RECUERDO
DEL JESUITA BLANCO
Defensor del Deísmo y Cristianismo verdad
AL EMMO. SR. CARDENAL CASAÑAS
OBISPO DE BARCELONA
SOBRE SU PASTORAL DE ENTRADA

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EN VENTA:
Calle de Abaixadors, 10, 3º 1ª y Borrell, 53 bis.
BARCELONA, 1901

Portada: 1ª Edición 1901

Información

RECUERDO DEL JESUITA BLANCO
DEFENSOR DEL DEÍSMO Y CRISTIANISMO VERDAD
Al Emmo. Sr. Cardenal Casañas, obispo de Barcelona
SOBRE SU PASTORAL

Señor:

Habiendo leído la pastoral que V. E. dirige a todos los diocesanos, y los que no lo son, puesto que para todos tiene V. E. quejas, incluso para los hombres de estado; y cuando creía encontrarme con un verdadero súbdito de Su Santidad León XIII, me encuentro con un torbellino de letras que nada aclaran en cuanto a la idea que V. E. pretende representar, puesto que tan pronto cita a los judíos, como a los gentiles, como al mismo Cristo, para justificar lo que V. E. quiere que pase por verdadero; y como no se puede servir a dos señores a un mismo tiempo, es conveniente manifieste a la humanidad a qué secta pertenece, (=1=) y decimos secta, porque no habiendo más que un Dios, no puede haber dos religiones verdaderas y mucho menos servirlas. V. E. declara por escrito que la verdadera es la que Cristo enseñó cuando dijo: «Amarás al Señor Dios tuyo de todo corazón, de toda tu alma y de todo tu ser»; éste es el máximo y primer mandamiento; el segundo es semejante a éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; en estos dos mandamientos está cifrada toda la ley y los profetas.

Luego la base del cristianismo es el amor al prójimo, como V. E. declara, sin que para nada tengamos que poner el recuerdo en lo judío y gentílico, que quedó derribado con el pacto que hizo con los apóstoles. ¿Es que V. E. lo ignora? Pues ya se lo diremos más tarde. Y si no lo ignora, ¿por qué no lo ha declarado? ¿Acaso se cree que por escribir mucho no sabríamos escoger las flores del verdadero jardín, y separar las espinas e inmundicias que las cubre? Poco a poco se lo iremos probando.

Dijimos arriba que creíamos encontrarnos con un verdadero súbdito de S. S. León XIII, porque la encíclica que publicó dicho señor en 1º de noviembre de 1900, declara cuál es la iglesia cristiana con toda exactitud para todos los hombres cuya vista espiritual no la cubre el velo del orgullo y egoísmo; y suplica a todo verdadero cristiano que dé a conocer a Cristo; y puesto que V. E. tuvo a bien no contestar a la pregunta que le hicimos sobre la comprensión de dos párrafos contradictorios de dicha encíclica, nosotros, cumpliendo nuestra promesa, vamos a publicarla junto con las causas que la motivaron.

Cuando en principio pasamos a la Nueva Jerusalén a estudiar la filosofía y teología naturales, único punto donde hemos estudiado el deísmo y cristianismo verdad, nos encontramos con Joaquín Pecci, hermano y compañero de estudio; pronto comprendimos que nuestros trabajos iban al mismo fin, y nos prometimos (=2=) ayudarnos mutuamente, según nuestras fuerzas; por esta causa venimos anunciando nuestra comunicación espiritual con él en todas nuestras publicaciones desde 1888; y que el haber manifestado S. S. que tenía relaciones espirituales, le valió el dictado de loco que, algunos años hace, publicaron sus adeptos, y que era menester nombrar otro Papa, y por fin dijeron que se había hecho espiritista.

Muchas veces se me quejó de la imposibilidad de cumplir por la oposición que los suyos le hacían, pues hasta le prohibían hablar del asunto; y como quiera que ya no podía entrar en la Nueva Jerusalén, pues la ley se lo prohibía por faltar a la promesa hecha; determiné hacer el último esfuerzo para relacionarnos materialmente y, al efecto, recibió el 25 de septiembre de 1900, el adjunto escrito acompañado de algunos otros cuya contestación es la adjunta encíclica; (particular no ha llegado nada a mi poder).

Prometo cumplir lo pactado espiritualmente por mi hermano Joaquín Pecci, cual su espíritu me pide, siempre que él me entregue una autorización material de la que yo pueda hacer uso cuando haya dejado él la materia corporal, para declarar en su nombre:

1º. La verdadera iglesia cristiana es la señalada por Pablo en sus Epístolas y capítulos 1, 2 y 3 del Apocalipsis, con las enseñanzas doctrinales de la adjunta hoja, únicas verdades evangélicas como cuestión religiosa.

2º. Declarar la más absoluta libertad de conciencia para que cada uno pueda responder libremente de sus actos espirituales cuando salga del destierro.

3º. Que la verdadera religión cristiana no tiene fórmulas de especie alguna, y mucho menos de las que puedan llamar la atención del orgullo, el egoísmo y la vanidad.

De la veracidad de esta promesa puede enterarse usando el lenguaje espiritual.

El JESUITA BLANCO


CARTA ENCÍCLICA
DE NUESTRO SANTÍSIMO PADRE
LEÓN
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XIII

A nuestros venerables hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.

LEÓN XIII, PAPA

Venerables hermanos:

Salud y Bendición apostólica.

Aunque no es posible fijar en el porvenir una mirada tranquila, antes por el contrario hay sobrados motivos para mirarlo con temor, siendo tantas y tan inveteradas, y estando tan arraigadas las causas de los males que pública y privadamente nos afligen; no obstante, por la misericordia de Dios, algún rayo de esperanza y de consuelo parece que ha brillado en las postrimerías del siglo en que vivimos. Porque cuando se ve a los hombres volver los ojos del alma hacia los intereses del espíritu y considerar su importancia, cuando la fe y la piedad cristiana se ven despertar animadas de un nuevo fervor, su saludable influjo para el bien de la sociedad nadie puede desconocerlo. Y que estas virtudes reviven hoy en muchos espíritus, o adquieren en otros nuevo vigor, hay indicios bien claros que nos permiten asegurarlo.

Motivos de esperanza para el próximo siglo

Ved, si no, en medio de los incentivos del siglo, y a pesar de tantos obstáculos suscitados a la piedad para atajarle los pasos, ved esa multitud incontable que, a una señal del Pontífice, de todas partes acude presurosa a postrarse ante los Sepulcros de los Santos Apóstoles; ved en Roma lo mismo a los propios que a los extraños haciendo pública profesión de catolicismo; vedlos ocupados con mayor diligencia que de costumbre en proveerse de medios conducentes a la salvación eterna, aprovechándose de los tesoros de indulgencias que la Iglesia en este tiempo les concede.

Por otra parte ¿quién no admira ese desusado incremento que se observa en nuestros días en la devoción al Salvador del humano linaje? Bien podría creerse digno de los mejores tiempos del Cristianismo ese fervor en tantos miles y miles de corazones adunados en conformidad de pensamiento y de voluntad, que desde el oriente al ocaso acuden ensalzando el nombre y publicando la gloria de Jesucristo. Quiera el Señor que estas llamaradas de la antigua piedad sean precursoras de más vasto incendio; y que tan hermoso y repetido ejemplo sirva para arrastrar por el mismo camino aun a los más reacios. Porque, a la verdad, ¿qué cosa urge tanto en nuestros tiempos como restablecer en la sociedad el genuino espíritu cristiano y hacer que juntamente con él se arraiguen y propaguen las virtudes de otros tiempos?

El don de Dios

La desgracia es que haya por otra parte tantos y tantos que se hacen sordos a las enseñanzas que se desprenden de esta renovación de la piedad. Mas si esos tales «conociesen el don de Dios», si considerasen bien que la mayor desdicha que puede acaecernos es habernos alejado del Salvador del mundo, y abandonado las costumbres, y renunciado a las enseñanzas cristianas, de seguro que se apresurarían a salir de su letargo, y dejarían sin delación el camino que les conduce a una ruina cierta e inevitable.

Ahora bien; atender a la conservación y acrecentamiento del reino del Hijo de Dios en la tierra, y procurar la salvación de los hombres por medio de la dispensación de los divinos beneficios, oficio es tan grande y tan propio de la Iglesia, que a ese fin se ordena todo el poder y autoridad de que está investido. Nos, en el desempeño del Sumo Pontificado, tan difícil como lleno de cuidados, creemos haber hecho hasta el presente para la consecución de aquellos fines cuanto ha estado de nuestra parte. Por lo que a vosotros toca, Venerables Hermanos, cierto es también que tenéis como Nos consagrados a este negocio todos vuestros pensamientos, todos vuestros desvelos y todo vuestro tiempo.

Con todo, debemos aumentar nuestros esfuerzos a medida de las necesidades de los tiempos, y ahora especialmente que el Año Santo nos presenta ocasión oportuna, aprovecharnos de ella para extender más y más el conocimiento de N. S. Jesucristo; instruyendo, persuadiendo, aconsejando, haciendo oír nuestra voz en todas partes, no tanto de aquellos que suelen escuchar de buena gana las verdades cristianas, como de aquellos otros, sobre toda ponderación desgraciados que, conservando el nombre de cristianos, hacen una vida sin fe y separados del amor de Jesucristo.

Los más dignos de compasión

Estos son los que principalmente excitan nuestra compasión; a estos en particular quisiéramos hacer reflexionar sobre su conducta y sobre el paradero a que ella les guía, si no se arrepienten.

