VARIAS DISCUSIONES
ENTRE UN CATÓLICO ROMANO
QUE PRETENDE SER SABIO
Y
UN CRISTIANO QUE RENEGÓ DEL CATOLICISMO
SABIO EL PRIMERO SEGÚN LOS HOMBRES
E IGNORANTE EL SEGUNDO POR
LA CABAÑA


COMPROBACIÓN DE QUE ROMA ES EL ANTE-CRISTO
Por
EL JESUITA BLANCO


PRECIO: 1 REAL
Borrell, núm. 53, tienda y principales librerías de España
BARCELONA 1899

Portada: 1ª Edición 1899

Información

DISCUSIONES habidas entre un católico que pretende ser cristiano y un cristiano que renegó del catolicismo; sabio el primero —según los hombres— e ignorante el segundo.

Un día del mes de Mayo de 1896 se encontraron los dos hombres aludidos, desconocidos como hombres, mas conocidos por sus ideas públicamente, y al reconocerse se desafiaron a discusión privada, puesto que el católico deseaba ocultar su nombre.

Señalada la fecha, hora y local, acudieron presurosos uno y otro a las nueve de la noche, puesto que el renegado no podía acudir de día, porque las ocupaciones materiales se lo impedían, con lo cual se pagan mutuamente una atención como los mejores amigos.

Una vez reunidos y bajo promesa de discutir sin rencor ni pasión; la idea verdaderamente deísta y cristiana, como cada cual la comprendiera, propuso el renegado al católico que preguntara cuanto al particular tuviera por conveniente, que él le contestaría dentro de los atributos que Roma concede a la Deidad, con los cuales creía que él estaría conforme como buen católico romano.

Católico.— ¿Y tú sabrías nombrar tales atributos?

Renegado.— Sí, pues los aprendí del Padre Astete en mis tiempos juveniles; que a la pregunta ¿Quién es Dios? contesta con esta respuesta: "Dios es un ser infinitamente bueno, infinitamente sabio, poderoso, caritativo, misericordioso y justo."

C.— No, yo leo en tal catecismo y no los hallo como tú dices.

R.— Es verdad, porque el Astete que tú lees es apócrifo; busca el auténtico que existía por los años cuarenta al cincuenta de este siglo y tengo la seguridad que los hallarás; como hallarás otra pregunta muy esencial que tampoco consta en los modernos, y es: <<¿Cuántas maneras hay de orar? Dos. ¿Cómo se llaman? Mental y vocal. ¿Cual de las dos es la mejor? La mental, porque con ella se habla con Dios como con la boca con los hombres.>>

C.— Tal catecismo ha tenido tantas alteraciones como la Iglesia ha considerado útiles para la comprensión de los fieles, por lo cual no os negaré vuestro dicho, y menos cuando el antiguo no lo tengo a mi alcance en estos momentos; no obstante, lo buscaré y procuraré enterarme.

R.— La tirada a que me refiero era de Valladolid.

C.— Demos por sentado que los atributos y maneras de orar sean como tú explicas, ¿qué tienen que ver para justificar las bravatas de tu folleto diciendo que el catolicismo es antideísta y anticristiano?

R.— Vamos por partes; tratemos primero el deísmo, ¿admites los atributos mencionados?

C.— Sí, sin ellos no habría Dios posible, y debo añadir otro, el de inmutabilidad, pues de ser mutable sería como los hombres, y mi inteligencia no ve tal, ve otra cosa muy superior a ellos.

R.— Muy bien; sois el primer católico sabio que he hallado dispuesto para una discusión deísta verdadera, y espero que pronto retiraréis la palabra <<bravatas>> que poco ha me habéis dirigido, puesto que para la justificación que me habéis pedido no saldré de los atributos mencionados, las maneras de orar y los Evangelios que dicen, amor, paz y caridad es la ley; mas os suplico paciencia, pues seré un poco largo en mi explicación.

Admitiendo que Dios es bueno ¿cómo se puede admitir un cielo y un infierno eternos? Los hombres buenos castigan a su hijos cuando cometen faltas a su autoridad, pero cuando arrepentidos y sumisos vuelven a su lado, los reciben con los brazos abiertos y les dan participación en los negocios de la casa, según sus merecimientos; luego si vuestro Dios tiene un lugar en donde colocar a sus hijos que no cumplen sus mandatos para que eternamente padezcan toda clase de males, sin esperanza de gozar de los bienes, no puede tener el atributo de bueno.

Admitís que es poderoso, y, no obstante, admitís y publicáis que los ángeles se rebelaron contra Él, y de todo su poder no sabe sacar otro fruto, que encerrarlos en los profundos infiernos por toda una eternidad; mas los hombres poderosos no hacen tal, pues, cuando mucho, los mandan encerrar por algún tiempo o los alejan de su lado para que la experiencia del mundo les enseñe a ser buenos y honrados; luego vuestro Dios es menos bueno y poderoso que los hombres.

Admitís que es misericordioso y no permitís que practique esa misericordia permitiendo al ser que tome tantas encarnaciones y reencarnaciones como necesite para el pago de esa pena del talión, que tanto mencionáis cuando os conviene, no obstante de decir a esa humanidad que es desterrada, y que Pablo, en su capítulo 15, 1ª. a los Corintios, declara la reencarnación; ¿en qué otra cosa puede ejercer misericordia?

Admitís el de caridad y con él al Ángel Guardián de cada ser y es el único que os pertenece; pues pasando al de justicia os ciega tanto el orgullo, el egoísmo y la vanidad, que no veis más allá de vuestras narices.

C.— Alto ahí; eso es insultar y no permitiré insultos en nombre del catolicismo.

R.— Hermano mío, no es insulto, según mi conciencia, es justicia, y a probarlo vamos. Para conocer la cosa más justa tenemos el metro y el nivel; si discrepan tanto como el grueso de un cabello de nuestra cabeza ya no son justos.
Los católicos enseñáis a todo momento que Dios perdona los pecados que cometen los hombres por grandes criminales que hubiesen sido, siempre que se los confiesen a uno de sus confesores; y yo pregunto: ¿Dios, esencia de todo justicia, puede perdonarme a mi las faltas y agravios que cometí a uno solo de mis semejantes?

C.— Sí.

R.— No, como no me puede castigar sin faltar a los atributos que le hemos concedido, y Mateo, cap. 12, vers. 31, declara terminantemente que no hay perdón espiritual; y yo añado, y repito, que no puede haberlo sin el pago de la pena del talión, cual consta en la palabra "perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores".

C.— Dios es único todopoderoso y sabio, y quien como tú lo ultraja, sólo puede ser uno de esos demonios que se rebelaron contra Él.

R.— No dudes que por demonios vinimos a la tierra tú, yo y todos cuantos en ella nos hallamos, pero por que pretendemos dejar de serlo para ser diablos o ángeles, nos hallamos filosofando, o practicando el trabajo progresivo de nuestras almas, combatiendo al demonio en todas sus partes.

C.— ¿Me quieres decir si hablo con un loco o con un cuerdo, o pretendes que yo vaya al manicomio?

R.— No hay motivo para que tal digas, pídeme explicaciones y te las daré tan vulgares como sea menester para que tu razón, que por el momento se halla ofuscada, se despeje; y no dudo que te enmendarás en tu lenguaje, y si algo más quieres, ve lo que dice Pablo a los corintios, cap. 2, vers. 14: "Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios porque le son locura; y no las puede entender porque se han de examinar espiritualmente".

C.— Perdona si te he ofendido, pero tales disparates te estoy oyendo que creo faltar a mis deberes si continúo oyéndote.

R.— En cuanto a las faltas que puedas cometer, yo cargo con la responsabilidad del retraso que pueda obtener tu alma para llegar al centro de ese Sol que nos alumbra, por oír mis explicaciones.... o locuras, a vuestro estilo.

C.— Permíteme que tome apuntes para que no me envuelvas en las mallas de tus redes endemoniadas. "Dios no puede perdonar". "El demonio no es el diablo ni el ángel". "Mi alma ha de presentar sus cuentas al Sol". Así no me embrollarás, y menos si vamos por partes. Dime, ¿Dios no puede perdonar las faltas que a Él cometemos, ya por palabra ya por obra?

R.— A Dios no le podemos ofender por todo cuanto hagamos y digamos sobre Él mismo porque es inmutable, cual tú mismo has reconocido.

C.— ¿Luego no hay premio ni castigo?

R.— Cuando cumplimos su ley recibimos el premio aproximándonos a Él y relacionándose nuestra alma con Él y con nuestros hermanos mayores y superiores, de cuyas relaciones recibimos los conocimientos del alma, cual recibimos los pertenecientes al cuerpo oyendo a nuestros hombres más sabios aquí en la tierra.  Cuando no cumplimos sucede al contrario, el alma se retira del Sol tanto como puede, o sea, con arreglo al orgullo, egoísmo y vanidad que la dominó, que son las faltas que puede cometer a la ley divina, de donde resulta su lucidez o la obscuridad para la comprensión de las cosas divinas.

C.— ¿Luego las almas no tienen que dar cuenta de sus actos a ninguno?

R.— Sí; todas las que salen del destierro se han de presentar al regentador del mismo mundo tan pronto puedan atravesar la atmósfera que circunda a la tierra para revisar sus cuentas; los que las hallen canceladas, para marchar a mundos mejores; los que deben todavía, para volver a la tierra y emprender nuevos padecimientos en beneficio de sus semejantes, hasta hacer tanto bueno como malo habían practicado.

C.— ¿Por qué volver a la tierra? ¿Es que no pueden hacerlo en otra parte?

R.— Preguntando el P. Astete ¿quién es el demonio?, contesta, que es nuestro mismo cuerpo con sus pasiones y malas inclinaciones; y nosotros reconocemos que es el único y verdadero demonio, pero reconocemos que el tal cuerpo no es sólo el que reconocemos en el hombre, es el cuerpo espiritual, que formado de materia, aunque etérea, es orgullo, egoísmo y vanidad, causas por las que venimos a la tierra a tomar forma humana; y si con tales defectos quedan en otro mundo alguno, no podrían hallarse separados el bien del mal sin que la justicia divina fuese satisfecha.

C.— Cuando el alma o el espíritu vuelven a la tierra ¿vienen conformes?

R.— Más o menos, según los conocimientos que alcanzó; pues en general los traen los ángeles guardianes en la misma forma que nuestras niñeras transportan al que está a su cuidado.

C.— ¿Por qué comparas a nuestras niñeras con los ángeles de la Guarda?

R.— Porque todos tienen el mismo empleo en su clase; Dios, por el atributo de caridad, concede al Ángel dirigir al espíritu inferior por la pluralidad de mundos hasta que sepa cumplir la ley por sí solo, que es cuando deja de ser demonio y pasa a ser diablo, como lo demuestra con la luz que adquiere; lo propio hace el hombre que también confía su hijo a una niñera hasta que sepa andar sólo por la tierra.

C.— Pero a todo esto ¿qué tengo yo que ver con ese Sol que nos alumbra, ante el cual has dicho que me he de presentar a dar cuenta de los actos de mi alma?

R.— ¡Qué pregunta tan extraña para ser hecha por un católico! ¿Es posible, hermano mío, que con completa ignorancia de lo que tienes que ver con el Sol que llamamos central, o rey de los astros al estilo científico, me la hayas hecho? Quien es tu Dios en espíritu y bondad, al que debe adorar todo deísta y cristiano, cual el Cristo adoró y enseñó a que se adorase ¿acaso tu Iglesia lo ignora? No, puesto lo demuestra con la custodia o sacramento imagen solar, que llamáis Dios, cual representáis a los que llamáis santos con las imágenes a su manera. Hé aquí el fruto que sacan vuestras almas con haberse hecho idólatras; ellas enflaquecen por momentos mientras los cuerpos os fastidian por demasiado obesos, mas no te admires por tan poca aclaración ni formes dudas de mis palabras, pues te puedo dar guía para que por ti mismo puedas hallar escritos de mucha antigüedad y muy reservados entre los grandes católicos, que te pondrán al corriente de todo cuanto te digo y mucho más, si deseas sacar a tu inteligencia de la turbación en que se halla.
El catolicismo sabe perfectamente que nuestra alma o vitalidad procede del Sol que nos alumbra, como sabe que el espíritu o forma de hombres es formado de esencia de materia.

C.— Si lo sabe ¿por qué lo calla?

R.— Por sus fines egoístas y orgullosos. ¿Por qué cuando juráis guardar los secretos de la Iglesia lo hacéis sin antes conocerlos?

C.— No sé lo que me pasa, siempre en mis oratorias tuve palabras para vencer a los enemigos del catolicismo cristiano, mas contigo me faltan palabras, y hasta la garganta se niega a pronunciar las pocas que acuden.

R.— Permite, hermano, que os haga dos observaciones; la primera es, que nada hemos tratado del cristianismo, y tal vez tengas, cuando de ello tratemos, razones en vez de palabras que me puedas convencer; la segunda es, que como sólo hemos tratado de Dios y el alma, te ha sucedido como a la mariposa que tanto le agrada la luz, que se embriaga en ella, y concluye por caer dentro del foco, y en tal caso tu turbación es pasajera; mas por el momento procede me digas si hallas conformes mis explicaciones con los atributos divinos, y, sobre todo, con el de justicia.

C.— Nada puedo rechazar por el momento filosóficamente, lo examinaré y tal vez halle medio de rebatirte, esperando de tu amabilidad que me permitirás hacerlo si no me hallo tan conforme como en este momento.

R.— Siempre comprendí que de la discusión sale la luz, y cuando es sin otro fin que el de conocerla y descubrirla cual nos hemos propuesto, siquiera privadamente, es mi mayor placer; sólo debo recordarte que medites un poco si los hombres pueden tener poder para perdonar pecados, cuando el mismo Creador no puede hacerlo si ha de conservar el atributo de justicia que todos le concedemos; por tanto, pasemos a probar que el catolicismo no es cristiano ni apostólico.

C.— (Dando un abrazo al renegado).- Si me pruebas el cristianismo como lo has hecho con el deísmo, prometo seguir tu camino —siquiera privadamente— por no faltar a mis primeros juramentos.

Pruebas de que el Catolicismo no es Cristiano Evangélicamente

Católico.— He pensado en nuestra última conferencia y me he puesto en deseos de que tengamos la segunda, para ver si mi inteligencia se despeja, pues comprendo que tus palabras la turbaron bastante. ¿Quieres hacerme el favor de que empecemos?

Renegado.— Estoy a sus órdenes.

C.— Dejémonos de tratamientos, pues como dijiste otro día, somos hermanos, y pues que nos debemos recíprocas atenciones, tratémonos tú por tú, que es el lenguaje más bello. Dime: ¿Qué entiendes tú por cristiano?

R.— Entiendo que la palabra cristiano es derivada de que Jesús de Cafarnaum  murió crucificado en la cruz, pero no comprendo que haya cristianos más que los que cumplen sus consejos y enseñanzas doctrinales y cumplen su ley.

C.— No; es cristiano todo el que en nombre de Cristo recibe el agua del bautismo, cual él la recibió de San Juan en el río Jordán, y como todos los Apóstoles; desde aquel momento queda el hombre hecho cristiano. Además, tampoco fue Jesús de Cafarnaum, sino de Nazaret.

R.— Prescindo si fue de uno u otro pueblo, puesto que para el caso filosófico de que tratamos era universal; mas si, como dices, Jesús y los Apóstoles se bañaban en el Jordán, como cuestión religiosa, ¿por qué siguieron siendo judíos? Podrás decirme que a Jesús lo crucificaron por haber revocado ocho de los diez mandamientos de Moisés, es verdad, pero no me podrás negar que murió, como nació, dentro de la ley judaica; y si, como acreditáis, murió el año 33 de nuestra era, es menester que sepáis, que el 49, primer concilio y único al que asistió Pedro, se determinó que no era necesaria la circuncisión, o sea, bautismo judaico, sin que se tratara de ninguna clase de agua ni fórmula alguna que los uniera al Maestro más que la ley de Amor y Caridad por él enseñada con todos sus semejantes; en cuanto al uso del agua, ya en mi pequeña obra os señalo cuándo y por quién fue instituido el sacramento del bautismo, que fue algunos siglos después de la muerte del Cristo, establecido por hombres egoístas; no hay duda que se bañarían en el río, como en toda parte donde hallaban agua, mas era por higiene, no por fórmula religiosa; y para más aclaración, mira lo que dice Mateo en su cap. 8, versículo 19 y 20: "El bautismo se ejecutará enseñando las doctrinas del Cristo".

