vino el varón y la hembra y es lo que señala Roma por nacimiento de Adán y
Eva y la salida del Paraíso terrenal.
El vacío interno de la tierra se hallaba completamente forrado de lava, pero la
penetración de los mares en él llevaron elementos terráqueos para formar un mundo
nuevo a donde van a tomar nueva encarnación las almas que en la superficie de la
tierra no cumplen la ley Divina, pero tal castigo no es sino hasta que por voluntad
cumplan; por tanto sepa el Sr. Sardá que hay un mundo nuevo que describir (si antes
Roma no se lo ha dicho) y puede ser un nuevo Colón sin temor al océano, puesto hay
volcanes apagados que llegan hasta allí.
Tal vez haya quien se admire de nuestras explicaciones y duden de su veracidad,
mas nosotros nos remitimos a los Geólogos que con buena fe quieran probar nuestro
aserto, sin exponerse a más peligros que el de hallar un nuevo desengaño en sus
maneras de estudiar todos los científicos.
Principien por comparar la lava que arrogan los volcanes a la superficie de la roca
cristalizada, que han hallado en la edad primaria de la tierra y los aerolitos,
y según la comparación que hallen, podrán empezar a juzgarnos, y con más exactitud
podrán hacerlo buscando los vacíos que dejan los volcanes si están o no forrados
de la misma lava, luego para penetrar en el vacío central, tienen caminos como ya
hemos dicho por tierra, y los tienen también por mar, puesto que se comunican con
el interior, y de esta misma comunicación dimanan muchos de los que llaman fenómenos,
que no son otra cosa que efectos naturales, y les causará admiración cuando reconozcan
las causas.
Después de haber obtenido lo expuesto de la manera ya indicada y con la prevención
de que todo se había dicho, pero que la maldad de los hombres lo tenía tapado, nos
hemos hallado con escritos que pasaron por la censura inquisitorial, y dicen así:
<<La tierra naturalmente como cuerpo grave está en medio y centro del Universo;
según la mejor opinión tiene de redondez 7,200 leguas; si se pudiera andar por línea
recta, tiene de diámetro, esto es, desde esta parte de la tierra 2,291 leguas y
poco más, y desde aquí hasta el centro o infierno 1,141 leguas y media, y el P.
Feijoo en un apóstrofe a los Españoles dice entre otras cosas:
Que selló Dios en el peso del oro el carácter de su destino. Es el más pesado de
todos los cuerpos, y por tanto con más poderosa inclinación que todos los demás
se dirige al centro de la tierra donde están los infiernos>>.
Grande fue la alegría que recibió nuestra alma al hallar estas líneas descritas
por los hombres, pero no fue menor cuando encontramos la comunicación que sigue
en el libro de Médiums por Allan Kardec.
Comunicación 19 llamada apócrifa
<<La creación perpetua e incesante de los mundos es para Dios
como un goce perpetuo porque ve sin cesar que sus rayos dan todos los días más luz
y felicidad. Por esto las centenas y millares, para él son la misma cosa. Es un
padre cuya felicidad está formada por la felicidad colectiva de sus hijos y a cada
segundo de creación, ve una nueva felicidad venir a confundirse en la felicidad
general. No hay alto ni suspensión en este movimiento perpetuo, en esta grande felicidad
que fecunda la tierra y el cielo. Del mundo no se conoce sino una pequeña fracción,
y vosotros tenéis hermanos que viven bajo latitudes que el hombre no ha podido aún
penetrar. ¿Qué significan esos calores terroríficos y esos fríos mortales que detienen
a los más atrevidos? ¿Creéis simplemente que allí está el fin de vuestro mundo,
cuando no podéis adelantar más con vuestros pequeños medios? ¿podríais acaso medir
exactamente vuestro planeta? no creáis esto.
Hay sobre vuestro planeta más lugares ignorados que lugares conocidos, pero como
es inútil propagar más todas vuestras malas instituciones, todas vuestras malas
leyes, acciones y existencias, hay un límite que os detiene aquí y allá, y os detiene
hasta que tengáis que transportar allí las buenas semillas que haya producido vuestro
libre albedrío. ¡Ah! no, vosotros no conocéis este mundo que llamáis tierra. En
vuestra existencia veréis un gran principio de pruebas de esta comunicación. Va
a dar la hora en que habrá otro descubrimiento mayor que el último que se ha hecho;
mirar como va a ensancharse el círculo de vuestra tierra conocida, y cuando toda
la prensa cantará hosanna en todas las lenguas, vosotros pobres hijos, que amáis
a Dios y que buscáis su camino, vosotros lo habréis sabido antes que aquellos que
darán su nombre a la nueva tierra.>>
El titulo de apócrifa hubiera bastado para que no nos hubiéramos fijado en ella
si no hubiésemos hecho los estudios por nosotros mismos, y obtenido lo que venimos
explicando, mas por este mismo concepto, nos propusimos buscar el error y lo hallamos
en el libro de los espíritus por el mismo autor, puesto en su partida 18 dice: que
los espíritus no retroceden. En la 188 que somos desterrados, en la 172 que nunca
estamos más distantes de Dios que cuando nos hallamos en la tierra, y en la 174
que si no adelantamos podemos pasar a otro mundo peor.