No haber tenido jamás noticia ni conocimiento alguno de Cristo, muy grande desgracia es, pero no hay en ello pecado de ingratitud ni de rebeldía; mas rechazarle y olvidarse de El después de haberle conocido, ésta sí que es maldad abominable; ésta sí que es locura tal, que apenas puede concebirse que haya un hombre que caiga en ella. Porque Cristo es el principio y la fuente de todos los bienes; y, sin Cristo, así como no pudo el mundo alcanzar su libertad, así tampoco puede conservarla; ni hay para él salvación fuera de Cristo. Non est in alio aliquo salus. Nec enim aliud nomen est sub caelo datum hominibus in quo oporteat nos salvos fieri. (=3=)

Cómo viven los hombres, cuáles sean sus costumbres y cuál el paradero de las sociedades de donde está desterrado Jesucristo, virtud de Dios y sabiduría de Dios, ¿no nos lo enseñan bien claramente con su ejemplo los pueblos que no recibieron la luz del Evangelio? Basta pensar un poco en ello, basta recordar con San Pablo (Ad Rom. I.) aquella ceguedad del entendimiento, aquella depravación de la naturaleza, aquellas supersticiones y aquel desenfreno llevados hasta la monstruosidad, para que cualquiera se sienta penetrado de conmiseración y de horror al mismo tiempo.

No es lo que decimos cosa desconocida de nadie; lo que hay es que se medita y se piensa muy poco en ello. Porque no serían tantos los dementados por la soberbia, ni los que languidecen en brazos de la pereza, si el recuerdo de los beneficios que a Dios debemos estuviese más presente en nuestra memoria, y con más frecuencia renovásemos la consideración del estado de donde Jesucristo sacó al hombre, y el estado a que lo elevó.

La obra de Jesucristo

Desheredada y condenada al destierro desde hace tantos siglos la humana progenie, venía precipitándose al abismo, sin que a esas terribles calamidades ni a otras muchas en que gemía envuelta, fruto del pecado de nuestros primeros padres, hubiera remedio alguno humano que oponer, cuando Cristo N. S. apareció en el mundo, enviado del cielo para salvarnos. Ya en el principio del mundo había prometido Dios que Aquél sería quien, andando los tiempos, había de vencer y encadenar la infernal serpiente; y ya también desde entonces los siglos sucesivos, puestos en El los ojos, comenzaron a esperar su venida con las más ardientes ansias. Largo tiempo con la mayor claridad los Profetas sagrados en sus vaticinios estuvieron anunciando que en El únicamente estaba toda nuestra esperanza; y aun hubo todo un pueblo escogido, cuyas varias vicisitudes, hechos memorables, instituciones, leyes, ceremonias y sacrificios, eran otras tantas señales en que clara y distintamente se significaba que la salvación del humano linaje era obra que había de llevar a cabo, y de la manera más perfecta, Aquel de quien se decía que al mismo tiempo había de ser Sacerdote y víctima propiciatoria, restaurador de la libertad humana, príncipe de la paz, maestro universal de las gentes, fundador de un reino que permanecería en pie por toda la eternidad. Con los cuales títulos, imágenes y vaticinios, diferentes en apariencia, pero en realidad y sustancia todos acordes, era anunciado indudablemente Aquel que por la gran caridad suya con que nos amó, había de ofrecer algún día por nuestra salvación el sacrificio de su vida.

Y en verdad, luego que llegó el tiempo señalado por la Sabiduría divina, el Hijo de Dios hízose hombre, y satisfizo sobreabundantemente por los hombres a la ofendida majestad de su eterno Padre con el precio de su sangre, adquiriendo por tal manera para sí el poder y señorío sobre todo el género humano que tan caro le costara; Non corruptibilibus auro vel argento redempti estis;... ser pretioso sanguine quasi agni immaculati Christi, et incontaminati. (=4=) De esta suerte a los que ya antes eran suyos y le estaban sujetos como criador y conservador que es de todos, de nuevo los hizo suyos, adquiriéndolos propia y verdaderamente por precio de rescate. «Non estis vestri; empti enim estis pretio magno». (=5=) Así Dios, según el Apóstol, restauró todas las cosas en Cristo. Sacrumentum ejus, quod proposuit in eo, in dispensatione plenitudinis temporum instaurare omnia in Christo. (=6=).

Benéficos frutos de la Redención

Y entonces fue cuando anulado por Cristo el decreto de nuestra condenación, clavándolo en su Cruz, las iras del cielo se calmaron; y de las manos y pies de la afligida y errante humanidad cayeron las cadenas de la antigua servidumbre, y Dios se reconcilió con nosotros, y nos volvió a su gracia y amistad, y nos quedaron abiertas las puertas de la eterna bienaventuranza, y se nos devolvió el derecho de adquirirla, y se nos facilitaron los medios de alcanzarla. Entonces el hombre, como saliendo del profundo y mortal letargo en que tanto tiempo había estado sumido, abrió los ojos a la luz de la verdad, durante tantos siglos suspirada y tan inútilmente buscada; y lo primero que conoció fue que él había nacido para gozar bienes y riquezas mucho mayores y más elevadas que éstas que caen bajo los sentidos, frágiles y caducas, en las cuales hasta entonces tenía puesto el término de sus pensamientos y deseos; y que la ordenación divina respecto de la vida humana, la ley suprema, y el fin a que todas las cosas deben enderezarse, se reduce a que, pues somos hechura de la mano de Dios, algún día volvamos a Dios.

Establecido este principio y sentada esta base, despertó de nuevo en el fondo de las almas el ya casi extinguido sentimiento de la dignidad humana; latió en todos los pechos el de la fraternidad universal; de aquí, como era consiguiente, nació una noción más perfecta de los derechos y de los deberes, y aun se reconocieron y establecieron otros que no existían; y al propio tiempo viéronse florecer virtudes tan sublimes como no pudieron ni aun sospecharlas los filósofos antiguos. En consecuencia, las ideas, la vida práctica y las costumbres adoptaron otro rumbo; y extendida por todas partes la creencia de la Redención, y penetrando en las arterias mismas de la sociedad la virtud de Cristo, y huyendo ante ella la ignorancia y los vicios de la gentilidad, todo apareció cambiado, y fue un hecho la civilización cristiana, que ha renovado la faz del universo.

El recuerdo de estas cosas, Venerables Hermanos, llena el alma de una indecible suavidad, y es al mismo tiempo un eficaz despertador de gratitud hacia el Divino Salvador, a quien no sólo hemos de mantener vivos los afectos de la nuestra, sino granjearle también, si es posible, la de los demás.

Han pasado los siglos y vivimos en época ya muy lejana de aquellos primeros días de nuestra restauración por Cristo. Mas esto ¿qué importa, si la virtud de la redención se continúa y transmite a través de los tiempos, y sus frutos son inagotables e imperecederos? El que una vez reparó nuestra naturaleza, perdida por el pecado, El mismo es quien restaurada la conserva y la conservará para siempre: Dedit redemptionem semetipsum pro omnibus... (=7=) In Christo omnes vivificabuntur... (=8=) Et regni ejus non erit finis (=9=).

Sólo en Jesucristo está nuestra salvación

En Cristo, pues, por eterna disposición de Dios, está puesta la salvación de todos, y cada uno de los hombres, y de El depende. Y así, los que de El se apartan, lábranse su ruina por sus propias manos, llevados de un ciego frenesí, por lo que a ellos toca en particular; y además, cuanto está de su parte, dan causa para que la sociedad humana, arrebatada de nuevo por el torbellino, vuelva a caer y sepultarse en aquel abismo de males y calamidades de que el Redentor por su infinita piedad quiso librarnos.

Porque quien temerariamente se lanza por sendas extraviadas, viene después de mil rodeos a encontrarse muy lejos del término deseado; y, rechazada la luz de la verdad pura y sincera, por fuerza ha de verse el entendimiento en profunda oscuridad, y muy natural es que el espíritu se infatúe miserablemente, llenándose de opiniones falsas y depravadas. Y al enfermo... al enfermo que abandone el principio y la fuente de la vida, ¿qué esperanza de salud puede quedarle? Ahora bien, el camino, la verdad y la vida es Cristo únicamente: «Ego sum via et veritas et vita» (=10=). De suerte que prescindir de Cristo es privarse de aquellos tres principios absolutamente necesarios para la salvación.

Que nada hay, sino Dios, en que la voluntad y el apetito humano puedan descansar definitivamente y satisfacerse por completo, ¿qué necesidad hay de demostrarlo, siendo cosa que está a la vista de todos, y experimentándole así cada cual aun en medio de la mayor abundancia de bienes terrenos?

Dios, y sólo Dios es el último fin del hombre; y esta vida de aquí abajo es con toda verdad y propiedad la imagen de una peregrinación. Pues bien, en esta peregrinación nuestro camino es Cristo; porque tras esta mortal carrera, tan llena ya de suyo de fatigas y tan erizada de peligros, no podemos llegar a Dios, último y supremo bien nuestro, si Cristo no nos guía y lleva de la mano: Nemo venit ad Patrem, nisi per me. (=11=) Nadie viene a mi Padre, sino por mí. ¿Y qué quiere decir sino por El?

Quiere decir primera y principalmente por medio de su gracia; luego, por medio de su ley y mandamientos, sin la observancia de los cuales aquella gracia permanecería en el hombre ociosa y vacía. Porque Jesucristo, una vez redimidos, nos dejó, como era bien que lo hiciese, su ley para que nos sirviese como de ayo y tutor, por el cual guiados nos encaminásemos seguros hacia Dios, abandonando todo mal camino. Euntes docete omnes gentes... docentes eos servare omnia guaeecumque mandavi vobis... (=12=) Mandata mea servate. (=13=)

Necesidad de luchar para ser dóciles a los preceptos de Jesucristo

Según esto, es claro que la primera condición del cristiano, y absolutamente indispensable a su profesión, en seguir con docilidad los mandamientos de Cristo y obedecerle, como a supremo rey y señor, con entero rendimiento y sumisión. No es esto cosa fácil, antes exige a veces mucho trabajo y grande fuerza y constancia de voluntad. Porque, aunque es verdad que por obra de nuestro Redentor la naturaleza humana quedó reparada de su caída, no es menos cierto que en cada uno de nosotros quedó como un principio de enfermedad de flaqueza, y de propensión al vicio. Encontrados apetitos arrastran al hombre ya a una parte, ya a otra, y las seducciones de que vivimos rodeados fácilmente nos llevan tras las cosas agradables, apartándonos de la ley de Cristo.