C.— Según tú ¿no hay cristianos en el catolicismo?

R.— Desde el momento que el catolicismo nada practica del Cristo, ningún católico puede ser cristiano en verdad, y, debo añadir, que todo buen católico no puede entrar en el reino de los cielos sin volver a nacer de nuevo, cual Cristo dijo a Nicodemus; y como yo, dice Juan, cap. 3, v. 1 al 7.

C.— ¿Cómo me lo probarás?

R.— Con mucha sencillez; la ley que Cristo enseñó y con toda vulgaridad practicó es la divina, que vulgarizada dice: "No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti; haz con todos como quieras que harían contigo en iguales circunstancias, que en ello amas al Padre que está en los cielos". Aconsejó la humildad y la practicó; aconsejó la oración mental, o sea el lenguaje del alma, y que se hiciera ocultamente; prohibió las imágenes y pinturas en los sitios de oración; aconsejó que sus doctrinas se enseñaran en lenguaje vulgar; prohibió el fausto y la ostentación, en dicho y en hecho; prohibió el uso de armas homicidas a los suyos; aconsejó que a ninguno se obligase a seguir sus doctrinas, reconociendo en ello el libre albedrío que cada cual posee; su mayor fausto en comodidades fue montar en una asna cuyo pollino la seguía; y de todo esto ¿qué practican los católicos? ¿Callas? ¿Quieres que yo te lo diga y pruebe con datos irrefutables?

C.— No, desgraciadamente me veo en la necesidad de no poderte contradecir.

R.— No es bastante que tú lo reconozcas en el momento, es menester que reconozcas que todos los actos de la vida católica son anticristianos, materialistas hasta en las ropas que visten, como lo vas a ver pronto por el adjunto escrito que acabo de recibir.

C.— ¿Qué escrito es ese?

R.— Mira, y revócalo si puedes.

C.— Hermano, esos escritos son inventados por demonios masones, que tanto trabajan para desacreditar al cristianismo católico.

R.— Hermano, todo ser que en la tierra cumple el código masónico es un verdadero cristiano, y se separa tanto de serlo, el mal masón como el buen católico; y como prueba, compara la ley masónica que es Amor, Caridad y Fraternidad, con la católica, "divide y reinarás".

C.— Eso no; la Iglesia siempre trabaja para la unión de toda la humanidad, bajo la representación Papal, como delegado de Jesucristo en la tierra.

R.— No, no es posible que el Papa sea representante en la tierra, y en nombre de ese mismo Jesús, llamo blasfemo a quien tal diga.
Ya he dicho arriba las maneras de proceder del Cristo, que a ti te ha ruborizado sólo pensar que los católicos hacen todo lo contrario, pero te irrita el que se descubran sus feos hechos. Y saliendo fuera de la sana razón, culpas a los verdaderos cristianos; y como prueba de que lo son, te he citado el código cristiano y masónico, que es el mismo. En cuanto al cumplimiento, lo ignoro, pues ellos siguen la reserva señalada por el Cristo, y que yo tampoco tengo medios de estar filtrado en sus secretos, por no pertenecer a las logias terrestres; mas no habiendo encontrado en los católicos el dato más pequeño que se imite al Cristo, los rechazo como tales hasta que me presentéis siquiera uno que lo pueda aceptar.

C.— Pues qué, ¿no hallas la imitación al Cristo en la penitencia carnal, cual es el celibato

R.— ¿De dónde sacas tú que sea una virtud el celibato?

C.— ¿Acaso Jesús tuvo hijos ni mujer en matrimonio?

R.— No.

C.— Pues no siendo así, claro está que fue célibe, como son todos los sacerdotes católicos; luego en algo le imitan.

R.— No, no le imitan en nada, puesto que Aquél fue célibe por tener el don de la impotencia; por eso dijo; y consta en los Evangelios que, "el que no valga para casado que no engañe a la mujer"; pero tratándose del matrimonio, dijo: "que mejor se calientan dos juntos que uno solo" y Pablo en 1ª. a Timoteo, c. III, v. 2, 3, 4 y 5, dice: "que los obispos sean irreprensibles maridos de una sola mujer"; y no obstante de esto, has hallado en mi pequeña Obra en qué fecha dejaron de ordenarse de sacerdotes lo bígamos; y que la historia de España nos dice, que cuando los sacerdotes penetraban en los pueblos de las provincias Vascongadas no los querían recibir sino los acompañaba una mujer joven.

La misma Historia nos cuenta también que el rey Fruela de Galicia y el Obispo de Santiago prohibieron la unión de los canónigos y canonisas cuando juntos vivían y maritaban, por el desprecio que hacían de su prole; esto en cuanto al clero español. Mas el Papa Inocencio VIII declaró el celibato forzoso en todo el catolicismo, y queda demostrado que el celibato no fue aprobado por el Cristo, desde el momento que varios de los Apóstoles fueron casados y tuvieron hijos; esto en cuanto a la discusión material; veamos si en cuanto a la filosófica puedo darte alguna parte de razón.

Empecemos porque Pablo, en su c. XV, 1ª. a los Corintios, v. 32, declara terminantemente la reencarnación; que el Génesis declara que la mujer ha de servir para parir hijos con dolor; que vosotros en la Salve decís que somos desterrados, y que Pablo, 1ª. a Timoteo, c. II, v. 15, dice: "que la mujer sólo puede salvarse a fuerza de criar hijos".

¿Cómo es posible la salvación de las mujeres célibes por voluntad? ¿Cómo es posible la salvación de hombre ni mujer, que por no tener la incomodidad que da el criar hijos, comenten faltas a la naturaleza cual no las comete el animal ni el reptil más insignificante? ¿Cómo es posible que puedan entrar en el reino de los cielos los que tan abiertamente faltan a aquella ley de caridad que el Padre encomienda y el Cristo recomienda? No es posible, y menos si, como indispensablemente, imitan a los de Sodoma, como vulgarmente habla la muchedumbre; ¿tienes algo que oponer a lo dicho?

C.— Dime claro: ¿eres masón?

R.— No pertenezco a logia alguna de la tierra; pero allá en la logia ultraterrena donde todos los verdaderos cristianos, deístas y masones nos reunimos, tengo mi asiento.

C.— ¿Luego la masonería tiene logias fuera de la tierra?

R.— La verdadera Masonería y el verdadero Cristianismo son la misma cosa; el árbol genealógico de ellas es la filosofía natural, cuyas raíces proceden del Sol, y, por tanto, debíais haber comprendido ya quién es el Director de la logia general, en cuyo nombre os hablo.

C.— ¿Cómo es, pues, que los masones hacen cosas tan malas?

R.— Hermano, no me creo en el caso de contestar a tal pregunta, porque no conozco personalidades ni hechos, puesto que no penetro en las logias de la tierra, que sólo son preparatorias para la general ultra, adonde todos nos reunimos sin recuerdo de lo terrenal; nuestros fines son estudios sobre el alma, medios de hacer caridad espiritual y obrar en todos nuestros actos con el mayor rigor de justicia; los que de otra manera obran no tienen cabida en la logia, porque las maldades, o sea tratar a otro de modo que él mismo no quiera ser tratado, tuerce el nivel, y el torcido le impide entrar; esto no obstante, son muchos los que penetran con el triángulo en la mano, y son muy contados los que entran con la corona de espinas, cosa que sucede inversamente cuando procuramos penetrar en el centro de la tierra, a donde acudimos como misioneros, por caridad de los que allí han penetrado por su rebeldía.

C.— No te comprendo; ¿quieres decirme en qué consiste que comprendí a todos cuantos por sabios se tuvieron y quisieron enredarme, y a ti cuanto más quiero penetrar más me enredo?.

R.— Mira lo que dice Pablo en su c. II, 1ª. a los Corintios, v. 14, y por más que alguna palabra no te agrade, no deja de estar ajustada a la verdad. (=1=)

C.— ¿De manera que no puedo comprenderte porque soy animal?  no esperaba tal desprecio.

R.— No hay tal, y me es indispensable decirte que la generalidad de los católicos comprendéis los Evangelios por lo más o menos que puedan agradar a vuestras materias, sin preocuparos de que tales leyendas sólo puede comprenderlas el alma en su mediana pureza.
Pablo, como yo, llamamos al hombre animal cuando está tan cargado de orgullo y egoísmo que su razón no puede comprender los estudios filosóficos y teológicos naturales, cual nos está sucediendo en estos momentos.  Más claro: los llamamos así porque hay animales más benignos e incapaces de hacer daño a un ser humano, mientras los hay humanos que su mayor goce es oprimir y hacer padecer a sus semejantes, abundando en demasía estos últimos en el catolicismo.

C.— No, no admito tal razón. No negaré que en el catolicismo haya habido hombres capaces de ciertas extravagancias, como las historias nos cuentan, y por más que esas historias callen las caridades que el catolicismo hace, ¿dejas tú de comprender que son muchas las prácticas que hace en las obras de misericordia?

R.— ¿Qué entiendes tú por caridad y práctica de las obras de Misericordia?

C.— Pues cosa justa, las catorce que marca nuestra Santa Doctrina; como son: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, etc., etc.

R.— Basta, basta, hermano mío; para que acabes de dar pruebas de tu atraso intelectual y espiritual, atiende bien a cuanto voy a decirte sobre este particular; pero te suplico tengas para mí los oídos materiales, mas tu pensamiento fijo en el Sol, preguntando mentalmente si mi explicación es o no justa, y no dudes, que otro pensamiento superior al tuyo te contestará rápidamente sí o no, y luego queda a tu libre albedrío aceptarlas a no.
Cuando a la tierra venimos a reencarnar, todos traemos por mayor riqueza la desnudez; pero antes que nosotros viniésemos, ya el Creador había puesto en ella todo cuando pudiéramos necesitar, mas todo para todos; en la actualidad hay muchos que se hallan necesitados porque otros tienen mucho sobrante; ¿qué cosa más natural que éstos den a los que nada tienen? Sí, sí, te comprendo; ¿me quieres decir que es suyo?, cierto, porque lo poseen, mas ¿cómo fue adquirido?, ¿no lo sabes?, pues yo tampoco; pero por mí sé decirte que —según los hombres que con razón o sin ella lo quisieron decir— llevo sesenta y tres años en la tierra ganando el pan con mi sudor, y no sólo no puedo dar un pan a los pobres, sino que, si el día de mañana no tengo trabajo, tampoco como; pero tampoco tengo escozor en la conciencia de no mantener pobres, porque mi gran cuidado desde la mayor niñez fue no crearlos; ¿están en igual caso esos católicos que tanto dan a los pobres? no, y tanto es así, que no es ese el consejo que Cristo les dio de palabra y obra para que no se rebajaran ante su Creador por debajo de los animales; éstos cuando tienen hambre dominará la fuerza bruta, mas cuando sus estómagos se llenaron dejan que los débiles coman también. ¿Qué hacen los católicos? Comer mucho, y cuando están hartos guardarlo debajo de tierra para que el pobre que sudó se muera de hambre; ¿puedes rechazar algo de lo expuesto?.

C.— Tus explicaciones son anarquistas, y como tales prohibidas en la actualidad

R.— Hermano, como nunca pertenecí a sociedad alguna en la tierra, no sé lo que pasa en ellas; sólo sé decirte que son naturales en mi ser, y que cuando este ser ha querido estudiarlas o penetrarse mejor de si son o no justas sus prácticas y enseñanzas, acudió al centro Solar y encontró el nivel de lo justo en su punto céntrico; luego, si como dices, estas maneras de creer y enseñar son anarquistas, ¿cómo o por qué el anarquismo es perseguido?

C.— Porque con vuestras palabras enseñáis a los holgazanes a envidiar los bienes ajenos, y por ende, al robo, al desprecio de todos los que algo tienen y ....

R.— Basta, basta, lengua mala; ¿es más pecado enseñar la verdad moral que las picardías católicas, aunque sean ocultas?; ¿de dónde habéis hecho vuestras riquezas y para qué? ¿las habéis hecho con vuestro propio sudor? no, y aunque fuere es ilícito como cristianos que os tituláis; pero... tonto de mí... ¿acaso el perdonar pecados no ha de valer dinero, joyas y alhajas? ¿de qué serviría ser adoradores de imágenes al estilo gentil, sino para engañar al prójimo y sacarle el dinero, so pretexto de salvarle el alma? ¿y esto cómo debe llamarse? ¿quién sino vosotros ha creado la holgazanería y la maldad con vuestros actos?

¿Mira en la Historia de España las quejas que Isabel I de Castilla remite a Roma sobre el clero, que ocultaba en su centro a todos los criminales que huían de su justicia; mira los hechos de los Papas que te menciono en nuestro folleto en cuestión, si son más decentes que los míos? ¿de dónde sacarán mejor partido los hombres depravados por naturaleza? repito que no me preocupé nunca en dar nombres a los conocimientos que mi alma adquirió de sí misma para todos; mas ¿cabe mayor depravación que las muchas que leemos en todas las historias? ¿Dónde cabe mayor anarquismo que ha tenido Roma católica con dos y tres Papas a la vez y con la saña que unos a otros se trataron? ¿Cabe mayor anarquismo destructor que el que moralmente empleáis los católicos con la dirección que dais a las almas, cual queda demostrado ya con las imágenes y el perdón de los pecados? En los principios de nuestra discusión me prometistes discutir sin pasión para descubrir la luz; te ha dado reglas para que no seas engañado por mí; ¿por qué no las utilizas en vez de meterte en política material? pues te suplico que no pienses en las dos cosas a la vez, porque no puede servirse a dos señores a un mismo tiempo; por tanto, a formar batallones de soldados con armas homicidas para destruir al género humano al estilo católico, o a cumplir la ley divina y del Cristo, enseñando a la humanidad, de dónde procede, por qué está en la tierra, qué debe practicar para salir de ella y en dónde está el término del viaje. Mas... te veo emocionado, ¿por qué? ¿acaso te ofendí con mis aclaraciones?

C.— No, hermano mío, no me has ofendido; es que has herido mi alma de tal modo que se avergüenza de haber vivido en tantas tinieblas cual en el momento comprendo; dispensa mi emoción repentina, hija de la luz que he llegado a ver, cuando por tu consejo se ha dirigido al centro Solar, y se encontró con el nivel que buscaba en la mano del Juez de los jueces; deja que mi llanto corra, pues de quererlo detener reventaría el pecho, ¡oh, Pablo! ¿por qué no creí tu arrepentimiento cuando lo leí en tus epístolas? Mas te prometo seguir tu camino de arrepentimiento y procuraré llegar al punto más elevado por el cumplimiento de la ley de Amor, Paz y Caridad, para lo cual, hermano Pedro, te elijo por maestro.

R.— No, no debes obrar de tal modo, llama a tu Ángel de la Guarda, que es el encargado de conducirte por la tabla resbaladiza y te conducirá al puerto de salvación.
Sin embargo, de aquí hasta llegar a una buena inteligencia puedes usar el escrito que tienes en tus manos en los actuales momentos.

C.— Gracias, y permite que me retire a la soledad, pues la emoción me tiene dominado en demasía.

R.— Como último consejo te recomiendo que acudas a ese mismo Sol reclamando el bálsamo para tu vida, y tengo seguridad de que lo recibirás instantáneamente.

Católico, gracias, nos veremos a menudo. Adiós.


Católico.— Gracias a Dios que te hallo en disposición de que puedas oír mis dudas y explicármelas según tu comprensión, pues veo que mi inteligencia está demasiado turbada para comprender las cosas del alma a pesar de vuestra vulgaridad; ¿estás en disposición para empezar?

Renegado.— Cuando gustes.

C.— Como son varias las traigo apuntadas para que no se me olviden; empezaremos por la primera. ¿Por qué las mujeres sólo pueden entrar en el reino de los cielos a fuerza de parir hijos?