Estos conocimientos nos hicieron dudar del médium que obtuvo la comunicación que
nos ocupa, mas luego hallamos también la partida 182 que dice:
Los espíritus no podemos daros conocimientos más elevados que a donde ha llegado
vuestro espíritu porque os turbaría.
En este trance reconocimos que la falta había estado en el recopilador, puesto éste
por el mero hecho de él no comprenderla creyó sin duda que tampoco otros pudieran
comprenderla y la tachó con el dictado de apócrifa, cual los romanos hicieron con
los libros y filosofía natural por incomprensible para los hombres. ¡Orgullo humano!
¿cuándo desaparecerás de los hombres? ¿por qué los hombres que llegan a obtener
luces no las han de dejar tal como las obtienen? por más que ellos no las puedan
descifrar ¿no las pueden descifrar otros? ¡Más les hubiera valido aclarar lo que
hay en el Sol, pues claro está que lo comprendió, en su nota de la página 62 y los
romanos lo declaran con la custodia! si así hubiera procedido no hubieran dado lugar
a malas interpretaciones que luego han ocurrido por buscar a la esencia con materiales.
Ya ve el Sr. Sardá que el misterio de su infierno eterno no existe ya, y menos cuando
los científicos se hayan convencido de ello por medio de las pruebas que al presente
les pedimos; al igual que se reconocerán las causas de lo que hasta el presente
se han llamado fenómenos de la naturaleza en los terremotos, temblores de tierra,
flujo y reflujo de los mares, etc., etc.
Por tanto, e ínterin el Sr. Sardá revoque nuestros asertos sólo nos resta aconsejarle
que no debe de incitar a los no liberales a que tomen las armas homicidas contra
los liberales, le rogamos que lo haga aconsejándolos que la tiren para no tomarlas
más, y que lo que procede como hombres es darnos el abrazo fraternal de hermanos,
discutir la diferencia de ideas pacíficamente, para ayudarnos mutuamente a salir
de este mundo de penalidades y poder gozar de grandes delicias en otra parte; ¿se
encuentra V. bien aquí? poder tiene para estar tanto tiempo como quiera, y se lo
aseguramos, puesto que reconocemos el atributo de Misericordia Divina, como también
le aseguramos, que en su nueva encarnación no criará su cuerpo tan regalado como
en la actual, ya quede en la superficie ya vaya al centro, y le advertimos más,
si Roma al declarar el mundo interior con el nombre de infierno no lo hubiera eternizado,
estaríamos con ella por las grandes penalidades y ningún goce que disfrutan sus
habitantes, pero no nos es permitido por el momento señalarlas; tan sólo diremos,
que hay tanta diferencia en los sufrimientos de allí a los de aquí como de los goces
de otro mundo cualquiera que no sea destierro a aquí.
Oiga quien quiera y comprenda el que pueda.
LA CABAÑA
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Notas a pie de página del opúsculo: Refutación a los folletos El Liberalismo es pecado y ¿Qué hay sobre el Espiritismo? del Sr. Félix Sardá y Salvany, Pbro. (Edición 2ª Aumentada)
=1=
Adoradores de imágenes.
=2=
El P. Feijóo.- La religión cristiana podrá gloriarse de ser la única que ha poblado
el cielo de bienaventurados, pero no podrá rehuir la nota de que, por haberse apartado
del camino que le trazara su divino Fundador, ha cubierto la Tierra de sangre humana.
¡Apartemos el pensamiento de tan repugnantes escenas!
=3=
La antigua, o sea, la auténtica, puesto que la actual es renovada y apócrifa, por
más que lleva tal nombre.
=4=
Materia etérea, egoísmo, orgullo, propiedades de la ignorancia.
=5=
Luz divina, vida e inteligencia; amor, paz y caridad.
=6=
Gusano de seda.
=7=
San Jerónimo y 12 doctores más dijeron que en el Sol hay alma inteligente, y que
entre el Sol y el hombre engendran al hombre.
=8=
Información incorporada por los editores de esta Web
Papa León XIII.
=9=
No entraréis en el reino de los cielos sin volver a nacer de nuevo.
=10=
Bautismo de los judíos.
=11=
Iconólatras adoradores de imágenes.
=12=
Iconoclastas. Los Apóstoles y todos los que no adoraban imágenes.
=13=
Aerolito.
Final del opúsculo:
Refutación a los folletos del Sr. Félix Sardá y Salvany, Pbro.: El Liberalismo es
pecado y ¿Qué hay sobre el Espiritismo?
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