Y sin embargo es necesario luchar, y resistir con todas nuestras fuerzas en obsequio de Cristo a nuestras propias pasiones; las cuales, cuando no obedecen a la razón, se enseñorean de ella, y arrebatando a Cristo la posesión del hombre, convierten a éste en esclavo suyo. Homines corrupti mente, reprobi circa fidem, non efficiunt ut non servian ... serviunt enim cupiditati triplici, vel voluptatis, vel excellentiae, vel spectaculi; dice San Agustín (=14=).

Y es menester que en esta lucha entremos resueltos a sufrir trabajos e incomodidades por Cristo. Costoso es dar de mano a lo que tanto nos deleita y solicita; duro y áspero renunciar a los regalos del cuerpo y a los bienes de fortuna por seguir la voluntad de Cristo; pero ello es forzoso; quien quiera vivir cristianamente, debe prepararse a sufrir, armándose de paciencia y fortaleza.

¿Qué? ¿Nos olvidamos de qué cuerpo y de qué cabeza somos miembros? Pues Aquel que nos mandó que nos negásemos a nosotros mismos, no eligió para sí el gozo, sino la cruz. Por otra parte, en semejante temple de ánimo consiste la grandeza del ser humano. Porque, como ya llegó a conocerlo la antigua sabiduría, ser señor de sí mismo y hacer que la parte inferior del alma esté sujeta a la superior, no es debilidad ni abyección, sino al contrario, valor generoso, tan ajustado al dictamen de la razón, como digno del hombre.

Como quiera que sea, sufrir trabajos y penalidades sin cuento, ésa es la humana condición. Procurarse una vida sin dolor y colmada de felicidades no está más en la mano del hombre que destruir los decretos de su divino Criador, el cual quiso que los efectos de la antigua culpa se dejasen sentir perpetuamente.

Lo razonable es, pues, no esperar en la tierra el término del dolor, antes fortalecer el ánimo para sufrir el dolor, por el cual aleccionados logramos la esperanza segura de mayores bienes. Porque a la paciencia y a las lágrimas, al amor de la justicia y a la limpieza de corazón, no a las riquezas ni a la vida regalada, no al poder ni a los honores, prometió Cristo la eterna bienaventuranza en el ciclo.

Egoísmo y caridad

De donde fácilmente se colige qué es lo que puede o debe esperarse de la opinión de aquellos que con manifiesto error y soberbia, despreciando la soberanía de nuestro Redentor Jesucristo, quieren colocar al hombre en la cima de la creación, y afirman pertenecer a nuestra naturaleza el poder absoluto, el dominio universal; por más que no sepan decirnos ni cómo hemos de alcanzar ese reino, ni aun explicarnos en qué consiste.

El reino de Jesucristo recibe su esencia y su forma de la caridad divina; amar santa y ordenadamente, tal es el fundamento en que estriba, tal el fin a que se ordena. Las consecuencias necesarias que de aquí se derivan son: la fidelidad inviolable en el cumplimiento del deber; no atacar en lo más mínimo los derechos ajenos; posponer las cosas humanas a las del cielo; y anteponer a todo lo demás el amor de Dios. Por el contrarío; esa decantada soberanía del hombre, la cual, o declara a Cristo guerra abierta, o a lo menos prescinde de El, se funda toda en el egoísmo, no practica la caridad, y desconoce por completo el sacrificio.

Imponga, en buena hora, el hombre a las criaturas inferiores el yugo de su soberanía; Jesucristo no se lo prohíbe; mas a condición de que él mismo empiece por servir y obedecer a Dios, ajustando a la divina Ley la conducta religiosa y moral de su vida.

Y cuando hablamos de la Ley de Cristo, queremos entender no solamente los preceptos de la ley natural, o de aquella otra que antiguamente fue promulgada por el mismo Dios; leyes y preceptos unos y otros que Jesucristo elevó al último grado de perfección explicándolos, interpretándolos y dándoles la debida sanción; sino también lo restante de su doctrina, y todas y cada una de las cosas por El instituidas.

Misión divina de la Iglesia

La primera y principal de las cuales es, a no dudar, la Iglesia; o por mejor decir, ella es la que en sí las abarca y las contiene todas. En efecto, por el ministerio de la Iglesia, de esta gloriosísima institución suya, quiso El que se continuase y perpetuase hasta el fin de los siglos la obra que a El le había encomendado su eterno Padre. Por eso al hacerla única depositaria de todos los medios conducentes a la salvación de los hombres, dejó además establecido bajo severísimas penas que éstos la obedeciesen en todo como a El mismo en persona, y en todo siguiesen con el mayor cuidado su magisterio. Qui vos audit, me audit; et qui vos spernit, me spernit. (=15=) Por lo tanto en la Iglesia, y sólo en la Iglesia, debe buscarse la Ley de Cristo; y de esa suerte nuestro camino es Cristo; nuestro camino también la Iglesia; aquél por sí mismo y por su propia naturaleza; ésta como vicaria y procuradora suya por participación del poder de Cristo. En consecuencia, los que, separados de la Iglesia, buscan la salvación por otros caminos, van extraviados y no llegarán al fin que pretenden.

La Sociedad debe Igualmente seguir el camino trazado por Jesucristo

Y en el mismo caso que los hombres individualmente, se encuentran las naciones. También éstas, como aquéllos, si se apartan del camino, se exponen a perecer miserablemente y sin remedio. El Hijo de Dios, criador y redentor de los hombres, es rey y señor de toda la tierra, y su dominio soberano lo mismo comprende a los individuos que a las sociedades. Dedit ei potestatem, et honorem et regnum; et omnes populi, tribus et linguae ipsi servient. (=16=) Ego constitutus sum rex ab eo... Dabo tibi gentes haereditatem tuam, et possesionem tuam terminos terrae. (=17=)

La Ley de Cristo, debe según esto, reinar también sobre la sociedad y las naciones, y ser la norma no sólo de la vida particular, sino también de la vida pública. Y como esto mismo está así dispuesto y ordenado por Dios, y no se puede impunemente faltar a lo que Dios ordena, muy mal son gobernadas las naciones en donde las enseñanzas cristianas no son debidamente respetadas, ni la ley de Cristo ocupa el lugar que le corresponde. Apartándose de Jesús, la razón humana queda abandonada a sí misma, queda privada de las luces y auxilios sobrenaturales; y entonces fácilmente se oscurece la noción de la causa que, bajo la dirección de la Divina Providencia, engendró a la sociedad, y que no es otra en último término sino el que los ciudadanos, prestándose mutua ayuda, consigan el bienestar temporal, pero siempre con subordinación al bien sobrenatural, a la eterna felicidad, que es el bien perfectísimo.

Una vez confundidas estas cosas en el entendimiento, tanto los que mandan, como los que obedecen, se lanzan por caminos extraviados, faltos de un guía seguro y de un término fijo a que dirigirse.

Fatales consecuencias del abandono de la verdad

Como es cosa triste y origen de grandes daños apartarse del camino, así también volver las espaldas a la verdad.

Mas la primera verdad, la verdad absoluta, la verdad por esencia es Cristo, como Verbo de Dios, consubstancial al Padre, y eterno como Él, y una sola cosa con Él. Ego sum via et veritas. Luego, si se busca la verdad, preste ante todo homenaje a Cristo la razón humana, y descanse en su magisterio, pues por boca de Cristo habla la verdad misma. Innumerables son los objetos en que el humano ingenio puede ejercitar sus fuerzas; dominios propios tiene y campo fecundísimo que puede sin estorbo recorrer en sus estudios e investigaciones; y esto no sólo le es permitido, sino que su misma naturaleza lo pide así. Lo que le está prohibido, lo que es contra la naturaleza, es querer traspasar los límites que le están asignados, y, presumiendo de sí más de lo debido, menospreciar la autoridad de Cristo, que es el Maestro.

La ciencia de la salvación es ciencia de Dios, y de cosas divinísimas; y no es parto de la sabiduría de ningún hombre, sino que fue el Hijo de Dios quien nos la trajo, derivada y tomada del seno mismo de su eterno Padre: Verba, quae dedisti mihi, dedi eis. (=18=) Por lo mismo necesariamente ha de contener muchas cosas, no contrarias a la razón, porque esto no puede ser, sino que trascienden toda comprensión humana, siéndonos tan imposible comprenderlas como comprender al mismo Dios.

Pero si aun en el mundo sensible hay tantos misterios, si aun la misma naturaleza oculta tantas cosas a nuestra mirada, las cuales no por ser inexplicables son menos creíbles, y nadie que esté en su sano juicio se atreverá a negarlas, ¿no será intolerable abuso de la libertad el no admitir las que pertenecen al orden sobrenatural, por el solo hecho de no poder comprenderlas? Rechazar los dogmas, no es otra cosa que rechazar la religión cristiana. Lo que hay que hacer es rendir, someter, cautivar nuestro entendimiento en obsequio de Cristo, y hacerle estar como esclavo a su obediencia: Incaptivitatem redigentes omnem intellectum in obsequium Christi (=19=).

Soberano imperio de Jesucristo sobre la voluntad y el entendimiento humanos

Este homenaje nos exige Cristo, y derecho tiene a exigírnoslo, porque es Dios, y dueño absoluto por lo tanto de nuestra inteligencia, no menos que de nuestra voluntad.