R.— Si mal no recuerdo, creo haberte dado ya tal explicación en la parte del celibato, mas no obstante, la repetiremos otra vez.

Admitida la venida a la tierra de los seres humanos y no pudiéndolo verificar sin obra de varón y hembra, es el principio de la caridad espiritual la unión de los dos seres mencionados, con cuya unión se elabora la materia, que el que desea venir ha de usar en la formación de su cuerpo y órganos materiales para poder habitar en ella, pues debe hacerlo como desterrado, y no hay otro medio desde que empezó la segunda época, cual explicamos en nuestra segunda revelación. Ahora bien; si el varón y la hembra se hacen célibes, o mejor dicho, huyen del llamamiento que les hace la naturaleza por el egoísmo de no padecer las incomodidades que causa tener hijos, ¿cómo es posible que puedan entrar en el reino de los cielos quienes abiertamente faltan a la ley natural? Pues mucho menos si como por necesidad indispensable imitan a los de Sodoma.

C.— ¿Pero es posible que tantas vírgenes que se sacrifican al Señor creídas de obrar bien, y que a muchas les cuesta la vida, hayan de perderse en ese laberinto desconocido, sin que su Esposo les tome en cuenta su sacrificio carnal?

R.— Hermano, ese que tú llamas Señor, dijo bien claro que Amor y Caridad es la Ley Divina, y repito, que quien no está con El no está con el Padre, porque El es la Ley. Luego la mujer que no cumple la Ley no puede ser esposa suya por más sacrificios que, como tú dices haga, y en su nombre te digo, que ante sus ojos es muy amada toda mujer que cumple su ley, por más que, como vosotros decís, sea barragana; y te digo más: feliz debe llamarse toda mujer soltera que tiene hijos y sabe cumplir el deber de madre en la tierra; mas ¡cuán poco sabe el que la abandona y a madre e hijos desprecia, el cargo que sobre sí toma! Yo digo, en verdad, que volverá a pisar y cortar las espinas que sembró.

C.— Luego lo que llamamos virtud los hombres, ¿es un crimen espiritual?

R.— No todos, mas sí el que estamos tratando.

C.— Me admira tanto todo lo que te estoy oyendo, que a no haberme dado pruebas irrecusables diría que mientes.

R.— Alto ahí; eleva tu pensamiento a lo alto y averigua si debes o no creer; busca el nivel de lo justo y él te marcará lo que en realidad es.

C.— Basta, basta, lo veo claro, ajustado... Dios mío, ¿por qué desconfié un solo instante? Te suplico, hermano Pedro, que pasemos a otra cosa, pues que esto está bastante claro; que el cumplimiento de las leyes de la tierra no bastan para entrar en el cielo.

¿Por qué dices que los hombres quisieron decir que llevas 60 años en la tierra?

R.— Porque en 1850 de este siglo no se halló la partida de bautismo en la parroquia donde indispensablemente debía haber sido bautizado (según los hombres) en 1834 anterior.

C.— Luego ¿dudas ser bautizado como los demás hombres, con el agua bendita?

R.— Materialmente, dudo; moralmente, estoy en lo cierto que no.

C.— ¿Luego tu vida es un misterio?

R.— Tal podrán decir los que ignoran, mas no hay misterio para los que les es permitido conocerlos por sus hechos; los ángeles guardianes que saben para qué venimos a la tierra, saben conducirnos por la senda que conviene, para que, sin faltar a los preceptos materiales podamos cumplir los Divinos, y mientras no nos hallamos dignos de conocerlos duran los misterios ocultos.

C.— Luego ¿sabes para qué viniste la tierra?

R.— Mira lo que dice Juan, capítulo 14, versículos 25 y 26; cap. 15, versículo 26 y 27; cap. 16, versículo 12 y 14; y cuando los hayas leído pregunta a lo elevado y sabrás toda la verdad.

C.— Basta, veo más todavía; dime: ¿qué clase de crímenes pueden cometer las almas?

R.— Todos los que encierran el orgullo, el egoísmo y la vanidad cuando no han dominado al espíritu; mas cuando lo han dominado están exentas de todo pecado, pues éste sólo cabe en la materia.

C.— Luego el alma y el espíritu ¿no es la misma cosa?

R.— No, puesto que el espíritu es formado de materia y el alma es la esencia divina que le da lo que conoces con el nombre de vida; y como son la antítesis el uno del otro, al propio tiempo que inseparables, producen la lucha constante hasta que el alma vence al espíritu en toda su pureza.

C.— ¿De modo que es el espíritu el encargado del mal?

R.— El espíritu cuando no está vencido por el alma o esencia divina, ya esté en la tierra, ya fuera de ella, es el Satanás, según el Cristo, y el demonio, según el catolicismo, puesto que el primero dice a Pedro: "Apártate de mí, Satanás", cuando pretendió que dejara de publicar la ley divina; y Astete dice que el demonio es nuestro mismo cuerpo, con sus pasiones y malas inclinaciones.

C.— ¿No habría un medio para que los hombres todos pudieran comprender al uno y al otro cuando estamos en lucha?

R.— Sí, y muy eficaz; en cada momento que pensamos hacer el mal, producido por el espíritu (materia), toca nuestra conciencia o alma, que la repugna hacerlo; y si lo rechaza, ¡feliz el hombre que sabe conocer y rechazar, como desgraciado el que no lo hace!; porque luego entra la lucha y pocas son las veces que salga con victoria.

C.— Dices que es eficaz. ¿Será en todos los hombres?

R.— En todos, por criminales que fueren, puedes asegurar que existe el aviso, y por criminales que hubieren sido podrán llegar a la mayor honradez si atienden al primer toque de la conciencia.

C.— Gracias por tu explicación, y creo que con tales consejos mucho podría adelantar la humanidad, y desde este momento te prometo darlos a cuantos me sea posible. Pasemos a otra cosa que molesta mucho mi atención.
Has dicho en otra conferencia que los idólatras no pueden entrar en el reino de los cielos; en tal caso, ¿los gentiles se condenan todos?

R.— En otro tiempo se llamaban gentiles a los adoradores de imágenes; ¿y hoy qué nombre se les da, o mejor dicho, se han dado ellos mismos? El de Cristianos, Apostólicos, Romanos. Probado queda que no son deístas ni cristianos; y si alguna duda te queda, atiende a lo que dicen los Apóstoles a los idólatras o adoradores de imágenes de aquel tiempo, que yo ratifico y la agrego a los del tiempo presente, puesto que usan la misma hipocresía, la misma intransigencia y la maldad aumentada, que aquellos, puesto que obran con conocimiento de causa.

Empecemos porque Cristo dijo (según Mateo, cap. 6, versículo 6): "Que cuando queramos orar, entremos en nuestro aposento y cerrada la puerta para que ninguno nos vea, oremos al Padre, que también está en secreto, y nos responderá en público" etc., etc.

En todos los Evangelios no se halla un solo párrafo donde se recomiende la adoración de imagen alguna, tanto en público como en privado; mas pasemos a consultar a Pablo, y nos dice en su cap. 8, versículo 6, 1ª. a los Corintios: "Nosotros no tenemos más que un Dios y un Señor que es Jesucristo".

En el capítulo 5, versículos 10 y 11, excomulga a los idólatras. En el 6, versículo 9, que no pueden entrar en el reino de los cielos. En el 10, aconseja que huyamos de los idólatras. Luego si no tenemos más que un Dios y Éste es espíritu (como queda declarado en otra conferencia), los hombres que adoran otro material cual es la Custodia y otros, deben llamarse idólatras en vez de deístas, cristianos y apostólicos. Además, que tampoco concuerda la oración mental con un Dios materia; pues que siendo esta oración lenguaje del alma, sólo puede ser oída por un espíritu, nunca por materia alguna, y por lo tanto, inútiles todas las súplicas que hagamos a Dios mientras nuestro pensamiento se dirija a un ídolo, razón por la que el Cristo aconsejó que en las casas de oración no hubiere ídolos ni pinturas.

C.— ¿Luego los rezos a las imágenes son perjudiciales?

R.— De todo punto perjudiciales, y para probarlo mejor, muchas son las estatuas que los hombres levantan a otros hombres en vida; prueba tú de dirigir la palabra para hacer una pregunta a una de esas estatuas y no tendrás contestación; ¿no es verdad?

C.— Hombre, ¿cómo me ha de contestar, ni siquiera oírme, una estatua?

R.— ¿Pero crees que podrás tenerla si hablas al hombre que representa la estatua?

C.— Pudiera tenerla si hablo con él, porque me oiría.

R.— Y la estatua, ¿no es la imagen del hombre?

C.— No hay duda.

R.— Pues lo propio te sucede con las imágenes de los que llamáis santos, de Cristo y de Dios mismo.
Por tanto, cuando quieras hablar con los que se dicen Santos, Jesucristo o Dios, tu Padre espiritual, deja todo lo material, lleva tu pensamiento al Sol y no dudes que serás contestado como sea tu merecimiento a las preguntas que hagas.

C.— Dime, hermano Pedro; puesto que según tú no existe la caridad material por mucho que practiquemos las obras de Misericordia, ¿querrías decirme cómo la practicáis vosotros? ¿o qué entendéis por caridad?

R.— Nosotros entendemos por caridad enseñar a todo ser inferior a nosotros, tanto libres como encarnados de dónde procede, por qué vino al destierro, qué debe practicar para salir de él y cómo ha de tomar el camino para poder llegar a la casa paterna.

C.— ¿Y no podríais ayudarles con vuestras oraciones?

R.— Es inútil, puesto que Dios es justo y cada uno ha de pagar sus propias deudas; lo único que podemos y hacemos es obligarlos a que no pierdan el tiempo, presentándolos al regentador cuando han dejado la materia.

C.— ¿Pero cómo es posible presentar a los espíritus que por propia voluntad dejan de hacerlo?

R.— Obrando el espíritu del mismo modo que el hombre con los criminales de la tierra, o sea, la Guardia civil y policía con los criminales.

C.— Hermano Pedro, por hoy queda satisfecho mi deseo de saber, ya continuaremos otro día; adiós.


Católico.— Hermano Pedro; una vez más vengo a molestarte con mis preguntas, porque es tanto lo que llaman mi atención algunos párrafos de tu protesta, el liberalismo es pecado, que nunca quedaré satisfecho por mucho que pregunte y te moleste, so pena de estar a tu lado siempre; dices que el Padre Nuestro que Cristo enseñó no es el que enseña la Iglesia, así como la primera Bienaventuranza; en tal caso, ¿cómo se atrevieron a adulterarlo?

Renegado.— El cómo se atrevieron, sólo pueden saberlo los compositores de la Biblia; nosotros sólo sabemos que está adulterada toda la moral que Cristo enseñó, como ya te lo vamos probando y nos disponemos a probar respondiendo a tu pregunta

C.— ¿Luego crees que los Evangelios no son los escritos por los Apóstoles?

R.— Los verdaderos escritos de los Apóstoles fueron recogidos por los que con el nombre de cristianos se unieron a los gentiles idólatras, y más tarde se llamaron católicos, y luego fueron encerrados o separados de los demás libros con el nombre de apócrifo, por Gelasio en el año 492. ¿Quién les dijo que eran apócrifos? Su animalidad, como dice Pablo en su Epístola, ya mencionada en anteriores conferencias; del mismo modo guardaron la verdadera filosofía natural por incomprensible a los hombres, puesto que ellos no la podían comprender por la misma causa; ¿cabe mayor orgullo en seres que pretenden representar a Dios en la tierra?

C.— Pero tú eres el demonio, ¿de dónde sacas tales datos?

R.— Mira, ¿puedes rechazarlos con todo tu catolicismo?

C.— No.

R.— Pues no olvides que si fuese demonio como acabas de decir, nada de cuantos datos ves hubieran llegado a mis manos; pero como el diablo siempre está dispuesto a descubrir los hechos del demonio, y yo dejé al segundo para seguir al primero, nos hicimos tan amigos, que cuando conviene no hay secretos ocultos para mí, por más que el demonio los oculte.

C.— ¿Luego tienes relaciones con el diablo?

R.— Sí; todos los que seguimos la ley del Cristo las tenemos, puesto que él es nuestro jefe en la tierra, y cuando llegamos a ser diablos pasamos al Sol a recibir órdenes del Jefe de todos los diablos universales, ángeles o como quieras llamarnos, pues allí no hay nombres.

C.— Vaya, tú te bromeas conmigo y siento haberte encontrado en tan mala disposición de atenderme; me retiraré y hasta otro día.

R.— No, no harás tal, y te suplico un poco de calma para recibir la paliza que te has ganado; digo, paliza espiritualmente. ¿Cuántas veces he de explicarte quién es el demonio y quién es el diablo? ¿No dice tu doctrina que el demonio es nuestro cuerpo con sus pasiones y malas inclinaciones? ¿No te he dicho varias veces que la ignorancia y malas acciones son hijas de la materia? ¿Cómo puedes comprender que el demonio presente luz alguna, cual según tu Iglesia la presenta el diablo, siquiera sea en su cuerno? ¿No te tengo dicho, además, que cuando estés hablando conmigo tengas tu pensamiento fijo en el Sol para saber si te engaño o no? ¿Por qué no cumples? ¿De qué sirve que un profesor enseñe a un discípulo, si éste no pone cuidado en aprender? ¡Ah, lloras cual los niños en cuanto el profesor los reprende! ¿Es que mi paliza te ha dolido?

C.— No, no es tu palo el que me ha hecho llorar, hermano mío, es el nivel que tengo ante mi vista que declara toda mi torpeza por no haber acudido adonde debía antes de dudar de ti; permite que me retire, pues comprendo no debía haberte molestado con mis preguntas insulsas; pero como cuando estoy solo no hallo desahogo a ellas, estaría a tu lado siempre; volveré.

R.— No, no te irás sin que te dé las explicaciones que me has pedido y me prometas venir siempre que, como hoy, te ocurra pedirlas, y para ello volvamos al principio de nuestra narración; ¿cuál es?

C.— Porque dices que el Padre Nuestro y la primera Bienaventuranza que enseña la Iglesia no son cual el Cristo enseñó.

R.— Está bien, voy a contestarte, aunque ya en la misma revelación queda contestado brevemente; pero antes te suplico me contestes tú a una pregunta: ¿En qué concepto tiene tu Iglesia al Cristo, en el de sabio o el de ignorante?

C.— ¡Hombre! en el de gran filósofo, cual ningún hombre en la tierra le puede igualar, y tanto es así, que lo ha hecho Dios mismo.

R.— Muy bien; pues procura no perder una sola palabra de cuantas te vaya refiriendo y cotéjalas con ese nivel de lo justo que te presenta ese que no sabes que nombre darle, y cuando veas que el nivel sale de su centro justo es que no te digo verdad.

Habiendo sido recogidos los verdaderos escritos de los Apóstoles como testigos oculares de Jesús y únicos que podían desplegar toda su luz, sólo nos quedó libre para poder leer la Biblia, compuesta a gusto y manera de sus compositores; nada con la justicia que el caso requiere, como pronto lo vamos a probar.

1º. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Consideremos; los espíritus son pobres o ricos, según el cumplimiento que hicieron de la Ley divina; los que cumplieron adquirieron luz brillante y gran ligereza, porque todos cuantos despreciaron lo material les sirvió de dos ventajas: la una que, como pesada, siempre tendía a lo terreno, y la otra que, como opaca (más vulgar, oscura), ocultaba la luz brillante del alma, y puede con la celeridad del pensamiento transportarse adonde haya alcanzado por su cumplimiento.

Inversamente sucede al pobre por holgazanería; cargado de la materia primitiva de que fue creado, es traído a la tierra, y de ella no puede salir mientras no deje la carga mencionada, porque el propio peso le detiene; su obscuridad le prohíbe ver y comprender el camino por donde debe marchar, así como a su alma de comprender su verdadero estado; luego ¿a quién consideras tú más apto para poder atravesar la atmósfera que circunda a la tierra, al pobre o al rico?

C.— Al rico.

R.— Hay más; ¿puedes tú creer que la justicia divina premie al que no cumple la Ley?

C.— No sería tal justicia si así obrase.

R.— Y aún suponiendo que tal fuere, ¿qué destino da Dios a los que cumplen su Ley?

C.— Lo ignoro.

R.— Mas comprenderás por los atributos que le concedemos, debe dar alguno.

C.— Sí, irremisiblemente.

R.— ¿Puedes comprender que el Cristo dejara de saber en qué consiste la riqueza y pobreza de espíritu?

C.— Como filósofo en grado sumo debía saberlo; y, además, algunos de los Apóstoles dicen que los justos resplandecen como el Sol.

R.— Pues fácil comprenderás, que sea por ignorancia o por malicia, fue escrita la palabra pobres, en vez de la de ricos; y conste que el Cristo dijo: "Bienaventurados los ricos de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos." Del mismo modo que habiendo dicho en la octava: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la injusticia," se escribió en la Biblia, "por causa de la justicia;" ya ves que sólo en esta poca cosa declaran los autores bíblicos al Cristo el hombre más ignorante en la Ley y Justicia divina, después de haberle hecho tan sabio e infalible como el mismo Dios. ¿Tienes algo que rechazar?

C.— Nada por el momento.

R.— Pues pasemos al Padre nuestro, y observa con toda atención lo que dice el Evangelio:
"Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre;
"Venga tu reino, sea hecha tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra;
"Danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;
"Y no nos metas en tentación, mas líbranos de mal, porque tuyo es el reino, y la gloria, y la potencia, por todos los siglos. Amén."

Esto dice el Evangelio al pie de la letra; y si esto fuera cierto, diríamos con verdad, que el Cristo, además de ser el mayor de los ignorantes en filosofía y teología natural, fue el menos conocedor de los atributos divinos, de la creación del ser humano y de la verdadera justicia; porque como filósofo y teólogo natural, sabía que somos desterrados, y como a tales, no nos corresponde que el reino de Dios venga a ser igual al destierro, y sí aspiramos a salir de aquí para volver allí. El sabía que Dios es amor y bondad infinita; mas también sabía que es justicia. ¿Por qué, pues, pedirle diariamente el pan que hemos de comer? ¿Dónde está su bondad que no nos lo da sin pedirlo, si es que lo merecemos? Y si no lo dio por no merecerlo y no pedirlo, ¿lo dará por mucho que se le pida?

C.— Pedid y se os dará, dice el Evangelio.

R.— Precisamente se está tratando de eso; ¿pero qué es lo que podemos o debemos pedir a un ser sabio, todo bondad y justicia, con la palabra?

C.— Yo creo que un hijo tiene derecho de pedir a su Padre muchas cosas, y sobre todo, siendo todo amor y bondad como lo es.

R.— Cierto; un hijo tiene todos esos derechos, mas también al Padre, que todo es justicia, le está prohibido salir de su nivel, y por lo tanto, para que el hijo pueda recibir los favores que desea, no los ha de pedir con la palabra, mas sí con sus obras hacia sus semejantes, y entonces será atendido con todo el rigor de justicia por lo que ganó con sus actos, como desatendido ha sido antes, por el mismo rigor de justicia, por las palabras sin buenas obras; y si esto no te satisface, diga Caracol algo de lo mucho que dijeron los grandes teólogos de la Iglesia. (Diccionario Apostólico, por el M. R. P. Fr. Jacinto Montarcon Caracol).

Santo Tomás dice: "Que cuando pidamos a Dios, no le pidamos más que cosas de su justicia."

Según San Agustín, podemos orar y pedir a Dios; pero es menester que antes tengamos un deseo sincero de dejar el pecado; pues de otro modo la oración es irrisoria; y luego, aludiendo a San Pablo, añade: "¡Ay, Dios mío! ¡Vuestro pueblo no pensaría jamás llegar por medio de la oración, si las necesidades temporales no les llevaran a los pies de vuestros altares! Mas no sabéis lo que pedís, cargáis al altar de votos y fatigáis al cielo, ¿por qué? por conseguir un pleito, por la cura de una enfermedad, etc., etc. Mas no conocéis vuestras necesidades esenciales; pero ¿cómo es esto? (se refiere al Cristo). ¿Podéis reprimir vuestro orgullo en la elevación? ¿Podéis moderar vuestros deleites en la opulencia? ¿Podéis sosteneros contra las dádivas que producen vanidad, contra las burlas del mundo que irritan y contra el respeto humano que acobarda? ¿Podréis hacerlo? Pues este poder es el que debéis pedir a Dios con preferencia a todo lo demás."

Mas también halló que invocando a los Santos se deshonra a Dios, pues se pone en el hombre una confianza que sólo debe ser en Dios.

Dice San Agustín, que para orar dignamente es necesario que aquel que ora esté en una situación que pueda ser escuchado; es indispensable que el que ora pida cosa que por su naturaleza pueda ser concedida por un Dios de bondad y justicia.

Dice San Juan Crisóstomo, que la Cananea adoraba a Dios en espíritu y verdad, porque se hallaba con las disposiciones de un corazón dócil a los preceptos de la Ley.

Dice San Juan Damaceno, que orar es pedir a Dios cosas correspondientes a su grandeza.

Vosotros pedís, por ejemplo, el suceso de una empresa; ¿qué oráculo habéis consultado? ¿Es la conciencia o la codicia la que ha decidido que solicitéis un empleo lucrativo o un cargo opulento? Pedís la elevación de vuestra familia; ¿pero habéis examinado delante de Dios si es en detrimento de otra familia, tanto o más honrada, a la que era preciso suplantar para elevaros, y de la que se trata de sacrificar en mérito a vuestra ambición? ¿Qué intentáis hacer? ¿Oráis al Señor o le insultáis? ¿No tenéis vergüenza de presumir que un Dios Sabio, un Dios Justo, un Dios Santo, haya empeñado su palabra para la ejecución de tales proyectos?

Dice el padre Sagais: Pues que habiendo venido el Salvador a enseñarnos a orar de este modo, Aquél que de siete peticiones que nos prescribió no pone más que una para las necesidades del cuerpo y todas las demás para las necesidades del alma.

Jacob dice, que debemos pedir, no los bienes temporales, mas sí los espirituales; no los bienes del cuerpo, pero sí los bienes del alma.

Dice San Daniel, que la oración ha de ser una elevación de nuestro espíritu a Dios, y nosotros oramos sin elección, por costumbre, por hábito, y que en nosotros sólo ora la boca, y que cuando pedimos a Dios que nos escuche, ni menos nos escuchamos a nosotros mismos.

En la página 392, dice San Juan Crisóstomo, que Dios es puro espíritu, y por consiguiente su culto ha de ser espiritual.

Dice el profeta Oseas, que el rico, cuando arrodillado en nuestros templos a los pies de los altares parece que adora a Dios, sucede, por lo común, que sólo adora a su oro; esto hizo decir a San Pablo, que cualquiera que da su corazón a sus riquezas, no está menos excluido del reino de Dios, que el que da incienso a los ídolos.

Dice Caracol: "Si no os bastan estas citas, esperad un momento y os traeré otras muchas de otros muchos autores teólogos y grandes sabios, incluso Teresa de Jesús, que están conformes con ellas."

C.— Basta, y dispénsame que me avergüence de haberme presentado en varias partes donde recibí la adulación de muchos ignorantes que me dieron el dictado de sabio. Comprendo la mucha razón de San Pablo al tratar a los hombres de animales, porque sólo la animalidad puede ser la causa de la no comprensión filosófica, cual en poco tiempo he llegado a ver, siquiera ligeramente, con vuestra ayuda.

R.— Pues bien; ¿el Cristo sabía que el espíritu es formado de materia etérea y dotado de esencia divina? Siendo sabio debía saberlo, y no pudo decir que no nos deje caer en tentación, ni nos libre de todo mal; porque en ello pedía que Dios no fuese inmutable, puesto también sabía que tenemos libre albedrío para obrar el bien y el mal; que es el que nos hace responsables de nuestros actos en el cumplimiento de la Ley. Si lo dijo, no fue sabio ni filósofo, y mucho menos teólogo. Conque, ¿qué te parece a ti? ¿Faltaría el Cristo a su saber intelectual, o los compositores de la Biblia con su maldad?

C.— Hermano Pedro, no puedo contestar a tu pregunta otra cosa, que, constantemente he tenido mi vista fija en el nivel que al empezar pusieron ante mi vista, y no he podido ver que saliera de su centro por un solo momento; mas... ¿qué veo? ¡Santo cielo! Me dan un papel que dice: ¡Justicia a los malvados! Premio a los justos reclama... la Custodia... velada; deja que la adore de rodillas cual en otro tiempo.

R.— Basta, hermano mío; eleva tu pensamiento al Sol y adorarás en verdad, si cumples la Ley que el Cristo te recomendó en el Evangelio; pues si los compositores tuvieron razones como tentación del demonio, también el diablo los trabajó para que ellos mismos fueran descubiertos; por eso se les presenta en forma de Custodia varias veces, como lo estás viendo; mas eleva tu pensamiento al Padre y pide, como acto de instrucción, si en justicia cabe que esa forma se ponga en estado legal de su naturaleza.

C.— (Arrodillándose). Basta, hermano Pedro; no puedo resistir estas impresiones en mi ser.

R.— ¿Pero qué te pasa, puedo saberlo?

C.— Basta, no puedo más por el momento; me dicen que calle, puesto tú lo comprendes mejor que yo, y que sois...

R.— Hermano, el amor y caridad sin obras no existe; ¿por qué te retraes de hablar lo que ves?

C.— Porque me causa vergüenza lo que veo y que tantas veces he manejado entre mis manos como si fuera un objeto cualquiera para mi conciencia, mientras a otros les hacía ver lo que en realidad es en estos momentos.

R.— Dispensa, hermano, que lo que en estos momentos estás viendo, nunca ni a ninguno de tu clase se llegó a manifestar, porque teníais prohibido por juramento conocerlo, y por lo tanto, él mismo se guardó de obligaros a faltar a él hasta el presente; mas pronto será visible, y algunos de los que de buena fe quieren imitarlo tendrán ocasión de manifestarlo, tan claro como fue y es, puesto que el tiempo es llegado de pasar a ocupar su puesto de ascenso y desea antes dar testimonio de lo que fue y de lo que es.

C.— Cierto; por mi parte es por primera vez que lo veo como hombre y como Sol; mas eso no quita que como tal fuese adorado, puesto que Pablo y Mateo lo enseñan, y que cuando la escolástica enseña la adoración y consagración de la Custodia, algo se explica para el que puede comprender. ¡Y cuántas faltas de gravedad se cometen por ignorancia! Seguro estoy que si muchos supieran lo que hacen dejarían de hacerlo, aunque para mantener el cuerpo les fuera preciso trabajar duramente.

R.— Pues bien; de la misma manera que se ha presentado a tu personalidad para darte a comprender los errores que venías cometiendo con tus humillaciones ridículas, se presenta cuando es llamado para dar instrucciones a la humanidad, cuando se hace por caridad; mas volvamos al Padre nuestro, para que puedas comparar y comprender si hubo ignorancia por uno o malicia por otros.

"Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; llévanos a tu reino, y hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra; mas perdona nuestras deudas, como perdonemos a nuestros deudores."

Estas fueron las palabras del Cristo, y desafío a todos los compositores bíblicos, por más filósofos y teólogos que sean, a que me prueben lo contrario, si piensan sostener que Jesús, llamado el Cristo, fue tan filósofo y teólogo natural como lo han sostenido, y yo lo reconozco.

C.— No esperes contestación de los hombres a tal desafío; no hay ninguno capaz de aceptarlo, por temor de perder su amor propio de sabios, y como la luz que presentas es tan clara, les anonada tanto... como a mí me anonadó varias veces antes de hallarte por primera vez.

R.— En resumen: ¿quedas conforme con mis contestaciones a tus preguntas?

C.— Para no quedar satisfecho era preciso que mi inteligencia fuera tan pobre, como los más pobres espíritus que me han hablado e imposibilitado de salir del radio terráqueo; y por cierto, que con las pruebas que he recibido comprendo no estar en tal caso.

R.— ¿Tienes algo más que preguntar por el momento?

C.— No, por hoy basta; volveré si me lo permites, por más que me pegues palos, cual hoy lo has hecho, puesto que de ellos resultan, luego de recibirlos, tan agradables sorpresas. Gracias por todo, y hasta otro día.


Católico.— Hermano Pedro, ya me tienes a tu lado abusando, tal vez, de tu paciencia; pero yo no puedo pasar sin hacerte preguntas que me ocurren respecto a tus dichos y escritos que no puedo comprender, por más que, a tu estilo, me hayas de pegar alguna paliza.

Renegado.— ¿Luego crees que la mereces?

C.— Hombre, todos pecamos, y como tú tienes la moda de no perdonar nada, es menester prevenirse antes de hablar contigo, para recibir el pago que acostumbras a dar a los que como yo no se fijan en faltas que cometemos por ignorancia.

R.— ¿Desde cuándo es moda no ser justicieros los hombres?

C.— Hombre, he dicho la moda, por lo mucho que me tenían acostumbrado a la adulación toda clase de hombres; y que tú no la usas, al menos desde que te conozco; luego para mí es una moda que hallo de no perdonar las faltas que cometo, en vez de adularlas, como los demás lo acostumbran en general.

R.— La hipocresía y la adulación es propia de los hombres de la tierra, como impropia de los espíritus hombres que no pertenecen a ella, y sino observa bien por ti mismo, di en público de qué tratamos en nuestras conferencias, y verás que pronto tus numerosos amigos huyen de tu lado y la mayoría de ellos se tornarán en enemigos acérrimos que te rebajarán más, mucho más, que lo que te ensalzaron; mientras que los míos, cuantas más verdades descubra en la tierra, más y más me ensalzan fuera de ella.

C.— En cuanto a mí has dicho gran verdad; pero en cuanto a ti, es lo que ignoro como puedes saberlo; y a propósito: ¿quieres explicarme por qué hablas con tanta seguridad?

R.— Porque tengo mis razones para ello, como tú las tienes para decir que he dicho gran verdad en cuanto a tus amigos.

C.— ¿Luego tú sabes lo que tus amigos espíritus te preparan para cuando dejes la tierra?

R.— Sí, y antes también, como lo demuestro en mi última Locura.

C.— No la he visto; pero dejándola para otra ocasión, desearía me contestases a las preguntas que pensaba hacerte en esta entrevista.

R.— Di, ¿qué deseas saber?

C.— Primera: ¿Con qué medios cuentas para asegurar cuanto dices de fuera de la tierra y de su centro?

R.— Creo que ya lo tengo manifestado varias veces, que no soy otra cosa que un intérprete entre los Ángeles Guardianes, regentadores y otros, y los hombres de la tierra para descubrir lo que otros hombres e intérpretes taparon y aclarar lo que enturbiaron.

C.— Pero eso no me satisface, puesto que tú dices que la verdad sólo la hallas en el centro Solar, donde está el exacto nivel.

R.— Pues bien, escucha con atención y procura que no te engañe, porque la vanidad pudiera llevarme más allá de lo justo; pero tú ya sabes cómo lo conocerás, ¿no es verdad?

Católico.— Sí; gracias a tu paliza, lo tengo presente.

Renegado.— Me alegro, y voy a darte una relación abreviada; puesto que extensamente tengo dado varias. Si bien en principio mis instructores y profesores se dedicaron a instruirme teóricamente en las cosas de la naturaleza por medio del lenguaje espiritual y la filosofía, tan pronto llegó el maestro empezó la teología en práctica, por medio de la cual me convencía de que mis teóricos me habían enseñado en justicia, puesto que entonces veía mi alma, inteligencia o como quiera llamarse, cuanto antes había oído y comprendido estando en el cuerpo material.

C.— ¿Pero esas videncias las harías en lo que llamamos sueños?

R.— No; en cuanto a los sueños poco crédito di nunca, porque los recuerdos que quedan a la materia en tales casos lo mismo pueden ocurrir con su propio espíritu que con ignorantes juguetones cuando el propio la deja en descanso. Mis excursiones eran y son cuando estando la materia despierta y despreocupada de toda ocupación material que la impida extasiarse en las regiones celestes, queda grabado todo cuanto el alma vio y comprendió en la lámina intelectual dispuesta a declararlo, cual si tuviera el hombre un libro abierto en la mano.