Además, hacer nuestra inteligencia esclava de Cristo, no es rebajarse el hombre; pues sobre ser muy conforme a razón, eso mismo cede en honra de su dignidad natural. Porque de su propia voluntad se somete no a un hombre, sino a Dios, Señor de todo, y de quien es criatura, y a quien por ley natural está sujeto; ni es al yugo de la autoridad de algún maestro humano al que se deja atar, sino al de la verdad eterna e inmutable. De esta suerte no sólo pone a salvo el bien natural del entendimiento, sino también su libertad propia. Porque la verdad que Cristo nos enseña nos permite distinguir con clarísima luz la verdadera naturaleza y el verdadero valor de cada cosa; y una vez adquirido este conocimiento, como el hombre sea fiel a la verdad conocida, hará que las cosas le sirvan a él, en lugar de servir él a las cosas, y que la razón mande al apetito, no el apetito a la razón; por donde, desterrada de su alma la esclavitud del error y del pecado, que es la peor de las esclavitudes, alcanzará aquella libertad hermosísima de que el mismo Dios nos habla por San Juan: Cognoscetis veritatem, et veritas liberabit vos (=20=).

Es, pues, evidente que los que rehúsan someter a Cristo su razón son rebeldes contra Dios. Más no por sacudir el yugo de la autoridad divina se verán más libres los que tal hicieren; caerán bajo el yugo de alguna autoridad humana; ellos mismos buscarán, como suele acontecer, algún maestro cuya voz escuchen, cuyos oráculos obedezcan, cuyo dictamen sigan.

Además, privando a su entendimiento de todo comercio con las cosas divinas, oblíganle a moverse en el estrecho círculo de la ciencia limitada; y aún le hacen menos apto para adelantar en el conocimiento de las cosas que son asequibles a la razón. Porque existen no pocas verdades naturales para cuyo conocimiento o explicación comunica grande luz la divina revelación. Ni es raro tampoco que suceda a los tales que Dios, para castigar su soberbia, permita que se cieguen para no conocer la verdad, a fin de que en el pecado lleven la penitencia. Por ambas razones se suelen ver con frecuencia hombres de grandísimo ingenio y profunda erudición, que a pesar de eso caen en los mayores absurdos cuando tratan de explicar los arcanos de la naturaleza.

Necesidad de mortificar el entendimiento y la voluntad

Concluyamos, pues, que la profesión del cristiano exige una entrega total y sin restricciones de la inteligencia humana al querer de la autoridad divina. Y si al verse obligada la razón a ceder a la autoridad, el amor propio, que tanto nos domina, se siente humillado y mortificado, en esto mismo se verá más claramente la necesidad de la mortificación cristiana, pues no sólo a la voluntad alcanza, sino también al mismo entendimiento.

Desearíamos que tuvieran esto presente los que fingen en su imaginación, y quisieran que en realidad existiese, una religión cristiana algo más tolerante en sus principios, más condescendiente con las inclinaciones de la naturaleza, que dejase más holgura a la libertad del pensamiento y de las acciones, y dentro de la cual, en suma, para nada fuese necesaria la mortificación, sino a lo más en cosas muy leves. Los que así piensan desconocen el verdadero carácter, la naturaleza íntima del cristiano; no ven que La Cruz nos sale al paso en todas partes, porque ella es el ejemplar de nuestra vida, y está destinada para siempre a servir de bandera a los que quieran seguir a Cristo, no únicamente de palabra, sino en realidad y con los hechos.

Ser la vida, es propio de sólo Dios. Todos los demás seres participan de la vida, pero no son de la vida. Jesucristo, que es Dios de Dios, así como es la verdad, así también es la vida por su naturaleza misma y desde toda la eternidad. De El, como de primero y nobilísimo principio, se deriva y se derivará siempre la corriente de la vida repartida por todo el universo; por El existe cuanto existe; por El vive todo lo que tiene vida; porque por el Verbo de Dios han sido hechas todas las cosas, y nada de cuanto hay creado fue creado sino por El :Omnia per Ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil quod factum est. -Esto por lo que a la vida natural se refiere.

La fe y la moral son inseparables

Pero a Cristo, como ya queda indicado más arriba, debémosle además otra vida mucho mejor y más digna de aprecio, la vida de la gracia, cuyo dichosísimo fin es la vida de la gloria, la cual debe ser el norte de todos nuestros pensamientos y de todas nuestras acciones. A esto tiene toda la eficacia de la doctrina y de los mandamientos de Cristo, a que muertos para el pecado, vivimos para la justicia, (=21=) es decir, para la virtud y la santidad, en lo cual consiste la vida espiritual del alma, junto con la esperanza cierta de la eterna bienaventuranza. Más la justicia que propia y verdaderamente puede salvarnos, es fruto únicamente de la fe cristiana. Justus ex fide vivit (=22=). Sine fide impossibile est placere Deo (=23=). Por lo cual Jesucristo, autor, diseminador y sustentador de la fe, es quien mantiene y conserva en nosotros la vida espiritual; y esto principalmente por ministerio de la Iglesia; pues a ella fue a quien, por una disposición digna de su bondad y sabiduría, confió el cuidado de todas aquellas cosas por cuyo medio esta vida de que hablamos se engendra en las almas, y engendrada se conserva, y extinguida se renueva.

Es, pues, destruir el principio generador y la causa de que depende la conservación de las virtudes sobrenaturales, el divorciar la ciencia de la moralidad de los principios de la fe revelada. Eso es despojar al hombre de su mayor dignidad, apartándole de la vida sobrenatural para que se mueva dentro de la esfera del más funesto naturalismo; y eso hacen los que no quieren admitir otra regla de la moralidad que el dictamen de la razón.

No quiere esto decir que el hombre, usando de la recta razón, no pueda conocer y observar muchos de los preceptos de la ley natural; más, aun dado que los conociese y observase todos sin falta durante toda la vida, cosa que tampoco le es posible sino mediante la gracia del Redentor, así y todo, careciendo de fe, nadie espere conseguir la salvación eterna, porque vana será su esperanza. Si quis in me non manserit, mittetur foras, sicut palmes, et arescet; et colligent cum, et in ignem mittent, et ardet (=24=). Qui non crediderit, condemnabitur (=25=).

Por añadidura, qué valor tenga en sí misma; y cuales sean los frutos que produce esa moral que menosprecia las enseñanzas de la fe, multitud de pruebas lo demuestran. Y si no ¿en qué consiste que trabajándose tanto en aumentar y asegurar la pública prosperidad, es tan grande, sin embargo, el malestar social de los pueblos, y tantas y tan graves, y cada día en aumento, las dolencias que los aquejan? Afírmase que, a lo menos en materia de gobierno, la sociedad puede muy bien pasarse sin el apoyo de las instituciones cristianas; que, confiada en sus propias fuerzas, no necesita de auxilio ajeno para alcanzar el fin que le está propuesto. De aquí ese empeño en secularizar todos los ramos de la administración pública, hasta el punto de que, ya en la esfera civil ya en la vida pública, ni rastros van quedando en los pueblos cristianos de su antigua religiosidad.

¡Ceguedad lamentable! No se repara que, quitando de en medio la autoridad de Dios, legislador supremo de nuestras acciones, que premia las buenas y castiga las malas, pierden las leyes su fuerza principal y la justicia desfallece, quedando así relajados los dos más necesarios y más fuertes vínculos de la unión social. De igual manera, si se les quita a los hombres la esperanza de los bienes inmortales del cielo, es natural que convierta todos sus insaciables apetitos hacia los de la tierra, de los cuales procurará cada cual amontonar cuantos más pueda. De aquí rivalidades, envidias, odios encarnizados; de aquí los proyectos más abominables contra los poderes constituidos, a los cuales se intenta derrocar; contra la sociedad misma, cuya ruina y destrucción es el insensato anhelo de muchos. Ni paz segura en el exterior, ni tranquilidad estable en el interior de las naciones; la inmoralidad pública siempre en aumento.

Dónde debe buscarse la regeneración de los pueblos

En este choque terrible de malas pasiones, que nos tiene puestos al borde del abismo, es preciso, o acudir sin tardanza con el oportuno remedio, o prepararse a sufrir las últimas fatales consecuencias del mal.

Perseguir a los malhechores, suavizar las costumbres públicas, dictar toda clase de leyes para la represión del crimen, cosas buenas son, y aun necesarias; pero eso no basta. El remedio de los males públicos hay que buscarlo más arriba, se necesita una fuerza mayor que la humana, una fuerza que tenga poder sobre los ánimos para hacerlos mejores, y sobre las conciencias para llamarlas al cumplimiento del deber; en una palabra, la medicina que se necesita es aquella que tuvo virtud y eficacia para curar al mundo entero de las mayores dolencias un día ya lejano. Vuelva a revivir en la sociedad el espíritu cristiano, no se pongan obstáculos a su bienhechora influencia y se tendrá mejorada la sociedad.

Al momento quedarán acalladas las contiendas de las clases inferiores con las superiores, estableciendo el mutuo respeto, y a salvo los derechos de todos bajo la más sagrada inviolabilidad. Si se escucha la voz de Cristo, lo mismo ricos que pobres cumplirán con sus deberes respectivos. Los unos comprenderán que, si quieren salvarse, tienen que guardar la justicia y la caridad; los otros refrenar la ambición y la codicia. Paz y felicidad en la familia serán bienes estables bajo la salvaguardia del temor saludable de Dios, pues quien aquel temor tiene, hace lo que Dios manda, y se aparta de lo que El prohíbe. Por idéntica razón cobrarán nuevo valor a los ojos de los pueblos los mismos preceptos de la ley natural, tales como el de respetar a la autoridad legítima, y de obedecer a las leyes; y la prohibición de acudir a los motines ni a las conspiraciones bajo ningún pretexto. De este modo, allí donde la ley de Cristo impere sobre todos y reine sin oposición, conservase inalterable sin esfuerzo el orden por Dios mismo establecido, y del cual dependen el bienestar y la prosperidad de los pueblos.

Por consiguiente, el bien público está pidiendo a gritos que la sociedad (no solamente los individuos), la sociedad toda entera vuelva al punto de partida que nunca debiera haber abandonado; vuelva a Aquel que es camino, verdad y vida. Conviene que Cristo sea restablecido en su trono social, como le corresponde; y es menester que todos los miembros y todo el organismo de la república, las leyes preceptivas y las prohibitivas, las instituciones populares y los centros de instrucción, el matrimonio y la familia, los palacios de los ricos y los talleres de la industria, todo participe y se sature de la vida sobrenatural cuyo principio es Cristo.

Y nadie ignora que de esto depende sobre todo esa cultura social que tanto se desea y cuyos elementos principales son, no las comodidades y las riquezas, que son bienes del cuerpo, sino las buenas costumbres y la práctica de las virtudes que perfeccionan el espíritu.

Muchos rezan a Jesucristo porque no le conocen

Los más de los que viven alejados de Cristo, lo están por ignorancia, más que por malicia; porque muchísimos hay que emplean perseverante estudio en conocer la naturaleza del hombre y la del mundo; pero muy pocos los que procuran conocer a Jesucristo Hijo de Dios.

Nuestro primer cuidado sea, pues, desterrar la ignorancia, y hacer que sea conocido Aquel que por no serlo es despreciado. Esto rogamos encarecidamente a cuantos se precien del nombre de cristianos; cada cual en la medida de sus fuerzas trabaje para que su Divino Redentor sea conocido; porque es imposible que quien le contemple con serenidad de intención y recto juicio, no vea claramente que nada hay más saludable que su Ley ni más divino que su doctrina.

Y en este particular, Venerables Hermanos, ¡de cuánto provecho y eficacia será vuestra autoridad y vuestro celo, así como la del Clero en general! Considerad como la primera de vuestras obligaciones el grabar en las almas de las gentes el verdadero conocimiento y la fiel imagen de Jesucristo y dar a conocer su caridad, sus beneficios, su doctrina y sus obras; de palabra y por escrito, en escuelas y colegios, desde el púlpito y en todas las formas y ocasiones que se ofrezcan. Bastante han oído hablar los pueblos de los llamados derechos del hombre; oigan ya hablar de los derechos de Dios.

Las circunstancias son propicias, como lo están indicando los santos deseos despertados en tantas almas, de que hablábamos al principio, y en particular esa piedad y devoción a Cristo Redentor, de tantas maneras atestiguada, y que será como un legado que entregaremos al siglo próximo como prenda de esperanza y augurio de mejores tiempos. Mas tratándose de una cosa que sólo de la divina gracia podemos esperar conseguirla, juntemos todas nuestras fervorosas preces, y perseveremos en pedir al Señor Todopoderoso que no permita se pierdan los mismos que Él rescató con el precio de su sangre; que mire con benignos ojos este siglo, que si bien es cierto ha cometido grandes pecados, también ha sufrido terribles expiaciones, y que, abriendo bondadosamente los brazos de su caridad a todos los pueblos, clases y razas, se acuerde de aquellas palabras suyas: Ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum (=26=).

En prenda de las bendiciones divinas, y testimonio de Nuestro amor paternal, a vosotros, venerables hermanos, y al clero y fieles de vuestras diócesis, concedemos con mucho gusto Nuestra apostólica bendición.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 1 de noviembre de 1900, año vigésimotercero de nuestro Pontificado.

LEÓN PP. XIII


Un preso sin más comunicación que la que le permiten sus custodios, ¿puede manifestar más claramente su buen deseo de que la Iglesia sea la que Cristo fundó? y que sabe que ésta no es la católica romana, puesto que dice que Cristo nos dejó el camino trazado por medio de su ley y pide y reclama que vuelva la Iglesia a sus primitivos tiempos de donde no debía haber salido.

Al notar nosotros que no nos concede la segunda petición, y sí nos encarga que publiquemos la ley y moral de Cristo, nos encontramos con que sin la concesión de la tal libertad de conciencia es imposible tal enseñanza, puesto que con la obligación que se impone se roba el libre albedrío que el ser recibe del Creador cuando en brazos de su niñera (=27=) sale a recorrer la pluralidad de mundos desde la casa paterna, puesto que el Creador le dice: «vete, Amor, Paz y Caridad te encomiendo con todos tus semejantes; no volverás a mi lado hasta que así hayas cumplido, llevas contigo libre albedrío»; y desde aquel momento queda la inmutabilidad en el Creador, y el ser bajo la custodia de otro hermano superior a él, hasta que haya cumplido el encargo por su propia voluntad y siempre obediente en lo material a los regentadores de los mundos por donde pasan; y es doble nuestra admiración, por cuanto S. S. (en espíritu) estudia en la propia cátedra que estudió el nuestro estas cosas, pero no obstante, queda declarado que la verdadera Iglesia creada por el Cristo y sostenida hasta la desaparición de los apóstoles, es la señalada por Pablo en su capítulo 14 de la 1ª a los corintios, certificada en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, así como que la tal iglesia no tiene ni admite fórmula de clase alguna.

Hecha la observación que antecede, nos dirigimos a una persona en Roma la que sabíamos tenía relaciones en el Vaticano para que de la manera más posible hiciera llegar aquella misiva a S. S., preguntando cómo deben comprenderse los dos mencionados párrafos, y se nos devolvió la misiva por no haber sido posible entregarla, cuyo certificado obra en nuestro poder; con tal motivo nos dirigimos a Urgel y el Sr. Cardenal Casañas no se ha dignado contestarnos, y en vista de tal conducta, nosotros preguntamos a la humanidad: ¿cómo debemos comprender los tales párrafos? Por nuestra parte comprendemos que de habernos concedido la libertad de conciencia, no hubieran dejado salir del Vaticano la encíclica sin lo cual tampoco podía declarar la verdadera iglesia; de todos modos, tal cual están escritos queda comprobado que S. S. ha errado; luego no es infalible, como consta en la nueva Jerusalén, que desde las alturas del Vaticano uno solo ha podido pasar allí a tomar encarnación hasta el presente; luego tampoco lo fueron otros. Si éste ha errado, ¿qué haría el que hizo adúltera y prostituta a la esposa del Señor? ¡Y no obstante se llama San Silvestre! ¿Y todos los que la continuaron? Mírese la historia y por los hechos podrá calcularse.

Dice San Mateo: (=28=)

«Antes que digas a tu hermano que se quite de su ojo la paja, quita del tuyo la viga.»

S. E. dice que los anarquistas, los socialistas y los masones son una gente tan mala, y nos llama la atención que para nada se acuerde de los magnetizadores; pero como quiera que el magnetismo puede servir para criadero de monjas y frailes ricos, así como para adquirir viudas y heredar grandes riquezas, a pesar de los verdaderos herederos y hasta de los testadores, se habrá dicho S. E.: vale más no meneallo.

En cuanto a los demás nada encontramos que no pueda haber sido aprendido de los servidores del ante-Cristo.

Se queja de los anarquistas porque dicen que no quieren Jefes y que destrozan cosas materiales, pero según V. E. lo dicen; mas V. E. sin decirlo lo ejecuta doblemente... y vamos a probarlo.

Según todas las eminencias, Jesucristo es el primer Jefe de la iglesia; ¿cumplen en algo lo que él mandó? No. Luego los anarquistas aprendieron de las eminencias. Aquellos podrán matar las cosas y hasta los cuerpos, pero sus maestros matan las conciencias y roban lo más sagrado del ser con su bautismo del agua y calumnian a su primitivo Jefe; y dígame, ¿por qué no cumplen lo que S. S. ordena en la encíclica arriba mencionada? ¿es porque en vez del ordeno y mando suplica? Pues para no ser menos que los anarquistas ya debían haber desaparecido toda clase de ídolos, imágenes y pinturas, incluso el malhadado confesionario, y quitada una viga que cubre a su ojo, luego podría decir al prójimo que se quite la paja.

Los socialistas

Buscando en la historia encontramos que en los primeros tiempos de la esposa del Señor (antes de la prostitución), no sólo usaron aquellos mártires el socialismo, sino que llegaron hasta la comuna.

La historia nos enseña que cada sección constaba de tres personas: Obispo, Diácono y Diaconisa; el primero tenía el cargo de prestar toda clase de auxilios a los hombres, la tercera a las mujeres y el segundo administraba los bienes de la comunidad. Cuando los obispos aceptaban tales cargos, era con el objeto de morir mártires como recuerdo al esposo Jesús. La misma nos cuenta que comían y vestían lo peor de la comunidad, y si para alguno faltaba lo necesario, serían ellos los primeros en sufrir la falta; esto duró hasta el año 324, tiempos en que San Silvestre Obispo y Constantino Emperador la hicieron adúltera recogiendo lo mosaico, y prostituta con lo gentílico; ¿y acaso las comunidades religiosas no son comunistas? ¿por qué pues se extraña V. E. que haya entre otras gentes quien pida el socialismo? ¿o es que queréis que dure la preferencia de los israelitas siendo vuestras eminencias los de Aarón?

Tal están demostrando con los dichos y los hechos; más en la iglesia de Dios y el Cristo no caben tales egoísmos.

Vea V. E. como los hechos de esas dos clases de la sociedad no es otra cosa que fruto del maligno árbol que a V. E. le ha cobijado hasta aquí. En cuanto a los hechos, motivo de sus lamentaciones, también le diremos cómo y en dónde los aprendieron; pasemos a revisar la masonería.

La masonería es tan antigua, que en la tierra no se halla su fundación por mucho que se la busque, pero puede hallarla en la nueva Jerusalén todo el que con sana voluntad la busque. Obligaron a formarla los hombres orgullosos por el maltrato que daban a los débiles y pacíficos; su código fue Amor, Paz y Caridad, que más tarde cambió la palabra Paz por Fraternidad, por las persecuciones de que fue objeto, por la adúltera; su obligación defender al débil de las asechanzas del fuerte.