C.— ¿El espíritu recibe grandes impresiones cuando halla maravillas celestes?

R.— En general no se sensaciona con las celestes, mas sí con las cosas que pertenecen a la tierra; hablo por mis experimentos, sin que esto quiera decir que a todos suceda lo propio.

C.— ¿Luego al espíritu cuando ha atravesado la atmósfera no le causa sensación de alegría el dejar el destierro?

R.— Sí; pero no es la alegría loca de la tierra; es la alegría satisfactoria moderada incomprensible para los hombres de acá.

C.— ¿Y cuando llegan al Sol?

R.— Menos todavía; porque debes saber que cuando más purificada se halla el alma de la inmundicia material, menos altera su formalidad moral, y los que llegan allí han de estar curados de toda vanidad y orgullo.

C.— ¿Quieres o puedes decirme algo de lo que allí ocurre, sobre todo a la primera llegada?

R.— Te hablaré por experiencia. Después de cuatro años que llevaba estudiando y recorriendo el espacio, en mis ratos de descanso, y sabiendo que en el sol sólo entraban espíritus superiores, llegué por fin a las puertas, donde todo me pareció a nuestro estilo, pues allí había un portero, que me recibió con todo cariño, enseñándome un bastón de autoridad; una guardia de honor formada en dos filas con alabardas en la mano, que según fui pasando saludaban; mas al final del corredor por donde pasé hallé una verja muy fuerte y poderosa que me detuvo; pero en el mismo instante oí una voz que dijo: "amárralo", y aún no había concluido el mandato, cuando me sentí sujeto de pies y manos, cual puede suceder a los hombres presos, y que hasta la materia participó de alguna sensación. En el mismo instante oí la misma voz que dijo: "introdúcelo", y en el mismo momento se abrió la verja, me penetraron por ella y quedaron rotas las ligaduras, quedándome yo en los brazos de otro ser de la propia figura que los hombres, el cual me trató por un momento como los hombres cariñosos acostumbramos tratar a nuestros hijos pequeñuelos, entregándome a otro ser que, aunque con la misma figura, era inferior al primero, el que me condujo de la mano y me sentó en una silla al lado izquierdo de la suya, y me dijo: "Este es tu asiento al lado del Padre, ocúpalo cuando sea tu voluntad", y dándome un abrazo me despidió, y yo volví a ocupar mi materia de hombre; entonces la materia se emocionó con el recuerdo de lo pasado, mas el alma se tranquilizó por haber hallado lo que tanto anhelaba. Desde aquel momento muchos son los viajes que constantemente hacemos allá tanto solos cuanto acompañados de algunos de nuestros hermanos que han conseguido llegar estando en materia como yo por haberse estacionado para cumplir altos fines, y que como yo recuerdan los sucesos; mas después de habernos acompañado varias veces para ver el Gran Jardín (=2=) donde se hallan todos los gérmenes vitales para la procreación de la Naturaleza y para que pudiéramos dar fe a los hombres se nos condujo (en el mes de Marzo último) a un departamento donde se hallan grandes montañas, y tomando el que nos acompañaba un artefacto figura de un inmenso machete, dio un tajo en una punta de la montaña separándose un gran trozo, que en el momento quedó en el aire evolucionando con velocidad inmensa.

En el mes de Octubre último el mismo ser me volvió a acompañar y a mi presencia mandó que parase la evolución, y saliendo del radio solar a una gran distancia se extendió cual una sábana para recibir en su seno un desprendimiento de otro mundo, que quedó envuelto y encerrado en la tal envoltura, pero evolucionando como si nada hubiera recogido; entonces me dijo mi acompañante: "Ya tenemos un mundo más, vete y da fe a los hombres de la tierra, que para eso lo has visto."

C.— Todo eso es maravilloso, pero has dicho que algún otro encarnado en la tierra te acompaña en tus excursiones al sol; ¿luego tú no vinistes elegido sólo para cumplir la promesa que hicistes a tu maestro?

R.— Creo haber manifestado varias veces y sobre todo en mi segunda revelación, que otros muchos antes que yo trajeron la misma misión, pero por haber desfallecido aquéllos me toca en suerte por verdaderos exámenes. Algún otro espíritu me seguía por simpatía; nos hallamos en nuestro camino material o personal y se propuso acompañarme; lo pidió y le fue concedido por la suprema justicia y mi voluntad, el cual fue sentado junto a mi en mi propio asiento, y desde aquel momento quedamos convertidos en uno solo, o sea una sola voluntad y una sola obligación que cumplir.

C.— ¿Y os conocéis en materia?

R.— Perfectamente nos conocemos y nos amamos, no con el amor que conocen los hombres, sino con el amor universal; por eso nos hallamos siempre que el uno o el otro nos proponemos ejercer los atributos y ley divina.

C.— ¿Luego los que llamáis elegidos pueden serlo siendo hombres?

R.— No lo dudes; las puertas del Creador se abren para todos los hijos cuando a ellas quieren llegar, y según sus deseos de trabajar y lo que en ley justa les cabe, toman cargos en beneficio de sus semejantes hasta con preferencia de los espíritus libres.

C.— En el centro solar y en otros mundos ¿se conocen unos espíritus a otros por lo que fueron parientes?

R.— Cuando como estudio se visitan esos lugares, se presentan tal como fueron para que se reconozcan; en las visitas ordinarias se presentan tal como son, soles o niveles, y sobre todo en el centro solar.

C.— Siendo soles o niveles ¿cómo podéis entenderos con ellos?

R.— Perfectamente; con sólo pensar una pregunta ya está la contestación, como tener el más leve deseo para que sea satisfecho.

C.— Según tú ¿tendréis deseos de quedaros allí algunas veces?

R.— Son varias, pero la materia nos reclama a menudo por medio del hilo fluídico que nos une a ella y es justo obedecerla.

C.— ¿Cómo verifican allí las almas su nacimiento o en otro estilo la toma de posesión del mundo en que han de habitar?

R.— Al contrario de aquí; cuando llegan llevan la envoltura espiritual que trajeron aquí a su venida para asimilar las materias corpóreas o formas de hombres que reciben del varón y la hembra; al llegar allí se quedan dormidas y las cubre una pelusa, que sólo puede compararse con la que cubre al melocotón cuando está en la planta; mas al despertar rompen la envoltura que llevaron de aquí, lo propio que el pollo rompe la cáscara del huevo, y se quedan con otra envoltura más delgada y más etérea, que es la que se adapta al mundo fluídico que van a habitar, y esto sucede en todos según su materialización.

C.— ¿Les quedan recuerdos de aquí cuando despiertan?

R.— No al pronto; pero lo van recordando según va desapareciendo la turbación que les causó el sueño, y los que desean enterarse con más perfección acuden al libro universal donde todo se halla a la vista de todos, así como al colegio para el desarrollo intelectual y comprensión de la filosofía universal, así como los medios que han de poner en ejecución para comprenderla.

C.— ¿Luego también allí hay colegios como aquí?

R.— Te hablo con palabras materiales para que me puedas comprender, no porque allí los nombres existan, y digo contigo en el lenguaje de los hombres porque con ellos hablo, mas con tu vitalidad o alma uso el propio que nos pertenece, el universal, con el pensamiento, sin palabras, y nos comprende muy bien porque la materia no la estorba, y se instruye en un estudio que la materia desconoce por la repugnancia que le causa; pero debes saber que en todos los mundos hay seres más elevados unos que otros, y como los más elevados tienen más conocimientos filosóficos y teológicos naturales que los menos cumplen la ley de caridad enseñando a los de menos elevación; puedes llamar a los lugares donde se reúnen colegios o como mejor parezca a tu inteligencia.

Católico.— ¿Por qué pasan los seres al centro de la tierra?

Renegado.— Por incorregibles en la costra; por no haber cumplido en ella la Ley, que dice: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti.

C.— ¿Y allí la cumplirán?

R.— Forzosamente, puesto no saldrán de allí sin haberse desmaterializado en su mayor parte.

C.— ¿La encarnación, allí es como aquí?

R.— No, puesto que no se conoce el sexo.

C.— ¿Es como en los demás mundos?

R.— Tampoco, puesto que el clima es distinto a todos los demás; y por esta causa puedes comparar la encarnación de los seres humanos allí, como la de ciertos animales anfibios aquí; cuando llega queda dormido en terrenos fangosos, con la propia envoltura que llevó; se queda dormido, y, al despertar, está ligado a la materia pesada que le ha de sujetar allí.

C.— ¿Pero qué razones me das para que yo pueda convencerme de que cuanto me dices es verdad?

R.— Como razones, puedo darte la de que te hablo por haberlo visto y verlo.

C.— ¿Luego también os transportáis al centro de la tierra, como lo has relatado al Sol?

R.— De la misma manera, aunque con menos placer por lo mucho que sufre nuestra alma al ver tanto desgraciado; aunque más sufrió en principio porque no estaba tan acostumbrada a la inmutabilidad.

C.— ¿Cómo es que tú hallas en el centro de la tierra tanta humedad, y los antiguos teólogos hallaron fuego?

R.— Yo hallo frío y humedad; si otros hallaron fuego, pudo ser causa de que no todos vemos las cosas con los mismos ojos.

C.— Pero es el caso, que con tales diferencias en las explicaciones no sabemos a quién debemos creer.

R.— Hermano mío, cuando el niño va a la escuela sin conocer una sola letra, nada extraña al maestro que no sepa la lección que diariamente le señala; mas cuando aprendió a leer y se empeña en que no conoce o no sabe pronunciar un vocablo, ya es cosa distinta y lo corrige por su obcecación, terquedad, etc., y en el caso actual debo tratarte, por lo menos, como a tal niño. ¿No sabes adónde debes acudir para descifrar o saber si yo te engaño o no? ¿Cuántas veces te diré adónde debes acudir? ¿Qué encargo te hice cuando empezamos esta entrevista? ¿No sabes que cuando hablamos de estas cosas, sólo has de tener para mí el oído, y el pensamiento en otra parte?

C.— Cierto; esta mala costumbre mía de discutir con los hombres las cosas apasionadamente sin mirar el asunto ni el valor que cada cual tiene, me extravía de lo esencial, que es lo que en realidad cabe en este asunto; perdóname, que te prometo enmendarme en el asunto que nuevamente volvamos a tratar. Basta por hoy, pues comprendo mi distracción. Adiós.


Católico.— Hermano Pedro, vengo a cumplir mi palabra de que nos volveríamos a ver, y al propio tiempo que te doy las gracias por el consuelo que mi alma ha recibido, a suplicarte que me permitas venir, siempre que no te sea molesto, a conferencias contigo, pues mi alma necesita alimentarse, y sólo tú eres capaz de darle los que ella necesita. ¿Me concederás tal favor?

Renegado.— Si no te lo concediera faltaría al más sagrado de mis deberes, y comprenderás que quiero cumplir; pero no será para que tu alma se alimente de mi pan tan sólo, sino para enseñarle a que busque otros manjares más adecuados a su estado de debilidad, en seres más inteligentes que yo, y que son encargados del caso.

C.— Creo que por el momento no debo separarme del camino que tú me traces, y lo creo doblemente, pues que así me lo ha indicado un ser que no conozco, pero que su brillantez me satisface y su nivel también.

R.— Espera que consulte... Bien, quedamos conformes; puedes disponer de cuanto poseo, en los momentos que los trabajos materiales lo permitan, en donde quiera que nos hallemos; procura por de pronto enterarte del corto escrito que está en tu poder, que, después del cumplimiento de la Ley, es el mejor camino que puedes andar, y todo aquello que no alcance a tu comprensión, pregunta o pídeme ayuda.

C.— No comprendo bien la frase de: pregunta o pídeme ayuda. ¿Son dos o es una sola?

R.— No dudes que son dos, mas si no las comprendes, te las explicaré: Nosotros preguntamos a nuestros superiores cuando queremos saber las cosas que ignoramos respecto del alma, y recibimos contestación por el mismo conducto que hacemos la pregunta; mas también pedimos ayuda en varios casos, como, por ejemplo, cuando obramos caridad o pretendemos llevar alguna buena obra a feliz término, porque nos consideramos débiles para el caso mientras en la materia nos hallemos encerrados.

C.— Bien; pero vosotros os comprendéis porque ya estáis prácticos, tanto en el lenguaje como en la manera de llamaros; mas a mí me es indispensable verte para poderte hablar y comprender.

R.— Para las cosas del alma nos comprendemos sin vernos ni tocarnos, siempre que cuando quieras llamarme para tal fin me busques en el centro Solar.

C.— Pero si estás en la tierra, ¿por qué te he de buscar allí?

R.— Porque sólo por aquel conducto te contestaré; puesto si me llamas por otro no puedo oírte, porque sólo por allí tengo teléfono.

C.— Me admira tanto cuanto te estoy oyendo, que, aunque me llames impertinente, te he de preguntar: ¿es posible que en el Sol haya teléfonos?

R.— Todos, al ser creados y separados de aquel centro a recorrer la pluralidad, dejamos allí un hilo que, como fluídico, nos sigue a todas partes para podernos comunicar con nuestro Creador. ¿Qué nombre le daremos para que me puedas comprender, puesto que allí no hay nombres en las cosas, porque no se necesitan?

C.— Tienes razón; llamémosle teléfono; pero ¿es posible que tú me comprendas estando aquí encarnado y me contestes a las preguntas que te haga con respecto a las cosas del alma?

R.— Sólo a tales preguntas te contestaré en justicia; mas si me las haces materiales saldrás engañado casi siempre; pero, no obstante, no está de más que materialmente tengamos algunas conferencias para que te vayas instruyendo; y pues que yo puedo disponer de corto tiempo, por mis ocupaciones materiales, te presentaré a otro hermano que dispone de más tiempo, y espero os comprenderéis provisionalmente.

C.— Como creas más conveniente, siempre que el sujeto se halle en actitud de poderme instruir. ¿Quieres decirme su nombre?.

R.— Lo conocerás con el de Caracol.

C.— ¡Nombre extraño!

R.— ¿Qué te importan los nombres? y, sobre todo, es el que le pertenece por su paso tardo, pero seguro.

C.— ¿Podré hacerle tantas preguntas como a ti?

R.— Sí, y seguro que te contestará en justicia, según su comprensión, reservando la contestación en aquello que no esté en la certeza segura.

C.— Pues me veo en la necesidad de hacer varias, porque a pesar de que en nuestras conferencias me has dado pruebas convincentes de todo, la confesión y la reencarnación me preocupan en demasía, de que en tantos siglos que han transcurrido de cristianismo no se haya declarado el segundo y prohibido el primero por absurdos.

R.— No estás en lo cierto, como dentro de poco te lo probará Caracol con datos históricos e irrecusables.

Caracol y Católico sabio

Caracol.— ¿De qué queréis que tratemos primero?

Católico.— Del perdón de los pecados.

Caracol.— Mateo, en cap. 12, v. 31, dice: "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada a los hombres." Epístola de Pablo a los romanos, cap. 8, v. 32: "El que aún a su propio hijo no perdonó, antes lo entregó por todos nosotros;" y en el cap. 11, v. 21 de la misma: "Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco no perdona." En el cap. 14, v. 12, dice: "De manera que cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí." Cap. 2, v. 11: "Porque no hay acepción de personas para con Dios."

Deuteronomio, cap. 24, v. 16: "Que los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por sus pecados."

El Diccionario Apostólico, compuesto por el M.R.P. Fray Jacinto Montarcón, tomo 14, en su pág. 52, dice así: "¡Qué extraño espectáculo, exclama un padre de la Iglesia, parafraseando el Evangelio de la Cananea (San Agustín), el poder del cielo cede al poder de una mujer! ¿Un Dios, si me es permitido decirlo así, se muestra débil hasta dejarse vencer por la fuerza del hombre, y el hombre se hace fuerte hasta poder vencer la omnipotencia de un Dios? ¡Yo no puedo volver en mí de mi asombro! Y añade: ¡Una criatura desarmar a su Criador!" En la 619 y 620: "Pero ¿qué quiere darnos a comprender Jesucristo cuando le dice a una mujer pecadora: Tus pecados te son redimidos? San Cirilo creyó que, efectivamente, él tenía poder para perdonarlos. ¿Pero qué entendió Jesús, cuando hablándole de esto al Fariseo, le dijo: Que se le habían perdonado muchos pecados porque ella había amado mucho?