Sirvió de maestro a Jesús en donde aprendió su divina ley y moral; de donde salió para enseñarla a la humanidad en general; por más que sabía que le costaría la cruz, como nosotros sabemos que seremos apedreados por la misma causa.

Cobijó a la esposa del Señor desde que nació de entre los gentiles, y no se separó de ella la cobijada hasta que se creyó con fuerzas para marchar sola; pero pagó caro su orgullo, porque entonces entró la persecución de los paganos y druidas sobre ella, hasta el adulterio; y luego del adulterio, ¿cómo pagó la adúltera los favores que debía a cuantos le ayudaron a crecer? Persiguiendo, atormentando, matando y quemando en vida a cuantos no pudo vencer y robar por astucia, como consta en la historia y de donde reciben los hombres honrados valor para protestar de la mentira que la prostituta ha venido y quiere marchar imbuyendo para sostener los errores pasados, de cuya muestra y justicia presentamos los dos botones que siguen:

1º/ Un auto de fe en Valladolid

En 1581 fueron quemadas vivas por la inquisición en Valladolid dos hermanas, cuyo crimen era el de ser cristianas pero no católicas romanas. Su mismo padre las delató, y cuando estuvieron encerradas en negro calabozo, trató de hacerlas volver a sus antiguas creencias, mas sus esfuerzos fueron vanos; y entonces el bárbaro instigó a los jueces para que las condenaran; y en efecto, lo fueron a muerte.

Ufano con el castigo de su sangre y arrastrado por frenética demencia, tomó el camino de cierto bosque que le pertenecía para desgajar en él las ramas de los árboles mayores y dividir el tronco de los menos robustos con el fin de que le sirviesen de leña en las hogueras que iban a devorar el cuerpo de sus hijas.

Este bárbaro, digno de haber nacido entre caribes, volvió a Valladolid con las leñas que había sacado de su bosque y las presentó a los jueces del santo oficio.

Éstos loaron la grandeza de ánimo de aquel monstruo de ferocidad y fanatismo, y lo pusieron por ejemplo a los nobles y al vulgo, para que su acción hallase imitadores en acrecentamiento y servicio de la fe, que imaginaba defender por medio de las llamas.

Aún no satisfecho el caballero con haber cortado la leña que había de abrasar el cuerpo de sus hijas, quiso, incitado por las alabanzas de sus amigos, así eclesiásticos como seglares, asombrar aún más a Valladolid, convirtiéndose en matador de su propia carne y sangre.

Después de ser enemigo de sí, arrastrando a las mazmorras del santo oficio a sus hijas y trayendo los maderos para formar las hogueras, solicitó de los inquisidores el permiso de quemar por su mano en auto público de fe la leña destinada a reducir a cenizas a las tristes doncellas, infelices de tener tales jueces y más infelices todavía en haber conocido a su padre, hombre en las formas, caballero en los dichos, tigre en los sentimientos y asesino en las obras.

Los inquisidores que en el hecho de este bárbaro veían un modelo de esclavos, recibieron benévolamente su demanda, y para exaltación de fe, publicaron al son de tabales y trompetas, así la solicitud del caballero como el permiso del santo oficio.

El nombre de aquel padre sin entrañas ha quedado oculto entre las sombras del olvido. «Allí le acompañará eternamente la maldición de los buenos».

Atinado y oportuno se muestra D. Adolfo de Castro al execrar ese repugnante engendro de la naturaleza, verdugo despiadado de sus hijas; certero y justo, menos cuando viene a semejar el inaudito nefando crimen con los crímenes que pudieran cometer los crueles caribes, y cuando lo reputa digno de la ferocidad de los tigres. No; los caribes no llegaron todavía a martirizar y asesinar a su prole; los tigres, bien lejos de beber su sangre, aman a sus cachorros con vehemente cariño, que antes de consentir la menor agresión contra ellos, morirían en su defensa.

No; en ninguna otra parte hallaréis tan monstruosas aberraciones. No hay exceso de otro ser humano, ni de fiera alguna, comparable en inhumanidad y fiereza con lo que puede abortar, en su paroxismo, la pasión de un católico fanático.

2º/ Las brujas de Herbipoli.

EL PADRE FEDERICO SPÉE.- De este digno sacerdote hicimos mención en la página 256 con motivo de haberse opuesto, aunque con poco fruto, a la quema de brujas, quema a la que con fruición se dedicaban los católicos, pasión que se desarrolló de un modo especial en Alemania.

Eran en el obispado de Herbipoli (Witzburg) muy frecuentes las causas criminales de brujas, y muy repetida la pena del fuego sobre aquellas infelices, que tenían contra sí las pruebas jurídicas de haber caído en tan horrendo crimen. Vivía a la sazón y era en aquella ciudad venerado de todos, el padre Federico Spée, por su eminente doctrina y piedad; prendas que de continuo ejercitaba con las personas de uno y otro sexo, que eran castigadas de magia o hechicería, no sólo administrándolas el beneficio del Sacramento de la Penitencia, mas también acompañándolas al lugar del suplicio, y esforzándolas con sus exhortaciones hasta que exhalaban el último aliento.

Sabíase que este padre tenía menos edad que la que representaba en sus muchas canas; lo que dio motivo para que en una ocasión de casual concurrencia le preguntase el Sr. Juan Felipe Schoemborn (a la sazón canónigo de Herbipoli, que después fue promovido al obispado electoral de Maguncia); ¿en qué consistía estar mucho más cano de lo que correspondía a sus años? Respondió el venerable Jesuita, que las brujas, a quienes había conducido a la funesta pira, le habían encanecido antes de tiempo. Admirado el prócer, y sorprendido de tan extraña respuesta, le explicó el Padre el enigma. Díjole que ninguna de tantas personas como había acompañado a la hoguera por el crimen de magia, lo había cometido realmente. Todos estaban, en cuanto a esta parte, inocentes. Que todo su mal venía de que, cediendo a la fuerza de los tormentos, confesaban ellas el delito de que falsamente eran acusadas, y después persistían en la confesión por el terror de ser puestas de nuevo en la tortura; pero, debajo del sigilo del Sacramento de la Penitencia, donde carecían de aquel temor, manifestaban no haber cometido jamás el delito; y que, en fin, todas morían protestando su inocencia, culpando la ignorancia o malicia de los jueces, y apelando entre dolorosísimos gemidos y tiernas lágrimas a aquel Tribunal soberano, donde jamás puede ocultarse la verdad.

La tristeza, añadió el Padre, y aflicción de ánimo que le ocasionaba la muerte ignominiosa y terrible de cualquiera de aquellos inocentes, eran tan grandes, que la repetición de tan lamentable espectáculo, viciando la temperie natural de sus humores antes de tiempo le había cubierto la cabeza de canas.

Lo que antecede es parte de una carta del famoso Leibnitz, que en extracto se lee en la página 236 del tomo IV del «Teatro Crítico», del P. Feijóo. Éste dice que Leibnitz, testifica saber la relación que hace de boca del mismo Sr. Juan Felipe Schoemborn, entonces arzobispo de Maguncia; lo que por sí solo, probaría la exactitud de lo referido, aun prescindiendo de la fama de veraz y sincero que entre los más sabios católicos de Francia, Italia y Alemania, a pesar de ser luterano, gozaba el sublime Leibnitz. ¡Oh, mísera e ignominiosa era de lúgubre demencia en la hoy culta y sabia Alemania, donde se creían reales crímenes imaginarios! El mismo P. Feijóo dice: «Lo que en general se puede decir, es que son rarísimos los casos de hechicería desde que la gente es menos crédula» y esa credulidad, observamos nosotros, paso a paso ha ido decreciendo, de suerte que, al presente, podemos lisonjearnos que con la total credulidad han desaparecido totalmente las hechicerías; y si alguna que otra queda rezagada quizá, debido como siempre al embuste de pretendido hechicero, o a la ilusión de presumido mentecato que se imagine testificarla, porque es difícil barrer enteramente del suelo a embusteros y a mentecatos, a lo menos no se le impone otro castigo que el que en realidad merece: el desprecio, la burla o la compasión.

Y bien se hará en dejar que, poco a poco, según ha ido operando hasta ahora, complete lo demás la ilustración de los tiempos que, poco a poco, irá acabando de desengañar si algún engañado hubiese, y de iluminar a los que pudiesen ser seducidos para hacer así imposible los seductores.

Como las sombras por los rayos del sol, así vencidas por la ciencia, desaparecen el fantasma de la hechicería, y los brujos y las brujas, aves nocturnas que, a media noche precisamente, según vulgar creencia, remontaban su vuelo por encima de los tejados para ir a celebrar sus reuniones y aquelarres, entregándose a mil fechorías entre ceremonias inmundas... Mas, desde que no se pretende quemarlas, no se oye hablar de semejantes alimañas.

¿Puede negar S. E. esta muestra?, pues de este género hay la mar, y... ¿quiénes eran los fabricantes de él?, los frailes superiores; ¿y los trabajadores?, los inferiores. ¿Dónde se componía la trama para el hilado?, en las sociedades religiosas, como consta en el código inquisitorial aprobado por un llamado Papa.