Todos los que estaban presentes se admiraron cuando oyeron a Jesucristo declararle a aquella mujer la remisión de sus pecados; porque ellos sabían muy bien, dice San Agustín, que el hombre no tiene tal poder, y por eso dice Jesús: Mujer, tu fe te ha salvado, tu cumplimiento a la Ley; y añade: al que poco se le perdona, poco ama, poco amó. (=3=)

Ahora bien; si no hay perdón de pecados, como lo prueba lo expuesto, ¿para qué confesores que los perdonen?

Pero veamos lo que dice Pablo a los romanos en su cap. 2, v. 6: "Que cada uno pagará según sus obras;" y Marcos, 4 - 24, dice: "Mirar lo que oís: Con la medida que medís os medirán otros, y será añadido a vosotros los que oís."

Con lo que queda demostrado, que los pecados son todo lo malo que hacemos a nuestros semejantes, y el perdón consiste en todo lo bueno que hagamos a los mismos, superando a lo malo. Todo es obra de nosotros mismos; mas téngase en cuenta que hablamos de pecados espirituales, y para comprenderlo, téngase presente también lo que dice Pablo a los Corintios, en su Epístola 1ª, cap. 2, v. 14: "El hombre animal (materializado) no percibe las cosas que son del espíritu de Dios, porque le son locura y no las pueden entender, porque se han de examinar espiritualmente." Además, que en el Padre nuestro que enseña Roma, dice: que el Padre nos perdone como nosotros perdonemos, con lo cual pedimos la exacta justicia.

Caracol.— Pablo en su 1ª a Corintios, cap. 15 vers. 3 y siguientes dice: que por qué primeramente os enseñé lo que así mismo recibí; que Cristo fue muerto por nuestros pecados conforme a las escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día; que apareció a Caifás y después a los doce; después apareció a más de quinientos hermanos juntos y después a más de mil, y el postrero de todos apareció a mí. Y si Cristo es predicado que resucitó de los muertos ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? porque si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación; vana es también vuestra fe. Y aún somos llamados falsos testigos de Dios, porque hemos testificado de Dios que Él haya levantado al Cristo, al cual no levantó, si en verdad los muertos no resucitan; porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Mas ahora, Cristo ha resucitado de los muertos; primicia de los que durmieron fue hecha por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos; ¿de otro modo qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos que mañana moriremos; mas dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica si no muere antes; cuerpos hay celestiales y cuerpos hay terrenales; uno es la gloria de los celestiales y otro es la gloria de los terrenales. Así también es la resurrección de los muertos; se siembra en corrupción, se levantará en incorrupción; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual; todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados; los muertos serán levantados sin corrupción y nosotros seremos transformados.

2ª de Pablo a Corintios, Cap. 3º., versículo 18 dice: Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza como el Espíritu del Señor. El Evangelio de Juan, Cap. 3º., vers. 3: Y respondió Jesús a Nicodemus; y díjole: De cierto te digo, que el que no naciere otra vez no puede entrar en el reino de Dios; 76: lo que es nacido de carne, carne es; y lo que es nacido de espíritu, espíritu es; 29: y los que hicieron bien saldrán a reencarnación de vida; mas los que hicieron mal a reencarnación de condenación.

Capítulo 10 verº. 17: Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar; y verº. 18: Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo, porque tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este Mandamiento recibí de mi Padre.

Pablo a Romanos, capítulo 6, verº. 5: Porque si fuimos plantados juntos en él a semejanza de muerte, así también lo seremos a la de su reencarnación.

Pablo 1ª. a Tesalonicenses, capº. 4, verº. 14: Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Él a los que durmieron en Jesús.

Juan 3--7: No te maravilles de que te diga, si es necesario volver a nacer otra vez.

En la filosofía griega, escrita por Ricardo Beltrán, hallamos que nuestras almas son seres caídos del Cielo en la envoltura del cuerpo a consecuencia de un gran crimen; pero el castigo no es eterno, entre tanto el alma emigra y va pasando de un cuerpo de mayor a menor escala, según sus merecimientos.

Los de la vida pasada: Si el alma ha realizado grandes y bellas acciones, el nuevo cuerpo que anime se hallará perfectamente sujeto a las influencias del amor. En condiciones opuestas será la discordia ley del cuerpo. Esta emigración no queda sujeta al mundo humano, comprende a todo lo orgánico.

Las aspiraciones del alma humana es encarnarse en cuerpos y mundos superiores para aproximarse cada vez más a lo purísimo y celeste, y para conseguir este fin no hay otro remedio que el bien, ni otra ayuda que el amor.

Y por último, Juan, capº. 14 versº. 2, dice haber oído a Jesús que en la casa del Padre hay muchas moradas.

Renegado.— ¿Qué te ha parecido la explicación de Caracol?

Católico.— Admirable.

R.— ¿Puedes rechazar un solo dicho?

C.— No, desde el momento que son al pie de la letra.

R.— ¿Luego quedas convencido de que el catolicismo no es deísta, ni cristiano, ni siquiera Apostólico?

C.— Con tales pruebas no hay más remedio que convencerse, puesto que son Evangélicas en mayoría, y veo, además, que vosotros habéis examinado y comprendido mejor que yo los textos sagrados de la Iglesia Católica.

R.— Pues qué ¿Pudisteis creer que nosotros obrábamos sin registrar tales textos? en tal caso, mal creído; es en donde más nos hemos filtrado para conocer lo verdadero y lo incierto, como pudisteis comprenderlo al examinar el Padre nuestro y las Bienaventuranzas, en donde los laborantes de la Biblia cometieron tan grandes adulterios.

C.— ¿Quisieras decirme de qué medios os valéis para tales exámenes?

R.— De los naturales, como ya has podido comprender; cuando cogemos un texto que trata de cosas filosóficas y teológicas, pasamos la vista material por ellas, teniendo el pensamiento buscando el centro de lo justo, y los comprendemos según en justicia nos cabe por el uso que de ello queremos hacer.

C.— ¿Crees conveniente que utilice algunos ratos con Caracol para cosas de comprobación como lo hemos hecho?

R.— Sí, esta clase de datos te los dará tan exactos como yo mismo, puesto tiene más textos que yo y le gusta revisarlos.

C.— Está bien, procuraré aprovechar, puesto que en ello veo la gran ilustración del alma, de que tanta necesidad tengo; volveré, adiós.

P. V. G.
LA CABAÑA.

(De el Periódico "El Jesuita Blanco")


2ª. PARTE


Un desafío brutal, que concluye en moral
Y COMPROBACIÓN DE QUE
Roma es el AnteCristo

En el mes de Agosto de 1898 y a las siete de la tarde, en plena Plaza de Palacio de Barcelona, se encontraron tres hombres, que saludaron los dos al uno de esta manera:

— ¿Sois D. P. V.?

— Para servir a ustedes. ¿Qué se les ofrece?

— ¿Sois el autor de un artículo titulado "¿Quién es el demonio?", que se publicó en un quincenario que se tituló "El Jesuita Blanco"?

— Sí, respondió el uno.

— Pues es preciso que tal escrito se rectifique de una manera que los demonios que usted señala en él, queden a cubierto de las miradas de las gentes vulgares para evitar la revolución que usted se propone.

El uno. — No es posible por dos razones: 1ª., porque no es posible recoger los números que ya corrieron, y 2ª., porque al escribirlo lo hice con propósito de cumplir un juramento que tengo hecho de descubrir la luz del alma a toda la humanidad que vosotros habéis llamado vulgar.

Los dos. — Pues hágase la cuenta que su juramento queda anulado si usted desaparece de la tierra.

— No, no es posible, puesto que el que me tomó el juramento no lo permite, a pesar de mis grandes deseos de desaparecer, y sólo él es el que tiene poder para ello.

— Pues por grande que sea su poder, no puede llegar al que tienen los que habéis señalado con el epíteto de demonios.

— Mal camino han tomado para conseguir su objeto, puesto que no conocen que el orgullo sólo es valiente y atrevido ante los cobardes y mentirosos; mas por mi parte no me preocupa ninguna de las dos cosas: primera, porque para nada aprecio mi estancia en la tierra corporalmente, que no sea para conseguir el objeto que me he propuesto, cual os he manifestado, y la segunda, porque digo la verdad y enseño a todos la manera de saberla, todo lo que me pone a cubierto de vuestras amenazas.

— Pues si tan valiente eres, síguenos a otro puesto, donde discutiremos esas verdades.

— ¿De qué manera queréis la discusión?

— A puñetazo limpio.

— Basta; no admito las cosas brutales puesto que nunca las usé, por no rebajarme por debajo de los animales; si recibisteis ofensa por mi, fue por cuestiones morales; luego deben ustedes usar la discusión, ya pública, ya privada, y mediremos nuestras fuerzas intelectuales moralmente, de cuya batalla saldremos todos gananciosos, porque lo que pudiéramos perder lo ganarán nuestros hermanos, por quienes debemos trabajar esta cuestión, al paso que con el desafío brutal el que gane perderá.

Uno de los dos. — ¡Cobarde!

El otro. — No, no es cobarde, desde el momento que admite la discusión privadamente y podemos vencerlo.

El otro. — Pero luego él puede publicar y nosotros no; ya ves cómo cuenta las conferencias que con otro tuvo y aquél se calla.

Uno. — ¿Y qué te importa que él se calle si tú quieres hablar? Por mi parte tendría gran satisfacción en admitir vuestra discusión pública, aunque fuese con nombre supuesto.

— No nos es posible.

— Pues a mi tampoco el desafío brutal ni concederles lo que han pedido. Mas voy a recordarles ciertas palabras de la doctrina católica, que si las meditan les ayudará a conocer un poco la verdadera razón; al declarar quién es el demonio en el artículo en cuestión, también es tomado de la misma doctrina; mas no hemos concluido de remachar el clavo como lo hacemos ahora con el dicho de ¿Qué es pecado mortal? y contesta la doctrina del P. Astete: Es decir, hacer, pensar o desear algo contra la ley de Dios en materia grave. ¿Qué os parece? ¿Podéis negarlo? ¿Cabe esta respuesta en mi artículo: "Quién es el demonio"? ¿Qué ha hecho ni hace Roma que no sea pecado mortal?

Los dos se miran el uno al otro y se marchan, despidiendo al uno con estas palabras:

— ¡Que el diablo conserve tu alma, ya que se la has vendido!

Al quedarnos solos entramos en reflexión, sin podernos dar cuenta de lo que tales hombres se habrían propuesto al presentarse en una plaza de tanta publicidad y a tales horas con tal mensaje, y una vez repuestos nos propusimos seguir probando que los verdaderos demonios son todos los que siguen al Ante Cristo. ¿Quién es éste? Ellos mismos lo declaran en la comprensión de la Apocalipsis, puesto que dicen que el Ante Cristo hace todas las cosas contrarias a las de Cristo; y por si no queda bastante probado que Roma no practica ni la cosa más pequeña del Cristo y sí todo al contrario, véase lo que a continuación encontramos en la historia registrada por Carlos Jamark, al propio tiempo que lo que debemos comprender por Ante Cristo:

"AnteCristo es el que combate el verdadero cristianismo, según el Diccionario," y como ya queda probado en nuestros escritos anteriores que el Catolicismo Romano es anticristiano, probado queda quién es el Ante Cristo, y así lo dan a comprender los Padres intérpretes en la descifración de la Apocalipsis de Juan, cap. XIII; mas no conviene adelantar la narración sin comprobantes, para que no se nos pueda tachar de impostores; veamos lo que nos cuenta don Carlos Jamark y de dónde saca sus cuentos históricos.

Iconoclastas e Icolónatras

La Religión de aquel que dijo que debíamos de adorar a Dios en espíritu y verdad (S. Juan, 4, 24) y que añadió que El había venido, no para destruir la ley, sino para cumplirla (Mateo, vers. 17), no tenía imágenes, y por consiguiente ni templos suntuosos en que adorarlas, pues no se necesitan para rendir a Dios el homenaje del espíritu, como por lo mismo no los necesitaron los que siguieron las primitivas leyes de Moisés.

En prueba de esto, así dicen los primeros Mandamientos promulgados por el Señor desde el Monte Sinaí ante su pueblo: "No harás para ti obra de escultura ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de las cosas que están en las aguas debajo de la tierra".

"No las adores ni les darás culto; yo soy el Señor, tu Dios, fuerte, celoso, que visitó la iniquidad, etc."

Y por su parte así enseñaba Jesús:

"Y cuando oréis, no seréis como los hipócritas que gustan de orar de pie en las Sinagogas...."

"Mas tú, cuando orases, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto, y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará".

"Y cuando oréis no habléis mucho, como los gentiles. Pues piensan que por mucho serán oídos".

No queráis asemejaros a ellos; porque vuestro Padre sabe lo que habéis de necesitar antes que se lo pidáis.

Y enseñando con el ejemplo lo que predicaba, Jesús hizo entrar a sus Discípulos en el barco mientras despedía la gente.

Y luego que la despidió subió al monte solo a orar.

Y aconteció en aquellos días que salió (Jesús) al monte a orar y pasó toda la noche haciendo oración a Dios.

Respecto a oraciones solamente enseñó la Dominical:

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, etc.

Y posponiendo la oración a la pureza del corazón y a las buenas obras, anteponía a todo el amor al prójimo.

Por tanto, —decía—, si fueres a ofrecer tu ofrenda al altar, y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano; y entonces ven a ofrecer tu ofrenda.

Y en parecida forma, en lo antiguo, cerca de 800 años antes de Jesucristo, adivinándole Isaías, revelaba este profeta la verdadera adoración que el hombre debe rendir a su verdadero Creador. Dominado por las tales doctrinas, seguramente, bajo la idea de un culto en espíritu, del culto fundado en la pureza del corazón, el concilio Iberetano tenido en 302, en su canon 36 dispone que no se hagan pinturas en las iglesias.

En las iglesias no debe haber pinturas; no sea que se pinte en las paredes lo que es objeto de culto y adoración.

Los cristianos, pues, de los primeros siglos se atuvieron estrictamente a los preceptos de Jesús que eran el cumplimiento de la ley.  Por tanto, los primeros Papas y concilios tuvieron que ser iconoclastas, o sea, contrarios, opuestos, enemigos de las imágenes.

Luego después, los directores de esa misma Religión del Crucificado, transigieron con el paganismo, cuyos templos estaban cuajados de divinidades de todas clases, materializadas por medio de la escultura y de la pintura, y reconociendo, seguramente, el poder de esas Artes sobre la imaginación del hombre, y que con su auxilio lograrían atraerse muchos paganos, introdujeron en sus ritos la invocación de los Santos con sus representaciones.

El mismo Amat, v. 25, dice que la magnificencia y variedad de las funciones sagradas se adaptó justamente para atraer a los gentiles y judíos.  Por lo que el pueblo cristiano, como los Papas y los concilios, en ese segundo período de la Iglesia, debieron ser iconólatras, o sea, adoradores de las imágenes.

En esto vino el siglo VIII y en dos concilios que se celebraron en Constantinopla, se proscribieron de nuevo. En el que se tuvo en 754, compuesto de 338 obispos, en su definición, proscribiéndolas, decían ellos: Dios, que envió a los Apóstoles para destrucción de los ídolos, ha suscitado ahora a los Emperadores a imitación de los Apóstoles para que ellos nos destruyan y acaben con las invenciones del demonio, y he aquí a la cristiandad que reputaba invención del demonio la adoración de las imágenes incidiendo en el iconoclasmo.

En esto nace en Atenas de una familia oscura la futura Emperatriz Irene; a su talento y hermosura debe el haberse unido con León, hijo de Constantino Capronimo, que después reinó con el nombre de León IV. Al morir deja a su esposa la tutela de su hijo. A nombre, pues, de éste, Irene, durante su regencia, convoca un concilio en Nicea, año 787, en el que, tomando ella la palabra, logra se decida el restablecimiento del culto de las imágenes, y henos aquí otra vez iconólatras (=4=).