Luego los pobrecitos frailes en los conventos preparan la maldad bajo el manto de corderos, para matar a la humanidad honrada como lobos carniceros, cual consta en la historia vulgar y escrita cuya muestra podrá V. E. ver, puesto que pronto se publicará la historia secreta del gobierno de Austria, donde los pobrecitos frailes pudieron engañar a las personas de estado por espacio de 30 años, para robar, asesinar y destruir todo lo vital, hasta el extremo de que, echados los frailes, se hizo la paz y hubo necesidad de obligar a que los curas tomasen las mujeres que pudieran mantener, para poblar la nación de nuevo; ¿y para volver a estos tiempos quiere S. E. que le ayuden los hombres de estado, las sociedades todas? Todo es inútil para la gran Ramera y cuantos en ella han adulterado; es preciso que reciba lo que dio, doblado; 21 años ha que el Ángel está llamando a juicio; los que oyeron hallarán las puertas de la Nueva Jerusalén abiertas, entrarán y podrán gozar de grandes delicias; los que no oyeron serán acompañados al centro de la tierra, a donde permanecerán hasta que oigan la trompeta y vean la luz que tal toque les enseña; entonces verán los lobos disfrazados lo que han recogido con sus engaños maliciosos; y para que esta palabra de maliciosos no se nos tome fuera del sentido que en verdad tiene, copiamos a continuación nuestro justificante por hojas dominicales autorizadas por los Sres. Obispos y Arzobispos siguientes:

«Año IX. -Cuarto Domingo de Octubre de 1900. -Núm. 43. -HOJA DOMINICAL. -Los Eminentes Cardenales Cretoni, Nuncio de Su Santidad, y Cascajares, Arzobispo de Valladolid, conceden 100 días de indulgencia a todos y cada uno de los lectores de nuestra Hoja Dominical. También concede 40 días de indulgencia el Excmo. e Ilmo. señor Obispo de la Diócesis a los que leyeren u oyeren leer la presente Hoja. 80 días los Excmos. e Ilmos. Arzobispos de Tarragona y Valencia, y 40 a los fieles de sus respectivas jurisdicciones los Obispos de Vich, Lérida, Teruel, Menorca, Almería, Madrid, Tortosa, Gerona, Osma, Palencia, León y Provicario General del Ejército y Armada, Excelentísimo Sr. Obispo de Sión, a los que de cualquier modo fomenten y protejan la propagación de la Hoja. -Con la aprobación del Ordinario.

Tercer domingo de septiembre de 1899. Hay almas a quien el amor a Dios les produce arrobamientos, éxtasis. De manera que, sin amar al prójimo, es imposible amar a Dios.

Segundo domingo de febrero de 1900. Cuando nuestro egoísmo y nuestras pasiones nos llevan a adorar ídolos materiales, no sólo nos degradamos, sino que hacemos injuria a Dios, arrebatándole el más indiscutible derecho que tiene sobre nosotros, etcétera, etc.

Cuarto domingo de octubre de 1900. Pensémoslo seriamente cada vez que al levantarnos, al oír la santa Misa, repetimos esta petición del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Al decir esto fallamos o nuestra amnistía o nuestra condenación; si perdonamos, seremos perdonados; pero, si en vez de la caridad se abriga en nuestros pechos sentimientos de ira, de odio o de venganza, entonces nos atraemos las venganzas divinas.

Segundo domingo de julio de 1901. «No todos los que dicen: Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos; es decir, que por más que se haga profesión de cristianismo, y se crea en Jesucristo, no se entrará en el reino de los cielos si no se junta a la fe la observancia de los mandamientos de Dios; no basta creer en el Evangelio, es menester seguir sus máximas; hablar con Dios con confianza y no hacer lo que manda, es un error que condena a muchísimas personas; tú le dices a Dios: Señor, Señor, dice el nuevo autor de las reflexiones morales; le reconoces por tu señor pero no le obedeces; pues sábete que tú mismo te das la sentencia de tu conducta; ¡cuántas personas -añade este autor- creen haber hecho cuanto había para justificarse y santificarse por haber pasado considerable tiempo en la iglesia o en el oratorio!; se debe orar, se debe orar mucho, se debe también, cuanto sea posible, orar continuamente; pero la oración, que no nos hace más fieles en cumplir nuestras obligaciones, más sujetas a la voluntad de Dios, más apacibles, más humillantes, más ejemplares, es una pura ilusión y no puede abrirnos las puertas del cielo. El que hace la voluntad de mi Padre, éste sí que entrará en el reino de los cielos; veis aquí lo que caracteriza el valor y el mérito de las mejores acciones; lo que parece más loable a los ojos de los hombres, es algunas veces reprobado por el Señor; el justo vive de la fe, pero la fe sin la caridad es muerta; la fe sin las buenas obras es inútil para la eternidad. Es necesario que el corazón y la conducta correspondan a la buena fe y a las buenas obras.»

Con sólo lo expuesto debiera bastar y sobrar para que la humanidad viera claro que vuestro ropaje encubre un alma malvada; ¿por qué engañar a las almas para separarlas de su Creador presentando y obligando a que adoren ídolos, imágenes y pinturas, cuando Cristo dijo: adorarás a Dios en espíritu y verdad, y que, con sólo amar al prójimo como a nosotros mismos, hemos cumplido todos nuestros deberes para con Dios?, y sabiendo que ofendemos a nuestro Padre cuando adoramos ídolos o imágenes, obligáis con tanta insistencia a que las gentes adoren ese ídolo fabricado por vosotros en el siglo XII, llamado Custodia, puesto que todos los seres tienen derecho a mirar, ver y hablar todas las cosas pertenecientes al alma con el pensamiento y los sentidos espirituales, lo propio que lo hacen con los sentidos corporales entre los hombres; ¿por qué el confesionario, si por muchos pecados que cuenten los penitentes no los podéis perdonar? ¿por qué tantas misas, rezos e incomodidades al prójimo, si sabéis que si no se ama al prójimo como a sí mismo, de nada sirve, y con sólo esto último basta? ¿y para sostener tales engaños pedís con tanta insistencia socorro al mundo entero, incluso a los hombres de estado? No es regular que tales peticiones tengan eco, mas si lo tuvieren, se harán tan culpables como S. E. de los daños que pudieran sobrevenir, tanto espirituales cuanto materiales, pues el capítulo 19 del Apocalipsis llega a su término, y allá, en la casa paterna universal, vimos ya de cuerpo presente a Babilonia la grande, y oímos y cantamos el oficio de difuntos, tanto por ella cuanto por los que con ella adulteraron, encargándose de todos los adúlteros que no hayan querido oír la trompeta, el regentador del centro de la tierra.

No queremos continuar revisando la pastoral porque nos lastiman las ovejas que coman tales pastos, y las prevenimos que, antes de hacerlo, deben preguntar a su Ángel de la guarda si deben o no aceptar nuestros avisos. Esta pregunta se hace con el pensamiento separado de toda cosa material y bien dirigido al sol central; la contestación es tan rápida, que muchos dudan haberla recibido; nuestros hermanos malvados hacen ver que es el propio pensamiento el que contesta; mas pronto probaremos lo contrario.

La religión Cristiana o Divina

¿Por qué crucificaron a Cristo y cuál es la iglesia fundada por él? En cuanto a lo primero claro está en los evangelios; por haber tirado nueve de los diez mandatos de la ley de Moisés, y haberla convertido en uno solo, el de amar al prójimo como a ti mismo; preguntado: ¿cómo amaré al prójimo como a mí mismo? contestó: lo que quieras que los hombres hagan contigo, haz tú con todos los hombres que en ello amas al Padre que está en los cielos, esta es la ley y los profetas. Esta es la piedra fundamental de la verdadera religión; la moral que se desarrolla de esta base, corona el edificio que desarrollaremos más adelante.

El pacto que hizo con los apóstoles fue el de que nada debían aceptar, como religiosos, de judíos, gentiles, ni de otra religión, ordenando que les enseñaran a cumplir la ley a todos los que les quisieran oír, mas también les dijo que, donde no les quisieran recibir, sacudieran hasta el polvo de las sandalias, equivalente a «no forcéis a ninguno», porque sabía que todos tenemos libre albedrío; el bautismo se daba a todos los que aceptaban la nueva doctrina; y en efecto, era y es bautismo, por cuanto desde el momento que cualquier ser, después de examinar la doctrina, forma concepto de seguirla, consta su voluntad en el libro universal de la nueva Jerusalén (=29=). En aquellos tiempos no se usó fórmula alguna más que el cumplimiento de la ley, como consta en los evangelios con el dicho de: «De nada sirve la circuncisión si no se cumple la ley» (=30=); por esta misma causa perecieron todos los Apóstoles, con los que concluyó lo establecido por Cristo y por ellos continuado, pues los que quedaron como cristianos, les fue forzoso unirse a los gentiles y adorar ídolos.

Llamaron iglesias a los puntos donde se reunían para instruirse en la moral, cual consta en el capítulo 14, 1ª a los corintios; pues habiéndoles dicho el Maestro que, donde estuvieran dos o más reunidos, allí estaría él, confiaban en que no les faltaría a darles instrucción; mas como todos no comprendían el lenguaje espiritual, tomaba los cuerpos de algunos para hablar en ellos y darles instrucciones morales que creía conveniente, como declarara Juan en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, bastante claro para los que están lo bastante desmaterializados, para que puedan comprender; por eso dijo, «vea el que tenga ojos, y oiga el que tenga oídos»; eso, no obstante, nos manda que seamos vulgares. Nunca se metió en asuntos materiales, y aconsejó a sus discípulos que tampoco lo hiciesen, con el dicho de: «Dad a Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César» y en efecto, teniendo el hombre dos padres que conocer, como dos lenguajes que hablar, tiene dos leyes que cumplir; para el padre hombre tiene la palabra, para el Padre espiritual, tiene el pensamiento acompañado de la meditación profunda, y como éste todo es justicia, se comprende con arreglo al uso que hacemos de su ley, pues como no nos puede quitar el libre albedrío que nos dio, la justicia tampoco puede torcerse.

Muy diferente es la ley formada por los hombres que pueden alterarla a su voluntad, según les convenga a los legisladores y ejecutores; los demás, deben obedecer, y sobre todo los que representan algún rango o representación, llámense obispos o cardenales, pues el mismo Papa no está exento, como hombre, de la obediencia a la autoridad civil, sin entrometerse en examinar los hechos de ésta en cosa alguna.