Posteriormente, Carlo Magno reúne en Francfort un concilio, que revoca lo hecho en Nicea e imperan nuevamente los iconoclastas.

Conforme a esta declaración, la iconolatría es anatematizada en los libros carolinos, publicados luego después, obra teológica atribuida por algunos al referido Emperador Carlo Magno; bien que comúnmente se creía que en nombre suyo lo compusieron los obispos franceses; pues aunque en Francia en las iglesias había estatuas y pinturas de Santos, no se les tributaba honor ninguno.

El Papa Adriano I, fluctuando entre dos corrientes, adoptó este término medio; mandó que no se venerasen las imágenes, pero que no se destruyesen.  Así daba largas al asunto, esperando que el tiempo viniese a dar la razón a unos u a otros: a Irene o a Carlo Magno.

Mas, ¡rara coincidencia!, a mediados del siguiente siglo, otra Emperatriz, Teodora, ejerciendo también la Regencia durante la menor edad de su hijo Miguel III, llamó a Constantinopla un concilio, que restablece el dogma de Nicea; por lo que con la solemnidad de las fiestas litúrgicas, que tan gratas son al corazón de los católicos, dominan otra vez los adoradores de las efigies de los Santos.

Luego si los que sostienen hoy que de allí deben ser derribadas son herejes, ¿qué fueron los Papas y los concilios que anatematizaron su culto? ¿Qué fueron los Apóstoles y sus primeros sucesores y qué fueron todos los primitivos cristianos, cuyos preceptos, como más cercanos a los que les enseñaban del Divino Maestro, parece debían ser más puros?  No creyendo que pueda responderse ¿qué son los que hoy inculcan lo contrario de lo que inculcaron Jesús y sus Discípulos?, y contestamos nosotros: los verdaderos AnteCristos, y por lo tanto incapaces de reconocerse a sí mismos y mucho menos declararnos en verdad el verdadero significado de la Apocalipsis de Juan, puesto que para comprender tales cosas deben dejar lo que tanto les ciega, el orgullo, el egoísmo y la vanidad; mas nosotros les vamos a decir lo que nos ha sido dado comprender del asunto, y encargados de manifestarlo a la humanidad entera, para que ésta, haciendo uso de su libre albedrío, elija lo que más sea de su agrado, y por cuya elección se haga responsable de todos sus actos ante la ley divina, como se hace ante la humana con los actos materiales; pero hay más para que se comprenda mejor que Roma es gentílica y no cristiana, véase como sigue dedicando los días de la semana a los mismos dioses que adoraban los gentiles; véase como el domingo lo dedica al Sol, el lunes a la Luna, martes a Marte, miércoles a Mercurio, jueves a Júpiter, viernes a Venus y sábado a Saturno; todos con los propios nombres que aquéllos les dieron; pasando los nombres de los demás dioses pequeños a titularse Santos, con las mismas potestades y poderes para ejercer milagros y siendo solamente oídos por los predilectos sacerdotes, si reciben por delante el dinero de los incautos.

¿Cuál fue la Iglesia que Cristo fundó? Consultemos a Mateo en su capítulo 28, v. 19 y 20, que dicen textualmente:

19. Por tanto, id y doctrinad a los gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

20. Enseñándoles todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta fin de siglo.

Véase, además, el cap. 14 de la 1ª. a Corintios, de la manera que Pablo dirige las Iglesias formadas por él y otros Apóstoles, en donde puede comprenderse que no eran otra cosa que lo que hoy conocemos por puntos de reunión de los que se dicen y enseñan el verdadero Cristianismo bajo la filosofía natural, por otro nombre espiritismo. Filosofía natural, separándolo de toda otra cuestión religiosa y científica, los cuales están exentos de todo ídolo ni pintura que pueda distraer la atención de los concurrentes al punto de reunión dirigidos siempre por un ser inmaterial, superior al que más de los materiales reunidos. ¿Para qué se reunían y se reúnen los cristianos de tal manera? Ya podrá comprenderse fácilmente que siendo dirigidos por un ser inmaterial, lo que podrá enseñarles son las cosas pertenecientes al Alma; y en general las sesiones se reducen a que por ellos mismos sepan quiénes son, de dónde proceden, por qué están desterrados, qué deben practicar para salir de aquí y adónde está el término de su viaje; comprender el lenguaje espiritual y la Ley y Atributos Divinos.

Esto es lo que enseñó el Cristo y manda que enseñemos en la actualidad, únicos medios de amar al Padre Celestial como pasamos a probarlo con las comunicaciones de Juan en el Apocalipsis, previniendo a los romanos y a los malos espiritistas, que les llama por última vez al arrepentimiento, pues ha llegado el tiempo ya de separar la cizaña del buen grano para llegar a la regeneración de la humanidad y ascenso de la tierra, motivo para que sean vulgarizadas las que llaman comunicaciones con Juan, su antiguo intérprete.

Apocalipsis de Juan

Como quiera que las maneras de hablar de aquel tiempo comparadas con el presente son molestas para la mayoría de la humanidad y mucho más cuando se habla en la escritura, nos proponemos evitar algunos preámbulos que no tengan conexión con lo verdadero esencial; por tanto, dejamos los ocho primeros versículos empezando por el 9, que dice: Yo, Juan, vuestro hermano, y participante en la tribulación y en el reino, y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la Isla que se llama Patmos, por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.

Yo fui en espíritu (=5=) en el día del Señor, y oí una gran voz, como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete Iglesias, que están en Asia, a Éfeso, y a Smirna, y a Pérgamo, y a Tiatira, y a Sardis, y a Filadelfia, y a la Odisea.

12. Y me volví a ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto vi siete candeleros de oro.

13. Y en medio de los siete candeleros de oro, uno semejante al hijo del hombre; vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con una cinta de oro.

14. Y su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve, y sus ojos como llama de fuego.

15. Y sus pies semejantes al latón fino, ardiendo como en un horno; su voz como ruido de muchas aguas.

16. Y tenía en su diestra siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos. Y su rostro era como el Sol cuando resplandece en su fuerza.

17. Y cuando yo le vi, caí como muerto a sus pies, y él puso su diestra sobre mí diciéndome: No temas, yo soy el primero y el último.

18. Y el que vivo y he sido muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves del Hades y de la muerte.

19. Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas.

20. El misterio que has visto de las siete estrellas en mi diestra y los siete candeleros de oro; las siete estrellas son los Ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros que has visto son las siete Iglesias.

Queda, pues, probado que toda reunión verdaderamente cristiana está representada y dirigida por un espíritu superior; y que las personas que se dicen presidentes no pueden ser otra cosa que intérpretes entre el verdadero presidente y la concurrencia.

CAPÍTULO II

Escribe al Ángel de la Iglesia de Éfeso.

El que tiene las siete estrellas en su diestra, el cual anda entre los siete candelabros, dice estas cosas:

2. Yo sé tus obras, y tu trabajo y paciencia; y que tú no puedes sufrir a los malos, y has probado a los que se dicen ser Apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos.

3. Y has sufrido y tienes paciencia, y has trabajado por mi nombre, y no has desfallecido.

4. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor.

5. Recuerda por tanto de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no vendré pronto a ti, y quitaré al candelabro de su lugar si no te hubieres arrepentido.

6. Mas tienes esto, que aborreces a los Nicolaítas, los cuales yo también aborrezco.

7. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios.

En esta comunicación reprende el Maestro al hombre que dirigía la reunión de Éfeso, porque había dejado de cumplir como en principio; y de no arrepentirse y trabajar con fe desharía la reunión; esto lo vemos constantemente en los que se dicen centros espiritistas.

8. Escribe al Ángel de la Iglesia de Smirna. El primero y postrero que fue muerto y vivió, dice estas cosas:

9. Yo sé tus obras, y tu tribulación y tu pobreza (pero tú eres rico) y la blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, mas son sinagogas de Satanás.

10. No tengas ningún temor de las cosas que has de padecer.
He aquí que el Diablo ha de enviar algunos de vosotros a la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación de diez días.

Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida.

11. El que venciere no recibirá daño de la muerte segunda. (=6=)

Aquí nos encontramos con un director (material) de sesión que se cree tener poco acierto en el cumplimiento de sus deberes, y el Maestro le anima dándole a comprender que cumple como bueno. Le previene los padecimientos materiales que le esperaban y que no debe temer; y en efecto, cuando él o ellos se proponen hacernos pasar por pruebas materiales, por creerlas convenientes al progreso espiritual se sufren con tanta facilidad por grandes que sean que apenas son apercibidas; lo sabemos por experiencia.

12. Y escribe al Ángel de la Iglesia que está en Pérgamo: El que tiene la espada de dos filos dice estas cosas.

13. Yo veo tus obras, y dónde moras, donde está la silla de Satanás; y retienes mi nombre y no has negado mi fe, aún en los días en que fue Antipas; mi testigo fiel el cual ha sido muerto entre vosotros donde Satanás mora.

14. Pero tengo unas pocas cosas contra ti porque tú tienes ahí los que tienen la doctrina de Balaam, el cual enseña a Balac a poner escándalos delante de los hijos de Israel; a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación.

15. Así tú también tienes a los que tienen la doctrina de los Nicolaítas, la cual yo aborrezco.

16. Arrepiéntete; porque de otra manera vendré a ti presto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.

17. Al que venciere le daré del maná escondido, y una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo escrito, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

Aquí reprende el Maestro a todos los que se reúnen en Pérgamo, y en particular al que como hombre dirige las enseñanzas; puesto que permite otras doctrinas de distinto género que las suyas; como en la actualidad sucede con los llamados espiritistas, que en vez de la filosofía natural usan el magnetismo; y en vez de ser médicos del alma pretender ser del cuerpo; y los católicos romanos, que usando el nombre de cristianos, siguen las prácticas de los gentiles, tirando en absoluto las que el Cristo enseñó y enseña.

18. Y escribe al Ángel de la Iglesia de Tiatira: El hijo de Dios, que tiene sus ojos como llama de fuego, y sus pies semejantes al latón fino, dice estas cosas:

19. Yo he conocido tus obras, y caridad, y servicio y fe, y tu paciencia y tus obras postreras; que no son más que las primeras.

20. Mas tengo unas pocas cosas contra ti porque permites aquella mujer, Jezafel (que se dice profetisa), enseñar y engañar a mis siervos, a fornicar y a comer cosas ofrecidas a los ídolos.

21. Y le ha dado tiempo para que se arrepienta de la fornicación y no se ha arrepentido.

22. He aquí, yo la echo en cama, y a los que adulteran con ella, en muy grande tribulación, si no se arrepintieren de sus obras.

23. Y mataré sus hijos con muerte y todas las Iglesias sabrán que yo soy el que escudriña los riñones (=7=) y los corazones y daré a cada uno de vosotros según sus obras.

24. Pero yo digo a vosotros y a los demás que estáis en Tiatira: Aquellos que no tienen esta doctrina y que no han conocido las profundidades de Satanás (como dicen) yo no enviaré sobre vosotros otra carga.

25. Empero la que tenéis, tenedla hasta que yo venga.

26. Y el que hubiere vencido, y hubiere guardado mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre las gentes.

27. Y las regirá con vara de hierro, y serán quebrantados como vaso de alfarero.

28. Y le daré la estrella de la mañana.

El Maestro demuestra estar agradecido de las maneras de obrar por sí mismo del hombre que se hallaba al frente de la reunión de Tiatira, mas no lo está porque no es bastante fuerte para impedir que se introduzca el engaño y la farsa en doctrinas que no solamente merecen el nombre de Santas, sino que son Divinas, y como se ve amenazado caso de no haber enmienda, con grandes penas espirituales, tanto a los que practican el engaño como a los que consienten que se practique.

Estas debilidades han sido y son frecuentes en los que pretenden ser presidentes de reuniones espiritistas, como lo fueron y son en los Romanos, porque le gusta más lo mucho que lo bueno; pero en este momento se me presenta una videncia; veamos que objeto trae.

Tres grandes montones de manzanas y tres hombres que las cuidan; uno las revuelve y separa del montón que está a su cuidado todas las que encuentra dañadas, las cuales son recogidas por los otros dos, con tanto afán, que se pelean por quién ha de aumentar más su montón, al propio tiempo que los dos se burlan del que las separó del suyo, porque lo ven que se aminora; por fin éste, o sea el que separa las dañadas, coge una manzana de su propio montón y se la come con agrado; coge otra, la enseña a los otros y se la come diciéndoles: Vosotros no podéis hacer otro tanto. Orgullosos aquellos toman de sus montones y al meterlas en la boca las rechazan por mal gusto, entonces empiezan por separar las malas, al parecer, mas ya es tarde; todas están corrompidas, y avergonzados de su ambición las abandonan y se van tan tristes como alegre se queda el otro mirando a las de su montón que rebosan la hermosura y el verdadero aroma; los dos que abandonan son Roma y los falsos espiritistas, que sólo cuentan el no. El que está contento y alegre es el pastor, que sólo admite en su rebaño a los que por voluntad le llaman y le quieren seguir, y cuando alguno se ha cansado de sus pastos lo separa del rebaño, por manzana dañada, para que no infecte a las demás; este es el significado de: La echaré en cama y los mataré de muerte. Mas vulgar: por manzanas dañadas pasarán al nuevo destierro; como al que cumpla su ley hasta el fin se dará potestades; mas compréndase que tanto unas dádivas como otras son espirituales.

CAPÍTULO III

Y escribe al Ángel que está en la Iglesia de Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, dice estas cosas:

Yo conozco tus obras, que tienes nombre, que vives y estás muerto.

2. Sé vigilante y confirma las otras cosas que están para morir, porque no he hallado tus cosas perfectas delante de Dios.

3. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y has oído, y guárdalo, y arrepiéntete. Y si no velares vendré a ti como ladrón, y no sabrás en que hora vendré a ti.

4. Mas tienes unas pocas personas en Sardis que no han ensuciado sus vestiduras y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos.

5. El que venciere será servido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus Ángeles.

Reprende al de Sardís por la vanidad que demuestra en su saber espiritual, siendo un holgazán sin afición al estudio espiritual, y no obstante, hay en aquella reunión personas que aunque no representan nada como materiales, cumplen la ley, y, por lo tanto, sus espíritus cuando dejaban la materia y marchaban a su verdadero pueblo vestían de blanco, que representa la pureza, o sea, la riqueza espiritual.

7. Y escribe al Ángel de la Iglesia que está en Filadelfia. Estas cosas, dice el Santo, el verdadero, el que tiene las llaves de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre.

8. Yo conozco tus obras; aquí he dejado una puerta abierta delante de ti, la cual ninguno puede cerrar porque tienes un poco de potencia, y has guardado mi palabra y no has negado mi nombre.

9. He aquí: yo doy de la Sinagoga de Satanás los que se dicen ser judíos y no lo son; mas mienten; he aquí, yo los constreñiré a que vengan y adoren delante de tus pies y sepan que yo te he amado.

10. Porque has guardado la palabra de mi paciencia, y también te guardaré de la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo, para probar los que moran en la tierra.

11. He aquí: yo vengo presto, retén lo que tienes para que ninguno tome tu corona.

12. Al que venciere, yo le haré columna del templo de mi Dios, y, nunca más saldrá fuera, y escribiré su nombre en el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, que es la Nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo de mi Dios y mi nombre nuevo.

13. El que tiene oído que oiga.

En esta comunicación se manifiesta claramente la predilección del Maestro con los que siguen su obra, sus enseñanzas; y adonde se renueva el dicho de "Al que mucho tiene más se le dará y al que poco tiene se le quitará", y todo está arreglado a justicia por el uso que cada cual hace de los conocimientos espirituales que recibió, y que debe obrar de este modo puesto que como regentador del mundo a que pertenece el destierro en que vivimos, está bajo su responsabilidad obrar en justicia espiritual con toda la pureza más exacta.

14. Y escribe al Ángel de la Iglesia de los Laodicenses: He aquí, dice el ángel, el testigo fiel, el verdadero, el principio de la creación de Dios. (=8=)

15. Yo conozco tus obras. Que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!

16. Mas porque eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

17. Porque tú dices: Yo soy rico y estoy enriquecido y no tengo necesidad de ninguna cosa, y no conoces que tú eres un cuitado y miserable, y pobre, y ciego y desnudo.

18. Yo te amonesto que de mi compres oro afinado en fuego para que seas hecho rico y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez y unges tus ojos con colirio para que veas.

19. Yo reprendo y castigo a los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete.

20. He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oyere mi voz y abriese la puerta entraré a él, y cenaré con él y él conmigo.

21. Y al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.

22. El que tiene oído que oiga.

Aquí nos representa a una de tantas personas que, enorgullecidas con su saber, se estacionan espiritualmente y pretenden que ninguna otra pueda adquirir más conocimientos que ella y el Maestro la pone a la vergüenza, poniendo su orgullo al descubierto y aconsejándola que trabaje y cumpla la ley; que compre el oro fino, con lo que recogerá vestido blanco, pues por aquellos momentos se hallaba desnudo su espíritu y ciego, que es la mayor pobreza que podía tener.

Advierte también que constantemente llama, y el que le oye puede comunicarse con él y recibir consejos espirituales, que es el pan del alma, y que quien le atiende y cumple podrá luego sentarse con él en el trono, que como a Rey de nuestro verdadero mundo le corresponde.

No en vano dice que reprende y castiga a los que ama, pues por experiencia sabemos que es verdad.

Hasta aquí queda comprobada cuál puede ser la Iglesia formada por Jesús y sus Apóstoles, sin que nos pueda quedar el menor rastro de duda.

En cuanto a los capítulos IV al XI inclusives, todos son justificantes para condenar a Roma en su orgullo y egoísmo por la predilección que se abroga para con nuestro Padre y hermanos, que, como nosotros, no son desterrados; mas examinemos el XII y acabaremos de correr el velo para concluir de descubrir la fealdad.

CAPÍTULO XII (SEGÚN ROMA)

Una mujer vestida de Sol da a luz un hijo. El dragón arrastra con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo. Combate de los ángeles buenos y malos. El dragón es precipitado a tierra, persigue a la mujer y vomita contra ella un río de agua.

Esta mujer, que representa a la Iglesia, está coronada de doce estrellas; porque la Religión cristiana, nacida en la Judea, constaba de los judíos de las doce tribus. El Sol de que está vestida, y la luna debajo de los pies, son los símbolos y señales de la pompa y vanidad delante de Dios. El hijo que da a luz son los gentiles; el dragón, el Imperio Romano, y sus siete cabezas, los siete emperadores perseguidores de los cristianos.

SEGÚN TEXTO

Una gran señal apareció en el cielo.

1. Una mujer vestida de Sol y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.

2. Y estaba preñada, clamaba con dolores de parto y sufría tormento por parir.

3. Y fue vista otra señal en el cielo, y aquí un grande dragón bermejo que tenía siete cabezas y diez cuernos y en sus cabezas siete diademas.

4. Y su cola arrastraba a la tercera parte de las estrellas del cielo y las echó en la tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir, a fin de arrebatarle su hijo cuando pariera.

5. Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro, y su hijo fue arrebatado para Dios y a su trono.

6. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar aparejado de Dios para que allí la mantengan mil doscientos y sesenta días.

7. Y fue hecha una gran batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón, y lidiaban el dragón y sus ángeles.

8. Y no prevalecieron ni su lugar fue más hallado en el cielo.

9. Y fue lanzado fuera aquel gran dragón; la serpiente antigua, que se llamaba Satanás, el cual engaña a todo el mundo, fue arrojada en la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.

10. Y oí una gran voz que decía: Ahora ha venido la salvación y la virtud y el reino de nuestro Dios y el poder de Jesucristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado, el cual los amenazaba delante de nuestro Dios día y noche.

11. Y ellos le han vencido por la sangre del cordero y por la palabra de su testimonio, y no han amado sus vidas hasta la muerte.

12. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar, porque el diablo (=9=) ha descendido a vosotros, teniendo gran ira sabiendo que tiene poco tiempo.

13. Y cuando vio el dragón que él había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había parido el hijo varón.

14. Fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila para que de la presencia de la serpiente volase al desierto, a un lugar donde es mantenida por un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo.

15. Y la serpiente echó de su boca agua a la mujer como un río, a fin de que fuese arrebatada por la corriente.

16. Y la tierra ayudó a la mujer, y la tierra abrió su boca y sorbió el río que había echado el dragón de su boca.

17. Entonces el dragón fue airado contra la mujer, y fue a hacer guerra contra la simiente de ella.

La mujer que se anuncia en el v. 1º. es la idea cristiana, Evangelio o ley divina, como quiera comprenderse, puesto que todo es una misma cosa, anunciada ya por los profetas, y sobre todo por Isaías, que es el preñado.

El dragón, la antigua Roma con su druidismo, que enterada de las profecías esperaba el desarrollo de éstas para apoderarse de ellas y confundirlas.

El hijo que parió la idea, simbolizada por la mujer, fue Jesús, en el que se persiguió a la madre, y fue para Dios, puesto que fue muerto por la misma idea divina; y muerto éste, la idea pasó a Oriente, donde se conservó y se conserva con toda su pureza, como sucede en el Tíber; mas era propósito de los romanos de aquel tiempo, de que concluyera en su s dominios, y persiguieron a las doce estrellas, o sea a los Apóstoles, hasta concluir con ellos.

CAPÍTULO XIII (TEXTUAL)

1. Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia subir del mar que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella el nombre de blasfemia.

2. Y la bestia que vi era semejante a un leopardo; sus pies como de oso y su cabeza como boca de león, y el dragón le dio su poder, y su trono, y grande potestad.

3. Y vi una de sus cabezas como herida, y la llaga de su muerte fue curada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia.

4. Y adorose al dragón que había dado toda la potestad a la bestia; y adoran a la bestia diciendo: ¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?

5. Y le fue dado boca que hablara grandes cosas y blasfemias; y le fue dado poder para obrar cuarenta y dos meses.

6. Y abrió su boca en blasfemias contra Dios para blasfemar su nombre y su tabernáculo, y a los que moran en el cielo.

7. Y le fue dado hacer guerra contra los Santos y vencerlos. También le fue dada potestad sobre toda tribu y pueblo, y lengua, y gente.

8. Y todos los que moran en la tierra la adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo.

9. Si alguno tiene oído, oiga:

10. El que lleva en cautividad, va en cautividad; el que a cuchillo matare, es necesario que a cuchillo sea muerto. Aquí está la paciencia y la fe de los Santos.

11. Después vi otra bestia que subía a la tierra y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, mas hablaba como un dragón.

12. Y ejerce todo el poder de la primera bestia en presencia de ella, y hace a la tierra y a los moradores de ella adorar a la primera bestia, cuya llaga de muerte fue curada.

13. Y hace grandes señales, de tal manera que aún hace descender fuego del Cielo a la tierra delante de los hombres.

14. Y engaña a los moradores de la tierra por las señales que le ha sido dado hacer en presencia de la bestia mandando a los moradores de la tierra que hagan la imagen de la bestia, que tenía la herida de cuchillo y vivió.

15. Y le fue dado que diese espíritu a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hable y hará que cualquiera que no adorase la imagen de la bestia, sea muerto.

16. Y haría que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y siervos, se pusiese una marca en su mano derecha o en su frente.

17. Y que ninguno pudiese comprar o vender sino el que tuviera la señal o el nombre de la bestia, el número de su nombre, etc.

18. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, porque es el número de hombre; y el número de ella, seiscientos sesenta y seis.

Y dicen los Romanos:

Esta bestia, según la común sentencia de los Padres e intérpretes antiguos es el Ante-Cristo.

Y el Jesuita Blanco contesta que aquellos padres e intérpretes tuvieron razón en sentenciar de tal manera; y en apoyo de nuestro dicho "tuvieron razón" vamos a exponer nuestra comprensión por más que no sea del agrado de los católicos y romanos papistas.

Manifestado ya quién era el dragón, vamos a declarar quién fue y es la bestia.

La bestia es el Catolicismo Romano, que desde su fundación se unió a los Gentiles (antiguos Romanos), de los cuales sigue practicando la idolatría bajo el nombre de Santidad. ¿Quién puede dudar que el Catolicismo recibió todo su empuje del Emperador Constantino?

La cabeza herida es el concilio Iberetano y otros con la destrucción de los ídolos como queda demostrado arriba; la curación Irene y Teodora con la reposición de las imágenes; ¿se quiere más claridad que la que manifiesta el v. 4? Pues véase el 7 y el 8 y medítese estáticamente.

¿Y quién fue la otra bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero? La Inquisición, que cargada de hipocresía y crápula hizo uso de todas las maldades y abominaciones que puede caber en la bestia más rapaz y carnívora. ¿Qué más claridad se quiere para saber quién es el AnteCristo? ¿No habéis dicho que la maldad de los hombres es la causa de que vengan plagas sobre la tierra? Pues ¿por qué no os reconocéis a vosotros mismos? Registrad la historia, y en ella hallaréis bien claro que las mayores plagas han sido las bandadas de hombres célibes como cayeron por toda la tierra en épocas varias desde que se fundó el papado; y si en vuestros archivos no los hallan, venid, que el Jesuita Blanco os enseñará algunos de vuestros hechos, como, por ejemplo, la guerra de los treinta años en Austria; historia que aunque corta no hemos hallado hombre alguno capaz de leerla seguidamente por el horror que causa tanta pobreza de alma en toda clase de clérigos. Cuando habéis prohibido leer la Biblia ¿ha sido por miedo a que alguno pudiera comprender la Apocalipsis de Juan? Pues si es así poco habéis adelantado en ello, porque haciendo caso omiso de vuestras excomuniones podemos descifrar todo lo que queréis sea enigma; y como prueba os decimos que estamos en pleno capítulo 19, cuyo primer versículo ha oído cantar nuestra alma en la casa paterna, de la misma manera que vio formar el mundo anunciado por el Jesuita Blanco en Marzo de 1898, y visto por los astrólogos el 14 de Agosto del mismo año; y por caridad espiritual recomienda a Roma y a todos cuantos la siguen que no olviden y mediten el versículo 4º. y siguientes del capítulo 18 de la misma Apocalipsis, porque para luego será tarde, puesto que en la casa paterna hemos oído cantar aleluya y el quilazarum, por la resurrección de la ley divina, o sea el verdadero Evangelio en la tierra que se hallaba muerto desde que los Antecristos lo mataron con la máscara de santidad; y puesto que el ángel que se anuncia en el capítulo 19 lo vimos también descender del cielo a la tierra acompañado de su gran ejército celestial esperamos ver pronto los efectos que tal causa ha de producir por mucho que los hombres injustos se opongan a ello.

Esperemos, pues, y finalicemos con el artículo que en este momento llega a nuestras manos, todo lo que nos demuestra que no somos solos los trabajadores en esta gran heredad.

El clero pintado por si mismo

En la Edad Media, después de la filosofía de Pedro Abelardo, la gente se volvió descreída, y en busca de lenitivo a sus males, se dio en cuerpo y alma al diablo. Este compraba conciencias, que la Iglesia, naturalmente, perdía.

A medida que se alejaban los espíritus de Dios, más grandes proporciones tomaban las creencias en el diablo. La Iglesia, viendo que tenía el pleito perdido, pensó sólo en el poder del oro, con el cual procuraría preponderar sobre los reyes y magnates, y volvería a ser señora y dueña del mundo.

Firme la Iglesia en su idea, por dinero bendecía a los judíos, sin necesidad de que éstos abjurasen de sus doctrinas; a cambio de oro, la Iglesia borraba la mancha del pecado, la violación, el incesto, el asesinato, la expoliación, el incendio y el robo; los mismos Papas pusieron precio fijo a la redención del pecado.

Véase, en nombre de nuestra afirmación, un trozo de la célebre tarifa del Papa Juan XXII (tarifa cancelaria o penitenciaria). Edit. Tinsainte denis. París, 1520.

Por la absolución del que hubiese poseído una mujer en una Iglesia y cometido otros desmanes ......

6 grs.

Por la absolución de un clérigo concubinario con dispensa de la irregularidad (Y esto a pesar de las constituciones provinciales y sinodales) ......

7 grs.

Por la absolución del que hubiese cometido incesto con su madre, su hermana, o cualquiera otra mujer que fuere su pariente por sangre o por alianza, o bien con su madrina ...

5 grs.

Por la absolución del que hubiese seducido a una virgen ......

6 grs.

Por la absolución de un perjuro ......

6 grs.

Por la absolución del que hubiese muerto a su padre, a su madre o hermano, o a pariente laico (Si hay algún pariente clérigo entre los asesinados, deberá el matador ir a Roma a visitar la Sede Apostólica.) ......

5 a 7 grs.

Por la absolución de un marido por haber apaleado a su mujer, si la hubiese hecho abortar a consecuencia de la paliza ......

6 grs.

Por la absolución de la mujer que con el auxilio de un berbajo o de cualquier otra cosa hubiese muerto al hijo que llevaba en su seno ......

6 grs.

Nota. Si el que hubiere empleado las maniobras antedichas fuese un clérigo y hubiese muerto el hijo en el seno de la madre, se tratará como si hubiese muerto a un laico con dispensa (¡atiza!) ......

8 grs.

El uso de aceptar bienes o dinero a cambio de la absolución de pecados es muy antiguo entre los eclesiásticos; pero no se autorizó por los Pontífices ni por los Concilios hasta el siglo XI. En 1080 el Concilio de Nilloboune dio una tarifa para la absolución de ciertos pecados. A principios del siglo XII el Papa Gelasio autorizó al obispo de Zaragoza para que absolviera a los que dieran dinero por sus culpas para mantener el clero y la restauración de la Iglesia por la invasión sarracena. El Concilio de Sextres en 1287 y de Saumur en 1294 prohibieron a los archidiáconos, deanes y archiprestes, el apropiarse el oro de los penitentes, y ordenaron, no que se devolviera, que esto hubiera sido lo justo, sino que lo depositaran en las cajas de la Iglesia. A principios del siglo XIV la cosa se generalizó. En las extravagancias de Clemente V se señalaron reglas para el empleo del dinero pagado por los penitentes por el perdón de los pecados, y por fin, el ya citado y benemérito Juan XXII publicó la célebre tarifa de la cual hemos transcrito una muy pequeña parte.

Y nosotros preguntamos: ¿Cabe mayor pobreza de alma en seres humanos? ¿No se avergüenza la humanidad de ver tanta lascivia, tanto crimen cometido por los que pretenden ser más que Dios? Pronto vendrá el desengaño, y para muchos tarde el arrepentimiento.

Esperemos; mas conste que queda comprobado que el Antecristo, los verdaderos herejes y el verdadero demonio es el catolicismo romano con todos sus súbditos, a los que resta dar cuenta de sus engaños a la humanidad ante ese Sol de justicia, nuestro padre espiritual, en breve plazo.

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Discusión entre un Católico Romano y un Cristiano por La Cabaña
Comprobación de que Roma es el Antecristo por El Jesuita Blanco

Notas a pie de página del opúsculo:
Discusión entre un Católico Romano y un Cristiano por La Cabaña. Comprobación de que Roma es el Antecristo por El Jesuita Blanco

=1=
El hombre animal no comprende las cosas que son del espíritu y las llama locuras.

=2=
Nos vemos en la necesidad de materializar los nombres y las cosas para que se nos pueda comprender, no porque allí existan los nombres, pero sí las formas de toda clase de seres de las tres clases vitales.

=3=
Amor, Paz y Caridad es la ley, y con su ejecución el perdón.

=4=
Irene, tan amante de las imágenes, lo fue tan poco de su hijo que mandó sacarle los ojos, en venganza de haberla hecho él encerrar en el castillo de Leutere en las playas de la Prepontide, de donde logró evadirse al cabo de quince meses de prisión.

=5=
Estado estático.

=6=
La muerte segunda, compréndese por la reencarnación siguiente.

=7=
La palabra riñones léase conciencias.

=8=
Al decir el espíritu a su intérprete los nombres con que ha de encabezar las escrituras a cada Iglesia, es porque en éstas se le daban los mismos nombres con los que era reconocido por ellos mismos.

=9=
Compréndase demonio.

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