Dad a Dios lo que es de Dios, etc., ¡qué palabra más acertada! ¿cómo es posible que un hombre en la tierra pueda llevar las riendas de dos gobiernos tan opuestos por gran elevación que su espíritu tenga? La contestación a esta pregunta la tenemos hallada examinando la esposa del Señor en sus dos épocas; la primera desde su creación de sociedad secreta, salida del gentilismo, hasta el 324, que adulteró; gran número de sus hijos salieron del destierro para no volver a él, y sobre todo de los directores; de la segunda tan sólo encontramos a dos; los directores de la primera, sólo llevaron las riendas espirituales; los de la segunda han llevado las dos, para concluir la una vino el adulterio.

Ya dijimos las maneras de vivir de los primeros hasta Silvestre obispo.
Constantino en aquella fecha, emperador de Roma, se encontraba tan disgustado de los sacerdotes gentílicos, que no acertaba a quitar de su conciencia el peso que le abrumaba, pues había hecho matar a su esposa, en el baño, a un hijo suyo y a un sobrino heredero del trono, que buscó a los obispos de la esposa del señor, y no tuvieron éstos escrúpulo de conciencia en recoger la Confesión, y perdón de pecados, que el esposo había tirado como establecida por Moisés para saber los secretos de los israelitas cuando tanto conspiraban contra él, y el emperador Constantino quedó tan satisfecho del perdón de sus pecados, que concedió a Silvestre la ciudad de Roma y la corona real. Este es el primer Papa que debe contarse como católico romano.

Esta fue la unión de la gran bestia al dragón apocalíptico, y por lo tanto, el antecristo, puesto que recogieron todo lo que Cristo había tirado, tanto de los judíos cuanto de gentiles, y persiguieron encarnizadamente a todos los que no quisieron aceptar la prostitución de su madre, de donde resultaron tantos llamados solitarios que prefirieron alimentarse con hierbas a dejar la ley divina que Jesús había enseñado.

Como no hay hijo que le sirva de agrado el oír que su madre no es honrada, pronto cambiaron de nombre, pues en vez de esposa del señor se dieron el pomposo de cristianos, apostólicos y romanos; para este fin se separaron los Evangelios auténticos de los Apóstoles, y están retirados con el nombre de apócrifos, después de haber formado los actuales un famoso español a gusto y manera de que no apareciera la verdad, pero que tampoco se pueda ver la deshonra, y como quiera que dejaron algunas flores, aunque cubiertas con cieno y espinas y ellas se han visto, y no pudiendo usar de los medios que su adorada inquisición le proporcionaba, maldicen a todo ser que los lea y para tales maldiciones invocan el nombre de Dios, de Cristo y de todos los santos, ángeles y arcángeles del cielo; ¡hermanos malvados! ¿por qué os oponéis a que los que cumplen la ley del Padre tengan un lugar en su morada, se comuniquen con él y vean, oigan y comprendan los negocios de la casa? ¿Acaso S. E. da los mismos conocimientos de los asuntos episcopales a todos los clérigos por igual? Sin que V. E. nos conteste nos basta ver el Urbión para comprender que no; luego al hacer V. E. diferencias hemos de creer que es porque no cumplen sus mandatos, so pena de que V. E. sea un caprichoso sin ley ni roque, cosa que en Dios no cabe, y por lo tanto, como S. E. obra con los curas, nuestro Padre obra con sus hijos, oye y mora en todos los que cumplen su ley, y llegan a entenderse en las cosas espirituales como lo que son, un solo pensamiento; para los que no cumplen es completamente inmutable, cual es justo que lo sea con V. E. sin más ver que su pobre pastoral; no podemos menos que manifestar que nos horroriza, sólo el considerar que se titula pastor, padre de almas y director de las mismas, y en nombre de Dios y el Cristo. ¡Qué blasfemia! ¿Cómo es posible que el Padre universal os haya dado parte en la creación de las almas, cuando los primeros oficiales del gran taller sólo toman parte en la creación del espíritu? Si Dios diera parte a alguno de sus hijos en la creación de las almas sería Dios como él, todo lo que me prueba, que seréis nombrado obispo por los hombres, mas por Dios y el Cristo juro que no, y fundo este juramento en que ni siquiera consta vuestro nombre en el libro de la vida espiritual, a donde debía hallarse para ser siquiera llamado, primer grado para llegar a los elegidos entre los reelegidos; todos los cuales antes de ser nombrados instructores reciben exámenes espiritualmente, de filosofía y teología natural.

Por tanto siga V. E. la vida vegetativa, que en cuanto a la espiritual, le recomiendo el capítulo 6º y 9º de Mateo y 2º de Pablo, 1ª a los corintios.

Obligaciones del director de almas según el Cristo:

Para ser instructores deben enseñar por práctica y de palabra, la ley y lenguaje espiritual; debe saber quién es su espíritu, de dónde vino, por qué, para qué y dónde debe marchar, y formar la balanza de la conciencia.

Los mayores deben además de lo expuesto, conocer la elevación de los espíritus, maneras de recibir y hacer caridad espiritual con ellos según clases y marcha de los espíritus cuando han dejado la materia.

Los superiores, deben, además de lo expuesto, conocer la creación, causas que motivan la transmigración hasta el destierro; y la reencarnación, conocer y desarrollar los atributos de Amor, Paz, Caridad, Bondad, Misericordia, Justicia e Inmutabilidad que concedemos al Ser creador, vigilar sobre todo a los intérpretes que cumplan fielmente su cometido y estar en constante relación con el espíritu que preside las reuniones para transmitir a los reunidos lo que desea enseñar; la política, negocios y ciencias materiales, sólo caben como comparaciones para dar a comprender lo espiritual, porque no caben en conjunto con la filosofía y la teología natural que sólo buscan la parte esencial de las cosas vitales; y además que sin usarlas las tenemos siempre que las necesitamos, como ocurrió con la creación de mundos.

La limosna a los hombres pobres la dejamos para los que los crearon, porque para dar es menester tener y el no haber creado pobres nos impide tener materiales, pero en cambio aconsejamos que ninguno falte a la caridad espiritual; por eso no hay entre nosotros célibes por voluntad, pues saben que para tales faltas no hay entrada en la Nueva Jerusalén, nuestra verdadera patria, y para saber quien cumple y quien no, tampoco necesitamos confesor ni confesionario; nos basta leer en la conciencia de cada uno para imponer el remedio al mal.

Enseñamos a que los hombres se conformen con su posición y trabajos, puesto que fueron pedidos por ellos para pagar las maldades que antes habían hecho siendo ricos, cosa fácil de saberlo usando el lenguaje del pensamiento y preguntando a su protector, así como que en el destierro sólo hallarán la felicidad en la conformidad de las cosas para pagar la pena del talión, o sea, padecer por sus semejantes algo más que se les hizo padecer, por eso dijo Jesús: Bienaventurados los pobres, si limpios están de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los ricos de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Y tratándose del rico dijo: es tan difícil entrar en el reino de los cielos como pasar un camello por el ojo de una aguja, mas en lo último no estamos conformes, por cuanto la experiencia nos ha enseñado lo contrario y nos lo está enseñando, mas también dijo: os mandaré quien os diga lo que yo no puedo deciros, porque tampoco lo comprenderíais.

Con lo expuesto queda comprobado que S. E. no es cristiano más que en el dicho; pero anticristiano en todo el hecho, y como por esta causa no puede ver, oír ni comprender lo que pasa en la casa paterna espiritual, tiene celos de que otros de sus hermanos sepan más que V.; por esto tanta incitación a que hagan lo contrario a la ley de Dios y por lo mismo quieren impedir que se cumplan hasta las leyes materiales y las gentes lean escritos liberales, sabiendo que el principio del Deísmo y Cristianismo es el ser liberal; y como en este momento me dice mi defendido que basta, suplico a mis hermanos anticristianos, que esperamos su defensa; pues les queda corto plazo para ello y deben aprovecharlo, y como final les decimos, que debemos escribir poco para que sea comprendido todo, pues otros escriben mucho para que nada se comprenda.

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Defensor del cristianismo, deísmo y espiritismo filosófico


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El Jesuita Blanco al Cardenal Casañas,
Obispo de Barcelona sobre su pastoral

Notas a pie de página del opúsculo:
Recuerdo del Jesuita Blanco, defensor del Deísmo y Cristianismo verdad al Emmo. Sr. Cardenal Casañas, obispo de Barcelona. (Encíclica Papa León XIII)

=1=
No se lo pedimos por caridad porque sabemos por experiencia que no nos la haría.

=2=
Con el lenguaje del alma.

=3=
Act. IV, 12.

=4=
I Pet. I, 18-19.

=5=
I Cor. VI, 19-20.

=6=
Eph. I, 9-10.

=7=
I Tim. II, 6.

=8=
I Cor. XV, 22.

=9=
Luc. I, 33.

=10=
Jo. XIV, 6.

=11=
Jo. XIV, 6.

=12=
Matt. XXVIII, 19-20.

=13=
Jo. XIV, 15.

=14=
S. Agust. De vera rel., 37.

=15=
Luc. X, 16.

=16=
Daniel. VII, 14.

=17=
Ps. II.

=18=
Jo. XVII, 8.

=19=
II Cor. X, 5.

=20=
Jo. VIII, 32.

=21=
I Pet. II, 24.

=22=
Galat. III, 11.

=23=
Hebr. XI, 6.

=24=
Jo. XV, 6.

=25=
Marc. XVI, 16.

=26=
J. XII, 32.

=27=
Ángel de la Guarda.

=28=
Por más que detestamos la Biblia por apócrifa, nos valemos de ella porque son las armas de nuestros hermanos malvados.

=29=
El bautismo con agua no es cristiano.

=30=
Bautismo judío.

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